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JARDÍN DE GENTE

De ginkgos biloba (y todo lo que es bello)

Hace unos días el Senado argentino le otorgó facultades extraordinarias a un presidente que, sin sonrojo ninguno, ha declarado que ‘ama’ ser “el topo que destruya el Estado desde adentro”

Socorro Giménez 10/07/2024

<p>Parque de la Plaza Chile de Buenos Aires. / <strong>Historiasenverde</strong></p>

Parque de la Plaza Chile de Buenos Aires. / Historiasenverde

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Hay una plaza en Buenos Aires que me gusta especialmente. Está sobre la Avenida del Libertador, esa calle anchísima y señorialmente paralela al Río de la Plata (si es que algo puede ser paralelo a un río) que se extiende a lo largo de treinta y cinco kilómetros desde la estación de Retiro, en el microcentro de la ciudad, hacia el norte, hasta el partido de la Provincia de Buenos Aires que se llama, borgeanamente, Tigre. En los barrios más recoletos la flanquean edificios afrancesados o racionalistas y, del lado del río, unos parques que aquí se llaman bosques. De este y el otro lado, en noviembre las acacias sueltan flores amarillas y olor a tierra y talco.

La plaza que me gusta es la Plaza Chile, un área verde y húmeda en donde está el Centro Cultural Matta, que la Embajada de Chile instaló allí, aledaño a su sede, en homenaje al gran pintor Roberto Matta y como base de actividades culturales chilenas. Las rejas que la cercan tal vez la aíslen, pero lo cierto es que no están cerradas. Ese reducto me gusta porque el edificio del CCM es hermoso, y porque la plaza tiene senderos de cierto aire secreto, caminitos que la atraviesan bordeando las construcciones de departamentos de un lujo que ningún alma en esas viviendas parece saber que tiene. No se las ve, al menos, paseando por la plaza, generalmente desierta, en la que se respira un sosiego inusitado para Buenos Aires y doblemente raro por estar tan cerca de una avenida tan ajetreada. (Un día vi, sin embargo, y lo espié medio escondida detrás de un árbol, a un señor muy mayor que hacía taichí acompañado y guiado por su maestro. Asumí que vivía en alguno de esos departamentos de ventanales que dan a la plaza, que casi siempre están cegados, y pensé en lo mucho que me gustaría conocer a ese señor). 

Fue hace como dos años. Tuve un sueño en el que un periodista me preguntaba algo (un sueño de delirio de grandeza, claramente; por qué un periodista querría preguntarme nada a mí) y yo contestaba, aunque no recuerdo la pregunta: “Poeta chileno”, título de un libro de Alejandro Zambra que no he leído. Esa mañana me desperté y mientras apagaba la cafetera me acordé y repetí: “poeta chileno”. Eran las nueve de un sábado de verano. Antes de que subiera el calor me puse zapatillas y, en la épica de mínimos que por esa época intentaba sostener, salí a caminar por Palermo, todavía sonámbula, esta vez no para el lado de los bosques, hacia el norte, sino por los jardines que bordean la Libertador en dirección a la Recoleta. Esa mañana entré por primera vez a la Plaza Chile, pero todavía no sabía cómo se llamaba. Esa mañana vi al viejo haciendo taichí con su maestro, y admiré desde lejos el modo en que movía las manos y cómo su pelvis y sus piernas se parecían a las raíces de los gomeros. Los dos estaban cerca de un monumento y pensé que era buena excusa, para salir de mi escondite, hacer de cuenta que me acercaba a mirar el cuadrado formado por unas columnas que no había visto nunca. Y lo miré: columnas color crema inscriptas con títulos de libros y nombres de poetas: de Rokha, Rojas, Mistral, Huidobro, Neruda, Parra. “Poeta chileno”, repetí, asombradísima del poder de los sueños. 

El asunto es que esa plaza, con la que desde aquella mañana tengo un vínculo íntimo, cobra en otoño para mí un halo de fiesta, pero que de algún modo sigue siendo una fiesta a la que no he sido invitada, una fiesta a la que me he colado y en la que solo puedo espiar. Es el único lugar que conozco en el que hay varios ginkgos biloba agrupados, y el amarillo verde oro que reparten estos días para quien quiera verlo –un dorado hecho de hojas elegantes, hojas abanico, hojas orientales, hojas art nouveau, exuberantes como pavos reales, honestas como palma abierta– casi parece que no nos corresponde. Es un amarillo inverosímil, de Walt Disney, de ciencia ficción, de filtro de Instagram, ¿el amarillo ciego de Borges?… Porque a Van Gogh ya quién se atreve. Y todavía más (o menos): ¿quién puede con los ginkgos, así en directo, en una plaza cerca de la casa? ¿Qué puede hacer una con ese tipo de belleza, que contrasta tan brutalmente con casi todo lo demás que la rodea? No se la puede recolectar, ni ahorrar, ni administrar ni distribuir como moneda de compensación por ninguna otra cosa. Andarle cerca, acaso. Dejarse apabullar.

En mi caminata de hoy hacia la plaza me paro en el semáforo. Es un día especialmente grave y triste para la Argentina, la mañana posterior a la noche en que el Senado aprobó en general –por un voto de diferencia, emitido por la vicepresidenta– la llamada “Ley Bases”, un engendro fundamentalmente inconstitucional que con toda flagrancia beneficia a los ricos –más si son locales evasores de impuestos; más todavía si son extranjeros– y lesiona a los pobres, ciudadanos cuyos cuerpos adelgazan mientras esa categoría engorda a cada minuto. Por si fuera poco, el Senado le otorgó facultades extraordinarias a un presidente que, sin sonrojo ninguno y en cambio con orgullo, ha declarado que ama ser “el topo que destruya el Estado desde adentro”. No hubo manifestación frente al Congreso (reprimida violentamente, con gases lacrimógenos y balas de goma), ni cacerolazo (en varias esquinas del país) que consiguieran impedirlo. El presidente publicó enseguida en X, su red social amiga (él también ama a Elon Musk), una imagen creada con I.A. en la que se autorretrata como el león que “gasea” a los manifestantes. Es una imagen pesadillesca que no voy a compartir aquí.

El semáforo es largo, de varios minutos, tan largo como ancha es la avenida que lleva el nombre de “Libertador” en honor a José de San Martín, impulsor fundamental e indiscutible del proceso que puso fin a las colonias españolas que entonces constituían el Virreinato del Río de la Plata (hoy las repúblicas de Argentina, Chile y Perú), y que murió en el exilio, en Francia, en casi completas miseria y soledad. A mi lado espera la luz verde una madre joven, rusa, que lleva a un bebé atado al pecho. La pequeña cabeza se mueve, asoma: un gorro de lana gris le cubre hasta la frente. Tiene ojos verde lima y me mira. Me está mirando fijo, sin pudor ni apuro, y yo no sé qué hacer, como no voy a saber qué hacer en un rato debajo de los ginkgos. Atenta al semáforo, le sostengo la mirada y se la ofrezco todo lo que puedo, todo lo que aguanto, pero la suya es tan verde lima, tan concentrada y persistente, tan filosa y receptiva a la vez que ya quiero llorar, quiero cruzar, quiero decirle: por favor no me mires más así, bebé, me estás perforando el corazón y ahora se me va a quedar abierto.

Ay, la belleza. Insiste pese a todo lo que pesa, que es mucho; y la tristeza, en cambio, es tan agotadora que quisiera volverme una hoja art nouveau, una hoja abanico que baila y se refresca sola y puede incluso refrescar a otros y bailar con ellos, entrar de una vez a la fiesta que sigue ahí, que siempre ha estado y sigue estando ahí, y a la que estamos todos invitados porque sí, por derecho y por obligación, sin derecho y sin obligación, nomás por estar vivos.

Cuando hace algunos años descubrí los árboles de las hojas abanico los busqué en Internet, porque ya entonces lo que dijera Wikipedia funcionaba como mediador digestivo, como enzimas que ayudan a masticar, a saber (saborear) las cosas, que de otro modo nos resultan cada vez más inexpugnables, indigeribles por directas, por sobrecogedoras y abismales. Entonces intervine la entrada que encontré, y escribí el wikipoema que copio debajo. Pero les adelanto que el sistema no ayuda en absoluto: suceden cosas verde lima, por ejemplo, para las que no se encuentra entrada.  

En unas conversaciones que el pintor Roberto Matta tuvo con su amigo Eduardo Carrasco, y que Ediciones Universidad Diego Portales publicó en un libro de 2011, Matta dice: “Yo digo el verbo ‘ver’, para que ‘ver’ no sea solamente lo que hace la cámara fotográfica, o no sea lo que hace el microscopio; ‘ver’ como verbo, es decir, ver la rosa creciendo. Ser capaz de ver la rosa creciendo, de ver cómo ella va cambiando, de verla en el espacio en que está rodeada de obstáculos y amenazada”.

Pareciera que este artículo me ha salido más chileno y oriental que argentino, pero qué importa, y quizá haya que mirar mejor. En 1817, San Martín partió desde Mendoza a lomos de mula y cruzó la Cordillera de Los Andes, esa que Nicanor Parra decía que había que “pavimentar de violetas”, hasta Chile, pensando en las nuevas repúblicas. La mejor cantora que cantó a Violeta Parra además de ella misma fue la argentinísima y universal Mercedes Sosa. Y los ginkgos son extraordinarios, pero están por cualquier parte.

 

Ginkgo biloba 

(wikipoema)

 

Ginkgo biloba, árbol 

de los cuarenta escudos 

fósil viviente sin familia

duraznero de plata el nombre chino,

fruta blanca.

 

Su familia consiste de dos ramas 

Ginkgoites y Baiera

una viva 

con una especie única: 

el Ginkgo.

 

Las hojas de color verde claro 

son planas y con forma de abanico.

Se doran en otoño hasta el extremo.

 

Los sexos se separan:

el masculino emite 

inflorescencias amarillas 

en amentos cilíndricos

que nacen en los brotes.

El femenino lanza flores agrupadas

en dos o tres 

produce 

una blanda semilla 

marrón amarillento

de textura carnosa 

que al madurar se vuelve verde 

grisácea y comestible.

 

Es una especie muy longeva

de más de dos mil años y quinientos.

Necesita humedad y todavía

la tierra le procura.

 

Sus parientes lejanos son del Pérmico, vivos 

hace doscientos y setenta millones de años.

 

Cuando acababa el Pleistoceno

los fósiles de ginkgo se perdieron de todos los registros 

a excepción de una zona 

pequeña 

de la China central 

donde ha sobrevivido

usado como adorno y venerado

capaz de florecer en climas diferentes.

 

Desde hace siglos o milenios 

lo utilizan los sabios

por sus acciones sanadoras.

 

Después del estallido

en la terrible primavera de Hiroshima

a poco de un kilómetro del epicentro fin del mundo 

un viejo Ginkgo destruido

brotó

dio señales de vida.

Lo llamaron portador de esperanza.

Hay una plaza en Buenos Aires que me gusta especialmente. Está sobre la Avenida del Libertador, esa calle anchísima y señorialmente paralela al Río de la Plata (si es que algo puede ser paralelo a un río) que se extiende a lo largo de treinta y cinco kilómetros desde la estación de Retiro, en el microcentro de la...

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Autora >

Socorro Giménez

(Mendoza, Argentina, 1973) es escritora y coordinadora editorial del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, MALBA.  En 2021 publicó en España su primer libro, Casa se busca (Caballo de Troya).

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