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ULTRADERECHA

Tenemos Meloni para rato

El triunfo en las regionales de Lazio y Lombardía refuerza a la primera ministra posfascista, que intenta mantener el peso internacional de Italia y anuncia reformas muy ambiciosas

Steven Forti 23/02/2023

<p>Giorgia Meloni.</p>

Giorgia Meloni.

Luis Grañena

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Tras las elecciones del pasado 25 de septiembre, en los medios progresistas italianos se repitió constantemente que Giorgia Meloni tenía los días contados porque la coalición de ultraderecha estaba muy dividida y la situación económica era crítica. En síntesis, se decía que Matteo Salvini, y sobre todo Silvio Berlusconi, humillados electoralmente por Hermanos de Italia (HdI), le habrían clavado un puñal en la espalda a Meloni que, además, no habría sabido lidiar con las consecuencias de la crisis energética, la inflación y la más que probable –al menos hasta hace unos meses– recesión económica. “El gobierno durará como mucho seis meses”, insistían. Sin embargo, los hechos han desmentido este análisis que era más bien un wishful thinking. Meloni sigue en el Palacio Chigi; en las recientes elecciones regionales de Lombardía y Lazio, la coalición de ultraderecha ha arrasado –ha obtenido más del 50% en ambas regiones–; y la situación económica no parece tan mala como se preveía. Según el Fondo Monetario Internacional, la economía italiana crecerá, de hecho, el 0,6% en 2023. No está mal, visto lo visto.

Junto a esta interpretación que podríamos llamar “naíf” –que ya ha pasado a mejor vida– había otra que, en cambio, se ha ido consolidando. La podríamos definir como “realista”. Al fin y al cabo, se repite, y no solo en los medios conservadores, es la que subraya que Meloni no es tan peligrosa como se decía. Superado el escollo de los cien días en el poder, la líder de HdI ha demostrado ser una política responsable e Italia no se ha convertido en la Hungría de Orbán. Las alarmas antifascistas eran, una vez más, exageradas y en el país transalpino la vida sigue igual, como cantaba Julio Iglesias. Para reforzar esta tesis se cita a menudo el apoyo del gobierno italiano a Kiev, las relaciones más o menos correctas con Bruselas y los presupuestos aprobados a finales de diciembre que se mantienen en línea de continuidad con los de Mario Draghi. ¿Mucho ruido para nada, entonces? Como pasa a menudo, las cosas son un poco más complejas.

Ningún sobresalto a la vista

Meloni es consciente de que su futuro depende de Washington y de Bruselas

Por un lado, es ya evidente que tendremos Meloni para rato. Aunque ha habido un sinfín de exagerados elogios a la líder de Hermanos de Italia –spoiler: no es ni Churchill ni Roosevelt–, no cabe duda de que la nueva jefa del Gobierno italiano sabe moverse con mucha más inteligencia que Salvini, tanto dentro como fuera del país. Meloni tiene claro que ha ganado solo una batalla y que la guerra va para largo. No se trata de enemistarse con todo el mundo a la primera de cambio, sino de jugar con una cierta finezza. Por eso, Meloni ha tranquilizado desde el minuto uno a la Administración norteamericana con respecto a su apoyo a Kiev –ha viajado a la capital ucraniana el 21 de febrero para reunirse con Zelenski, después de reunirse el día anterior en Varsovia con Morawiecki– y ha intentado mantener una conexión directa con la Comisión Europea, sin crear rupturas contraproducentes. De ahí el nombramiento del berlusconiano Antonio Tajani, expresidente del Europarlamento, como ministro de Exteriores, o de otro ex peso pesado de Forza Italia, Raffaele Fitto, como ministro de Asuntos Europeos y responsable de la gestión del Next Generation EU, del cual Italia es el principal beneficiario con cerca de 200.000 millones de euros. De ahí, también, que el primer viaje de Meloni fuera a Bruselas para reunirse con Von der Leyen y la aprobación de unos presupuestos sin muchos cambios respecto al pasado, más allá de algún regalito al electorado de derechas. Meloni es consciente de que su futuro depende de Washington y de Bruselas. Y estos, si la nueva dama de hierro romana guarda las formas y no muestra síntomas evidentes de orbanización, no tienen la más mínima intención de abrir otro frente con un país que es la tercera economía de la UE y que tiene una posición geopolítica relevante.

Medidas identitarias

Obviamente, esto no implica que Meloni no pueda pisar el acelerador en algunos momentos con medidas identitarias cuyo objetivo es mantener movilizado a su electorado. En este sentido pueden leerse la guerra abierta contra la Renta de Ciudadanía –reducida en 2023 y que se suprimirá en 2024– o el decreto que criminaliza e impide en la práctica el trabajo en el Mediterráneo de las ONG, a las que se obliga a desembarcar los migrantes rescatados en puertos del norte de la península, a más de 1.000 km de distancia. También, la ley que se aprobó con urgencia contra las fiestas “raves” –sí, tal y como lo oyen: como si la Italia de los últimos años fuese la Valencia de la ruta del bakalao– o la insistencia en las guerras culturales, como se ha visto en el Festival de Sanremo que, según el Gobierno, se ha convertido en un espectáculo “comunista”. ¿Se cantó la Internacional con el puño en alto? Qué va. La razón es que Roberto Benigni elogió la Constitución –delante del presidente de la República, Sergio Mattarella, presente por primera vez en el Teatro Ariston– y dos hombres se besaron en el escenario. Además, la tan cacareada moderación en los temas cruciales no implica que una clase dirigente formada por diletantes no vaya a meter la pata a menudo. ¿Qué se puede pedir a una gente que hasta hace nada no había entrado en su vida en un ministerio y tenía la costumbre de organizar eventos para recordar a Mussolini?

Por otro lado, Salvini y Berlusconi no tienen mucho margen de maniobra, más allá de levantar la voz cuando tienen la oportunidad: uno de los ya clásicos ribaltoni a los que la política italiana nos tiene acostumbrados, es decir, un cambio de mayoría en el Parlamento, es imposible en la actualidad. El Capitano y el Cavaliere serán, por así decirlo, las moscas cojoneras de Meloni, pero no les queda otra que mantenerse bien agarrados al carro de la vencedora. Berlusconi soltará de vez en cuando una de las suyas sobre Putin, y Salvini marcará perfil sobre la inmigración u otros asuntos. Meloni se quejará entre los suyos de que no puede más con esos dos, pero a ella tampoco le queda otra. En suma, hacer de la necesidad virtud. Se aguantarán de momento porque, como decía Giulio Andreotti, el poder desgasta… a quien no lo tiene. Además, en las regionales de Lombardía y Lazio, aunque Hermanos de Italia se ha confirmado con diferencia como primer partido de la coalición, la Liga y Forza Italia han salvado los muebles. Y, además, durante estos meses, toca nombrar a los altos cargos de la Administración pública y nadie quiere perder la ocasión de meter a uno de los suyos en la presidencia de empresas estratégicas como Enel, Leonardo, Eni o la televisión pública. Así que todos contentos.

Salvini y Berlusconi no tienen mucho margen de maniobra, más allá de levantar la voz cuando tienen la oportunidad

Una oposición inexistente

Hay otro elemento que puede explicar por qué “Rey Giorgia”, como la ha llamado con acierto la periodista Susanna Turco, puede estar tranquila: la oposición en Italia está muy dividida. Y, en la práctica, es inexistente. El Partido Democrático (PD) está viviendo la peor crisis de su historia: tras el pésimo resultado electoral del pasado septiembre, Enrico Letta ha dimitido de la Secretaría y el partido está enfrascado en un proceso congresual farragoso y poco apasionante. A las primarias, que tendrán lugar el 26 de febrero, se presentan el actual presidente de la región Emilia-Romaña, Stefano Bonaccini, y la joven diputada Elly Schlein, que intenta renovar un partido en profunda crisis de identidad y que paga una década en el gobierno con alianzas espurias con cualquiera –de los exberlusconianos al Movimiento 5 Estrellas, sin contar el apoyo a los tecnócratas Monti y Draghi– con tal de seguir en el poder.

Sin embargo, a los demás no les va mucho mejor. Los grillini, si bien han superado al PD en todos los sondeos, en las elecciones regionales han mostrado una vez más su debilidad en los territorios. La apuesta de Giuseppe Conte –ser la verdadera oposición de izquierdas, haciéndole la guerra al PD– parece quedar siempre en suspenso, más allá de ser cuestionable por resultar poco creíble para alguien que gobernó con Salvini. Por otro lado, el Tercer Polo, es decir, la alianza entre el maquiavélico Matteo Renzi y el mediático Carlo Calenda, tiene pocas probabilidades de convertirse en el partido macroniano italiano. Ha entrado en el Parlamento, pero no consigue atraer a lo que queda de Forza Italia para romper la mayoría de gobierno –a la cual, al contrario, le regala a menudo asistencias incomprensibles– y el batacazo en las regionales ha sido memorable. En Lombardía presentaron como candidata a una exberlusconiana de hierro, Letizia Moratti, pero no llegó ni al 10%.

Así, la única opción para complicarle la vida a Meloni –que goza de una amplia mayoría parlamentaria– sería que la oposición trabajara conjuntamente, señalando los muchos errores cometidos por el Ejecutivo, y desarrollara un proyecto de país creíble. Pero esta posibilidad parece remota a tenor de los programas que defienden el Tercer Polo y el Movimiento 5 Estrellas. El PD está entre la espada y la pared sin tener muy claro qué quiere ser de mayor. Meloni tiene una autopista vacía por delante. Lo único que no debe hacer es quedarse dormida al volante o superar los límites de velocidad.

El riesgo del aislamiento internacional

A grandes rasgos, esta es la situación actual. Entonces, ¿dónde puede encontrar problemas el gobierno de ultraderecha italiano? Los riesgos son esencialmente cuatro.

El primero es el internacional. Es cierto que la líder de HdI ha cuidado las relaciones con Washington y Bruselas, pero la coyuntura internacional es extremadamente compleja. Aunque Meloni está jugando relativamente bien sus cartas, el riesgo de acabar aislada asoma por las esquinas. Las relaciones con París y Berlín están bajo mínimos y el eje franco-alemán se ha reforzado en los últimos meses. Meloni no ha sido invitada a la cena con Zelenski organizada por Macron y Schölz, y el ministro de Economía, Giancarlo Giorgetti, no fue ni siquiera informado de que sus homólogos francés y alemán viajarían a Washington para hablar con la Administración Biden de la Inflation Reduction Act. La comparación con la época de Draghi, que representaba el tercer vértice del triángulo con París y Berlín, no puede ser más deprimente para Meloni. De hecho,  tras esta humillación, ha desempolvado la antigua retórica soberanista, que debería evitar porque solo molesta a los poderes fácticos a los que tiene que cuidar. En el Consejo Europeo de principios de febrero, la línea del Gobierno italiano salió derrotada en temas cruciales como las ayudas de Estado, la reforma del Pacto de Estabilidad e incluso la redistribución de los migrantes. A medio y largo plazo, esto puede ser un problema para la economía transalpina. Por otro lado, algunos de los movimientos que está realizando el Gobierno en el ámbito internacional pueden molestar en Bruselas. No se trata tanto del hiperactivismo en el norte de África con los viajes a Argelia, Libia y Egipto por cuestiones relacionadas con los flujos migratorios y el suministro energético, sino del memorándum firmado con el Reino Unido en temas de exportaciones e inversiones, el primer acuerdo post-Brexit con un país de la UE.

Asimismo, Meloni está trabajando para fraguar una alianza entre los Populares y el grupo que preside, los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), de cara a las próximas elecciones europeas de la primavera de 2024. El objetivo es que haya un cambio de alianzas en el Europarlamento y que el Partido Popular Europeo (PPE) mire a su derecha, y olvide las grandes coaliciones con socialdemócratas y liberales. No se trata de un tema baladí. Al contrario. Meloni ha logrado convencer a Manfred Weber, presidente del PPE, que no deja pasar un día sin reivindicar las bondades de los ultras del ECR, partido en el que se encuentran también los polacos de Ley y Justicia, los Demócratas de Suecia y Vox. Sin embargo, hay otros dirigentes de la CDU alemana que están en contra y mucha gente, empezando por los mismos Macron y Schölz, se muestran muy molestos con esta operación. Es decir, el tiro le puede salir por la culata a Meloni y esto puede tener consecuencias también en la estabilidad de su Gobierno.

Aunque Meloni está jugando relativamente bien sus cartas, el riesgo de acabar aislada asoma por las esquinas

Una clase dirigente diletante

El segundo problema que puede tener Meloni es a nivel interno y tiene que ver con su clase dirigente, que muestra constantemente su diletantismo. Antes de las elecciones, la líder de Hermanos de Italia llevó a cabo una campaña de fichajes de exberlusconianos y excentristas. Algunos son perfiles cuestionables, pero llevan consigo un know how de la administración y las instituciones, además de unos cuantos números de móvil que son un bien preciado hoy en día. No obstante, el problema sigue existiendo porque HdI es un partido que hasta hace cuatro años no superaba el 5% de los votos: una clase dirigente no la creas en tres meses. Además, Meloni ha optado por nombrar en los cargos claves a gente de probada confianza, es decir, el núcleo duro de su partido. Se trata de dirigentes procedentes de su círculo más estrecho, muchas veces de la sección de Colle Oppio del antiguo Movimiento Social Italiano y de las juventudes de Alianza Nacional, e incluso familiares como su hermana Arianna y su cuñado, Francesco Lollobrigida, actual ministro de Agricultura. No cabe duda de que esta elección le garantiza un círculo de “seguridad”, pero al mismo tiempo el riesgo es el del síndrome del “estado de sitio”.

El tercer problema son los aliados del Gobierno. De momento, aunque haya tensiones y fricciones, ni Salvini ni Berlusconi están en condiciones de romper la baraja. Sin embargo, el proyecto de Meloni es crear un gran partido conservador, siguiendo el modelo estadounidense y británico, pero también el polaco y el húngaro. Se trata de un sueño húmedo que ya tuvo Berlusconi en los años noventa y que intentó sin mucho éxito con el Pueblo de la Libertad en 2009. Esto pondría en discusión los equilibrios políticos existentes y crearía muchos dolores de cabeza, tanto a nivel nacional como local. Es una operación con visos de prosperar a largo plazo, pero muy delicada. Necesita mucha mano izquierda y paciencia. Si la líder de Hermanos de Italia procede como un elefante en una cacharrería, lo que no es descartable si solo se fija en la correlación de fuerzas electorales, los enemigos pueden crecer por doquier.

Si la hybris puede con Meloni

Finalmente, el cuarto y último problema atañe al proyecto de país que tiene la primera ministra en la cabeza. Es cierto que el nivel de apoyo al gobierno es de casi el 50% y que HdI supera el 30% en todos los sondeos, pero todo es muy volátil. No olvidemos que, en la última década, los italianos han aupado al poder a varios líderes –Renzi, Grillo, Salvini– que al cabo de un bienio han acabado en la papelera de la historia o casi. No es descabellado imaginar que los italianos se cansen rápido también de Meloni. Los niveles de abstención son los más elevados de la historia republicana. Si en las generales de septiembre votó poco más del 60% de los electores, en las regionales de hace una semana en Lombardía y Lazio no se llegó ni al 40%. Más que de apoyo entusiasta a Meloni, convendría hablar pues de una descomunal desmovilización.

No es descabellado imaginar que los italianos se cansen rápido también de Meloni

Si Meloni sigue la senda que se propone recorrer, con proyectos que quieren cambiar radicalmente el sistema político italiano –como el presidencialismo a la francesa o la reforma de las autonomías, muy querida por la Liga y ya aprobada en el Consejo de Ministros–, puede haber una removilización de la ciudadanía. No hay que olvidar que en 2016 el entonces todopoderoso Renzi perdió el referéndum de reforma constitucional y tuvo que dimitir. Lo mismo puede pasar con las guerras culturales. El Ejecutivo está dando claras señales de querer construir una nueva hegemonía cultural. No se trata solo de poner en la agenda mediática los temas que más les interesan, sino de querer “revolucionar” el país, empezando por la televisión pública y la escuela. Es lo que hizo Orbán, ni más ni menos, tras su regreso al poder en 2010. La jugada le puede salir bien, pero demasiada prisa podría provocar una movilización de la sociedad.

En resumen, al contrario de lo que vaticinaban los más ingenuos, Meloni no tiene ni de lejos los días contados, pero, en contra de lo que dicen los supuestos “realistas”, el Gobierno ultraderechista no es un ejecutivo cualquiera, un poco más conservador que los anteriores. Es claramente una amenaza para la democracia italiana. Y, si me apuran, lo es aún más que otros gobiernos de ese color político porque tiene claro que hay líneas rojas que no se pueden traspasar –el atlantismo y el respeto de los parámetros establecidos en Bruselas– y que los cambios deben llevarse a cabo paulatinamente, sin levantar polvaredas contraproducentes.

Así que no nos queda otra que confiar en que la hybris de “Rey Giorgia” la lleve a cometer algunos errores de bulto y que la sociedad italiana abandone su apatía.

Tras las elecciones del pasado 25 de septiembre, en los medios progresistas italianos se repitió constantemente que Giorgia Meloni tenía los días contados porque la coalición de ultraderecha estaba muy dividida y la situación económica era crítica. En síntesis, se decía que Matteo Salvini, y sobre todo Silvio...

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Autor >

Steven Forti

Profesor de Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona. Miembro del Consejo de Redacción de CTXT, es autor de 'Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla' (Siglo XXI de España, 2021).

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