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Racismo en EE.UU.

En el ‘Mall’ de Washington (I): de la historia monumental a la historia desde abajo

El relato encriptado en los museos de la capital es fundamental para comprender la discriminación estructural desvelada por la teoría crítica de la raza y la revisión de la historia formulada en el Proyecto 1619

Ángel Loureiro 18/10/2022

<p>Un panel en el Museo Nacional de la Historia y la Cultura Afroamericana (NMAAHC) del Mall de Washington, inaugurado en 2016.</p>

Un panel en el Museo Nacional de la Historia y la Cultura Afroamericana (NMAAHC) del Mall de Washington, inaugurado en 2016.

Ted Eytan | Flickr

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(*) El artículo “Guerra cultural en los Estados Unidos”, publicado el pasado 18 de septiembre, se ocupaba de la controversia acerca de la teoría crítica de la raza y el Proyecto 1619, controversia que está teniendo un gran impacto en la enseñanza de la historia americana en las escuelas de numerosos estados conservadores, y podría tener un papel importante también en los próximos ciclos electorales del país.

El artículo que ahora se ofrece es el primero de una serie de tres en los que se propone una lectura de la historia negra “encriptada” bajo la historia pública americana, tal como se exhibe en los museos y monumentos concentrados en el Mall de la ciudad de Washington, y en los documentos fundacionales del país. Esa historia encriptada constituye el trasfondo histórico fundamental para comprender la discriminación estructural desvelada por la teoría crítica de la raza y la revisión de la historia del país formulada en el Proyecto 1619.

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Cientos y cientos de niños, en grupos escolares o en pequeños núcleos familiares, circulan por sus avenidas y senderos o se apiñan en el interior de sus museos. Buena parte de ellos parecen más interesados en charlar y bromear que en prestar la atención reverencial que reclaman sus alrededores –demasiados monumentos, demasiada información en los paneles de los museos para su margen de atención. Pero no importa. Sin duda captan el sentido del conjunto, y el mero hecho de estar allí –de peregrinaje, más que de excursión– les hará captar el sentido esencial del conjunto monumental en el que se mueven. Con ese fin los han llevado allí sus padres y maestros.

Reforzarán ese día, con esa excursión, la matriz del sentimiento nacional que ha sido grabada y ahondada en sus espíritus a través del ritual que desde su infancia han repetido a diario en sus escuelas al recitar, con una mano en el corazón, el juramento de lealtad a la bandera y a la nación americanas, práctica instituida a finales del siglo XIX, en la ocasión  del centenario colombino, con el objetivo de insuflar patriotismo en los niños americanos y en las multitudes de rapaces inmigrantes que entonces arribaban al país de los países y regiones más pobres de Europa. Desde entonces, la maquinaria de asimilación nacional americana ha mostrado una eficiencia prodigiosa en hacer suya a la segunda generación de los llegados de otros países. Con mucha frecuencia, esa segunda generación, respondiendo a la presión cultural de grupo, se niega a hablar la lengua de sus padres.

La maquinaria de asimilación nacional americana ha mostrado una eficiencia prodigiosa en hacer suya a la segunda generación de los llegados de otros países

Ese juramento de fidelidad a la nación sigue siendo de obligada recitación en la mayor parte de los estados del país. Y los niños que lo invocan han sido testigos, en sus televisores o en persona, del canto del himno nacional por una persona de renombre, ritual que precede a todos los eventos deportivos en el país y que comenzó en 1918, en medio del fervor patriótico de la Primera Guerra Mundial, se reafirmó con la Segunda Guerra y se fue extendiendo como práctica hasta convertirse en universal hoy en día. Antes de la Super Bowl, la gran final del fútbol americano, representantes de las fuerzas armadas hacen acto de presencia en el campo con música y banderas, y una escuadrilla de aviones del ejército del aire sobrevuela el estadio dejando a su paso estelas con los colores de la bandera americana, coronando así los actos que preceden el partido.

Esos niños que han sido testigos y participantes una y otra vez de esos rituales constituyen la mayoría de las personas que circulan por ese parque inmenso, de camino a sus monumentos o a uno de sus museos. El Mall es visitado por más de 20 millones de personas al año, la mayor parte ciudadanos del país.

El Mall de la ciudad de Washington. No un centro comercial (sentido más común de mall en los Estados Unidos) sino un espacio enorme donde se vende patriotismo y se compran corazones. Un rectángulo ajardinado de tres kilómetros de largo y medio de ancho en el que se alzan los centros de poder del país, monumentos a guerras y figuras históricas, y una serie de Museos Nacionales que son repositorios del pasado de la nación, de sus documentos fundacionales, de su desarrollo histórico y de sus logros técnicos.

El Mall de la ciudad de Washington no es un centro comercial, sino un espacio enorme donde se vende patriotismo y se compran corazones

Siguiendo las especificaciones de la Constitución americana, aprobada en 1787, para la creación de una ciudad federal que sirviera como sede permanente del gobierno americano, en 1791 el presidente Washington encargó el diseño de la nueva ciudad a Pierre Charles L’Enfant, quien incorporó en su plan una gran avenida que imaginó como un amplio paseo flanqueado por lugares de diversión (teatros, academias públicas), visión que nunca llegó a realizarse. Problemas de presupuesto y diferencias políticas paralizaron casi por completo la construcción de la avenida, aunque en sus inmediaciones se construyeron a finales del siglo XVIII la Casa Blanca y el Capitolio y, ya en el siglo XIX, el monolito del Monumento a Washington. Solo en 1902, cuando una comisión del Senado sugirió mejoras para los parques de la ciudad, la avenida de L’Enfant fue reimaginada como un espacio similar al Mall actual, en el momento en que Estados Unidos da el primer paso de camino a convertirse, en lenguaje de la época, en un “imperio emergente” al incorporar Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam en 1898, tras la fulminante derrota de España, considerado entonces como un “imperio en decadencia”.

A lo largo del siglo XX, a medida que el dominio americano se fue expandiendo por el mundo, el Mall fue tomando su forma actual al construirse en sus flancos varios ministerios, numerosos museos nacionales, monumentos que ensalzan a políticos fundacionales del país (Jefferson), presidentes que supieron alzarse a nivel cuasisagrado en el mayor momento de peligro de disolución de la república federal (Lincoln), y monumentos a los combatientes en guerras decisivas del siglo XX. Con estos añadidos, el Mall fue dando visibilidad monumental a una versión convencional de la historia y de los valores fundacionales del país, convirtiéndose en una escuela pública dedicada a moldear ciudadanos y a reforzar las matrices patrióticas de los que ya llegan de visita imbuidos de cierta versión del espíritu nacional.

Vista aérea del Mall. Foto: lynx81 (Flickr).

Administrado por una institución estatal, el National Mall and Memorial Parks (que desde 1933 está a cargo de los espacios públicos de valor histórico en la ciudad de Washington), el Mall cumple varias funciones: como centro simbólico del país, es un despliegue espectacular de historia pública, un espacio en el que se concentra la memoria de la historia nacional y se cultiva la afección por la patria; por su naturaleza misma, el parque sirve como espacio de recreo para sus visitantes y de escenario para celebraciones y desfiles de la más diversa índole; y su tercera función complementa, y con frecuencia cuestiona, la historia pública promovida por sus monumentos y museos. Precisamente por el simbolismo que tiene como repositorio concentrado de una versión pública de la historia nacional, y por su ubicación en el corazón político del país, el Mall cumple una función crítica decisiva. Amparándose en que, por ley, el National Mall and Memorial Parks no puede coartar la libertad de expresión en los espacios que administra (libertad otorgada por la primera enmienda de la Constitución), el Mall ha sido también desde su creación el escenario palpitante de cientos de concentraciones y protestas anuales, muchas de ellas de gran relevancia histórica.

El Mall ha sido también desde su creación el escenario palpitante de cientos de concentraciones y protestas anuales, muchas de ellas de gran relevancia histórica

En los últimos cien años el Mall ha servido de espacio de concentración y ocupación de diversos grupos que reclamaban nuevos derechos con esa acción: sufragistas para pedir el derecho al voto de la mujer; rabinos para llamar la atención al exterminio judío; pequeños granjeros montados en sus tractores, para protestar contra la política agraria del gobierno; diversos grupos, en varias ocasiones, para reclamar igualdad de derechos para mujeres o gays, para protestar contra el racismo; o para reclamar la reforma de la inmigración.

De los cientos de concentraciones que han tenido lugar en el Mall, sobresalen algunas muy notables por su impacto. En 1963 se congregaron en ese espacio en la March on Washington for Jobs and Freedom (Marcha a Washington: Trabajo y Libertad), evento en el que Martin Luther King dio su famoso discurso “Tengo un sueño” en la escalinata del Lincoln Memorial, escenario elegido también en 1970 por el Partido de las Panteras Negras el 19 de junio (fecha conocida como Juneteenth, con la que se conmemora la liberación de los esclavos tras la Guerra Civil), reclamando una reescritura de la Constitución que otorgara igualdad de derechos a grupos oprimidos (negros, mujeres, etc). En la primavera de 1968, poco después del asesinato de King, se llevó a cabo su idea de la Poor People’s Campaign (Campaña de los pobres), en la que, en reclamación de empleo y mejoras salariales, cinco mil participantes ocuparon el Mall durante un mes creando un asentamiento de tiendas y casetas que denominaron Resurrection City. También en el Mall se concentraron en 1969 miles de activistas en protesta por la guerra de Vietnam, y veteranos de esa guerra ocuparon ese espacio en 1971, protesta que culminaron arrojando en las escaleras del Capitolio sus medallas y su documentación militar. Y también en ese espacio, en 1978 miles de indios finalizaron una travesía de 5.000 kilómetros comenzada en Alcatraz (California), The Longest Walk (La marcha más larga), y acamparon durante una semana en tipis a la sombra del monumento a Washington, para protestar contra la legislación que alteraba, una vez más, sus tratados previos con el gobierno.

Una multitud, desde el monumento a Lincoln hasta el Obelisco, en la marcha por los derechos civiles de 1963. Foto: Warren K. Leffler.

En 2017, medio millón de personas participaron en la Women’s March on Washington, un día después de la investidura de Trump, para llamar la atención a sus posiciones políticas en contra de los derechos de la mujer. Y también en el Mall se reunieron en la mañana del 6 de enero de 2021 los partidarios de Trump que poco después asaltarían el Capitolio en un intento de impedir la certificación de la victoria de Biden. Una insurgencia nacionalista en la que resonaron ecos distantes de la manifestación de veinticinco mil miembros del Ku Klux Klan que en 1925, en la cima de su influencia política, convergieron en el Capitolio para reafirmar su política racista y xenofóbica, en un despliegue de fuerza de una disciplina rigurosa, casi militar, en notable contraste con el caos de los ultras que jugaron a vaqueros en enero de 2021.

No sin razón, en el folleto que recoge los fundamentos del National Mall and Memorial Parks se afirma que en un espacio como el del Mall se escribe historia sobre la marcha (history in the making). En varios casos (Vietnam, reclamaciones de las tribus indias y de la comunidad negra), con el tiempo, sus protestas, combinadas con el impacto político y civil de la reescritura de la historia nacional vista “desde abajo” (sobre la que se volverá más adelante) llevaron a que esas historias de opresión y resistencia fueran asimiladas a la historia nacional en museos erigidos en el Mall en el siglo XXI, que complementan y corrigen, hasta cierto punto, la historia pública del país institucionalizada en los Museos Nacionales que fueron creados en ese espacio a lo largo del siglo anterior.

Todos esos museos llevan el membrete de Museo Nacional y están administrados por la Smithsonian, una institución creada a mediados del siglo XIX con los fondos de la herencia de un inglés, James Smithson, quien por razones desconocidas legó sus bienes al gobierno de los Estados Unidos, con el fin explícito de que se fundara una institución dedicada al incremento y difusión del conocimiento. Institución ecléctica en sus comienzos, la colección variopinta de objetos históricos y del mundo natural de la Smithsonian se fue diseminando a finales siglo XIX y comienzos del XX por diversos museos e instituciones de nuevo cuño (Museo de Artes e Industrias, Zoo, Museo de Historia Natural); pero es a partir de la década de 1960 cuando la construcción, y la transformación de museos, Smithsonian toma un nuevo impulso, de claro signo nacional(ista), en una época de protesta y disensión (Vietnam, Panteras Negras, segunda ola de feminismo, emergencia popular del ecologismo) en que las nuevas generaciones rompen con las normas tradicionales de sus padres y desafían el poder.

En 1968, con fondos iniciales de la National Gallery of Art, se inaugura el National Portrait Gallery, en el que se acoge una importante colección de cuadros, bustos y fotos de figuras históricas americanas. En 1976 se traslada al Mall el Museo Nacional del Aire (dedicado al desarrollo de la aviación y creado significativamente en 1946, tras la Segunda Guerra Mundial) y se cambia su nombre a Museo del Aire y del Espacio, incorporando la contribución americana a la carrera del espacio con Rusia. En 2011 las connotaciones político-militares del museo parecieron constituir una provocación para los participantes en el movimiento Occupy D.C., quienes intentaron invadirlo, aunque sin éxito.

En 1964 se crea el Museo de Historia y Tecnología con el fin de albergar en él objetos relacionados con la historia y el desarrollo tecnológico del país, museo que en 1980, bajo la presidencia de Carter, pasa a llamarse, con intencionalidad más afinada, Museo Nacional de Historia Americana. Con tres millones de visitantes de media anual pre-covid, es el tercer museo más popular en el Mall, tras el Museo del Aire y el Espacio (con un promedio de 7 millones de visitantes) y el de Historia Natural, concurrido por 6 millones. Mostrando las huellas de los orígenes eclécticos de la Smithsonian, de la que se derivan sus fondos iniciales, este museo heterogéneo es emblemático de la fase nacionalista de los museos del Mall. En sus dos primeros pisos acoge objetos que han definido la experiencia americana: trenes, automóviles, trajes lucidos por las primeras damas en las investiduras presidenciales de sus esposos, artefactos culinarios (incluida la cocina completa de Julia Child, la gran innovadora que revolucionó la cocina americana al introducir técnicas francesas en la década de 1960), y hasta un par de zapatillas rojas –desaparecidas– de las varias que lució Judy Garland en su papel de Dorothy en El Mago de Oz, una película (ensueños, transformaciones mágicas, escapes temporales) enormemente popular en los Estados Unidos.

George W. Bush visita la bandera del fuerte McHenry en la reapertura del Museo Nacional de Historia Americana en 2008. Foto: Eric Draper.

El objeto más cuidado de este museo, el de mayor valor simbólico, es una bandera, la bandera por excelencia de los Estados Unidos, la Star-Spangled Banner (la Bandera Tachonada de Estrellas) a la que se refiere el himno nacional, del cual deriva su nombre. Se trata de la enseña que ondeaba en un fuerte del puerto de Baltimore (ciudad muy próxima a Washington) en 1814, cuando la escuadra inglesa cercaba el lugar. Contemplando la noche encendida por el fuego de artillería y la retirada de la escuadra inglesa a la mañana siguiente tras su fracaso en tomar el fuerte, el compositor del futuro himno americano escribió un poema ajustando la letra a la canción A Anacreón en los cielos, himno de un club inglés de caballeros (las anacreónticas, poema y canciones dedicadas al amor, la comida y la bebida, fueron una moda del siglo XVIII). Publicada la letra más tarde con el título de The Star-Spangled Banner: A Patriotic Song la canción compitió durante décadas con otras melodías por la representación hímnica de la nación, y no fue hasta 1931, tras una petición popular que recogió más de cinco millones de firmas, cuando se convirtió en el himno nacional. Adquirida por la Smithsonian en 1907, allí, en ese Museo Nacional de Historia Americana, está la bandera que memorializa una victoria contra los ingleses que fue vista como una segunda guerra de independencia.  Está en un espacio dedicado a ella exclusivamente, mermada de tamaño en su longitud (casi cuadrada, 10 metros de largo por 9 de alto), al haber perdido casi dos metros de largo, primero por el castigo de los vientos; luego, ya retirada, por los retazos regalados a peticionarios insistentes por la familia que la poseyó en el siglo XIX; y, más tarde, por el deterioro que sufrió en su uso en ceremonias oficiales en el siglo XX. Allí está desde el año 2008, restaurada pero todavía frágil, en una cámara presurizada, con control de temperatura y humedad, asentada en una enorme mesa cuyas patas traseras son más altas que las delanteras, para que los visitantes puedan contemplar la bandera en toda su plenitud bajo una luz tenue, en un ambiente que invita al recogimiento y a la admiración callada y al orgullo patriótico de los americanos que visitan el museo. Allí la contemplan en silencio adultos y niños, los mismos que han oído cientos de veces el himno al que la bandera dio origen, el que suena antes de los partidos de deportes en el país, el himno que desde 2016 muchos jugadores profesionales americanos, haciendo uso de su derecho constitucional a la libertad de expresión, optaron por escuchar hincando una rodilla en tierra como protesta contra la violencia policial ejercida contra la comunidad negra, esos jugadores que Trump, en sus tiempos de presidente, llamó “hijos de puta”, por negarse a escuchar de pie “nuestro gran himno nacional”. El poema de Francis Scott Key (un abogado dueño de esclavos) del que se sacó la letra del himno contiene una estrofa en la que se alude al terror y la muerte sufridos por los esclavos que intentaron aprovechar el caos de la guerra para rebelarse: “¿Y dónde está la banda que juró atrevida / que el caos de la guerra y la confusión del combate / nos iban a dejar sin hogar y sin patria? / Su sangre ha limpiado la suciedad de sus pasos. / Ningún refugio pudo salvar al mercenario y al esclavo / del terror de la huida y el horror de la tumba; / y la bandera tachonada de estrellas ondea en victoria / sobre la tierra del libre, y el hogar del valiente!” (“And where is that band who so vauntingly swore / That the havoc of war and the battle's confusion / A home and a country should leave us no more? / Their blood has washed out their foul footsteps' pollution. / No refuge could save the hireling and slave, /From the terror of flight and the gloom of the grave; / And the star-spangled banner in triumph doth wave / O'er the land of the free, and the home of the brave!”).

Como se podría esperar, esos versos están ausentes del himno americano (excepto los dos últimos, que forman el estribillo del poema), aunque grupos negros contestarios las incluyen en sus interpretaciones.

Los dos pisos superiores del Museo Nacional de Historia Americana, en apariencia disonante con las muestras de los pisos inferiores, en realidad refuerzan el carácter celebratorio de los logros expuestos en esos dos primeros pisos. Dedicados a la presidencia y la historia militar americanas, dependiendo de cómo uno visite el museo, las lecturas pueden diferir en el proceso de su desarrollo pero no en su conclusión: para disfrutar de todo lo expuesto en los dos primeros pisos (casas, cocinas, coches, trenes) han sido necesarios los conflictos bélicos y el liderazgo político museizados en los pisos superiores; o, invirtiendo la dirección de la visita, si uno la comienza en el piso superior: gracias a nuestros líderes e intervenciones militares hemos podido tener lo que verás en los pisos inferiores. Con el desarrollo técnico y económico, y con las guerras emblemáticas celebradas en el museo se consiguió la supremacía que ha llevado a algunos historiadores a denominar el siglo XX como “el siglo americano”.

No hay nación sin guerreros, no hay patria sin caídos. En las cercanías del Memorial al presidente asesinado por un supremacista blanco una semana después del fin de la guerra civil americana, se ubican varios monumentos a combatientes en guerras del siglo XX. El primero que se instaló, el War Memorial del Distrito de Columbia, es un monumento modesto que rememora solo a los combatientes y muertos de la zona de Washington en la Primera Guerra Mundial; pero el monumento a los combatientes en la Segunda Guerra Mundial despliega una ambición y espectacularidad en consonancia con la hegemonía internacional que el país había alcanzado para entonces. El estilo grandilocuente y heroico de ese National World War II Memorial, ajeno a las sensibilidades actuales, más sintonizadas con las víctimas de la historia que con los héroes y triunfadores, contrasta con el muy modesto Memorial dedicado a los combatientes en Corea (guerra gris, memoria ambigua) y aún más, aunque de otro modo, con el Vietnam Veterans Memorial (1984), el más reciente, y probablemente el último, monumento a un conflicto bélico erigido en el Mall. Un monumento minimalista, y por eso más impresionante y conmovedor. Y de nombre equívoco: el “veteranos” de su nombre debería ser “muertos”. Muertos en una guerra absurda e impopular que terminó con la evacuación americana tras dejar atrás 58.000 muertos y desaparecidos cuyos nombres están inscritos en el Memorial. En contraste con los modelos clásicos de monumentos a las guerras erigidos en el siglo XX (triunfalistas si recuerdan las victorias, con matices religiosos si memorializan a los muertos), los nombres y apellidos de los muertos y desaparecidos americanos en Vietnam están punzados en unas placas de granito negro que aumentan de altura a medida que el visitante desciende por unas rampas a lo largo de esas placas –evocando una pirámide invertida que en lugar de alzarse hacia el cielo se va hundiendo en la tierra– hasta alcanzar el nadir de 1959, el punto central, y el más bajo, del monumento: el año del comienzo del infierno americano en Vietnam. Ya no es un monumento a héroes combatientes o caídos por la patria, sino un recuerdo de las víctimas, haciéndose eco de un giro afectivo en la concepción de la historia que comienza a vislumbrarse en los años de esa guerra: la historia como catástrofe, la guerra como un acto de barbarie, y la víctima, ya no el héroe, como protagonista de un pasado colmado de atrocidades, opresión, crueldad e injusticia. Esa fue la primera guerra en que las tropas blancas y negras no estuvieron segregadas. También en ella el porcentaje de soldados negros reclutados fue significativamente superior al porcentaje de la población negra del país.

Cuando la memoria del pasado empieza a enfocarse en la víctima y ya no en el héroe, la escritura de la historia también cambia su enfoque y sus protagonistas

En esa misma época en que la memoria del pasado empieza a enfocarse en la víctima y ya no en el héroe, la escritura de la historia también cambia su enfoque y sus protagonistas, y la historia política, centrada en grandes personajes y eventos, es cuestionada y desplazada por un nuevo tipo de escritura del pasado, la historia desde abajo, propuesta y practicada en la década de 1960 por el historiador marxista E. P. Thompson. Esta nueva visión de la historia tiene como protagonistas a sujetos considerados como secundarios o invisibilizados por completo en la escritura de la historia, hegemónica entonces, centrada en grandes personajes, eventos o estructuras. En los Estados Unidos la historia desde abajo fue sintetizada por Howard Zinn en un libro ejemplar, A People's History of the United States (1980, traducido como La otra historia de los Estados Unidos), en el que la historia del país está protagonizada por las luchas y reivindicaciones de indios, esclavos, negros libres, sindicalistas y mujeres. En un estudio de los libros de texto usados para estudiantes de bachillerato en los Estados Unidos a lo largo del siglo XX, publicado en 1979, Frances Fitzgerald constata que en la década de los setenta se percibe un cambio radical en esos textos, que por primera vez se ocupan de grupos hasta entonces marginados en la escritura de la historia, y en lugar de enfocarse en un relato nacionalista centrado en el progreso y la marcha de la libertad, dan protagonismo a la opresión, la violencia, el conflicto y la resistencia.

El historiador Charles Hofstadter ya había propuesto unas décadas antes que la historia de Estados Unidos tenía como deber reemplazar al mito y la nostalgia, pero aunque en alguno de sus libros mostró los intereses capitalistas de los padres de la patria y de líderes posteriores (ya en la década de 1930 Charles Beard había postulado que los redactores de la Constitución estuvieron guiados por el ánimo de lucro personal), la desmitificación del relato nacional que ejercitan esos historiadores se sigue centrando en presidentes o en grandes ideas generales, por muy crítica que sea su visión. Sin embargo, el trabajo historiográfico de la historia desde abajo que Zinn condensa en su libro es mucho más radical, al enfocarse en el testimonio y experiencia de los que hicieron historia a diario, los sujetos en los que la historia queda inscrita en sus cuerpos-documentos, sujetos secundarios pero no pasivos, incluso en el caso de los esclavos, quienes se rebelaron, y resistieron, y fueron escribiendo a diario la historia de su futura liberación.

Con esa nueva historia no solo se amplía el conocimiento del pasado de la nación sino que se reemplaza lo que Lynn Hunt denominó una “historia nacional autocomplaciente”, centrada en el hombre blanco, que ignora el hecho de que el país fue multicultural desde sus comienzos. La historia desde abajo fragmenta la experiencia nacional al presentarla como un conflicto entre grupos étnicos y raciales, perdiéndose (aunque solo hasta cierto punto) el sentido de comunidad unitaria de los americanos. Solo hasta cierto punto, por al menos dos razones. En primer lugar, porque los mismos grupos (negros, mujeres, gays) marginados en la escritura de la historia tradicional reclaman en sus luchas derechos otorgados por la Constitución, documento que así cumple una función unificadora (aunque disputada en cuanto a su interpretación). La abolición reciente por el Tribunal Supremo del derecho constitucional al aborto se basó en una interpretación de la enmienda 14 de la Constitución, aprobada en 1868 para conceder derechos civiles plenos a los esclavos liberados en 1865. Por mucho que la historia desde abajo haya desarticulado el (supuesto) pasado común del país, la “comunidad imaginaria” de los americanos, por muy dividida que esté, sigue teniendo una gran comunalidad al estar cimentada en la referencia casi universal a la Constitución como un documento unificador de la nación. Y, en segundo lugar, el sentido de comunidad unitaria se sigue manteniendo (a pesar de las profundas divisiones que está llevando a algunos grupos a ver, de manera desnortada, como amenaza de nueva guerra civil en el país) porque la versión popular del pasado del país, esa versión reforzada por la historia pública del Mall al que acuden anualmente millones de peregrinos, tiene un calado profundo en buena parte de la población, la cual se aferra a ella como ancla vital de su concepción de la nación y de su identidad personal, que ven como intrínsecamente ligadas. Las polémicas acerca de la enseñanza escolar de la historia del país inflamadas por la teoría crítica de la raza no son más que un episodio de la revisión de la historia americana, y de la guerra cultural concomitante, que se está llevando a cabo desde la década de los sesenta.

Una persona observa el Memorial a los Veteranos de Vietnam, finalizado en 1982. Foto: Ben Schumin.

Al dar visibilidad a las víctimas de un conflicto bélico, y no ya a sus gestas heroicas, el monumento a los muertos en Vietnam inaugura una visión nueva de la historia pública memorializada en el Mall. Este giro es evidente también en los museos construidos en ese espacio en las tres décadas transcurridas desde la erección de ese monumento. En contraste con el tono triunfalista de la fase nacionalista que los precede, esos tres museos, al centrarse en la historia de violencia e injusticias sufridas por grupos minoritarios, añaden a la historia pública del Mall un tono histórico sombrío y un signo político crítico. El primero de ellos, el United States Holocaust Memorial Museum, inaugurado en 1993, y creado a partir de una idea puesta en marcha por el presidente Carter en 1978 con la creación de una comisión presidida por el superviviente del Holocausto Elie Wiesel, es ajeno a la rúbrica “Nacional” del resto de los museos del Mall, y fue construido en ese espacio de historia pública americana por razones y presiones políticas que se salen del objetivo de este escrito. Aun así, al recordar una historia de víctimas y barbarie, está en sintonía con los dos museos más recientes, que delinean una historia americana crítica de la versión nacional-triunfalista de los museos tradicionales del Mall. Con el National Museum of the American Indian, inaugurado en 2004 (aunque ya existía una versión en Nueva York desde 1916) y el National Museum of Afro-American History and Culture (NMAAHC), inaugurado por Obama en 2016, se da cabida en el relato público nacional a una historia de violencia y explotación sobre la cual se asentó el futuro y el bienestar de la nación. Un museo dedicado a la historia y logros de la comunidad negra fue propuesto por vez primera ya en 1915 por antiguos combatientes negros en la guerra civil al celebrar en Washington el cincuenta aniversario del final de la guerra, y aunque los apremios para construirlo se intensificaron en la década de 1970 (en la estela de la lucha por los derechos civiles de las décadas anteriores) el proyecto no fue aprobado por el Congreso hasta 2003, bajo la presidencia de Bush padre.

El NMAAHC es el cuarto museo más visitado del Mall, e incorpora a la historia pública exhibida en ese espacio las vicisitudes de la comunidad negra

El NMAAHC es el cuarto museo más visitado del Mall, e incorpora a la historia pública exhibida en ese espacio las vicisitudes de la comunidad negra, desde los comienzos de la esclavitud en el Atlántico hasta las luchas del movimiento Black Lives Matter: un periplo que el museo exhibe tratando de equilibrar el sufrimiento y la resistencia, la injusticia y la esperanza, el dolor y la celebración. Al igual que el Museo Nacional del Indio Americano, corrige la historia pública americana contada en los monumentos y museos tradicionales del Mall, al narrar el historial de sus excesos e injusticias. Es un museo oficial dedicado a un grupo subalterno (pero en absoluto secundario), con todas las ambigüedades y equilibrios que esa incorporación conlleva. Un espacio, real y simbólico al mismo tiempo, que no quiere ser solo un museo del negro americano, ni exclusivamente para él, y que presenta a la comunidad negra no simplemente como un grupo subyugado históricamente, como víctima, sino también y, sobre todo, como un sujeto con agencia y protagonismo en la historia del país, resaltando las aportaciones decisivas que esa comunidad ha hecho a la economía, los derechos civiles y la cultura americanas.

Al ser incorporado a la historia pública del Estado espectacularizada en el Mall, el museo tiene un papel institucional ambiguo que lo sitúa entre la reivindicación y la cooptación, el recuerdo y el olvido. Como sucede con cualquier narrativa histórica, siempre hay omisiones, y al mantener como sujeto unitario a una comunidad muy dispar, unificada como tal por el racismo de los siglos anteriores, no da espacio a las diferencias de clase y de género dentro de la comunidad negra. Aun así, el museo admite una lectura radical en dos frentes complementarios. Según uno de ellos, al que se alude en los vídeos expuestos en la última sala del museo, la esclavitud fue abolida, pero el racismo perviviría estructuralmente en el país aun en el presente (como sostiene la tesis central de la teoría crítica de la raza) a pesar de toda profesión de igualdad. En otra lectura, más implícita que propuesta en el museo, la comunidad negra (y no la blanca dominante) sería el sujeto decisivo de la historia del país. Esa reclamación adquiere forma más explícita en el polémico Proyecto 1619 auspiciado por el New York Times: el momento fundacional de los Estados Unidos ya no sería la revolución contra el imperio inglés, sino la fecha de llegada de los primeros esclavos negros en 1619 al territorio del país. “Las historias de los orígenes importan, para los individuos, los grupos, las naciones. Dan forma a nuestra identidad al decirnos que tipo de gente creemos que somos, en qué tipo de nación creemos que vivimos”, afirma Annette Gordon-Reed, la investigadora que aportó pruebas convincentes acerca de la relación sexual de Jefferson con su esclava negra Sally Hemings. La importancia de los orígenes la sintió vivamente el entonces presidente Trump, quien tras la publicación del Proyecto 1619, reaccionó creando en el otoño de 2020 una desastrosa Comisión 1776, con el objeto de reafirmar la historia rancia del país, protagonizada por el hombre blanco, como respuesta a las reclamaciones y la provocación del Proyecto 1619, dando origen a una polémica que fue examinada en el artículo mencionado al comienzo.

Con el NMAAHC se integra en la historia pública nacional expuesta en el Mall a un protagonista que en realidad ya estaba en ese espacio desde el principio, en una historia a veces indirecta y con frecuencia soterrada. Está asentada en el terreno mismo del Mall, escenario antiguo de trata de esclavos, en los cimientos y en el trabajo de cantería del Capitolio y de la Casa Blanca, construidos en parte con mano de obra negra, está implícita en el Monumento a Washington, propietario de esclavos. Y las trazas de la historia negra subyacen, como fantasmas, a los fragmentos de escritos y discursos de Jefferson y Lincoln reproducidas en los monumentos devocionales consagrados a ellos en el Mall. En esa historia encriptada bajo el relato blanqueado de la historia americana está presente la tensión inaugural de la fundación de un país que en su Declaración de Independencia afirma que la libertad es un derecho fundamental del ser humano, al mismo tiempo que, en lo que se ha denominado “la paradoja americana”, niega la libertad al grupo sobre el que se asentará buena parte de la riqueza y desarrollo del país en la primera mitad del siglo XIX. Esa tensión inaugural entre documentos fundacionales idealistas y prácticas racistas, violentas y explotadoras, no se empieza a aflojar hasta la guerra civil y la emancipación de los esclavos, pero sigue presente hoy en día en las luchas de la comunidad negra por crear una sociedad no discriminatoria y por lograr una plenitud de derechos civiles. Una tensión, y una lucha que, en realidad, están inscritas en la promesa mesiánica implícita en la fundación del país y que se manifiesta en controversias y convulsiones a lo largo de su historia.

De las cuestiones planteadas en este último párrafo se ocuparán los dos próximos artículos de esta serie.

(*) El artículo “Guerra cultural en los Estados Unidos”, publicado el pasado 18 de septiembre, se ocupaba de la controversia acerca de la teoría crítica de la raza...

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Autor >

Ángel Loureiro

Es licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Ha sido docente en materias de literatura, cine y fotografía en varias universidades estadounidenses, entre ellas Princeton, institución en la que dirigió el Departamento de Español y Portugués. 

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