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¿La nueva marcha sobre Roma? (y IV)

San Antonio, ayúdanos

Visto lo que hemos visto y oído lo que hemos oído, decidimos que lo único que podíamos hacer era una cosa: ir en peregrinaje a la casa de Antonio Gramsci

Steven Forti 26/08/2022

<p>La ciudad de Carbonia en 1938.</p>

La ciudad de Carbonia en 1938.

S. F.

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Nunca se debería confiar demasiado en un coche. Menos aún si ese coche habla. Tenedlo en cuenta. En vez de dirigirse a Ancona para llevarnos a Grecia, KITT tiró exactamente para el otro lado, hacia el mar Tirreno. El problema fue que no nos dimos cuenta de nada porque dormíamos como bebés. La noche anterior habíamos celebrado a lo grande con unos cuantos Montenegros el supuesto regreso al país heleno: a las cuatro de la mañana se nos ocurrió incluso bailar un sirtaki a lo Anthony Queen en un aparcamiento de Anghiari. Ya se sabe que la ocasión hace el ladrón. Y KITT, oyéndonos roncar como morsas –sí, también las diosas a veces roncan–, aprovechó para jugarnos una de las suyas. Luego el cabrón se justificó diciéndonos que Meloni daba un mitin justo en Ancona ese día y no quería coincidir con ella. Así que nos llevó a Livorno y de ahí a Olbia. Nos parecía una bobada, la verdad, pero la resaca nos obligó a tragarnos sin más su justificación simplona. 

Por lo menos, para endulzarnos el despertar cuando desembarcamos en Cerdeña, KITT nos puso Un’estate al mare de Giuni Russo. De Olbia subimos hacia Palau. Con esa voz melodiosa que nos mecía y los primeros rayos de sol que iluminaban calas y calitas, el litoral nos parecía aún más bello de lo que era. En Santa Teresa di Gallura paramos para el primer cappuccino del día. En frente teníamos las rocas blancas de la costa meridional de Córcega. “Al fin y al cabo, no nos podemos quejar. Esto no es Grecia, pero se parece bastante”, comentó Minerva mientras una brisa cálida le removía el pelo. “Eso sí, hace un calor horroroso”, añadí yo ya empapado de sudor por culpa del siroco. “Y esto está más petado que las Ramblas el día de Sant Jordi”. Niños caprichosos llorando a la primera de cambio, adolescentes gritando, padres reprendiendo con gritos a los susodichos niños caprichosos, perros de pijos ladrando, pijos alardeando de ser pijos, parejas sacándose selfis a la primera de cambio para subirlas a Instagram. Eso era el infierno. O se parecía mucho. Adónde mirabas, además, veías tatuajes. Parecía una competición para ver quién lo tenía más feo: un mapa de Italia en un brazo de un chaval, un velero en la pierna de otro, un águila enorme ocupaba la espalda de un tercero, flores cutres en los hombros de una chica, un sinfín de frases banales en las muñecas, los tobillos, el cuello. “Qué cutres os habéis vuelto los humanos”, espetó desconsolada Minerva. 

No era solo apariencia, lamentablemente. Las conversaciones representaban bien lo que veíamos. En la mesa de al lado teníamos unas parejas de cincuentones que hablaban del nuevo Rolex que se había comprado uno de ellos. “Ya no se puede caminar por la calle sin tener miedo a que te lo roben. Y suerte tienes a que no te den una paliza”, soltó uno de los dos hombres. “No sabéis lo que me pasó este invierno”, intervino su mujer. “Estaba caminando por las calles del centro de Brescia. Llevaba un abrigo de piel y un collar dorado. Un joven me pasó delante y me miró. No le hice demasiado caso. Entré en un bar para tomar un café y, cuando salí, él seguía ahí. Se me lanzó encima y me arrancó el collar. Luego se escapó”. “¿Era negro?”, preguntó como si nada el otro pureta. “No, no, era blanco”, contestó la mujer. “Ya no te puedes fiar de nadie con todos estos migrantes”, zanjó. KITT cayó una vez más en un silencio sepulcral que, una vez que subimos al coche, rompió solo con una nueva canción de Giuni Russo, Alghero. Imaginamos pues que ese era nuestro nuevo destino. 

Nos equivocamos. Alghero estaba cerca, es verdad, pero de la que se conoce como la pequeña Barcelona nos separaba un pedazo de mar. “Estamos en Fertilia”, nos explicó nuestro coche fantástico. “Es una de las ciudades de fundación fascista”. Se trataba en realidad de un pueblo de unos dos mil habitantes. “A mediados de los treinta, al régimen le dio por recuperar zonas pantanosas en diferentes latitudes de la península. Las más conocidas son las Lagunas Pontinas, al sur de Roma, donde se crearon ciudades como Littoria, rebautizada luego como Latina, o Sabaudia. Se poblaron sobre todo con campesinos sin tierra del Véneto, el Friuli y la Emilia. Pero también en Cerdeña hay unas cuantas. Fertilia es una de ellas”. En una placa puesta en la plaza principal del pueblo leímos que llegaron familias de la provincia de Ferrara esencialmente, pero después de la guerra en Fertilia se asentaron sobre todo los italianos que abandonaron Istria y Dalmacia, anexionadas por Yugoslavia. “¿Veis ese león alado ahí arriba?”, continuó KITT. “Es el león de San Marcos, símbolo de la República de Venecia. Todas las calles de Fertilia están dedicadas a las tierras que abandonaron los nuevos habitantes”. 

KITT había vuelto a las andadas. Lo único que parecía reanimarle al menos un poco de la desesperación por ver en qué estado se encontraba Italia era hacer turismo histórico, si así se le puede llamar. Hablando en plata: visitar monumentos y sitios de la época fascista. Para tener contento al niño, y porque tener un coche mudo y deprimido no es lo mejor cuando se está de vacaciones, hicimos una vez más de tripas corazón y aguantamos el tipo. Qué se le va a hacer. De Fertilia bajamos la costa occidental de Cerdeña. La carretera costeaba el mar, subía a unos cerros, volvía a bajar empinada, entre curvas y rebaños de ovejas. Había empezado a soplar el mistral y el clima era más agradable. Además no había nadie. En Bosa paramos para comer unos espaguetis con bottarga y probar unos deliciosos pecorinos, el queso de oveja casero más conocido de la isla, bañados por una botella de Malvasia, el vino dulce que se produce en este pueblo dominado por el castillo de los Malaspina. Estábamos mucho mejor.

El pueblo de Bosa, a orillas del río Temo, y el castillo de los Malaspina. | Fotografía de Steven Forti.

  “¡Han asesinado a Dugina en Moscú!”, soltó preocupado KITT cuando apurábamos el segundo vaso de mirto. Al poner cara de poker, Minerva aclaró: “Es la hija de Dugin, una ultranacionalista rusa. Su padre es el amigo de todos los rojipardos y neofascistas europeos. También los hombres de Salvini tenían relación con él. Está como una regadera. Algunos lo llaman el Rasputin de Putin, pero en realidad no es más que otro loco de la colina. Viene repitiendo desde hace años que Occidente se está suicidando por culpa de la ideología de género, los gays y los progres”. “Bueno, visto lo visto estos días en las playas de Cerdeña, parece que el ocaso de Occidente es una realidad, aunque las razones sean otras”, comentó KITT. Se hizo el silencio. Minerva se puso a canturrear otra canción de Battiato, Centro di gravità permanente. Era lo que habríamos necesitado en un mundo que se volvía cada día más incomprensible.  

A la mañana siguiente bajamos hasta el golfo de Oristano. KITT nos obligó a visitar Arborea, otra ciudad de fundación fascista. En los treinta se llamaba Mussolinia di Sardegna. Decir que era bonita habría sido excesivo, pero no dejaba de ser interesante. “Oye KITT, en San Giovanni in Sulcis, allá donde se cierra el golfo, hay una iglesia paleocristiana y una antigua ciudad romana”, le soltó Minerva que, si tenía el día bueno, sabía como engatusarle. El tiro no le salió por la culata y mientras KITT visitaba Tharros, que antes que romana fue fenicia, y se entretenía un rato en la pequeña basílica a orillas del mar que se dice que fue reconstruida por los navarros hacia el 1.070, la diosa y el menda pudieron disfrutar de una tarde de paz en una calita perdida. Por fin. Entre tantos monumentos fascistas estaba a punto de estallarnos la cabeza. 

La torre de San Giovanni in Sulcis y la bahía de Oritano. | Fotografía de Steven Forti.

Al atardecer, quedamos en un bar para tomar unos spritz. En la radio anunciaron que Meloni presentaba como candidato en la circunscripción de América Latina a Emerson Fittipaldi, el famoso piloto de Fórmula 1 de los setenta. “Es un racista como la copa de un pino. Y además es colega de Bolsonaro”, comentó Minerva que, ya no quedaba duda alguna, se había puesto al día de la situación política italiana e internacional. “En las listas de Meloni, hay de todo: desde neofascistas que se hacen selfies en la tumba de Mussolini a vejestorios berlusconianos que ahora se han resituado visto dónde sopla el viento”, explicó KITT. Decidí llamar a Ernesto Bassignano, una vida entre la canción de autor comprometida –organizaba las fiestas de l’Unità en los setenta– y el periodismo. En tiempos de Berlusconi lo acabaron echando de la radio pública porque sus comentarios mordaces molestaban al Cavaliere. “Estoy muy preocupado”, se confió. “Vivimos en un país cabreado e insolidario. Ya no lo reconozco. La gente es cada vez más ignorante y reaccionaria. La derecha ganará, pero se pelearán enseguida. Durarán seis meses. Silvio, que quiere morir como un líder liberal, no soporta ni a Meloni ni a Salvini”, añadió. “Pero si ha sido Berlusconi el que los ha criado y legitimado durante tres décadas…”, les contesté. “Y no te olvides que ha sido siempre él, el viejo Caimán, que, junto a Salvini, hizo caer el gobierno de Draghi”. El viejo Bax, como lo llaman los amigos, se quedó en silencio. “Quizás intento solo hacerme algunas ilusiones para no caer en la desesperación”, fue el único que consiguió decirme. 

Ni Sere d’agosto ni Adrenalina de Giuni Russo, que había sustituido definitivamente a Raoul Casadei en nuestro corazoncito, consiguieron hacernos sonreir. KITT aprovechó la ocasión para llevarnos más al sur, hasta el Sulcis. Paramos en la ciudad más fea de la región. “¿Dónde estamos ahora?”, pregunté. “En Carbonia. Mussolini la inauguró en diciembre de 1938. Llegó a albergar a más de 40.000 personas que trabajaban en las minas de carbón que se descubrieron en este valle. Por esto los edificios principales están construidos con la traquita roja”, nos explicó. Era una ciudad al estilo racionalista que mostraba todo el clasismo del fascismo. En el centro se encontraba la plaza con la iglesia en un lado, el ayuntamiento en el otro y la torre littoria, sede del partido, enfrente. A su lado un teatro y el edificio del Dopolavoro, el espacio destinado por el régimen al recreo de los trabajadores tras la destrucción de todos los sindicatos libres. El barrio alrededor de la plaza estaba destinado a los dirigentes y los empleadores, mientras los demás barrios eran casuchas para obreros. Donde estaba el Dopolavoro ahora había un bar: no desaprovechamos la ocasión para tomarnos unos spritz. Los necesitábamos. 

La plaza central de Carbonia con la iglesia en traquita roja. | Fotografía de Steven Forti.

En las afueras de Carbonia, donde se erguía la enorme mina de Serbariu, se encuentra ahora un museo. KITT quería visitarlo. Bajamos pues bajo tierra en túneles y pozos oscuros, vimos cómo eran explotados más de 12.000 mineros hasta 1964 cuando se decidió cerrar la mina porque el carbón que venía de otras latitudes era más competitivo. “El régimen enviaba aquí a muchos disidentes políticos condenados a la cárcel y al confinamiento. No tenían ningún salario y les tocaban las tareas más duras. Muchos murieron por incidentes o luego por fibrosis pulmonar. En 1940, además, con la entrada de Italia en la guerra, se impuso a los mineros trabajar más de 12 horas por día sin ni siquiera incrementarles el sueldo”, nos explicó KITT. “Dos años después, el 2 de mayo de 1942, los trabajadores, que vieron cómo se les encareció el alquiler, se plantaron y decidieron no bajar a los pozos. Fue la primera gran huelga de todo el país desde la instauración de la dictadura. Y fue victoriosa. El régimen capituló en menos de 24 horas: en medio del esfuerzo bélico, la producción de carbón no podía pararse”, continuó. “A veces es en la hora más oscura cuando se entrevé la luz de la esperanza”, glosó Minerva. 

Los edificios que se han conservado de la mina de Serbariu, a las afueras de Carbonia. | Fotografía de Steven Forti.

Cuando KITT nos resumió la historia de Carbonia una vez acabado el fascismo, pensé que la historia a veces es extraña. No corre nunca en andenes rectos: sube y baja, gira a la derecha y a la izquierda. A veces da tumbos y saltos. Nunca sabemos hacia dónde. “El primer alcalde de Carbonia elegido democráticamente por los ciudadanos fue del Partido Comunista. El PCI mantuvo Carbonia hasta principios de los noventa. Pietro Cocco, alcalde en cinco ocasiones, era uno de los mineros que se plantaron ese 2 de mayo de 1942”, nos explicó. “¿Y ahora quién gobierna?”, pregunté. “El Partido Democrático. El año pasado reconquistó la alcaldía tras una legislatura de los grillini. Aquí, resumiendo, siempre gobernó la izquierda. O lo que queda de ella”, contestó. “Bueno, por lo menos, Carbonia no ha acabado en manos de la derecha como Predappio”, añadí yo. “Italia es un país contradictorio”, reflexionó Minerva. “La Romaña, tierra socialista y republicana, crió a Mussolini. Carbonia, ciudad de fundación fascista, ha sido y sigue siendo un feudo de la izquierda”. “Italia is different”, soltó con una risotada KITT. “Para bien y para mal”, zanjé yo. 

La historia de los mineros nos dio un poco de ánimo cuando nuestras cabezas volvieron al presente. La radio nos propinaba las últimas declaraciones de Meloni, aplaudida como una diosa en el mítin de Comunión y Liberación (CL) de Rimini. Al pobre Letta, un buen católico, incluso le abuchearon cuando se atrevió a decir que la obligatoriedad de la escuela debería empezar a los 3 años y alargarse hasta los 18. “Bueno, los de CL se suben siempre al caballo ganador, más allá de quién sea. Fueron berlusconianos en su tiempo, aplaudieron a Renzi y a Salvini, luego beatificaron a Draghi. Ahora le hacen la pelota a Meloni. ¿Qué te esperabas?”, comentó KITT. ¿Cómo no darle la razón?

Visto lo que hemos visto y oído lo que hemos oído, decidimos que lo único que podíamos hacer era una cosa: ir en peregrinaje a la casa de Antonio Gramsci. Dejamos el Sulcis y nos movimos hacia Ales, un pequeño pueblo en el centro de la isla. Enseguida encontramos la casa en que nació Gramsci. KITT quiso hacerse un selfie. Yo besé las paredes. Minerva canturreó otra canción de su querido Battiato, Segnali di vita. Ahí nos quedamos, de rodillas, rezando para que el alma de Gramsci nos ayudara. Y ayudara a este bello, extraño y complicado país. Obviamente, con unos cuantos spritz delante.  

Nunca se debería confiar demasiado en un coche. Menos aún si ese coche habla. Tenedlo en cuenta. En vez de dirigirse a Ancona para llevarnos a Grecia, KITT tiró exactamente para el otro lado, hacia el mar Tirreno. El problema fue que no nos dimos cuenta de nada porque dormíamos como bebés. La noche anterior...

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Steven Forti

Profesor asociado en Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa. Miembro del Consejo de Redacción de CTXT, es autor de 'Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla' (Siglo XXI de España, 2021).

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