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MEDIOS DE DESINFORMACIÓN

Los hombres (y mujeres) de las cloacas

En 1972, una investigación periodística terminó en el Watergate, que obligó a Nixon a dimitir como presidente de EE.UU. Hoy apenas hay ‘Bernsteins’, ni ‘Woodwards’, y nuestra exclusiva sobre el encuentro de Dolores Delgado con Inda se ignoró

Willy Veleta 27/07/2022

<p>La fiscal general del Estado, Dolores Delgado, y Eduardo Inda, saliendo y entrando del mismo portal en el centro de Madrid.</p>

La fiscal general del Estado, Dolores Delgado, y Eduardo Inda, saliendo y entrando del mismo portal en el centro de Madrid.

Willy Veleta

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El 17 de junio de 1972, Frank Wills, guardia de seguridad del edificio Watergate, descubrió que una de las puertas del sótano tenía una cinta de carrocero adosada al resbalón de la puerta, de manera que parecía cerrada pero se podía abrir con solo empujarla.

Wills quitó la cinta, cerró la puerta y siguió con la ronda. Media hora más tarde volvió al sótano y se encontró con la misma situación: un trozo de cinta sujetando el resbalón de la puerta.

A Wills la vida no le solía sonreír, le había costado mucho conseguir ese trabajo. En la entrevista estuvieron a punto de descartarlo porque no tenía experiencia como guardia de seguridad, pero al final el entrevistador le vio tan angustiado que decidió darle una oportunidad.

Wills vivía en un apartamento pequeñísimo que apenas podía pagar. Era de un pueblo del estado de Georgia y no conocía a nadie en Washington D.C. Mantener su trabajo y dar de comer a su gato era lo único que le importaba.

Wills ganaba 80 dólares a la semana. Una lata de atún costaba 25 céntimos en aquella época.

Cuando llega a recepción en esa noche de verano del 72, llama al Segundo Precinto de la Policía Metropolitana. El aviso salta por la emisora. Una patrulla comunica que ellos están cerca, pero van de paisano (de hecho uno lleva un gorro de pescador y los demás camisas hawaianas). Otra patrulla dice que ellos también están cerca, pero que están repostando en una gasolinera.

La patrulla, a la que más tarde llamaron hippy, llega enseguida, bloquea los ascensores y acompaña a Wills en la búsqueda.

Desde el edificio de enfrente, el equipo B de los “burglars” (ladrones) empieza a ver cómo unos sujetos con pintas de venir de la playa están inspeccionando el edificio con sus linternas. Intentan avisar a sus cinco compañeros que están en la sexta planta, en los cuarteles generales del Partido Demócrata, pero tienen los walkies con el volumen bajado porque unos minutos antes alguien grita: “A ver si nos van a pillar por el ruido de los walkies”.

Los cinco intrusos fueron arrestados y se desencadenó un escándalo monumental en cuestión de días. Al principio parecía una cosa local, pero luego fueron cayendo todas las piezas clave del comité para reelegir a Nixon (CREEP).

Frank Wills pidió un aumento de sueldo y consiguió 2,50 dólares más a la semana. Unos días después se presentó a una oferta de trabajo para ser vigilante de la Howard University (una universidad prominentemente afroamericana), pero no le cogieron porque podría generar conflictos.

Con tantas idas y venidas, Frank se dejó la ventana abierta de su pequeño apartamento y su gato se escapó. Días antes su casero le había plantado en la puerta una notificación de desahucio por impago de la última cuota del alquiler.

Frank Wills decidió subirse en el primer Greyhound camino a su Georgia natal. Pese a su testimonial aparición en la película Todos los hombres del presidente (haciendo de sí mismo), Frank terminó desligándose de Washington y se quedó cuidando de su madre anciana con un cheque mensual de la Seguridad Social por valor de 450 dólares.

En 1979, siete años después de levantar la cinta de carrocero y por ende el Watergate, Fran Wills fue a juicio por robar 20 dólares. Cuatro años más tarde fue condenado a un mes de prisión por robar unas zapatillas de deporte. Cuando murió su madre, en 1993, tuvo que donar el cuerpo a la ciencia porque no tenía cómo pagar el entierro.

¿Hubiera sido Frank Wills un héroe nacional de no ser afroamericano, o pobre?

Como todos sabemos al final los héroes fueron Carl Bernstein y Bob Woodward, aunque el director Ben Bradlee no las tenía todas consigo cuando saltó la noticia de la toma de esa sexta planta del Watergate Office Building, a orillas del río Potomac.

Bernstein era considerado por el jefe de local, Harry Rosenfeld, como un poco disperso y Woodward solo llevaba ocho meses en la redacción. No tenían las tablas de Inda y Cerdán, pero revisaban todas sus fuentes concienzudamente.

Cuando saltó el Ferrigate hace unas semanas, nadie en LaSexta hizo de Rosenfeld ni de Berstein o Woodward

Rosenfeld se la jugó y les dejó a cargo del caso pese a no haber visto todavía ni la punta del iceberg que estaba a punto de asomar. Bradlee ponía pegas a los primeros textos de los periodistas, llegó a situarlos en aquellas páginas que nadie leía. Pero terminó jugándosela por ellos, y por las informaciones de Deep Throat (garganta profunda).

Cuando saltó el Ferrigate hace unas semanas, nadie en LaSexta hizo de Rosenfeld ni de Berstein o Woodward, ni siquiera de Bradlee.

De repente todos fueron Nixon.

Antonio García Ferreras intentó justificar lo injustificable con la cara desencajada y los contertulios callados como gatos de escayola (salvo Carmen Morodo). El resto de programas de la cadena pasó de puntillas o evitó hablar del asunto. Algún colaborador cercano a Ferreras decidió que “con Inda no”, pero “con Ferreras al fin del mundo”.

El caso Watergate en sí (si quitamos la parte de Nixon intentando borrar todo, a lo Saul Goodman en la serie Better Call Saul) fue una película de José Luis Ozores y Tony Leblanc comparado con los tejemanejes cloaqueros de Ferreras-Casals-Villarejo-Inda.

Los cinco asaltantes de la oficina del Partido Demócrata del edificio Watergate querían colocar dispositivos de escucha para espiar a un partido que iba muy por detrás en las elecciones que se celebrarían cuatro meses después, y que finalmente ganó Nixon de calle.

Fue un exceso de confianza, unas ganas de rematar a un enemigo que desde la lona pedía ya la hora. El candidato demócrata, McGovern, se presentaba por segunda vez y llevó al partido a la gran debacle en noviembre.

Aunque es necesario apuntar que el espionaje de los hombres de Nixon empezó con el candidato demócrata Edmund Muskie un año antes. Muskie era el favorito para ganar la Casa Blanca, pero por arte de birlibirloque (una carta que él negó haber escrito) perdió estrepitosamente en las primarias de New Hampshire y dejó el camino allanado para el débil McGovern.

Durante el Caso Watergate, Bernstein y Woodward pudieron demostrar que la carta que acabó con la carrera de Muskie tenía el membrete del senador demócrata, pero la había escrito uno de los hombres de Nixon, que casualmente había tenido un affair con una compañera del Washington Post.

Nixon acudió a las urnas en noviembre de 1972 dopado, con el favorito fuera de combate.

Lo que sucedió en España en 2016, y que pudimos seguir al dedillo por los audios destapados por Crónica Digital hace unas semanas, dejó en inferioridad de condiciones a un partido político y al Muskie español: Pablo Iglesias.

Lo que Ferreras-Casals-Villarejo-Inda (y quién sabe si Ferraz) pretendían era que Podemos (primero o segundo en las encuestas a dos meses de las elecciones, según el sondeo) no llegara al poder, que no se produjera el sorpasso al PSOE… que ganara Nixon. Y así fue.

Han sido años, que parecen siglos, de tertulias donde aparecía Eduardo Inda abriendo las compuertas del fango cada semana. Por suerte, hubo gente como el economista Juan Torres que, harto de las sandeces de Inda, dijo su famoso: “Yo soy un académico y no participo de estas locuras”, antes de irse del plató de LaSexta Noche.

Nunca sabremos qué hubiera pasado si nadie hubiera tenido que ver a Pablo Iglesias en Al Rojo Vivo, en directo, desmintiendo con una sonrisa de “¿me estás vacilando?” algo que todos los fabricantes del fango sabían que era una burda mentira. Pero había que ir con ello por el bien de la cloaca. Una cuenta en Granadinas, un corta y pega de la señorita Pepis, un excel impreso que hasta el propio Nixon hubiera hecho con más calidad en 1972, con sus propias manos.

No soy Frank Wills, no. De hecho no me gustan los gatos ni los seguratas, aunque yo también he vivido en un pueblecito de Georgia. El día que grabé a Eduardo Inda saliendo de casa de la Fiscal General, Dolores Delgado, ese mismo día en el que ella también salía de su casa junto al actual Fiscal General (Álvaro García Ortiz), ese día yo estaba allí de casualidad.

No estaba haciendo una ronda, ni descubrí el resbalón de la puerta de Dolores Delgado atrancado con una cinta carrocera, no. Yo estaba allí porque en la pizarra del bar contiguo ponía bien grande y con tiza blanca “Primeros: Arroz a la cubana…” (mi plato favorito). Y me senté mirando a la calle peatonal, un periodista nunca se pone de espaldas a la acción (es de primero de Los Soprano).

Eduardo Inda, como el asaltante del Watergate que puso la cinta carrocera por segunda vez en la puerta, estuvo un minuto y medio móvil en mano y wasapeando con la persona que le esperaba, porque no sabía a qué botón del telefonillo dar para que le abrieran. Eso me hizo sospechar y empecé a mover toda la maquinaria mientras llenaba de tomate todo el arroz que ya tenía delante de mis narices, junto a dos huevos con la yema perfecta (todo sea dicho).

Llamé al director de CTXT, Miguel Mora, y empezamos a elucubrar: ¿Qué narices hace Eduardo Inda ahí? Si hubiera pillado al director de The Guardian o Público o Liberation o de Mongolia no hubiéramos sospechado nada. Pero Inda…

El dueño del bar me confesó quién vivía en el portal que visitaba Inda. Todo lo demás ya lo saben si visitan CTXT con asiduidad.

En el Watergate cayó un presidente, con todo el equipo, con todo su equipo. Se fue en un helicóptero levantando los brazos y con los dedos índice y anular en señal de victoria… diciéndole al mundo “I am not a crook” (no soy un mangante). Sin que nadie le preguntara si era un mangante.

Nixon aguantó casi el mismo tiempo antes de dimitir que Dolores Delgado en salir por la puerta de atrás, pero sin problemas de espalda (Nixon).

Mi vídeo de la pillada solo salió en el programa En Jaque de la ETB. El resto de los medios callaron, por acción y por omisión (salvo dignas excepciones).

En Estados Unidos, si un medio como Democracy Now (pongamos por ejemplo) hubiera grabado a la Attorney General tras reunirse con Steve Bannon el día que sale de la cárcel el Sheriff Cloacas Made in U.S.A.… esas imágenes hubieran abierto muchos informativos nacionales y hubieran llenado horas nocturnas en los shows de Jimmy Fallon, Stephen Colbert o Jimmy Kimmel, creo yo.

Woodward y Berstein se convirtieron en ídolos del periodismo.

Frank Wills murió de un tumor cerebral a los 52 años, con los bolsillos vacíos y la conciencia tranquila.

No sabemos si Ana Terradillos puede decir lo mismo. Fernando Garea nos dio una pista a este respecto.

Paradojas de la vida… Antonio García Ferreras le puso voz a Ben Bradlee en un podcast sobre el Watergate hace un tiempo.

Es como si Villarejo le pusiera voz a Hank Schrader, el cuñado de Walter White en Breaking Bad.

El 17 de junio de 1972, Frank Wills, guardia de seguridad del edificio Watergate, descubrió que una de las puertas del sótano tenía una cinta de carrocero adosada al resbalón de la puerta, de manera que parecía cerrada pero se podía abrir con solo empujarla.

Wills quitó la cinta, cerró la puerta y siguió...

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Willy Veleta

Es nuestro reportero multimedia, en Lou Grant hubiera sido "Animal". Donde hay una manifestación por la Sanidad Pública, por l@s pensionistas o contra los fondos buitres allí estará micrófono en ristre. Ha trabajado en todos los canales de TV privados de este país (e incluso en la CNN en Atlanta). Confiesa que en CTXT se siente como en casa. No sabemos si es por la pizza de los miércoles. Todavía estamos esperando que le den un premio de Periodismo por sus coberturas en CTXT sobre memoria histórica.

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