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GOLPE DE REMO

The horror

Existe una relación directa entre ese bienestar que nos preocupamos de proteger rodeándolo de altas vallas y el malestar desesperado de los millones de seres humanos que se consumen atravesando los océanos y los muros con concertinas

Pablo Batalla Cueto 29/06/2022

<p>Un diente de oro (a la derecha) es todo lo que queda de Patrice Lumumba, líder anticolonialista y nacionalista congoleño asesinado en 1961. </p>

Un diente de oro (a la derecha) es todo lo que queda de Patrice Lumumba, líder anticolonialista y nacionalista congoleño asesinado en 1961. 

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“The horror, the horror…”. La letanía del coronel Kurtz al que Apocalypse Now haría monarca de un averno ubicado en las espesuras del Vietnam, Joseph Conrad la había imaginado, en El corazón de las tinieblas, en las profundidades del Estado Libre del Congo. Colonia, no nacional, sino personal del rey Leopoldo, aquel rincón del mundo se convirtió, a finales del siglo XIX y principios del XX, en uno de los peores infiernos que jamás hayan existido, solar de un genocidio al que se le calculan entre diez y quince millones de víctimas, y que conforma uno de los capítulos más negros del Libro negro del capitalismo. La explotación del caucho se llevaba a cabo allá descarnadamente, sin el mínimo lenitivo de la ficción del afán civilizador con que otras potencias europeas justificaban la posesión de sus imperios. No había en los dominios del rey Leopoldo más ley que la del saqueo y la del chicote, el látigo de piel dura de hipopótamo con que se cuarteaba la espalda de los esclavos. Numerosas fotografías dan cuenta de lo muy habitual de otra práctica monstruosa, que motivó ya entonces una campaña internacional en demanda de su abolición: la amputación de manos, cometida por mercenarios. Una de las más célebres muestra a un hombre, Nsala, observando una mano y un pie cortados que habían pertenecido a su hija Boali, de cinco años: se había castigado en ella de ese modo el incumplimiento, por Nsala, de su cuota diaria de caucho.

La campaña internacional liderada por el británico Edmund Dene Morel acabó surtiendo algún efecto. En 1908, como resultado de la presión internacional, el Gobierno belga anexó el Estado Libre del Congo para formar el Congo Belga, poniendo fin a los peores abusos. Pero Bélgica siguió siendo una metrópoli particularmente negligente, y la descolonización del Congo será, debido a ello, singularmente tumultuosa. Los belgas se irán de la noche a la mañana, sin dejar tras de sí una institucionalidad colonial sobre la cual trabajar para convertirla en la soberana, que deberá, en consecuencia, construir desde cero, sobre una tabula rasa, una generación de revolucionarios con ganas, pero sin la experiencia funcionarial que sí atesoraban otros padres de patrias africanas. Al más brillante de ellos, Patrice Lumumba, el Gobierno belga y la CIA se encargarán para más señas de asesinarlo en un bosque de la región de Katanga, descuartizarlo, disolver sus trozos en un barril de ácido sulfúrico y quedarse con sus dientes y dos dedos a modo de trofeo. Lo que, en 2022, queda del padre de la patria congolesa –un diente de oro– acaba de ser devuelto solo ahora a la República Democrática del Congo.

El del Congo fue uno de los casos más extremos, pero toda la África independiente nació, con diferentes intensidades, de parecido modo: mutilada ya de partida, como las víctimas de los mercenarios del rey Leopoldo, por décadas de expolio y violencia extremos que, además, no terminaron con las independencias, sino que continuaron perpetrándose por vías neocoloniales, mucho más baratas, por lo demás, para las viejas metrópolis. Serán las nuevas naciones el desafío imposible de un corcel desbocado para un jinete sin manos. Y, como es obvio, un desastre; un pavoroso rosario de Estados fallidos, pasto de los horrores todos, de todos los apocalipsis: habrá hambre, habrá guerra, y habrá pestes en Sudán del Sur y Guinea Ecuatorial, en el Chad y en el Congo, en el belga y en el francés. Será injusto culpar de todo ello exclusivamente al pasado colonial, esa triquiñuela retórica, lavada pilatiana de manos, con que los establishments del Tercer Mundo justifican en todas partes sus latrocinios, como explica Augusto Zamora de las americanas en Malditos libertadores. Pero lo será más, mucho más, el sonsonete, muy habitual de escuchar, de que, medio siglo después de su independencia, aquello que les suceda es solo culpa suya, de sus élites, de sus gobernantes, de la incapacidad de los gobernados para desalojarlos y reemplazarlos por gobernantes mejores.

Josep Borrell formulaba recientemente una versión refinada del mismo comparando a Europa con “un jardín a la francesa” cercado por la jungla (“y si no queremos que la jungla se coma nuestro jardín tenemos que espabilar”). El comisario europeo de Asuntos Exteriores no enunciaba una falsedad: no es demasiado falso que Europa sea un jardín siendo el resto del mundo una jungla. La trampa que hacía deleznables aquellas declaraciones habita en sus entrelíneas, en sus sobreentendidos. ¿Por qué el jardín es jardín y la jungla, jungla? ¿De dónde vienen las herramientas, los materiales, el tiempo libre, el dinero, que nos han permitido cuidar cómodamente del jardín; convertir en uno la algaba que un día también fue Europa? ¿A qué, a quiénes, debemos nuestro bienestar? El chovinismo europeo que Borrell encarna bien es la versión geopolítica de la desfachatez del acomodado, criado, como se dice en inglés, “with a silver spoon in his mouth”, que saca pecho de la empresa exitosa levantada sin que nadie le regalara nada.

La miseria que empuja a millones de seres humanos contra las altas vallas que rodean nuestro jardín tiene muchos padres; una complejísima ensalada de causas. En cuanto a las soluciones, pocos asuntos admiten menos que este el reduccionismo o la simpleza que, sin embargo, suelen ser la respuesta al reto de pronunciarse sobre este drama de nuestro tiempo: vallas herméticas, vallas inexistentes, intervenir en origen y otras frases hechas tan vistosas como vacías. Pero sí hay una simplicidad inapelable en el presupuesto del que debe partir cualquier análisis del fenómeno, del más benevolente al más taimado; verdad de perogrullo que no nos interesa que lo sea, y por ello envolvemos en paños calientes que alivien nuestra culpa: existe una relación directa, elemental, entre ese bienestar que nos preocupamos de proteger y el malestar desesperado de quienes se consumen en los océanos y muros con concertinas que forman su perímetro. Y ninguna inmoralidad en quien anhela habitar el lado bueno de la zanja que separa a los propietarios de smartphone de los esclavos modernos que, nuevamente en el Congo, extraen bajo las órdenes de grupos armados, a razón de un euro por jornada laboral de catorce horas, el coltán con que se fabrican sus componentes.

“Hay que ser contundentes contra la inmigración, detrás hay mafias”, proclama la ministra Margarita Robles. Es un espíritu loable y necesario, este de contundencia hacia todo aquello tras lo cual haya mafias, si se conduce sin cherry pickings ni hipocresías. Nada de mafias: que caigan desde Isabel Díaz Ayuso hasta la FIFA, la banca y las eléctricas, los grandes medios, y por supuesto las mafias del negocio de la migración, pero también aquellas que perpetran a favor nuestro la devastación sin cuento que empuja al migrante a serlo. Con efigies incendiadas del rey Leopoldo prendamos fuego a toda la civilización moderna. Lidere la ministra Robles esta insurrección grandiosa y necesaria.

“The horror, the horror…”. La letanía del coronel Kurtz al que Apocalypse Now haría monarca de un averno ubicado en las espesuras del Vietnam, Joseph Conrad la había imaginado, en El corazón de las tinieblas, en las profundidades del Estado Libre del Congo. Colonia, no nacional, sino personal...

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Pablo Batalla Cueto

Es historiador, corrector de estilo, periodista cultural y ensayista. Autor de 'La virtud en la montaña' (2019) y 'Los nuevos odres del nacionalismo español' (2021).

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