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Jorge Marco / Historiador

“La universidad penaliza asumir riesgos. Solo recompensa el conservadurismo en todos los frentes”

Sebastiaan Faber 19/04/2022

<p>Jorge Marco.</p>

Jorge Marco.

Cedida por el entrevistado

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El día que el historiador Stanley Payne pasó por el programa de Federico Jiménez Losantos para despotricar contra el independentismo catalán y el Estado de las Autonomías, hizo un gran favor a la Humanidad y a los españoles en particular: disipó de una vez por todas la idea de que las personas que se dedican a narrar el pasado “científicamente” lo puedan hacer desde la objetividad o la neutralidad.

En realidad, es una idea que lleva cuestionándose desde hace mucho tiempo. “Toda persona de genio que escriba historia la infunde, tal vez de forma inconsciente, con el carácter de su propio espíritu”, decía el gran Edward Gibbon a mediados del siglo XVIII. Pero por ingenua que sea, la idea de la historia objetiva persiste entre gran parte del público así como –inexplicablemente– entre un buen número de historiadores profesionales. Apelando a la metodología para revestir su versión del pasado de valor científico y autoridad social, estos historiadores suelen rechazar cualquier crítica que no provenga de su propio gremio. En España, esta ha sido la dinámica en el pulso entre algunos historiadores académicos y el movimiento civil que ha venido reivindicando una recuperación de la memoria histórica.

La verdad, claro, es que las y los historiadores también son seres sociales y –valga la redundancia– históricos. Que su biografía y personalidad influyan en su trabajo es inevitable. Pero ¿cómo influyen exactamente, y cuánto? Esta es la pregunta que plantea La guerra de España en nuestras raíces, editado por el historiador Jorge Marco y publicado por Postmetrópolis. El proyecto invita a 17 historiadores –todos expertos en violencia y coerción durante la guerra del 36 y la dictadura de Franco– a reflexionar sobre el impacto sobre su trabajo de la transmisión intergeneracional de memorias en su propio entorno familiar.

Lo que motiva el proyecto es más que pura curiosidad. En su larga introducción al libro, Marco defiende que una honesta reflexión autobiográfica de este tipo es un ejercicio sano para toda persona que se dedica a narrar el pasado de forma profesional. Más que sano, argumenta, es indispensable, por dos motivos. Uno es metodológico: cuanta más conciencia tiene una historiadora de su propio condicionamiento y los sesgos inevitablemente asociados a él, mejor investigadora será. El otro es ético: al compartir esa conciencia con su público, evita que ese público atribuya a su discurso una objetividad “científica” que no puede tener.

Como admite Marco, un proyecto así no está exento de riesgo. ¿A qué investigador se le ocurre invitar a los demás a que cuestionen su autoridad? De hecho, solo la mitad de las y los historiadores que Marco invitó –todos de ascendencia española– asumieron el reto. Trece de los 17, además, aceptaron someterse a un procedimiento intenso y poco usual: primero, contestaron un cuestionario autobiográfico; después, tuvieron una conversación individual con Marco, que en algunos casos se alargó por horas; y solo entonces redactaron su capítulo.

El resultado es un libro inusitado que no por desigual deja de tener un gran interés. Las contribuciones más fascinantes son de las y los autores que logran esquivar las trampas inherentes a un proyecto como este –el tono autosuficiente del catedrático erudito, la falsa modestia del humilde investigador, o la sentimentalidad excesiva– para emprender un viaje genuino de autodescubrimiento y compartir con nosotros las sensaciones que este proceso suscita, que van desde el orgullo y la vergüenza a la sorpresa y el desconcierto. Generacionalmente, el libro es diverso: mide medio siglo entre los más mayores y los más jóvenes, desde historiadores nacidos y criados en pleno franquismo hasta investigadores veinteañeros.

El propio Marco nació en Madrid en 1977. Doctor por la Universidad Complutense, donde estudió con Julio Aróstegui, lleva desde 2015 enseñando en la Universidad de Bath, en Reino Unido. Entre sus libros recientes destacan Hijos de una guerra. Los hermanos Quero y la resistencia antifranquista (2019) y Paraísos en el infierno: Drogas y Guerra Civil española (2021).

Explica usted en la introducción que este proyecto nació de una “profunda insatisfacción personal” provocado por el desfase entre, por un lado, la sofisticación de algunos debates teóricos y, por otro, el nulo impacto de esos debates sobre la práctica y la autoimagen de los historiadores españoles. ¿Desde cuándo ha sentido esa insatisfacción?

Desde siempre. Bueno, desde que entré a la carrera. Fue muy loco leer a los grandes de la historia social y cultural –E.P. Thompson, Raymond Williams, Carlo Ginzburg– y al mismo tiempo constatar el profundo conservadurismo metodológico de la historiografía española. Lo que pasa es que, hasta este proyecto, esa contradicción nunca la pude abordar de lleno. El mundo académico no te da mucho espacio para ese tipo de reflexión. Te empuja a sacar tu tesis, a publicar, a conseguir un puesto. No a pensar sobre lo que estás haciendo. 

En España la epistemología ha sido un campo muy poco explorado por los historiadores

¿Le consta que es una inquietud compartida en el gremio?

No. Y no solo por esa falta de espacio para la reflexión, sino también porque cuando yo entré a estudiar Historia, había cierto agotamiento después de los intensos debates epistemológicos de las décadas anteriores. En España, además, la epistemología ha sido un campo muy poco explorado por los historiadores.

Su proyecto sí busca crear ese espacio para la reflexión, que, por cierto, lleva a sus participantes a descubrimientos no siempre cómodos.

Al comienzo me encontré con bastante resistencia. Hubo participantes que me aseguraron directamente que no tenían nada que contar, ya que en su familia no había ningún trauma de la guerra o del franquismo. Su investigación sobre la violencia, me decían, era puramente académica, nada personal. Yo insistí en que mandaran el cuestionario y tuvieran una conversación conmigo en la que yo haría de una especie de psicoanalista amateur. Algunas de esas conversaciones fueron muy largas y bonitas. También intensas: en tres ocasiones acabaron en llantos. “Eres un cabrón”, me llegó a escribir después una de las participantes: “Pensé que era una investigadora académica, racional, y ahora me doy cuenta de que todos mis enfoques de investigación reflejan elementos de mi propio ámbito familiar”.

¿Hubo mayor resistencia entre los mayores que entre los jóvenes?

Por un lado, sí. Noté que a los jóvenes les cuesta menos quitarse la armadura del decoro académico para reflexionar sobre su propia subjetividad. Pero, por otro lado, esto es una profesión que educa a todo el mundo, joven o viejo, en unos códigos determinados. Incluso la gente más joven que en su vida cotidiana, en sus lecturas, puede tener visiones mucho más radicales, luego, cuando se ponen el traje del historiador, pueden adoptar la postura del científico.

A los jóvenes les cuesta menos quitarse la armadura del decoro académico para reflexionar sobre su propia subjetividad

Solo la mitad de los invitados aceptó el reto.

A los jóvenes los vi muy receptivos. También a los más mayores, la generación nacida en los años 40 y que está prácticamente jubilada. Los que más rechazaron la invitación fueron de la generación de los 50 y los 60.

¿Casualidad?

No lo creo. Son los historiadores que hoy ocupan las cátedras. Es una de las primeras generaciones que realmente logró tener una legitimidad social más allá de tener un puesto académico.

En otras palabras, son los que más que perder tienen.

Exacto.

Hablando de prestigio, en el libro explica que en la España de los años 80 y 90, los historiadores llegaron a acumular un enorme capital social como “guardianes del pasado”. Esa imagen se empezó a cuestionar a finales de los 90, primero por los revisionistas de derechas y, después, por el movimiento de la memoria. Afirma que, entre los historiadores, ese cuestionamiento produjo ansiedad y hasta pánico. ¿También los sintió usted?

No, para mi generación esas ya eran las batallas de los abuelos. Yo nunca viví la experiencia de ser considerado guardián del pasado. Cuando yo inicio mi carrera investigadora, el movimiento memorialista está en pleno auge. De hecho, fui parte de él, aunque de forma muy modesta. Y luego formé parte de la Cátedra de Memoria Histórica en la Complutense, que trataba de conectar el movimiento ciudadano con el mundo académico.

¿Eso no le creaba tensión?

Bueno, en cierto sentido sí. Lo que me generaba un conflicto moral, sobre todo, era que me estaba construyendo como profesional en un medio, la universidad española, que miraba con mucho recelo a movimientos como el de la memoria. Eso sí que me creó incomodidad. También porque, como un chaval de 27 años que está empezando una tesis doctoral, uno es precario y vulnerable. Te encuentras en una negociación compleja: por un lado, quieres defender tus principios y, por otro, tienes que adaptarte a un medio que es más bien hostil a esos principios. Hoy, con 45 años y un puesto fijo, además en el extranjero, ya estoy en una situación completamente distinta: puedo hacer y decir lo que me da la gana.

En su propio capítulo, donde explica que proviene de una familia obrera en Madrid que apenas había dejado de ser campesina, casi se excusa por ocupar un puesto universitario relativamente cómodo y haber entrado a la clase media. El suyo no es el único capítulo en que surgen esas tensiones del desclasamiento.

Es verdad, somos muchos los desclasados en este libro, de todas las generaciones. Por otra parte, son trayectorias típicas de la España de la segunda mitad del siglo XX. Los procesos de desclasamiento son complejos y pueden llegar a ser incluso traumáticos. Es sorprendente la poca atención que se ha prestado a este fenómeno en España.

El peso de la familia, que es el enfoque principal del libro, también se manifiesta de otra forma: usted y varios otros confiesan que se ven obligados a callarse relatos familiares importantes porque no quieren herir a sus parientes. Esa reticencia, ¿no es también un síntoma de lo marcada que sigue estando toda España, sus historiadores incluidos, por la violencia del pasado y los tabúes que ha generado?

En mi propio caso, no tengo duda alguna de que la violencia del franquismo moldeó profundamente a varias generaciones de mi familia, llegando directamente a mí mismo. Y me consta que lo mismo les pasa a varios de los otros participantes en el proyecto. Eso sí que es un claro legado del franquismo. Ahora bien, el hecho de que yo no me sienta capaz de compartir esa información públicamente, al menos mientras sigan vivos los parientes a quienes afecta, tiene quizás menos que ver con el franquismo como tal que con la importancia que tiene la familia en una cultura mediterránea como la española –donde la familia es un núcleo fortísimo de socialización, de enculturación– y con el lugar que asignamos a la intimidad. En las culturas mediterráneas, es muy importante la distinción entre lo público y lo privado, más que en las norteñas. Pero esto se convierte en arma de doble filo: si, por un lado, el privado es un espacio protector en que puedo hacer lo que me da la gana, también se convierte en un espacio que tienes que proteger a toda costa. Para mí, la obligación de proteger a mis parientes es mayor que mi deseo de hacer públicas sus experiencias en aras de un proyecto de investigación académica.

La violencia del franquismo moldeó profundamente a varias generaciones de mi familia. Eso sí que es un claro legado del franquismo

Siempre me ha fascinado el peso de la genealogía en la vida pública española. Los árboles de familia de las cúpulas de los partidos políticos –no solo de Vox y del PP sino también del PSOE– dan que pensar. Y ¿cómo explica el hecho de que una aristócrata como Cayetana Álvarez de Toledo, en el propio Congreso, literalmente le mentara al padre a alguien como Pablo Iglesias? Las historias familiares, ¿siguen siendo un tabú?

Algo de eso hay. Ese peso del que hablas me parece que es el peso de la culpa. Si hay un elemento clave que ha sido transmitido a nivel intrafamiliar, es ese. La culpa asociada con la genealogía no solo es algo muy poderoso, sino que además se transmite, precisamente, en el ámbito de la familia. ¿Qué vínculo hay más fuerte que el familiar? Al fin y al cabo, los ancestros son los que te sitúan en el mundo. Y fíjate, la culpa puede venir no solamente de que tus descendientes sean franquistas. También puede ser de que hubieran sido republicanos y de que socializaran machaconamente durante 40 años en que eras un rojo. Algo así no se borra fácilmente, por más que el movimiento memorístico haya venido reivindicando la memoria y la honorabilidad de los republicanos.

Volviendo al tema del libro: queda claro que, en muchos casos, el entorno familiar influyó en varios sentidos sobre sus colegas de profesión. Primero hizo que se decantaran por la carrera de Historia y, después, moldeó sus temas de investigación o los enfoques que adoptaron. Pero lo que me queda menos claro de los testimonios es cómo la memoria familiar influyera en su interpretación del pasado: en los relatos que acabaron narrando. ¿No es esa la pregunta del millón?

Está bien visto. El problema de este libro es que tiene una gran contradicción. Yo lo que estoy proponiendo es la introspección activa, es decir, que el historiador realice una introspección sobre el objeto de estudio que está realizando, en el mismo momento en que está haciéndolo. Pero dadas las características de este libro, el único que tenía la capacidad de hacer eso era yo, al exponer mis subjetividades mientras escribía el libro. El resto, en cambio, se tuvo que limitar por fuerza a la reflexión sobre su labor pasada. En fin, una introspección pasiva.

A pesar de ello, el libro logra una cosa bastante poco frecuente: nos permite un vistazo de la cocina. Subraya que las y los historiadores son productos de sus circunstancias. Nos emancipa al público lector, animándonos a tomar las pretensiones objetivistas de los historiadores con un grano de sal.

Uno de los objetivos de este libro es, precisamente, acabar con una idea que todavía de forma recurrente siguen repitiendo la mayor parte de los historiadores: que hemos llegado a construir un conocimiento correcto del pasado, y que si el resto de la población sigue ignorante es porque no nos lee. La idea, en fin, de que lo que importa es el carné de historiador. Mira, perdona. A mí me da igual cuál sea tu credencial. Lo que me importa es tu propuesta, que puede ser muy válida, aunque no seas historiador.

Te pongo un ejemplo. Hace un tiempo escribí un artículo académico –ambicioso, sofisticado, rompedor– que argumentaba que, en verdad, la guerra del 36 no terminó en el 39 sino que duró, militarmente, al menos hasta el año 52. Pues bien, hace algunos años una mujer de un guerrillero antifranquista, cuando su nieto le preguntó qué le había pasado a su abuelo, contestó: “Es que después de la guerra grande vino la guerra chica”. Esa mujer, que era analfabeta, ¡presentó el mismo argumento que yo! Lo que quiero decir es que todo el mundo es capaz de construir un conocimiento histórico. Y lo importante es el conocimiento, no quién lo construye. El problema es que muchos historiadores –a nivel internacional, pero los españoles en particular– siguen con la obsesión de las credenciales y la idea de que solo el experto es capaz de producir un conocimiento válido. A los no expertos, como máximo, los miran de forma condescendiente. Es lo que han hecho con el movimiento de la memoria histórica: una mirada condescendiente cuando no ataques directos.

El pasado no puede ser un elemento movilizador, de reflexión política o de transformación. Lamentablemente, esa idea que enarbola Vox es algo que sigue defendiendo la mayor parte de los historiadores hoy

Por cierto, hoy esa misma idea la está movilizando de forma interesada la ultraderecha en sus intentos por deshacer la legislación de memoria. El otro día, en el debate de investidura de Castilla y León, un representante de Vox dijo: “La Historia debe ser analizada por los historiadores”.


Es una vuelta al paradigma de la Transición que convierte a los historiadores en guardianes del pasado, para así neutralizarlo. El pasado no puede ser un elemento movilizador, de reflexión política o de transformación. Lamentablemente, esa idea que enarbola Vox es algo que sigue defendiendo la mayor parte de los historiadores hoy: que solo nosotros podemos producir un conocimiento legítimo que no polarice a la sociedad.

Esa actitud explica que los historiadores españoles no suelan dignarse a entrar en debate con personas que no pertenecen al gremio. Pero ocurre algo más: en verdad, tampoco se debaten entre sí.

En este caso sí que he notado una diferencia con la situación en Reino Unido. Aquí los académicos debaten sobre ideas, no sobre despachos o si les cae mejor o peor un colega. En la universidad española se pierde un enorme tiempo y energía en miserias personales y conspiraciones. En ese contexto, el sistema fomenta más una cultura de camarillas que de debate abierto de ideas. Por eso, cuando propones un debate, lo habitual que se produce es… silencio.

¿Y eso?

La universidad española está construida en base a la subalternidad. Esto lo refleja el sistema de contratos, las jerarquías, las relaciones de poder entre el personal docente, todo. ¿Qué significa esto? Significa que se penalice todo lo que sea asumir riesgos. Lo que se recompensa, en cambio, es un conservadurismo en todos los frentes: metodológicos, epistemológicos, etc. En definitiva, no llamar la atención, moverse dentro de unos patrones preestablecidos. Y no pisar callos, claro. En el fondo es una reproducción de la cultura franquista: si quieres consolidarte, no te signifiques demasiado.

Esta cultura ha quedado reforzada por la ola neoliberal.

Claro. Esto es algo que nos afecta a todos, en España, en el Reino Unido, en EE.UU., y en cualquier país del mundo. Pero el caso de España es particular, porque combina formas de dominación en apariencia contradictorias: un sistema de poder propio del Antiguo Régimen con políticas neoliberales. Esta mezcla es explosiva. Y quien más sufre esta situación son las generaciones más jóvenes, que tienen un enorme potencial, pero se tienen que adaptar a este sistema perverso si quieren sobrevivir. En ese sentido soy pesimista. Las posibilidades de cambio son muy pocas.

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Autor >

Sebastiaan Faber

Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College. Es autor de numerosos libros, el último de ellos 'Exhuming Franco: Spain's second transition'

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