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DAVID LE BRETON / ANTROPÓLOGO

“El caminante avanza como artista de lo efímero, no deja rastro de su paso”

Esther Peñas 9/04/2022

<p>David Le Breton en París en 2014.</p>

David Le Breton en París en 2014.

Philippe MATSAS / editorial siruela

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“Caminar es una apertura al mundo”. Con este luminoso enunciado comenzaba el antropólogo y sociólogo francés David Le Breton (Le Mans, 1953) la primera entrega de una imprevista trilogía sobre el arte de caminar como acto de resistencia frente a una sociedad –la de consumo– que nos consume. Un acto revolucionario, caminar. Bajo esta premisa despliega una vez más un prontuario de meditaciones literarias y filosóficas con las que, en última instancia, incita al lector a recuperar su cuerpo a través de una cartografía personal enemiga de lo utilitario. El resultado, Caminar la vida (Siruela).

Quien camina, ¿se aleja de algo o sale al encuentro de?

A veces hay que recorrer un largo camino para volver a uno mismo. La noción de distancia aquí es puramente afectiva. Pensemos en el largo viaje que realizó Odiseo antes de regresar a Ítaca. Para aprender, a menudo tienes que alejarte, alejarte de tu rumbo, de tus pensamientos, encontrarte con el hombre o la mujer que no sabías que eras. Creo que caminar muchas veces nos revela y que, en ocasiones, es incluso una liberación al mundo. Pero, para este renacimiento, es necesario zafarse de las rutinas. Caminar te permite reinventarte, te da acceso a múltiples dimensiones de ti mismo que las circunstancias cotidianas y habituales de la vida nunca sacarán a la luz. 

¿Cuál es el peor enemigo del verbo caminar, la pereza, el sedentarismo, el miedo a la quietud, el silencio..?

Por supuesto, lo que se opone a caminar es sobre todo el sedentarismo, la inmovilidad. He mencionado muchas veces en mis libros lo sedentario como una característica intrínseca a la humanidad de hoy en día. Nos sentamos frente al volante de nuestros automóviles, frente a nuestras pantallas y, por la noche, frente al televisor. Los caminantes son hombres y mujeres que se están recuperando para hacerse cargo de sus vidas. Caminar es levantarse, ponerse de pie, volver a mirar el mundo a los ojos y abrazarlo.

Los caminantes son hombres y mujeres que se están recuperando para hacerse cargo de sus vidas

¿Cuándo conviene caminar solo (como prefería Simone de Beauvoir)y cuándo hacerlo acompañado, como hacen los peregrinos?

No hay una respuesta categórica, porque caminar solo o acompañado es una cuestión de circunstancias. A veces, queremos caminar solos para hacer un balance, encontrar la paz, alejar las preocupaciones, encontrar una interioridad. En otras ocasiones, es fuerte el deseo de caminar con un amigo o en grupo. No hay una fórmula mejor que otra.

¿Cómo saber que uno está en el camino correcto?

La única brújula es sentirse bien, experimentar la armonía con el entorno, la dicha, ese extraño vocablo. Tan pronto como caminas por un pueblo o por un sendero de montaña, la felicidad está ahí, y el camino impone su obviedad. Cuando estás aburrido o exhausto, cuando el camino te enfrenta con perros que acosan, cuando te obliga a caminar por barrios de edificios altos o si cruzas barrios residenciales sin alma, entonces sí, a veces tenemos la sensación de que ya no estamos en el buen camino.

¿Qué papel desempeña en el paseo el instinto, la intuición?

La intuición está presente todo el tiempo, nos anima a detenernos a contemplar un paisaje, a observar un animal escondido tras los árboles o entre la vegetación. De repente, toma un camino lateral para visitar las ruinas de un molino, un antiguo castillo, una granja cuyo techo se ha derrumbado. Regresa a una planta o una flor que ya habíamos visto para contemplarla con más detalle. Desacelera o acelera o mantiene el ritmo según la sensación del momento. En todo ello está la intuición.

¿Por qué “el caminante es un artista de las circunstancias”?

El caminante, aunque siga una dirección, permanece en un recorrido nómada, escapa a toda funcionalidad del camino, porque avanza en un espacio abierto a todas las posibilidades, a todas las paradas. Es un homo ludens, un hombre o una mujer del juego, que juega al caminar, movido por sus deseos, apropiándose de los lugares atravesados ​​por su sensorialidad; es un jugador de las oportunidades que encuentra. Avanza como artista de lo efímero, no deja rastro de su paso. Desvía lugares y caminos de su uso habitual, no atiende a su funcionalidad, su utilidad, su común razón de ser, no le preocupa la llegada sino el camino tal y como se presenta. Incluso en una ruta marcada, caminar siempre es una deriva. El caminante avanza como un nómada, desviándose a veces del camino señalizado y bien dibujado en el suelo, para ver qué cubre un claro en la espesura u otro camino en el bosque, seguir un camino forestal, o desviarse para ver de cerca las ruinas de una casa o mirar un estanque, sumergirse en un lago o en un río. Un andar es siempre un poco errático en el tiempo y en el espacio, lo impredecible muchas veces prevalece sobre lo probable y modifica la progresión y su ritmo.

Un andar es siempre un poco errático en el tiempo y en el espacio, lo impredecible muchas veces prevalece sobre lo probable

¿Sobre qué nos habla el silencio que encontramos a nuestro paso?

El silencio es más bien la providencia del caminante. La sensación de –por fin– poder escucharte a ti mismo lejos del ajetreo habitual del mundo, y sobre todo lejos del ruido constante de motores o teléfonos móviles. Al caminar, el silencio es una inmersión en el júbilo suave y sonoro del entorno: el trinar de los pájaros, el viento en los árboles, el susurro de un torrente que desciende por una ladera... De nuevo, en pleno viento del mundo, el caminante se reencuentra con las grandes instancias amputadas por la ciudad: el sol, el cielo, la lluvia, los árboles, los cerros, las rocas, los espacios abiertos, el horizonte, el atardecer, la noche, la nieve, todo que la maraña de calles y tráfico rodado, las luces eléctricas, eliminan. Redescubre con asombro el silencio que puebla los caminos. Irrupción familiar del cosmos, recordatorio del estado de criatura que induce una sensación de eternidad y precariedad. El silencio penetrante de un paisaje instala en el mundo su propia dimensión, un espesor que envuelve las cosas, una suspensión. El tiempo pasa allí sin prisa, a paso de hombre, llamando al descanso, a la meditación, al paseo, a la lentitud. Estos lugares ambientados en el silencio se destacan en el paisaje al presentarse desde el principio como propicios para el encuentro con uno mismo. Nos abastecemos de interioridad antes de volver al bullicio de la ciudad o a las preocupaciones de nuestra existencia. El silencio pone el mundo en suspenso, mantiene la iniciativa del caminante, dejándolo respirar la calma de un soplo que nada apura. Reconecta con el sentimiento de presencia en el mundo. Abre otra dimensión dentro de la realidad, fuerza la metafísica al sacar las cosas del murmullo que suele envolverlas y liberar su poder contenido.

¿Cómo se distingue la belleza al caminar?

La belleza es para cada caminante lo que lo hace mirar hacia arriba y detenerlo por un momento, un hermoso escape de lo profano que rige lo ordinario de la vida. Emergencia de lo sagrado en el curso de la vida cotidiana, la hierofanía de la que hablaban los clásicos, no en un soporte religioso que remite a creencias, a un texto fundacional, sino a un resplandor que estremece a quienes lo perciben y sólo a ellos. La belleza no es objetividad, es atención al mundo: un paisaje, un animal encontrado en el camino, un rostro, la luz de un cerro... 

“Caminando se surca un país interior”. ¿Qué se descubre de uno mismo caminando?

El caminante se reduce a la sola potencia de su cuerpo en el júbilo de sentirlo en todo momento, de sentirse absolutamente real en los pasos que da y en el esfuerzo que hace. Se abandona al espacio circundante: saborea el sol o la lluvia, el viento, la nieve o el granizo. Se enfrenta a un mundo que nunca antes había sentido. Ve el amanecer o la luz menguante a medida que avanza el día. Experiencia de lo elemental, vuelta al cuerpo a los sentidos, a través de un mundo liberado de su ganga tecnológica. Finalmente, vive en el entorno que lo rodea, está inmerso en el aire libre, abandonado a sí mismo, a su libertad. Se despoja de todas las comodidades, pero también de todo lo que entorpece su existencia. Los deseos se reducen a lo esencial: dormir, comer, descansar, lavar la ropa, etc. Al caminar, cambiamos nuestro cuerpo, nuestras percepciones sensoriales, nuestras emociones, nuestro tiempo, nuestro espacio. Encontramos la dimensión telúrica de la condición humana.

Si en el caminar “la cartografía es, ante todo, afectiva”, ¿por qué me da la sensación que caminar la ciudad resulta, a sus ojos, menos caminar que hacerlo en el campo?

Todos los cerros, los árboles, las rocas se convierten en territorio del caminante, mil caminatas siguen perfilándose ante los ojos como un mundo que vuelve a ser inagotable, a diferencia del de la vida ordinaria o profesional, siempre prisionero de las rutinas y caminos obligatorios. El paisaje sobre los escalones es música que resuena con todos los sentidos, y el caminante resuena según su propio talento. Estos raros momentos están asociados con la emoción del tiempo, la vida en acción en la opacidad del cuerpo, la intensa sensación de estar todavía vivo y lúcido al respecto. Caminar es una inmersión en la sobreabundancia del mundo, una sed de ir más allá de las apariencias organizadas y saneadas de nuestras ciudades o de nuestros campos, o de nuestros lugares habituales de vida y de penetrar lo más de cerca posible en esa abundancia que dejamos de ver por las técnicas que ahora transmiten cualquier relación con el mundo, y la retícula de todo el territorio por la urbanización. Al tomar la llave de los campos, como diría Breton, al tomar los caminos y senderos en lugar de los caminos, al jugar con la lentitud de su progresión, se revelan otras dimensiones del entorno. Caminar es volver a levantar la mirada hacia tu entorno, depurar la mirada de las rutinas que hacen que ya no veas mucho a tu alrededor, romper la hipnosis de los móviles o las pantallas. Pero eso no significa que no me guste caminar por la ciudad. En mi libro anterior, Elogio de los caminos y la lentitud, también había dedicado un capítulo a los paseos urbanos. Pero claro, en la ciudad es otro régimen de los sentidos lo que se ejercita, otra vigilancia...

Las derivas surrealistas, situacionistas, las de los flâneurs, ¿de qué modo cambian el paisaje urbano, lo humanizan? ¿Existe la psicogeografía, esos lugares que nos repelen o nos atraen por su energía?

Las derivas surrealistas o situacionistas fueron también un experimento sobre uno mismo y sobre la creación, una forma de perderse para encontrarse y relatar la experiencia. Esta es la razón de nuestra alegría al caminar por las ciudades. Todos somos en un momento u otro esos paseantes en la terraza de un café o en el errático recorrido de las calles. Me gustan mucho estos momentos de descubrir una ciudad desconocida. Nunca me canso de explorar las ciudades que amo. Vivo en Estrasburgo desde hace mucho tiempo, pero nunca dejo de descubrirla desde otros aspectos.

Por lo que respecta a la psicogeografía, sí, algunos lugares son portadores de peligros cuya naturaleza es difícil de conocer, de una especie de magnetismo negro. Están como perseguidos por la presencia de un espíritu hostil o infeliz del lugar que no tolera ninguna presencia por razones impenetrables. Inmediatamente sentimos su hostilidad, y el sentimiento de amenaza se acentúa para quienes siguen sus pasos desafiando las señales que les han sido enviadas. Experimentamos la sensación de hundirnos en la boca del lobo y volvernos cada vez más vulnerables. Imposible razonar por qué en ellos la ansiedad crece lentamente. Pero esos lugares son raros, a diferencia de aquellos en los que tienes la sensación de que te esperan, donde el espíritu del lugar te alcanza.

¿No hay algo contradictorio en escribir (sentado) sobre el caminar?

No, porque escribir sobre caminar es revivir muchos recuerdos, intentar comprenderlos mejor para compartirlos con el lector, indagar en la memoria. Se escriben y se leen historias de caminatas para confrontar la experiencia de otros. Mis libros sobre caminar son casi tanto un elogio de la lectura como un diálogo con muchos otros caminantes que han escrito sobre su experiencia. Pero estos son los libros que escribo mientras camino, en paz, en la respiración pacífica del mundo.

“Caminar es una apertura al mundo”. Con este luminoso enunciado comenzaba el antropólogo y sociólogo francés David Le Breton (Le Mans, 1953) la primera entrega de una imprevista trilogía sobre el arte de caminar como acto de resistencia frente a una sociedad –la de consumo– que nos consume. Un acto...

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