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REPORTAJE

“Si mueres a nadie le va a importar. Los perros y los cerdos son mejores que tú en este país”

Záhony, una pequeña localidad húngara en la frontera con Ucrania, recibe cada día a miles de personas que escapan de la guerra. Entre ellas, hombres africanos, que relatan el racismo extremo de la policía ucraniana

Joel Mesa / Augustin Campos Záhony (Hungría) , 12/03/2022

<p>Un hombre y una mujer llegan en tren a Záhony, en frontera húngara con Ucrania, un punto crucial de paso para miles de personas.</p>

Un hombre y una mujer llegan en tren a Záhony, en frontera húngara con Ucrania, un punto crucial de paso para miles de personas.

Augustin Campos

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A primera hora de la mañana, en la pequeña ciudad de Záhony, en la región de Szabolcs-Szatmár-Bereg, al este de Hungría, un grupo de jóvenes entusiastas organizan un mitin para el partido de la oposición Ellenzéki összefogás, una gran coalición de fuerzas que va desde la extrema derecha, Jobbik, hasta la izquierda moderada. Rodeado de banderas europeas, húngaras y ucranianas,  Péter Márki-Zay, fundador del partido Mindenki Magyarországa Mozgalom (MMM), hace las delicias del corrillo que se amontona cerca de la plaza del ayuntamiento, obviando que a escasos metros se encuentra la estación de trenes, uno de los principales puntos de recepción de refugiados ucranianos que llegan a Hungría escapando del conflicto.

Esta pequeña localidad húngara, colindante con la frontera ucraniana, se ha convertido en pocos días en un punto crucial de paso y descanso para miles de personas. Mujeres, niños, algunos ancianos y residentes extranjeros en Ucrania se amontonan en la pequeña estación gracias a los trenes que llegan desde Lviv. Los húngaros, con precisión germana, han montado dos carpas en las que se les entrega gulasch caliente, té, agua, dulces varios y billetes de tren. Cada cuatro horas, parte un convoy desde Záhony hasta Budapest.

Los agentes de la policía húngara pasean por el lugar sin realizar ningún papel significativo. La mayoría son incapaces de hablar inglés, ruso o ucraniano y se limitan a señalar a los voluntarios de organizaciones locales. La emoción con cada llegada se palpa en el ambiente. Muchos de los que se bajan de esos trenes  se encuentran en estado de shock y acaban derrumbándose en los rincones de la pequeña estación.

“Había una abuela tirada en el suelo, sin vida”

“A veces no me doy cuenta de que todas estas cosas, estas cosas terribles, son reales”, dice Langton Tapiwa, un estudiante de economía zimbabuense que lleva cuatro días sin dormir. Dejó Kharkiv, la principal ciudad del este de Ucrania, el miércoles 2 de marzo.

Langton Tapiwa, estudiante de economía zimbabuense. / Augustin Campos

“Fui al centro de la ciudad, donde acababan de bombardear un edificio administrativo. Fue terrible”, comenta mientras mira impertérrito a la pared. “Había una abuela tirada en el suelo, sin vida”. Entonces se dio cuenta de que la guerra había llamado a su puerta. Él, un joven de 24 años que durante toda su infancia escuchó las historias de los mayores, los dolorosos recuerdos de quince años de guerra en Rhodesia del Sur (1965-1979), nunca se imaginó viviendo en Ucrania, Europa, horrores similares.

Miles de africanos han emigrado a este país en busca de formación o simplemente de un futuro mejor, especialmente en las dos ciudades más grandes, Kiev y Kharkiv. La comunidad nigeriana cuenta con 5.000 miembros, es la más numerosa.

En un lugar apartado de la estación, un hombre imponente, ataviado con un plumífero azul y una cartera negra, espera desde hace horas a su mujer e hijos ucranianas, que han sido enviadas a uno de los muchos centros de registro para regularizar su situación en Hungría.

“Pensamos que terminaría rápido”

“Cuando empezó, pensamos que era un juego, que terminaría rápido, igual que con Crimea, así que nos resguardamos en los refugios subterráneos”, cuenta, casi inalterable, Vincent Chukweze, un empresario nigeriano de 48 años que lleva residiendo 21 años en Ucrania. “Tengo mis tiendas de ropa y mis amigos en Kharkiv,  no quería irme”. Explica que salió del país porque tenía miedo por su mujer e hijos, a quienes enseña en una foto. Antes de partir, una bomba destrozó el techo de una de sus tiendas. “No sé lo que quedará de ella”, susurra mirando hacia el techo.

Chennai, médica zimbabuense. / Augustin Campos

A pocos metros de él, donde la comida abunda gracias a los voluntarios omnipresentes, Chennai, una médica interna zimbabuense que aún no ha cumplido los treinta, lleva dibujada en sus facciones la odisea de los últimos días. Se encontraba celebrando su cumpleaños con su compañero camerunés unas horas antes del primer bombardeo. “Estábamos en el centro comercial, caminábamos risueños, nos tomábamos fotos”, dice con una alegre sonrisa. “Sí, andábamos despreocupados, como casi todos los que conozco. Fue entonces cuando sentimos las primeras vibraciones”.

“No podíamos dormir, escuchábamos las bombas explotar toda la noche, fue terrible”. Mientras relata sus últimos días en Kharkiv, Chennai, ferviente evangelista, observa los alrededores de la atestada estación donde sólo los niños parecen capaces de desprender algo de alegría.

“Vi pasar un cohete por mi ventana”

Sentado a un lado, un joven de rostro infantil, con un pañuelo anudado al cuello, parece perdido. “La noche era clara, vi pasar un cohete por mi ventana, vi la luz y luego escuché el sonido de la explosión. A la mañana siguiente salí de la ciudad”. Walid, un estudiante marroquí de medicina, a quien solo le faltaba un semestre para concluir, repite una y otra vez el ataque que le llevó a abandonar Kharkiv. Pasó 24 horas en la estación de trenes, con “un frío terrible y nieve, mucha nieve”. Walid habla del racismo de policías, soldados y civiles ucranianos, confirmado por numerosos testimonios en las redes sociales. “Las miradas eran hostiles”, recuerda mientras aprieta los dedos. “Nos impidieron subir al tren, nos golpearon y nos repetían: ¡No te dejaremos subir!”.

Walid, estudiante marroquí de medicina. / Augustin Campos

Junto a Walid volvemos a encontrar a Langton Tapiwa, que escucha impávido el relato de su amigo. “Una vez que todos, las mujeres y niños, suban al tren apagaremos las máquinas”, nos dijeron. “Ustedes pueden regresar a su country a pie”. “Algunos incluso se tomaron el tiempo de traducir estas palabras al inglés con sus teléfonos”, interrumpe Langton con voz conmovida.

El estudiante de economía zimbabuense prosigue el relato: “Un policía, con quien se supone que debo sentirme seguro, me impidió entrar y me dijo estas palabras: ‘Ustedes los africanos son inútiles, no merecen subir al tren. Sólo tienes que caminar hasta África, mira, está en esa dirección. De cualquier manera, si mueres aquí a nadie le va a importar, porque hasta los perros y los cerdos son mejores que tú en este país”. Langton cuenta que le respondió en ruso que si eso era así, debería ser él quien esté peleando por su país y no allí “ejerciendo una autoridad inútil”. “El policía se enojó y disparó al aire”, narra el estudiante. Su amigo Walid agacha la cabeza. Numerosos africanos cuentan historias similares, cargadas de una violencia aterradora.

“Visitar uno o dos lugares en Europa”

Acaba de entrar un nuevo tren procedente de Chop, el último pueblo ucraniano antes de la frontera. Vincent Chukweze, el empresario nigeriano, es consciente “de que no todo el mundo quiere viajar y no todo el mundo puede permitirse vivir en Europa”. Él, su mujer y sus dos hijos tienen previsto “visitar uno o dos lugares de Europa, y una vez que acabe la guerra, volveremos a Ucrania”. “Si todo va bien, mi seguro debería cubrir cualquier daño que sufran mis tiendas”, anticipa un tanto ingenuo.

Con un cigarrillo en la boca bajo un frío crepuscular, Langton Tapiwa, en chancletas y calcetines, reflexiona sobre cómo seguir la vida. “Si regreso a Zimbabue, mi madre no me dejará volver para poder concluir mis estudios”. A pesar del racismo que ha sufrido, dice con inquebrantable seguridad que le hubiera gustado ir a luchar para defender Ucrania. Walid, su amigo marroquí, no podrá volver a su país natal. “Es imposible”, dice, “la situación allí no me lo permite”. Tal vez vaya a casa de su tío, en Saint-Etienne.

Envuelta en una bufanda ancha de color burdeos y con un pañuelo anudado sobre la cabeza, Chennai ha dedicado muchas horas a planear su futuro inmediato, en primer lugar, regresar a Zimbabue, “porque mi madre está muerta de miedo”. Allí su vida estará ligada al campo y no quiere rendirse tan fácilmente. No deja de pensar en la medicina como su vocación y su pasión y en sus pacientes. “Rezo todos los días para que la paz regrese a esta tierra que considero mi segundo hogar”.

Ucrania es un país de más de 44 millones de habitantes en el que conviven minorías africanas, árabes, gitanas e indias que escapan de las guerras locales, la crisis climática, las hambrunas de sus países de origen o simplemente buscan un futuro más próspero. La actual situación bélica les coloca en una encrucijada terrible e incierta: el miedo es su tutor legal y el racismo, su perro guardián. 

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Joel Mesa. Economista afincado en Berlín.

Augustin Campos. Periodista.

A primera hora de la mañana, en la pequeña ciudad de Záhony, en la región de Szabolcs-Szatmár-Bereg, al este de Hungría, un grupo de jóvenes entusiastas organizan un mitin para el partido de la oposición Ellenzéki összefogás, una gran coalición de fuerzas que va desde la extrema derecha, Jobbik, hasta...

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