1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

  280. Número 280 · Enero 2022

  281. Número 281 · Febrero 2022

  282. Número 282 · Marzo 2022

  283. Número 283 · Abril 2022

  284. Número 284 · Mayo 2022

  285. Número 285 · Junio 2022

  286. Número 286 · Julio 2022

  287. Número 287 · Agosto 2022

  288. Número 288 · Septiembre 2022

  289. Número 289 · Octubre 2022

  290. Número 290 · Noviembre 2022

  291. Número 291 · Diciembre 2022

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

CULTURAS DE CANCELACIÓN

¿Quién teme a la libertad de cátedra?

Que las libertades académicas en Europa y Estados Unidos estén amenazadas es una idea que, curiosamente, une a derecha e izquierda. Pero la verdad es que poca gente comprende en qué consisten estas libertades

Sebastiaan Faber 9/02/2022

<p>Facultad de Derecho de la Universidad de Granada.</p>

Facultad de Derecho de la Universidad de Granada.

Nicolas Vigier / Wikimedia Commons

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

“Algo huele a podrido en la Universidad”, afirmó Niall Ferguson el pasado noviembre en una tribuna en Bloomberg. Con un dramático guiño a Shakespeare, el conocido historiador británico advertía de “la erosión de la libertad académica y el auge de una ideología antiliberal” –el wokismo– que se manifestaría en “cancelaciones fulminadoras de carreras; conferenciantes que ven retiradas sus invitaciones; y un abrumador clima de miedo y autocensura”.

Para Ferguson, estas “patologías” de la Academia anglosajona ya no tienen remedio. La única solución es fundar una universidad nueva: concretamente la de Austin, que Ferguson y otros anunciaron a bombo y platillo el 8 de noviembre. Entre otras cosas, ofrecerá “Cursos Prohibidos” que aborden “el tipo de preguntas provocadoras” que se suponen imposibles ya de plantear en otras partes. (El lanzamiento tuvo sus sobresaltos; algunos de los grandes nombres del elenco profesoral anunciado inicialmente, como Robert Zimmer y Steven Pinker, no tardaron en desvincularse del proyecto.)

Ferguson no es el único en constatar con alarma la supuesta pérdida de apoyo entre profesores y estudiantes de valores liberales que antes se asumían como dados. “Heterodox Academy” –una organización liderada por el psicólogo Jon Haidt, quien lleva años advirtiendo contra los peligros de la corrección política y los espacios seguros para las psiques “mimadas” de jóvenes sobreprotegidos– lucha porque las universidades sean más “hospitalarias a personas diversas con puntos de vista diversos” y por animar a “la investigación abierta y al desacuerdo constructivo”. Sus sondeos indican que un 62 por ciento de los estudiantes norteamericanos cree que el clima social de su universidad les impide decir lo que piensan y un 41 por ciento es reacio a hablar de temas políticos en clase. Un 85 por ciento de los que se autoidentifican como progresistas no tendría reparo en denunciar a un profesor si dijera algo que les pareciera ofensivo.

¿Es real el peligro que representan la izquierda políticamente correcta y sus turbas wokistas? “No hay que exagerar”, dice Robert Quinn, director y fundador del Scholars at Risk Network (Red de Académicos en Riesgo, o SAR por sus siglas en inglés). “Incidentes puntuales aparte, en la gran mayoría de las universidades norteamericanas hay espacios suficientes para tener conversaciones razonables, incluso sobre temas difíciles”. 

Quinn sabe de qué habla. Con SAR lleva 22 años vigilando el estado de las libertades académicas en el mundo entero, al mismo tiempo que presta ayuda práctica y económica a profesores universitarios amenazados. Su último informe anual, de 2021, registra 332 ataques contra comunidades universitarias en 65 países. Los ataques van desde despidos a asesinatos, pasando por actos de acoso y censura. 

Una nueva ola de iniciativas legislativas del Partido Republicano prohíben, de forma explícita, enseñar en centros públicos que la historia del país ha sido marcada por patrones históricos de discriminación de raza o de género

De los 13 incidentes que SAR registró en Estados Unidos, los más alarmantes no son las intervenciones wokistas sino las represalias administrativas contra profesores activistas de izquierdas. El informe detalla “acciones de aparente motivación política, incluidos suspensiones, despidos y presiones, dirigidas contra académicos” y expresa preocupación por el auge de los chivatazos (“los esfuerzos por animar a los estudiantes a vigilar la conducta de sus profesores y reportarla a grupos no pertenecientes al sector de la educación superior”). También denuncia una nueva ola de iniciativas legislativas del Partido Republicano que prohíben, de forma explícita, enseñar en centros públicos que la historia del país ha sido marcada por patrones históricos de discriminación de raza o de género. Ya son 14 los estados donde se han adoptado leyes de ese tipo. Otros 17 las tienen en trámite.

Para Quinn, estas leyes recuerdan a restricciones educativas impuestas en países como Polonia, Rusia, Turquía o Hungría. “Hay dos tipos de intervenciones políticas dirigidas a la Universidad, ambos oportunistas”, me dijo. “Algunos políticos ven el tema como una ocasión más para captar la atención de su electorado, por más que las medidas que proponen –que no dejan de ser formas de censura– contradigan los valores que ellos dicen defender. También hay políticos –los más peligrosos– que cooptan de forma deshonesta el lenguaje de la libertad académica para desarmar a la Universidad como un lugar desde el cual se pueda cuestionar el poder. No es nuevo, desde luego, que la derecha proponga leyes que ponen a las universidades en la diana. Lo nuevo, en los últimos cinco años, es que logran que las propuestas se adopten y que ganan elecciones con ello”. 

Para la historiadora Ellen Schrecker, especialista en la caza de brujas anticomunista de los años 50, la situación norteamericana viene a ser nada menos que un nuevo macartismo. De hecho, en cierto sentido es peor. “En aquellos años, se pretendía eliminar a toda persona asociada con el comunismo mediante despidos, juramentos de lealtad y listas negras”, afirma. “Pero no se pretendía interferir con los contenidos de la enseñanza, como hoy”. La campaña en el campo educativo de la derecha actual, concluye Schrecker, busca “deshacer la democratización de la vida norteamericana que se inició en los años 60”. 

También en Gran Bretaña las autoridades políticas han esgrimido la supuesta falta de diversidad ideológica en las universidades –y la necesidad de una historia patriótica que una y enorgullezca a los ciudadanos– como excusa para interferir en la vida académica. El Gobierno de Boris Johnson está tratando de “imponer una narrativa única, supuestamente patriótica, sobre la enseñanza de la historia, la investigación y la historia pública”, escribió el historiador Richard Evans en diciembre, señalando los paralelismos con los Gobiernos de Trump y Orbán. Para mayor inri, apuntaba Evans, estas intervenciones estatales se presentan como iniciativas en defensa de la libertad de cátedra ante una izquierda pasada de rosca. “No dejaremos que nadie censure nuestro pasado”, dijo un miembro del gabinete de Johnson hace un año, con poco sentido de la ironía.

Implicaciones de la libertad de cátedra

Quizá no sorprende que la derecha pueda movilizar a su electorado contra las universidades, pintándolas como nidos elitistas de frivolidad, insensatez y subversión. De todas las libertades democráticas, la libertad de cátedra es la peor comprendida. Y no solo la malentiende la opinión pública, sino que muchos miembros de la propia comunidad universitaria apenas tienen idea de lo que implica. 

Si la libertad de expresión nos permite decir memeces, la de cátedra no nos da el derecho a decir memeces que sean reconocidas como tales por nuestra comunidad disciplinaria

“Muchos la ven simplemente como una versión de la libertad de expresión aplicada al profesorado”, explica Henry Reichman, historiador, cuyo libro Understanding Academic Freedom se publicó en octubre. “Pero la verdad es que la libertad académica no es comparable con la de expresión. Para empezar, tiene más sentido verla como un derecho colectivo, no individual. En el fondo, se trata del derecho de la comunidad universitaria a determinar por sí misma en qué consiste la buena enseñanza e investigación, sin miedo de censuras o represalias y sin interferencia de otros poderes. Esto implica que todo miembro de esa comunidad es corresponsable de protegerla y mantenerla”.

Reichman, hoy jubilado, trabajó durante años en defensa de la libertad académica en la Asociación Norteamericana de Profesores de Universidad (AAUP). Como la mayor organización gremial del país (tiene 45.000 miembros), la AAUP fue la primera en definir esa libertad en términos concretos, allá por 1915. Su definición, reformulada en 1940, sigue siendo, a día de hoy, la doctrina más comúnmente aceptada entre las más de 4.000 universidades del país. 

Para la AAUP, la libertad académica tiene cuatro dimensiones: la libertad de cátedra, de investigación, de expresión intramuros (incluida la gobernanza de la institución) y de expresión extramuros (cuando académicos participan como ciudadanos en debates públicos). La AAUP afirma que las y los profesores podemos presentar temas controvertidos en clase, pero no hacerlo de forma persistente a menos que tengan relación con el temario. También estipula que la libertad de expresión extramuros de los académicos está condicionada por nuestro trabajo. Aunque, como ciudadanos, tenemos el derecho a participar en la esfera pública sobre el tema que sea, debemos tener especial cuidado cuando los debates tocan a nuestra propia pericia. A fin de cuentas, representamos a nuestra disciplina y universidad. En otras palabras, si la libertad de expresión nos permite decir memeces, la de cátedra no nos da el derecho a decir memeces que sean reconocidas como tales por nuestra comunidad disciplinaria. 

En el fondo, explica Reichman, el principio de la libertad académica defiende a los miembros de la comunidad universitaria contra todos los otros poderes que puedan restringir esas cuatro actividades: las autoridades estatales y la opinión pública, pero también las propias administraciones universitarias, que, en Estados Unidos, son muchas veces privadas y dirigidas por líderes empresariales. (De hecho, uno de los eventos que sirvió para definir y defender la libertad de cátedra en Estados Unidos, a comienzos del siglo XX, fue la decisión de Jane Stanford, cofundadora de la universidad de ese nombre, de despedir a un profesor por su apoyo al movimiento sindical.) 

Muchas de las controversias más recientes en Estados Unidos han enfrentado a profesores con sus propias administraciones, controladas o presionadas por donantes o políticos conservadores, o simplemente reacias a asumir cualquier tipo de responsabilidad legal o riesgo de publicidad negativa. Así, en el pasado mes de mayo, la Universidad de Carolina del Norte, que es pública, sufrió presiones para que negara un contrato fijo a la periodista afroamericana Nikole Hannah-Jones, conocida por su trabajo en el Proyecto 1619, que reinterpreta la historia del país en función de la esclavitud. En octubre, la Universidad de Florida, también pública, quiso impedir que tres profesores testificaran como expertos en un proceso judicial contra una ley estatal promovida por el gobernador. (El 21 de enero, un juez federal condenó la postura de la Universidad, comparándola con el gobierno chino.) 

Para Reichman, este tipo de presiones son mucho más nocivas para la libertad de cátedra que la corrección política o las políticas de identidad. “El peligro verdadero lo representa la derecha”, dice. “Es absurdo pensar que unos chavales de 18 o 19 años, por más apasionada que sea su protesta, puedan ejercer una mayor presión sobre la libertad académica que una asamblea estatal, unos administradores universitarios, una junta directiva o grupos de presión financiados desde fuera. No niego que existen presiones en torno a cuestiones de raza y género. Pero el alarmismo exagerado en torno a ellas es una distracción, muchas veces intencional. Por cada conferenciante controvertido que ve interrumpida su conferencia por protestas, o retirada su invitación, hay miles de casos donde sí se emprenden debates y diálogos sobre temas sensibles. Por otra parte, no sorprende que los críticos suelan añorar una supuesta edad dorada en la que, casualmente, el profesorado apenas contaba con mujeres y minorías”.

Reichman subraya que hay dos elementos clave para la defensa de las libertades académicas: la seguridad laboral en las universidades y la participación del profesorado en su gobernanza

Sin embargo, señala Reichman, la izquierda no está libre de culpa. Hasta cierto punto, se ha dejado embaucar por lo que él llama “el lenguaje del daño”: la idea de que expresiones potencialmente ofensivas en el aula lastiman a quienes las escuchan y que, por tanto, son dignas de denuncias formales y sanciones impuestas por esas mismas administraciones, cada vez más burocratizadas. “Si un docente usa un epíteto racial en el aula, el problema no es tanto que dañe o incomode a sus alumnos. El problema es que emplea una metodología didáctica poco adecuada. En lugar de sancionarle, habría que ayudarle a mejorar su docencia. Por otra parte, llama la atención que la derecha ahora también se esté apropiando del lenguaje del daño. En el fondo, las leyes estatales que el Partido Republicano está aprobando estos días intentan impedir que los alumnos blancos se sientan incómodos cuando aprenden sobre la esclavitud y el racismo estructural en este país”. 

Reichman subraya que hay dos elementos clave para la defensa de las libertades académicas: la seguridad laboral en las universidades y la participación del profesorado en su gobernanza. Ambas, advierte, llevan décadas de erosión en Estados Unidos, en un ciclo vicioso acelerado por la crisis pandémica. Por un lado, un porcentaje cada vez menor del personal docente cuenta con un contrato fijo. (Hace treinta años, era más de la mitad; hoy, es un cuarto.) Por otro, son cada vez más numerosos –y mejor remunerados– los gerentes y abogados, que invocan la eficacia, la flexibilidad y la necesidad de evitar los riesgos legales para hacerse con una porción cada vez mayor del poder institucional. “El deterioro en ese sentido ha sido dramático”, afirma Reichman. “Y, lamentablemente, el modelo norteamericano, que ve la Universidad ante todo como una empresa, se está exportando a otros países”, apunta Quinn, “con todas sus consecuencias negativas para la libertad de cátedra”.

Espacio de disidencia

Quinn está de acuerdo con Reichman en que la libertad de cátedra es un derecho muy mal comprendido: “La propia Universidad ha fracasado a la hora de educarse a sí misma –mucho menos al público– sobre la función central que tiene la libertad de cátedra en toda democracia. Hoy estamos pagando las consecuencias de ese fracaso. Allí hay una gran tarea pendiente”. Para Quinn hay además otro problema: las enormes diferencias internacionales en la definición y codificación de la libertad académica. En el mundo de los derechos humanos, dice, “su comprensión y la implementación aún es muy superficial. En la ONU nos dicen que fuimos los primeros en poner el tema sobre la mesa”.

Aunque concuerdan en lo fundamental, Quinn discrepa de Reichman en su visión de la libertad académica. “Él la ve todavía como un derecho gremial que pueden hacer valer los miembros de una profesión, que es como nace históricamente. Pero yo, a estas alturas, la prefiero ver como un derecho humano a secas. Para mí, en este sentido, es afín a la libertad de prensa: aunque no todos la ejerzan, en última instancia, afecta a todos los ciudadanos. Es fundamental para todo el edificio democrático porque hace posible una crítica informada del poder. La pregunta crucial, por tanto, es no solo si la sociedad y el Estado toleran que exista en su seno un espacio de disidencia –una disidencia informada, educada– sino si están dispuestos a apoyarlo y darle recursos”.

Reichman reconoce que hay problemas con la visión gremial, que no solo limita la libertad de cátedra a los miembros de la profesión, sino que empodera a estos para establecer los límites de ese derecho. Solo la comunidad disciplinaria de politólogos –por poner un caso– está capacitada para decidir si el trabajo de otro politólogo vale o no. En este escenario, es fácil que un gremio, desde su natural instinto conservador, cierre filas y esgrima su autonomía para censurar toda disidencia interna. Este peligro existe, admite Reichman, pero no ha crecido, al contrario. “Me parece que la profesión se ha hecho más tolerante de lo que era en los años 60 o 70”, sostiene. “Sin duda tiene que ver con su mayor diversidad, no solo en términos de raza y género, sino también de experiencias vitales”. 

El caso español

¿Y qué pasa con las libertades académicas en España? A primera vista, el paisaje institucional no puede ser más diferente al norteamericano. No solo porque aquí las universidades más importantes son tradicionalmente públicas, con un profesorado protegido por su condición funcionarial, sino porque en la España democrática, a diferencia de Estados Unidos, la libertad de cátedra e investigación están blindadas de forma explícita por el artículo 20 de la Constitución, en los apartados 1b) y 1c) respectivamente. 

Pero, al igual que en Estados Unidos, la evolución del sistema universitario ha ido socavando esas garantías: no solo por el auge de las privadas –que acaparan más de la cuarta parte del sistema en Euskadi, Madrid, Murcia y Cantabria, el 38% en Catalunya y el 44% en Navarra– sino también por la rampante precariedad laboral. “El grueso de la actividad docente en la universidad pública y privada descansa sobre los hombros de un cuerpo de profesores precarios, mal pagados y exhaustos, que apenas tienen tiempo para veleidades ideológicas”, cuenta el sociólogo Leopoldo Moscoso. “La educación superior en España se ha convertido en una máquina de expedición de títulos a cambio de dinero”.

A pesar de la protección constitucional, los tribunales han dejado un margen relativamente estrecho para el ejercicio de la libertad de cátedra, explica Urías

También en España ha habido cierta alarma por la amenaza que puedan suponer para la libertad de cátedra las políticas de identidad y sus movilizaciones sociales. Cuando, en diciembre de 2019, el filósofo Pablo de Lora vio interrumpida su conferencia pública en la Pompeu Fabra por activistas que cuestionaban su derecho a hablar de la identidad trans, afirmó: “Si el signo de los tiempos es esto, vayan ustedes despidiéndose del pensamiento libre, del intercambio reflexivo y de la posibilidad de conocernos mejor, de argumentar mejor y de pensar mejor”. “Se puede protestar contra ciertas ideas o decisiones, sin por ello llegar al punto de escrachar a una persona de la manera en que se hizo”, escribieron José Luis Martí y Josep Joan Moreso en una tribuna. Pero, al igual que en Estados Unidos, hay quien argumenta que incidentes puntuales como este distraen de problemas más serios y estructurales. 

“En España, la libertad de cátedra es un derecho que se invoca mucho pero que está muy poco definido”, dice Joaquín Urías, profesor de Derecho Constitucional en Sevilla. “Los casos reales han sido muy pocos, casi siempre asociados a centros religiosos. Es que, en España, a diferencia de otros países, la libertad de cátedra también se extiende a la enseñanza secundaria”. 

A pesar de la protección constitucional, los tribunales han dejado un margen relativamente estrecho para el ejercicio de la libertad de cátedra, explica Urías. “Pongamos el ejemplo de una profesora de Biología en un centro religioso. Según la jurisprudencia establecida, no se le puede obligar a que enseñe que el hombre fue creado por Dios. Pero ella tampoco puede utilizar la teoría de la evolución para atacar a la religión católica”. Algo similar ocurre, a nivel universitario, con los contenidos de clase: “Los tribunales han dictado que la libertad de cátedra no incluye el derecho de los profesores a no enseñar el programa impuesto por el Ministerio y la universidad. Y aunque son libres en su forma de enfocar la materia, en los métodos de evaluación –el diseño de los exámenes– tienen que aceptar lo que impongan las autoridades”. Para Marina Echebarría Sáenz, catedrática de Derecho Mercantil en Valladolid, esas limitaciones son bienvenidas en la medida que ayudan a que la Universidad sea más garantista. “No solo es que antes había profesores que abusaban, que los había, sino que desde el punto de vista de los alumnos es lógico que se expliciten de antemano los contenidos de un curso y sus criterios de evaluación. También para garantizar la igualdad de trato”.

“A diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, los profesores españoles somos funcionarios. No hay donantes ni propietarios privados que nos impongan limitaciones”, apunta Urías. “Tampoco los estudiantes tienen mucho poder. Apenas hay forma de que echen a un profesor de su cargo”. 

“Se nos vigila apenas”, concuerda José Luis Villacañas, filósofo en la Complutense. “Pero eso tiene una explicación muy concreta: aquí el control del profesorado se impone no en el ejercicio, sino en el acceso. Esto tiene relación con el sentido que ha tenido la Universidad es este país. No se ve como un espacio profesional neutral sino, ante todo, como un espacio público que hay que controlar y ocupar. Eso significa que, si tú eres de los nuestros, pasas por delante de uno más profesional pero ajeno u hostil. Las grandes corporaciones religiosas, como el Opus, tienen aquí un protagonismo central. Si te veo comulgar en misa conmigo los domingos y fiestas de guardar, no tengo que investigar qué dices en clase. Por supuesto, esta actitud da ventaja a las grandes corporaciones: están organizadas, son transversales a las universidades y tienen criterios unívocos y duraderos. Los grupos de amistad académica –que también forman pequeñitos nosotros– no pueden competir”.

Para Villacañas, aquí el control del profesorado no se impone en el ejercicio, sino en el acceso

Para Villacañas, este proceso se ha ido intensificando en años recientes. “Incluso se ha sobrepuesto a la endogamia de siempre”, dice. “Está relacionado con la politización extrema de la derecha y con la experiencia del movimiento 15M. El miedo de tener en contra a la Universidad produjo una reacción en las élites católicas y conservadoras hacia posiciones claramente ideológicas y extremadamente militantes. Por ejemplo, en mi Facultad nuestro Departamento es asociado a Más Madrid y Podemos, pero por percepción indirecta de nuestros trabajos. El Departamento de Metafísica, en cambio, ha respondido contratando a gente del Opus Dei y directamente a militantes de Vox claramente fascistas”.

Esta politización del espacio universitario no es nueva, sugiere Moscoso. Es más, es uno de los motivos por los que no acaba de funcionar el control de pares sin el cual no hay libertad de cátedra digna de ese nombre. “Necesitaríamos una Universidad en la que los académicos debatieran unos con otros”, dice. “Pero en España tal cosa no existe. Los límites de la libertad académica, por tanto, no son determinados por una comunidad autónoma de peers disciplinarios. Los científicos españoles no discuten entre ellos; todo lo más, se desautorizan unos a otros en la prensa en función de sus alineaciones ideológicas”.

En un espacio tan dominado por las luchas de poder, tampoco hay demasiada libertad a la hora de elegir temas de investigación, explica el historiador David Jorge. Las jerarquías académicas tradicionales, combinadas con la precariedad laboral ya mencionada, ejercen una influencia decisiva. Está muy asumida la idea de que “a quien trata de hacerse un hueco en la universidad española no conviene sumarle problemas adicionales con la elección de temas susceptibles de generar vetos”. Además, agrega, “hay una serie de prácticas extendidas entre los catedráticos de la vieja escuela, de la universidad franquista: una tendencia a evitar problemas, por ejemplo, que va en detrimento de un compromiso genuino y dedicado con la formación de los universitarios. Hay caciquismo, voluntad de control, defensa de ciertas parcelas de poder, generación de lealtades –reales o falsas– y servilismos, mediados por temores más que por un respeto real o una autoridad ganada. Son prácticas que se perpetúan entre las generaciones más jóvenes, que han tenido que promocionarse con esas mismas reglas de juego. Naturalmente, no es el caso siempre, ni mucho menos, pero el sistema tiene inercias poderosas”.

“La precariedad influye, claro está”, concuerda Alfons Aragoneses, jurista en la Pompeu Fabra. “Sobre todo, cuando el área de conocimiento sigue siendo un espacio en el que el catedrático o la catedrática tiene un enorme poder para marcar la bibliografía o el temario”. No ayuda que los proyectos se suelan financiar por grupos de investigación, agrega Marina Echebarría: “Hay una presión por estar en los proyectos del propio departamento porque si no todo es mucho más difícil”. De hecho, recuerda casos puntuales de censura o represalia: “A una profesora se le ocurrió abrir una línea de investigación sobre las familias LGBTI. Cuando salió el estudio y resultó que las valoraba positivamente, se intentó que no se publicara y que esa persona no pudiera consolidar su plaza”.

“Ha habido abusos por parte de profesores funcionarios que confundían ese derecho con una patente de corso para hacer lo que querían”, apunta Aragoneses. “Hay catedráticos que abusan de doctorandos, que utilizan un lenguaje abiertamente machista y acosador y que nunca son sancionados. La libertad de cátedra o libertad de investigación y creación son fundamentales y hay que defenderlas a capa y espada; pero deben ser compatibles con un régimen que controle el cumplimiento de la normativa por parte del personal docente”.

Y así como en Estados Unidos, en España las administraciones universitarias están cada vez más preocupadas por los daños que pueden suponer las acciones de su personal docente e investigador –una preocupación que les tienta a violar derechos–. Cuando, el 27 de diciembre, Hèctor López Bofill, profesor de Derecho Constitucional en la Pompeu Fabra, publicó un tuit controvertido (“Se admite resignadamente que mueran casi 25.000 personas de covid-19 y nos da un terror absoluto que se muera alguien como consecuencia de un conflicto de emancipación nacional”), el equipo rector no tardó en anunciar que estudiaba sancionarle. (Tardó tres semanas en rectificar y salir en defensa de la libertad de expresión.)

A Echebarría le preocupa el peso de las redes. “Ocurre cada vez más que tú manifiestas una posición –la justificas e intentas explicar académicamente por qué defiendes lo que defiendes– y te encuentras con que, a través de las redes, se te amontonan las campañas. Con un ataque personalizado, denigrante, con insultos y, a veces, con amenazas serias y creíbles. El boicoteo y el bombardeo en redes sociales se ha convertido en un condicionante más de la libertad de cátedra”. Además, no son fenómenos que pasen inadvertidos en los claustros, dice Aragoneses. “Los equipos directivos de las universidades prestan cada vez más importancia a las redes. Da miedo. Es verdad que es muy fuerte la competencia por captar estudiantes y, especialmente, por captar estudiantes de fuera de la UE. Pero si nos sometemos al márketing perdemos la esencia como universidades”. 

“Algo huele a podrido en la Universidad”, afirmó Niall Ferguson el pasado noviembre en una tribuna en Bloomberg. Con un dramático guiño a Shakespeare, el conocido historiador británico advertía de “la erosión de la libertad académica y el auge de una ideología antiliberal” –el...

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Sebastiaan Faber

Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College. Es autor de numerosos libros, el último de ellos 'Exhuming Franco: Spain's second transition'

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí