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SERVANDO ROCHA / AUTOR DE ‘TODO EL ODIO QUE TENÍA DENTRO’

“Hay una España oscura en cuyos sótanos convivieron mercenarios, terroristas, rockeros y personajes del hampa”

César G. Calero 29/12/2021

<p>El escritor y editor Servando Rocha (1974).</p>

El escritor y editor Servando Rocha (1974).

Leticia Hueda

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Dum Dum Pachecho no es Limónov, pero al escritor y editor Servando Rocha (Santa Cruz de La Palma, 1974) la obra de Emmanuel Carrère lo iluminó para indagar –a través de un personaje marginal, excesivo y contradictorio como el boxeador madrileño– en las profundidades de una España oscura, el Madrid de la posguerra, el tardofranquismo y la Transición, donde surgen personajes muy diversos que se entrecruzan en la atroz realidad de la dictadura. Pacheco es el hilo conductor del relato (un protagonista, no obstante, invisible durante muchas páginas), pero Todo el odio que tenía dentro (La Felguera, 2021) no pretende ser la biografía del excéntrico excampeón del peso wélter. Si Rocha (autor de una decena de libros sobre las “clases peligrosas”: vanguardias artísticas, movimientos underground, rebeldes, enmascarados…) eligió a Pacheco –exdelincuente, exlegionario, nacido en la pobreza y admirador de Franco– fue solo como símbolo y punta del iceberg de una historia nunca antes contada, una radiografía exhaustiva del lumpen castizo, el gran fresco de la España ruda y salvaje que anidó en los márgenes del régimen franquista. 

Estamos en el Madrid de los primeros años 60, acaba de estrenarse West Side Story y las pandillas juveniles se rompen la crisma en Usera al ritmo de un twist. Ahí están los Ojos Negros, la banda callejera más temida de la capital (en la que se enrolaría un jovencísimo Pacheco), exponentes de la delincuencia juvenil que forjó el propio franquismo, hijos desideologizados de los perdedores de la Guerra Civil que escupieron su rencor de clase de una forma “salvaje y arbitraria”. Criados en la escuela de los billares, en el fango de los descampados, desfilan por el Madrid barojiano que pervive en la posguerra. Son la contracara de esa ciudad en la que la oligarquía franquista se llena los bolsillos al calor de la especulación inmobiliaria.  

Pero esta historia oculta no acaba ahí. Los pliegues de esa España autoritaria muestran contrapuntos insólitos, rasgos inesperados, vínculos aparentemente imposibles pero reales, aunque parezcan extraídos de la mejor de las ficciones. Por la galería subterránea de Rocha deambulan pandilleros y hampones, pero también nazis que fundan revistas progresistas, exmercenarios que abren templos de la Movida madrileña, veteranos de la División Azul amantes del boxeo… La sombra aturdida de José Luis Dum Dum Pacheco (Madrid, 1949) entra y sale de un ring al que Rocha ha invitado a Camilo Sesto, Billy el Niño, Dionisio Ridruejo, El Lute, Blas Piñar, López Ibor y una larga troupe de macarras, boxeadores fascistas, rockeros fracasados, empresarios corruptos, policías sin escrúpulos, quinquis y personajes arrabaleros de toda condición. En esta conversación con el autor, aquella España en blanco y negro se resiste a perder por KO

Todo el odio que tenía dentro es una obra de no ficción narrativa que abarca varias décadas y revela un mundo subterráneo, casi desconocido, de nuestro pasado reciente. 

Es una historia del Madrid de la posguerra y la Transición extensible a toda España. Creo que este es mi libro más importante, pero no porque crea que está mejor escrito que los anteriores, sino porque intenta impugnar de alguna manera una desmemoria de este país. Yo creo que la historia debe servir también para el presente. Para preguntarnos quiénes somos como país, tenemos que comprender lo que hemos sido, y lo que yo vi cuando empecé a escribir el libro y entrevisté a algunos personajes es que, partiendo del hecho de que hay una verdad histórica incuestionable –una dictadura–, hay también dentro de ella algunos tonos grises, una serie de personajes, unas conexiones muy insospechadas que contribuyeron también a que España fuera lo que fue. Aquello lo podemos explicar desde el lado chirriante, amarillo, o lo podemos hacer desde otra perspectiva, observando que la historia es más compleja, al igual que la naturaleza humana. ¿Cómo es posible que existieran, por ejemplo, muchos rockeros que fueran gente del régimen, gente de orden? 

Los Diablos Negros en El Parral. | Archivo del autor

La portada y el título del libro pueden confundir a algunos lectores. Se ve ahí a Dum Dum Pacheco levantando los brazos en el ring. Invita a pensar que se trata de una biografía suya, cuando es algo muy diferente.   

Es cierto y es uno de los asuntos sobre el que estuvimos reflexionando en la editorial, de qué manera comunicábamos el libro porque, efectivamente, no es una biografía de Dum Dum (sobrenombre que le puso a Pacheco el periodista Julio César Iglesias en referencia a un tipo de balas usadas en la guerra de Marruecos). Pacheco es solo un pretexto. Hay un momento, de hecho, en que desaparece del libro. Yo lo conocí en 2014 y enseguida me di cuenta de que él era solo la punta del iceberg, porque empezaba a hablar de una serie de cosas que eran reales, ya no solo por las conexiones de un fenómeno hollywoodense (West Side Story) convertido en fenómeno social en el arrabal de Madrid, sino también porque me habló de otras cosas, como su participación en la banda de los Ojos Negros. 

En el caso del Rock-Ola no solo es que los porteros fueran ultras, es que el local estaba conectado con algo muy del subsuelo, como es el terrorismo de Estad

En esa geografía subterránea que recorres aparecen boxeadores fascistas de la División Azul y se habla de la devoción de Dionisio Ridruejo por el boxeo. Hay algunas conexiones que son realmente sorprendentes, como el hecho de que un exmercenario de la OAS (Organisation de l’Armée Secrète) recalara en España y abriera el mítico Rock-Ola, templo de la Movida madrileña. Cuentas en el libro que los GAL lo contactaron para que les señalara objetivos etarras en Francia. 

Sí, son ese tipo de situaciones, de matices o tonos grises de los que hablaba, y que llevados al límite me llevan a pensar, por ejemplo, en la imagen para mí devastadora de Alaska y los Pegamoides tocando en el Rock-Ola a principios de los años 80 mientras en la trastienda del local, en algún despacho del fondo, hay terroristas de los GAL que están hablando con el dueño (Jorge González Bellier, de padre español y madre francesa), y proponiéndole seis millones de pesetas por la cabeza de cada terrorista de ETA. Entonces, ¿cómo se explica eso? Luego te enteras de que la gente iba diciendo que los porteros del Rock-Ola eran ultraderechistas. Eso era algo habitual en algunos clubs de Madrid, pero en el caso del Rock-Ola no solo es que los porteros fueran ultras, es que el local estaba conectado con algo muy del subsuelo, como es el terrorismo de Estado.  

Entrada al club Proa del Cerro del Tío Pío (Madrid, Circa, 1960). | Fuente: Carlos Pérez Díaz

El régimen alimentó la delincuencia juvenil en los barrios marginales de la periferia. Pero al mismo tiempo ocultó sus delitos, que prácticamente no aparecían en la prensa. Además de Ojos Negros, entran en escena los Deans, los Látigos, Comilleros, Chonis, los Vikingos, los Piratas…  

Esa realidad estaba oculta. El cine quinqui la visualiza mucho después, en los 70, pero, ¿qué pasa en los primeros 60? Hay una oscuridad enorme porque cuanto más pase el tiempo y no investigues, más complicado va a ser llegar a las fuentes. Todas las personas que he entrevistado son gente de 70, 75, 80 años… ¿Cómo era España entonces? No todo fue el franquismo tal y como lo conocemos, porque en medio está esa realidad que representan las pandillas. Cada barrio tenía la suya propia. Hoy, en Usera casi todos los que tienen 70 años se acuerdan de los Ojos Negros y sus encuentros violentos con otras bandas. Moncho Alpuente y Eduardo Haro Ibars ya hablaban de ellos. Esta historia había que contarla ya porque el tiempo pasa y la gente se va muriendo y se pierden las fuentes orales. Cuando encontré a Pacheco, vi que se abrían muchas puertas y en cada una de ellas te encontrabas una oscuridad mayor. Hay una España oscura en cuyos sótanos convivían mercenarios, terroristas, rockeros, personajes del hampa… 

Esa era la consigna del franquismo, tratar de mostrar que aquí se vivía en el mejor de los mundos posibles

Hubo también, de forma paralela, un intento de blanquear la imagen del régimen en el extranjero fagocitando algunas expresiones de la modernidad. El Opus Dei financiando la discográfica Movieplay, Fraga organizando festivales de música…   

Sí, y ahí surgen nuevos cuestionamientos. Y yo, como escritor, de alguna manera tengo que posicionarme y hacerme la pregunta de por qué estaba pasando eso. Por qué, por ejemplo, un nazi (Jo Litten, excamarada del fascista belga Léon Degrelle) está en la fundación de la revista Triunfo, que estaba llamada a ser la revista progresista del régimen. Y entonces empiezas a comprender que la consigna para esa revista era que se podía escribir sobre las protestas antirracistas internacionales, por ejemplo, pero no sobre la realidad española. Esa era la consigna del franquismo, tratar de mostrar que aquí se vivía en el mejor de los mundos posibles. En el caso del rock’n’roll, vieron que, fuera de aquí, ese fenómeno de la juventud en los 60 estaba conectado con el vandalismo, y sabían que, tarde o temprano, esa corriente iba a llegar a España. Entonces, ¿qué mejor estrategia que promocionar el rock’n’roll con personajes como el empresario José Luis Álvarez y su revista Fonorama, y establecer así vinculaciones con el propio régimen. Algo similar ocurrió con el arte contemporáneo, que llega a nuestro país por la puerta grande.  

“Se prohíben los cánticos profanos”. Madrid, 1966. | Fuente: Archivo regional CAM

Los personajes arrabaleros de tu libro se mueven en una ciudad cuya morfología va cambiando a pasos agigantados, con un desarrollo urbanístico descontrolado.  

El fenómeno de las pandillas lo creó el franquismo al levantar esos grandes arrabales que todavía hoy se mantienen en pie. Hay que tener en cuenta la pugna urbanística que hubo en el franquismo, en la posguerra, entre los falangistas, partidarios del Madrid imperial, más parecido a Toledo, y la aristocracia del dinero, los Ullastres, los Banús, nombres que hoy nos siguen sonando. Son ellos los que se llevan el pelotazo urbanístico con toda la corrupción que llevó asociada, y los falangistas pierden esa batalla. Dum Dum me suele decir siempre: “Franco me dio una casa”. Y eso es cierto. Pero eso se inscribe dentro de la estrategia del régimen de convertir a los proletarios en propietarios.  

No deja de ser paradójico que alguien como Pacheco, un marginal que cometió atracos y estuvo preso en Carabanchel, sea un incondicional de Franco, y que en la Transición hiciera tan buenas migas con la Fuerza Nueva de Blas Piñar. No hay en las pandillas de los 60 y 70 ningún atisbo de lucha política contra el franquismo. 

Es cierto. Yo ese componente político no lo encontré por ningún lado. Salvo en la pandilla del barrio de las Peñuelas, la de Los Piratas, pero ahí son organizaciones clandestinas comunistas las que contactan con ellos, porque se dan cuenta de que hay muchos pandilleros que conocen perfectamente los barrios, los controlan, y tienen en jaque a la policía. Y entonces los intentan politizar. Pero fue un acercamiento muy tímido. Los héroes de los pandilleros no eran Quico Sabaté ni el Che Guevara. Eran los boxeadores célebres. Esos chicos habían nacido en el arrabal y querían cosas materiales y, sobre todo, sobrevivir… Los primeros sindicatos de transportes ilegales estaban enfrente del Matadero. Billy el Niño y otros policías solían dejarse caer por allí, disfrazados con bigotes postizos. Mariano Revilla, el número dos de los Ojos Negros, me contó que como ellos habían pasado por la DGS y los conocían, avisaban a los demás cuando los veían llegar. Se reían así de la policía, pero tenían claro que no podían meterse en política. Revilla me lo explicó. Si lo hubieran hecho, habría entrado en juego la Brigada Político-Social, que era algo mucho más serio para ellos. Billy el Niño era un sádico, ellos lo sabían, y aunque según Revilla, a él nunca lo trató mal (a Dum Dum Pacheco sí lo torturó), podía pasar cualquier cosa si se topaban con él en los calabozos.  

Presos de la cárcel de Carabanchel con sus hijos (Madrid, 1962). Fuente: Memoria de Madrid

A ese mundo de las pandillas de los 60 llegas por varios caminos y uno de ellos es, asombrosamente, la biografía de Camilo Sesto. Otra conexión impensable: un cantante melódico arropado por los Ojos Negros, que le brindan su protección. 

Sí, en 2014 leo las memorias de Camilo Sesto, publicadas en los años 80, en las que le dedica dos páginas gloriosas a Ángel Luis Telo, el líder de los Ojos Negros. Dice que Telo lo retó a bailar en un club. Cuando leí eso me dije: no puede ser verdad. Al mismo tiempo indago en la historia del estreno de la película West Side Story en España, en 1963. Cuando los miembros de los Ojos Negros y otras bandas ven la película, les vuelve locos esa imagen que proyectaba, esos pandilleros bien vestidos, y todo muy conectado a la música. Y los chavales empiezan a bailar twist en todas partes. 

Diario Pueblo en una publicación de diciembre de 1963.

Ángel Luis Telo era un personaje que infundía terror, al igual que su banda, la más temida en Madrid.   

Para mí, Telo, asesinado en 1985, tiene una gran historia detrás. Hay muy poca información sobre él y no creo que se pueda contar mucho más porque la mayor parte de los que lo conocieron ya no están vivos. Es un personaje espectral, incómodo. Algunas veces, a algunos de mis entrevistados les costaba hablar de él.  

Las andanzas delictivas de Telo van trazándose en el libro a la manera de una trama de suspense. Hay varias versiones sobre su muerte. Tus continuos rastreos por el barrio de Usera te permiten encontrar finalmente en Alicante al número dos de los Ojos Negros, Mariano Revilla, uno de los pocos supervivientes de aquella época. La luz que arroja sobre el violento final de Telo te sirve de colofón para tu investigación de 500 páginas sobre esa España oculta. 

La voz de Mariano Revilla es muy importante en el libro. Cuando doy con él en Alicante, me cuenta cómo fue el final de Telo, una versión diferente a la que había oído y verosímil. Para mí es importantísimo lo que me cuenta porque la distancia temporal de esos relatos es muy grande. Al contrario que Dum Dum, un personaje con un ego enorme, que va por ahí con una carpeta con recortes de prensa de su época gloriosa de boxeador, Revilla cuenta las cosas sin ninguna necesidad de autorreconocimiento.   

Los héroes de los pandilleros no eran Quico Sabaté ni el Che Guevara. Eran los boxeadores célebres. Esos chicos habían nacido en el arrabal y querían sobrevivir

Dum Dum Pacheco languidece hoy en una residencia. Es un superviviente de aquella época trágica llena de personajes desmedidos.  

Es cierto, pero yo no quería hacer retratos extremos de ellos. Quería darles una voz. Nosotros también somos producto de esa historia. A Dum Dum lo han ingresado hace poco en una residencia. Es curioso, porque posiblemente termine sus días muy cerca de donde creció, al lado de donde estaba el Vicente Calderón. Está bastante deteriorado. La última vez que estuve con él me contó que seguía sintiéndose un caballero legionario y que si había una guerra, él estaría allí. Me habló del peligro en Ceuta, en Melilla. Me pidió dinero y le dije que yo lo que podía darle es dignidad. ¿Y cómo se les da dignidad a estos personajes? Pues no justificando lo que hicieron –auténticas perrerías–, sino comprendiéndolos de alguna manera. De pronto te fijas en Dum Dum, nacido en la mayor de las pobrezas, viendo cómo desaparecía gente de las calles e iba a parar a la cárcel, donde acabarían ellos… Es muy fácil ver el pasado con los ojos del presente, pero hay que entenderlos. No podías prosperar en barrios como San Blas o Carabanchel. Cuando me encontré con Revilla, un tipo que tiene dos metros de cicatrices y al que dispararon dos veces, me dijo una frase que resume su filosofía de vida: “No estoy orgulloso de lo que hice pero tampoco me arrepiento, el sufrimiento me lo llevo yo”.  

Dum Dum Pachecho no es Limónov, pero al escritor y editor Servando Rocha (Santa Cruz de La Palma, 1974) la obra de Emmanuel Carrère lo iluminó para indagar –a través de un personaje marginal, excesivo y contradictorio como el boxeador madrileño– en las profundidades de una España oscura, el...

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Autor >

César G. Calero

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