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DESEO Y LIBERTAD

Contra la cultura de la monogamia

¿Cómo empujar hacia modelos relacionales más libres y sanos, donde poder desarrollarnos plenamente como individuos y ampliar nuestra satisfacción emocional y sexual?

Julia Cámara 31/12/2021

<p><em>La alegría de vivir</em> (1906).</p>

La alegría de vivir (1906).

Henri Matisse

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Atreverse a poner en cuestión la monogamia significa acabar encerrada en un callejón sin salida donde las críticas relacionadas con tu supuesta frivolidad sexual se alternan con imágenes, ajenas y propias, de lo que podrían ser alternativas a la pareja convencional. ¿Cómo llamarlo, “pareja liberal” como en las películas yanquis de sobremesa? ¿“Poliamor”, como cuando tenías 18 años y tus amigas feministas algo mayores experimentaban en los pocos colectivos no mixtos que existían entonces? ¿Relación abierta? ¿Abierta a qué? ¿Significa eso que el vínculo es menos serio?

La centralidad que social y culturalmente damos a la pareja levanta a su alrededor un muro que nos impide insertarla en un entramado común con el resto de relaciones de nuestra vida. Esto sigue pasando a pesar de que la mayor parte de sus características tradicionales han dejado hace tiempo ya de ser imperativos sociales: del “para toda la vida” se ha pasado a la normalidad de las monogamias sucesivas (varios cambios de pareja a lo largo de la vida); cada vez más parejas heterosexuales optan por no tener hijos; muchas personas adultas deciden seguir viviendo de manera independiente en vez de mudarse juntas, etc. Se diría que nos hemos visto desprovistos de herramientas para diferenciar la relación de pareja del resto de nuestros vínculos de no ser por dos elementos clave: la exclusividad sexual (o apariencia de la misma) y una jerarquía relacional que secciona nuestros afectos y deposita en nuestra pareja una serie de expectativas que no son solo injustas sino, ante todo, imposibles de cumplir. Ya lo dijo Kollontai (¡hace un siglo!): es absolutamente irracional pretender que una única persona colme todas nuestras necesidades afectivas y sexuales.

Romper con esa jerarquía relacional impuesta, descentralizar el vínculo de pareja en favor de las demás relaciones de nuestra vida, nos permite comprender que cuestionar la monogamia no pasa solo por repensar nuestros vínculos sexoafectivos, sino también y sobre todo por problematizar el modo en que éstos se delimitan y estructuran de manera diferente al resto. O, dicho de otra forma: dar el paso del simple cuestionamiento de la monogamia como práctica a la crítica del conjunto del sistema monógamo, que diría Brigitte Vasallo. Una toma de postura contra la cultura de la monogamia.

Ya lo dijo Kollontai (¡hace un siglo!): es absolutamente irracional pretender que una única persona colme todas nuestras necesidades afectivas y sexuales

Bellaterra acaba de publicar en castellano En defensa de Afrodita, una compilación de artículos publicada originalmente en catalán por Tigre de Paper, que contaba ya con una década de existencia. A pesar de ello, algunos de los textos que se recogen son de lo más interesante que se puede encontrar al respecto. El artículo central, “Desmontando la cultura de la monogamia”, logra tres cosas fundamentales: problematizar nuestro marco relacional al completo y no únicamente las relaciones de pareja, demostrar el modo en que la monogamia funciona como un sistema generador y legitimador de violencias, y desmontar algunos de los clichés más importantes de la norma monógama.

Na Pai, editor y autor principal del libro, conceptualiza políticamente la monogamia como un sistema de exclusión que jerarquiza y compartimenta nuestros afectos, que nos reprime sexualmente y que condiciona nuestras expectativas vitales. Resulta especialmente interesante el modo en que analiza los celos y las infidelidades, recalcando que la monogamia no se basa en una exclusividad sexual real sino en la expectativa de la misma, y que el poner los cuernos forma de hecho parte del propio sistema monógamo. La hipocresía de tolerar la ocultación, la autorrepresión y la vergüenza, pero escandalizarse ante el diálogo y la sinceridad mutua, salta así a la vista.

Muy buenos son, también, los apuntes acerca del no determinismo emocional (las emociones están construidas social e históricamente y pueden por tanto trabajarse) y la clasificación que establece para las relaciones en base a cuatro elementos principales: economía, afinidad, afecto y sexualidad. Rompiendo el estrecho marco de los vínculos de pareja, se trata de un esquema que puede resultar muy útil para pensar la forma en que están construidas las relaciones paterno/materno-filiares o las bases de posibilidad para la construcción de amistades sólidas.

Na Pai conceptualiza políticamente la monogamia como un sistema de exclusión que compartimenta nuestros afectos, que nos reprime sexualmente

El hecho de que la versión original de En defensa de Afrodita apareciera hace diez años explica posiblemente por qué algunos de los textos que se recogen parecen estar orientados de forma demasiado limitada hacia las subculturas activistas. Las discusiones en torno a la cultura de la monogamia distan mucho todavía de ser un tópico mainstream, pero es incuestionable que la publicación de Pensamiento monógamo, terror poliamoroso de Brigitte Vasallo en 2018 supuso un giro radical en la manera de abordar las no monogamias y una ampliación del marco del debate. El estallido feminista de los últimos años, con la importancia concedida a las amigas y a las redes afectivas y descentrando así nuestro motor emocional con respecto a la pareja, también ha contribuido a ello.

Hay por tanto, en algunos de los textos que componen el libro, planteamientos que en estos diez años han quedado superados. También encontramos discusiones que pueden ser de utilidad para gente que quiera trabajar sobre no monogamias, pero que no sirven para ampliar el debate ya que dan por hecho un sujeto lector homogéneo en sus entornos relacionales y en sus códigos culturales. La estimación del número de relaciones adecuado que Na Pai hace en algún momento y algunos textos, especialmente el de los códigos de clasificación y el dedicado al sexo colectivo, contribuyen a esta sensación. ¿Cómo hacer avanzar entonces el debate? ¿Cómo empujar hacia modelos relacionales más libres y sanos, donde poder desarrollarnos plenamente como individuos y ampliar nuestra satisfacción emocional y sexual? Partiendo de conversaciones con amigas y amantes (ay) y de bastantes lecturas previas y posteriores, y francamente estimulada por muchas de las ideas recogidas en En defensa de Afrodita, vayan por aquí algunas propuestas:

1. Hay una ausencia importante en todo el libro de la problematización del factor tiempo. La única vez que se hace referencia al mismo de manera explícita, Na Pai lo resuelve con un “yo no veo la televisión” grosero y despreciativo, que indirectamente niega la existencia de un problema real de escasez de tiempo en las sociedades capitalistas contemporáneas. Cuidar bien los vínculos, sean del tipo que sean, requiere una cantidad ingente de tiempo. Muchas de las dificultades que tenemos para construir y conservar amistades sólidas y duraderas vienen de ahí: apenas sí podemos dedicarnos correctamente a una o dos personas. Todo cuestionamiento global de nuestro marco relacional debería partir de este hecho.

El límite entre ceder al chantaje emocional y responsabilizarse de los efectos de nuestras acciones puede ser poroso, pero no por ello hay que dejar de vigilarlo

2. Algunos capítulos pecan de despreciar u obviar la importancia de la responsabilidad afectiva –o, dicho de otro modo, parten de posiciones de un fuerte egoísmo emocional. Supongo que es una fase por la que todas hemos pasado: si racionalmente esto es justo, ¿por qué debería limitarme a la hora de llevarlo a cabo? Nuestras acciones tienen consecuencias, entre las que en ocasiones entra el dolor ajeno. Despreciar este dolor o pretender que no nos importe, solo porque su origen son una serie de prejuicios y tabúes instaurados socialmente, podrá ser beneficioso para nuestro placer inmediato pero no tiene ninguna otra consecuencia más allá de poder dañar a gente que apreciamos. El límite entre ceder al chantaje emocional y responsabilizarse de los efectos de nuestras acciones puede ser poroso, pero no por ello hay que dejar de vigilarlo.

3. Los aprendizajes emocionales (y aún en mayor medida los desaprendizajes) son lentos y costosos, como bien se reconoce en múltiples ocasiones a lo largo del libro. Pasar de la comprensión y aceptación racional de un tema (en este caso, el sinsentido de la exclusividad sexual y de la jerarquización y compartimentación de nuestros vínculos) a su interiorización corporal es siempre un proceso largo. Sin reflexión y discusión al respecto no es posible el avance; tampoco sin experimentación práctica en nuestros afectos. Comprender la monogamia como un sistema, como un todo que condiciona nuestras vidas incluso y fundamentalmente fuera de la pareja, nos permite romper con la idea manida de que rechazarla consiste en ampliar nuestra vida sexual mientras mantenemos intacto el resto de nuestro esquema relacional. En ese sentido, es relevante el capítulo “Relaciones infinitas”: donde se explica que es a partir de una ruptura con la forma que debe adoptar la amistad para los hombres que el autor comienza a replantearse el conjunto de las relaciones de su vida.

4. Desacralizar el papel del sexo, bajarlo del pedestal por el que le atribuimos la capacidad de definir y transformar la forma y el sentido de nuestras relaciones, nos debería permitir actuar de manera mucho más relajada en cuanto a su importancia dentro y fuera de la pareja. Muchos capítulos del libro insisten acertadamente en este hecho: nuestra sexualidad tiene un valor en sí misma y puede ligarse de múltiples maneras al plano afectivo. La presencia o ausencia de sexo no determina nada, y su práctica puede ser generadora de vínculos que no entren en competencia entre sí sino que se complementen y nos enriquezcan. Concederle al sexo la importancia que realmente tiene (como expresión de afecto y amor o como mutuo deseo de divertirse) no solo contribuiría a acabar con el estado de pobreza sexual en que vivimos, sino que es además una excelente herramienta para desdramatizar nuestros vínculos y comenzar a trabajar la inseguridad y los celos.

En defensa de Afrodita es un libro valiente, y lo fue sin duda mucho más hace diez años. “Desmontando la cultura de la monogamia” sigue siendo a día de hoy de las mejores cosas que hay sobre el tema, y algunos otros textos realizan también aportes extremadamente útiles para quienes observan con reticencia el debate sobre las no monogamias. Más allá de formulaciones concretas, dos ideas clave: que el amor no es un bien escaso que haya que racionar, sino que se multiplica ejerciéndolo; y que la comunicación y la plena disposición a escuchar y comprender, la no necesidad de ocultar, son ingredientes fundamentales para toda relación sana. Ninguno de estos factores tiene cabida en la cultura de la monogamia.

Atreverse a poner en cuestión la monogamia significa acabar encerrada en un callejón sin salida donde las críticas relacionadas con tu supuesta frivolidad sexual se alternan con imágenes, ajenas y propias, de lo que podrían ser alternativas a la pareja convencional. ¿Cómo llamarlo, “pareja liberal”...

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