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HACIENDO HISTORIA

La muselina de Dhaka

Con la llegada de Simeone, el Atleti volvió a ser el que una vez tuvimos colgado en la pared de nuestra habitación. Un equipo, divertido y especial, que tanto se parecía a nuestra forma de entender la vida

Ennio Sotanaz 21/12/2021

<p>Simeone durante el entrenamiento para el derbi madrileño (2021).</p>

Simeone durante el entrenamiento para el derbi madrileño (2021).

Atlético de Madrid

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El 27 de diciembre de 2011, hace diez años, un aficionado colchonero que estuviese rondando la mayoría de edad no sabía lo que era ganar una Liga. Tampoco sabía lo que significaba jugar regularmente la Champions League, pero sí sabía lo que se sentía al ser el último clasificado de la Segunda División, después de la tercera jornada, con cero puntos, un gol a favor y seis goles en contra. Almudena Grandes hablaba muchas veces de esa generación olvidada; de cómo debía ser eso de hacerse mayor siendo del Atleti y viviendo en un entorno tan hostil. Decía que era ahí, en ese lugar real e incómodo, donde podía encontrarse la versión más pura de la manoseada fe colchonera. Teniendo que creer en algo que jamás se había visto. 

El 27 de diciembre de 2011, hace diez años, Diego Pablo Simeone fue presentado como nuevo entrenador del Atlético de Madrid. El argentino llegaba a un equipo que, llamándose igual, era muy diferente del que conocemos hoy o del que habían conocido nuestros abuelos. Era el equipo de los entrenadores originales. El de los jugadores rojiblancos que decían que el Atleti no era un grande. El de la mediocridad como forma de subsistencia. El del perfil bajo. El que hacía gracia. El de la mujer barbuda. ¿Recuerdan? Conservaba el nombre y ciertos símbolos, pero prácticamente se había perdido todo lo demás. Desde el orgullo a Fernando Torres. Desde la admiración al respeto. Era una caja hueca. Una fachada de la que se habían llevado todo el interior, como ocurre en esa bonita película colombiana llamada La Estrategia del Caracol

La situación deportiva era nefasta. Tanto, que fue eso lo que provocó que el club tuviese que improvisar un entrenador en plenas navidades. Pero no era una novedad, desgraciadamente. Hacía mucho tiempo que la normalidad era esa: una continua desazón. En los quince años anteriores, la posición más alta que el Atleti había alcanzado en la Liga había sido un meritorio cuarto puesto, una sola vez, que se vendió además como un rotundo éxito. Quince años, sí. Qué tiempos. 

En los quince años anteriores, la posición más alta que el Atleti había alcanzado en la Liga había sido un meritorio cuarto puesto, una sola vez

Con todo, era mucho peor lo que no quedaba reflejado en el marcador. La falta de rabia. La falta de espíritu. La falta de corazón. Ese tipo de conceptos que, por lo que sea, constituían una identidad que pocos reconocían entonces y que alguno hasta ponía en duda. Una identidad que se había perdido en el mar de los mitos, para tranquilidad de un montón de voces presuntamente autorizadas. El Atleti, como concepto, era una muselina de Dhaka. Un tipo de tela elegante y preciada, que una vez fue preciosa, pero que ya nadie sabía fabricar. 

Los colchoneros de cierta edad, aferrándonos a las creencias de la tribu, implorábamos la llegada de un sastre que lo cambiase todo. Uno, mágico e imposible, que parecía difícil que pudiese tener la forma de otro entrenador que llegaba por la puerta de atrás. Por mucho que éste fuese muy querido en la grada, que lo era. Parecía hasta irresponsable que Simeone aceptase una empresa así, pero él debió ver algo que los demás no vimos. 

Inukshuk es un grupo de piedras con forma humana que los inuit construyen en remotas zonas del ártico para indicar que allí pueden vivir los suyos. Y algo así es lo que debió ver Simeone en aquel paraje congelado y remoto que se encontró. Una señal del pasado. El legado espiritual de los suyos. Una prueba de que en ese solar había existido una vez vida colchonera.

Con más trabajo que magia, en muy pocos meses, Simeone transformó un puñado de perdedores en un equipo de élite y convirtió un club errático en una máquina de generar beneficios. Pero hizo algo más importante: devolvió el orgullo genuino a una afición que lo había perdido. Hizo resucitar esa identidad que se había diluido entre la gestión dudosa y el efecto demoledor de la rabiosa actualidad. 

Pero antes de cambiar los resultados, lo que hizo fue cambiar el discurso. Se acabaron esas justificaciones del pasado que servían para recibir críticas amables de los dueños del micrófono. Se acabaron los complejos o el refugiarse en la mediocridad. Se acabó eso de aceptar el desdén o el esconderse cómodamente en un segundo plano. Se acabó el rendirse antes de jugar. Se acabó el no dar la cara. Se acabó eso de pelear por trofeos simbólicos o tener que aceptar las sugerencias del sistema. Había que ganar o morir ganando. Aunque eso de ganar fuese luego lo de menos. 

Simeone hizo creer a sus jugadores que todo lo que les decía era cierto. Que se olvidaran de los tahúres de la opinión y de cualquier mitología prepotente sobre la ética o la estética. Les dijo que eran tan buenos futbolistas como el que más y que jugando como equipo, haciéndole caso, podrían superar a cualquiera, en cualquier situación. Que se olvidaran del polvo de estrellas y mirasen al suelo. Que nunca dejaran de creer, porque eso, además de molestar, les convertiría en superhéroes. Primero les convenció a ellos. Después nos convenció a los demás. 

Se acabaron los complejos o el refugiarse en la mediocridad. Se acabó eso de aceptar el desdén o el esconderse cómodamente en un segundo plano

Y así, ganando y perdiendo, volvimos a sentir la calidez de esa muselina de Dhaka que parecía perdida. El Atleti volvió a ser el que una vez tuvimos colgado en la pared de nuestra habitación. El que tantas veces había protagonizado nuestros sueños. Ese equipo, divertido y especial, que tanto se parecía a nuestra forma de entender la vida. Ese equipo tan difícil de asimilar para el que no lo siente como suyo. Insisto, ganando y perdiendo. 

Simeone lleva diez años al frente de la nave rojiblanca. Diez años plagados de orgullo, de emociones, de alegrías infinitas y de alguna que otra decepción para privilegiados. Sí, esas decepciones que solamente pueden sentir los que tienen el privilegio de llegar hasta el final. Han sido diez años en los que el Atleti ha vuelto al lugar que siempre quisimos para él. Y nadie sabe lo que pasará en el futuro, pero es que eso es ya irrelevante, porque formará parte de otro relato. Nadie puede despreciar lo que hemos vivido. Por mucho que lo intenten. La historia oficial la escriben los que tienen secuestrada la pluma y ya sabemos quiénes son, pero la verdadera realidad es la que está en las cabezas de los que la hemos vivido. De nosotros depende que no se nos olvide.

El 27 de diciembre de 2011, hace diez años, un aficionado colchonero que estuviese rondando la mayoría de edad no sabía lo que era ganar una Liga. Tampoco sabía lo que significaba jugar regularmente la Champions League, pero sí sabía lo que se sentía al ser el último clasificado de la Segunda División,...

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