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RIZANDO EL RIZO

Salvar al soldado Casado

Pensar que el abrazo que ata cada vez más al líder popular a Abascal favorece a corto, medio o largo plazo a las izquierdas significa ser ingenuo o sencillamente cínico

Steven Forti 15/10/2021

<p>Pablo Casado, el sexto día de la convención nacional del PP en Valencia.</p>

Pablo Casado, el sexto día de la convención nacional del PP en Valencia.

PP

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Hay un tema crucial del que se habla demasiado poco: la ultraderechización de la derecha liberal y conservadora. No se trata de un fenómeno nuevo, al contrario. Pero se ha acelerado en los últimos años. En Gran Bretaña, los Tories se han convertido en un UKIP/Brexit Party un poquito más presentable, mientras que, en Estados Unidos, el Grand Old Party se ha transformado en una especie de plataforma personal de Donald Trump. Algunos incorregibles optimistas decían que se trataba de una enfermedad pasajera y que al cabo de un tiempo las aguas habrían vuelto a su cauce. Sin embargo, la realidad lo desmiente cada día de forma más contundente: después del desastre del brexit, de la pésima gestión de la pandemia o incluso del asalto al Capitolio del pasado mes de enero, ni los Tories ni los republicanos han moderado su discurso y sus propuestas políticas. Las han radicalizado aún más, si cabe. Basta con mirar las noticias más recientes: Boris Johnson sigue emponzoñado con su deriva nacional-populista y se vanagloria de no respetar el acuerdo firmado con Bruselas, los republicanos han lanzado una ofensiva en muchos estados para restringir el derecho de voto y Texas ha vetado en la práctica el aborto, llegando a premiar incluso la delación. 

En la UE las cosas no nos van mucho mejor. En Italia, la derecha liberal y conservadora, si alguna vez había existido, ha desaparecido del mapa, canibalizada por Salvini y Meloni que han conquistado el espacio que algunos no se avergüenzan en llamar todavía centro-derecha. Se olvida, además, que uno de los principales líderes de la ultraderecha a nivel comunitario, Viktor Orbán, el hombre que ha convertido Hungría en la práctica en un régimen autoritario, era un liberal cuando llegó la primera vez al gobierno en Budapest y su partido, Fidesz, era miembro hasta hace dos telediarios del Partido Popular Europeo. En Suecia, democristianos y liberales han enterrado el cordón sanitario que aislaba a la extrema derecha y no descartan forjar un gobierno de coalición con ella tras las próximas elecciones. En España, las cosas van por el mismo camino: la intervención de Pablo Casado en la reciente convención del PP, que se ha cerrado hace unos días en Valencia, lo ha ratificado. 

Una democracia no puede funcionar –y difícilmente podrá aguantar a largo plazo– si uno de sus partidos principales supera todas las líneas rojas

Y esta noticia –si se puede calificar de noticia– no debería alegrar a nadie. Ni a los muchos votantes del Partido Popular que defienden los valores democráticos ni al mundo progresista. Pensar que el abrazo que ata cada vez más Casado a Abascal favorece a corto, medio o largo plazo a las izquierdas significa ser ingenuo o sencillamente cínico. Estar satisfecho de que, por fin, el PP se retrata o conjeturar que así la derecha nunca volverá a gobernar el país rezuma una mezcla de ceguera y superioridad que es descorazonadora. Y muestra un profundo desconocimiento de las dinámicas que recorren el mundo.

La voxización de los populares debería preocuparnos enormemente por varios motivos. Por el temor a que, tras las próximas elecciones, pueda haber un gobierno de coalición entre PP y Vox que adopte en buena medida el programa de los de Abascal. Porque, como se está viendo, es imposible renovar los órganos constitucionales, que necesitan de una mayoría de dos tercios en el Congreso, que bloquea en la práctica el buen funcionamiento de la democracia. Y, también, porque si un partido que representa a un sector importante de la ciudadanía no tiene ya ningún reparo en hacer suyas las propuestas de una formación de extrema derecha –aliada en Europa con los polacos de Ley y Justicia que siguen el modelo de Orbán– y considera secundario mantenerse dentro del perímetro de lo que debería ser aceptado y aceptable en una democracia liberal, entonces, tenemos un problema enorme. 

No está de más recordar que, en la posguerra de la I Guerra Mundial, los fascistas italianos y los nacionalsocialistas alemanes llegaron al poder gracias, también, al apoyo que le brindaron buena parte de los sectores conservadores y liberales de los dos países. Es cierto que el objetivo de las élites italianas y alemanas era más bien el de utilizar a las camisas negras y las camisas pardas como fuerza de choque contra el movimiento obrero. Sin embargo, lo que pasó fue que el monstruo que ellas mismas alimentaron –o contra el que no se opusieron– las devoró. Y muchos de aquellos conservadores y liberales se acoplaron por interés o convicción a esa nueva situación sin demasiados aspavientos, es decir se fascistizaron, incluso antes de la toma del poder por parte de Mussolini y Hitler. No cabe duda de que entre lo que pasó hace un siglo y la actualidad hay muchísimas diferencias, empezando por el mayor arraigo de las democracias liberales en Occidente o por la peculiaridad de la extrema derecha 2.0, que es algo distinto al fascismo, pero el ejemplo del pasado nos debería al menos hacer reflexionar. 

Frente a esta cuestión, tampoco basta con decir que la responsabilidad es de “ellos”, es decir, en el caso de España, de los dirigentes, los militantes y los votantes del PP (y de lo que queda de Ciudadanos). Está claro que Casado, Moreno Bonilla, el militante del PP de Pontevedra o el señor y la señora que escogen la papeleta de los populares en la provincia de Murcia o en la de Guadalajara deberían ser los primeros que entienden este dilema. Y que recapaciten o que presionen para que su partido no se tire por un barranco del que es extremadamente complicado volver atrás. 

Es evidente que más allá de los Pirineos hay ejemplos a los que podría mirar el PP. Más allá de que su largo periodo de gobierno esté marcado por muchas sombras –a partir de la gestión de la crisis económica de hace una década–, en esto, por lo menos, Angela Merkel ha mostrado tener las ideas claras. La CDU ha puesto como prioridad el aislamiento de Alternativa para Alemania y, cuando en ámbito local se han intentado acuerdos con los ultras, como pasó en Turingia, la dirección del partido intervino obligándole inmediatamente a la dimisión. Pero no es necesario ir hasta Berlín para encontrar una derecha que ha entendido que hay líneas rojas que no se pueden superar. Bastaría mirar a Lisboa, donde durante la pandemia los conservadores portugueses han mostrado una actitud colaborativa con el Gobierno socialista de António Costa y han guardado las distancias, aunque no sin dificultades, con los ultras de Chega. O sería suficiente con que Casado y los suyos prestasen atención a lo que pasa en Bruselas: aunque a veces ha habido algún patinazo, la Comisión Europea, presidida por la popular Ursula von der Leyen, de cuya mayoría forma parte también el PP, ha mantenido un cordón sanitario bastante eficiente frente a los ultras. 

En definitiva, la pregunta que cualquier ciudadano debería plantearse es cómo hacer para que la derecha, que se quiere liberal y democrática, no se convierta en una ultraderecha, más o menos light. Este asunto nos atañe a todos, en primer lugar a los que defendemos ideas progresistas. Porque, sencillamente, una democracia no puede funcionar –y difícilmente podrá aguantar a largo plazo– si uno de sus partidos principales supera todas las líneas rojas.

En lo que concierne a España, no descubro nada si digo que Isabel Díaz Ayuso, que puede competir con Bolsonaro o el mismo Trump en cuanto a lenguaje populista y radicalización, es irrecuperable. Distinto, en cambio, es el caso de Casado. Cuando, hace un año, durante la moción de censura presentada por Vox le espetó a Abascal ese “¡Hasta aquí hemos llegado!” muchos nos alegramos. Parecía que el líder del PP había entendido que la ultraderechización no era una buena decisión. Luego, sin embargo, ha vuelto a las andadas del bienio anterior. Lo de Valencia parece haber sido la oficialización de que, tras unas cuantas dudas, ha apostado finalmente por tirarse por el barranco. 

Ayuso, que puede competir con Bolsonaro o Trump en cuanto a radicalización, es irrecuperable. Distinto es el caso de Casado

Pero, la última palabra aún no está escrita. El PP vive profundas tensiones internas que tendrá que resolver de cara a su Congreso el año que viene. Hay dirigentes, empezando por Feijóo en Galicia, que no digieren o que incluso se oponen a este giro. Y no se trata solo de una lucha subterránea entre Casado y Ayuso, eso sería una interpretación muy superficial de toda la cuestión. Salvar al soldado Casado es aún posible. Y conseguirlo depende también, de alguna manera, de todos nosotros. Incluso de las izquierdas.

Hay un tema crucial del que se habla demasiado poco: la ultraderechización de la derecha liberal y conservadora. No se trata de un fenómeno nuevo, al contrario. Pero se ha acelerado en los últimos años. En Gran Bretaña, los Tories se han convertido en un UKIP/Brexit Party un poquito más presentable,...

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Steven Forti

Profesor asociado en Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa. Miembro del Consejo de Redacción de CTXT, es autor de 'Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla' (Siglo XXI de España, 2021).

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1 comentario(s)

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  1. jmfoncueva

    Los términos "ultraderecha" y "light" no pueden estar relacionados, son antagónicos.

    Hace 1 mes 12 días

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