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Violencia

Obstetricia, psiquiatría y otros lugares de poder en el sistema sanitario

Las dinámicas de poder están por todas partes como una tela invisible pero normalmente o no somos conscientes de ellas o solo nos damos cuenta cuando nos toca la posición de abajo

Lucía del Río 28/09/2021

<p>Un sanitario atiende a una mujer en un parto.</p>

Un sanitario atiende a una mujer en un parto.

Jonathan Borba / Unsplash

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Soy psiquiatra y estoy embarazada. Quizás estas dos condiciones me mueven a no permanecer callada ante la polémica en torno a la violencia obstétrica que se ha puesto en primer plano mediático a raíz de la propuesta de legislación al respecto en nuestro país.

Ser psiquiatra me da una visión particular de la situación. Por un lado, soy médico y compañera de las tan criticadas ginecólogas y comparto con ellas la vivencia de sentirse también víctimas de violencia (especialmente institucional). Por otro lado, en mi consulta especializada en el tratamiento de los trastornos postraumáticos no es una rareza encontrar casos que cumplen la completa definición de violencia obstétrica en sus diferentes vertientes: violencia directa en mujeres a las que se las ha tratado sin respeto, desde el repetido “no gritabas tanto cuando lo hacías” que varias pacientes tuvieron que escuchar durante su trabajo de parto, al “¿qué pensabas, que el parto no dolía? Las mujeres de ahora no aguantáis nada”; violencia estructural en una amplia gama de situaciones en las que la autonomía de la mujer pasa a un segundo plano y el equipo sanitario considera que el conocimiento técnico le da el amparo de decidir por la mujer sin la mujer; y violencia institucional por ejemplo en mujeres que no han podido elegir dónde dar a luz o se les ha negado el acompañamiento de la pareja en los servicios de urgencias. He conocido historias que denotan un intervencionismo no justificado y en muchos casos incluso iatrogénico, y he tratado sintomatología postraumática en muchas de estas pacientes.

En mi consulta especializada en el tratamiento de los trastornos postraumáticos no es una rareza encontrar casos que cumplen la completa definición de violencia obstétrica

También he conocido a múltiples mujeres que se han sentido muy cuidadas, cuyos partos han sido bellos, afrontados con mucho mimo. Mujeres que han podido decidir en cada momento lo que querían hacer y han sido bien informadas. Mujeres que han hecho un equipo maravilloso con sus obstetras y matronas, sintiéndose como en casa. Los datos objetivos nos dicen que la norma es esta, que en la mayoría de los casos la satisfacción en el parto tiende a ser buena en nuestro país. Sin embargo, esta realidad no invalida el resto de vivencias traumáticas que continúan sucediendo en lo que rodea al parto y al puerperio, y que en muchos casos suponen formas claras de violencia. Cuando se alza la voz contra la violencia obstétrica no se trata de de un capricho feminista ni de criminalizar a nadie.

La mujer está en riesgo de sufrir violencia obstétrica porque el parto y lo que lo rodea es un momento de gran vulnerabilidad, y porque esa vulnerabilidad sucede precisamente en la mujer (que ya de por sí este sistema somete a mayor violencia) y es, por supuesto, una violencia que tiene que ver con el género. Es una violencia basada en las dinámicas de poder. Estas dinámicas aparecen en nuestra sociedad en cuanto existe una jerarquía o lugar de privilegio, están por todas partes como una tela invisible pero normalmente o no somos conscientes de ellas o solo nos damos cuenta cuando nos toca la posición de abajo. Es difícil darse cuenta de que uno ostenta una posición de poder y de los posibles riesgos de ejercer la violencia que esto implica cuando estamos ejerciendo en un sistema sanitario tan poco cuidadoso con sus trabajadores y cuando además, ejercemos de manera vocacional y lo hacemos con amor. Pues bien, el amor por nuestro trabajo no impide que esta violencia estructural nos atraviese y seamos muchas veces agentes inconscientes de la misma: porque lo aprendí así, porque no me lo había planteado antes, porque no encuentro alternativas, porque estoy sobrepasada o porque no cuento con los medios necesarios para hacer otra cosa como profesional dentro de este sistema enfermo.

La violencia obstétrica no es la única violencia que podemos observar en el sistema sanitario, y en esto, por desgracia, la psiquiatría tiene experiencia. Las que somos psiquiatras también hemos vivido las acusaciones de ser violentas con las personas con sufrimiento psíquico. Resurgen hoy movimientos a favor de la autonomía y protección de las personas con sufrimiento psíquico que empiezan a velar por el cumplimiento de los derechos humanos en las unidades psiquiátricas (muy lejano de las prácticas recomendadas por la OMS, las Naciones Unidas o el Consejo de Europa). Algunos profesionales hemos decidido apoyar estos movimientos y otros han decidido sentirse agraviados y defenderse. Ante las acusaciones de violencia, el profesional se ve en un dilema: sentirse o no sentirse aludido. No me siento culpable pero desde luego sí aludida. Como profesional de un campo donde ejercer el poder sobre alguien en posición vulnerable es “fácil”, tengo una responsabilidad. Si no soy capaz de ver la violencia en el sistema ni ser crítica con mi propia violencia y forma de ejercer el poder, estaré posicionándome de manera defensiva y todos sabemos que a la defensiva, la agresividad aumenta y el ciclo continúa.

Como profesional de un campo donde ejercer el poder sobre alguien en posición vulnerable es “fácil”, tengo una responsabilidad

La violencia es una parte más del ser humano, de las sociedades, de las instituciones... ¿por qué tanta actitud defensiva centrada en el yo no soy violenta? Me considero una persona pacífica, una profesional que intenta con cariño acercarse a sus pacientes y sin embargo, si examino mi carrera profesional, me he visto envuelta en situaciones que evidentemente suponen ejercer la violencia. He llegado a hacer una contención mecánica (atar a una paciente) por falta de medios, me he llegado a creer que es más importante que un paciente llegue a una unidad de agudos y no se fugue, que que se sienta cuidado y pueda confiar en nosotras a medio plazo. Así lo aprendí y, al menos al principio de mi carrera, así lo di por normal. Estoy convencida de que, en muchos casos, los actos violentos serían evitables si no fuese por las limitaciones de medios físicos, personales y formativos (si alguien nos enseñara a gestionar las relaciones de poder, a detectar posiciones patriarcales que pasan desapercibidas, a formarnos en cuidar y no solo en curar, etc).

Se legisla para que no sucedan aquellos casos donde la violencia es patente, no para criminalizar lo que ya funciona bien. Cuando una ejerce y ejerce con conciencia del poder que ostenta y se responsabiliza de ejercerlo con mimo, la violencia disminuye y no hay mucho que temer, no hay nada de lo que defenderse. Ningún juez va a inhabilitarnos por tratar con cariño a la mujer durante el parto. Cuando se legisla contra la violencia obstétrica no se legisla contra la obstetra sino que se protege a las mujeres, igual que si se protegiera de veras a las personas con sufrimiento psíquico (cosa que está muy lejos de suceder) esto no dañaría sino que enriquecería a las psiquiatras. Nos correspondería estar a la altura y dar la bienvenida a una ley contra la violencia psiquiátrica.

Para que podamos entender esto conviene rebajar el nivel de hostilidad, dejar de acusarnos unos a otros, poder dar entidad a una realidad que sí existe y que es grave para entre todas demandar lo que necesitamos: las mujeres en su parto, autonomía y cuidado; las profesionales, medios, apoyo y también formación para un cambio de paradigma que vea la salud desde un punto de vista más global, humanista y feminista. Quizás así podamos construir una nueva forma de obstetricia en la que no exista confrontación y pelea constante entre partes.

Además de luchar contra la violencia y abolir las malas prácticas, tenemos que pensar en cuáles son las adecuadas. Cada día son más los hospitales y profesionales que humanizan sus servicios y se aproximan a un cambio de paradigma. Incluyamos espacios físicos cuidados para da a luz, aprendamos a acompañar desde atrás (la paciente va delante en las decisiones y nosotros sostenemos después de saber cuál es su voluntad, aportando también el conocimiento técnico), formemos a las profesionales más allá de lo puramente biológico y como ciudadanas, entendamos que nosotras somos agentes de nuestra propia salud, que tenemos autonomía y por tanto, también deberes y responsabilidad. 

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Lucía del Río Casanova es psiquiatra.

 

Soy psiquiatra y estoy embarazada. Quizás estas dos condiciones me mueven a no permanecer callada ante la polémica en torno a la violencia obstétrica que se ha puesto en primer plano mediático a raíz de la propuesta de legislación al respecto en nuestro país.

Ser psiquiatra me da una visión particular de...

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