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Época mítica

Rock (literario) argentino de los 70

Sobre las primeras novelas de Germán García, Osvaldo Lamborghini y Luis Gusmán

Rubén A. Arribas 5/09/2021

<p>Germán García, Osvaldo Lamborghini, Ricardo Zelarayán y Luis Gusmán (de izqda. a dcha) en la época de la revista Literal.</p>

Germán García, Osvaldo Lamborghini, Ricardo Zelarayán y Luis Gusmán (de izqda. a dcha) en la época de la revista Literal.

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Pocas veces tres primeras novelas escritas por tres autores menores de 30 años han sido tan decisivas a la hora de cambiar el rumbo de la literatura de un país. Pasadas cinco décadas, Nanina (1968) de Germán García, El fiord (1969) de Osvaldo Lamborghini y El frasquito (1973) de Luis Gusmán continúan siendo, junto con la revista Literal, la constelación más emblemática de una época mítica para la literatura en español: la convulsa década del 70 en Argentina. Un tiempo en el que, por decirlo de manera muy resumida, coexistieron la fascinación por la teoría literaria y el conflicto político.

En aquellos años, las contraseñas intelectuales eran Freud, Lacan, Marx y el estructuralismo francés. Además, las revistas literarias influían en la actualidad política, las librerías y bares eran enclaves donde instruirse y conspirar, y hasta un personaje de novela como la Maga actuaba como un referente social. Aquel fue también un tiempo en el que la juventud era un valor en sí mismo, tal y como descubrió ese otro saber incipiente de la época: el marketing editorial. Mientras tanto, el país encadenó dos dictaduras militares –una de 1966 a 1973, otra de 1976 a 1983– que lo quebraron económica, social y psicológicamente. Entre medias, la llamada primavera camporista, la muerte de Perón y el terrorismo de Estado auspiciado por López Rega.

De entre los textos que hablan de García, Lamborghini y Gusmán, uno interesante es Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia. Compañero generacional del trío, Piglia lo menciona varias veces en la segunda parte de su diario, Los días felices (1968-1975). Quizá la entrada más curiosa sea la del 17 de mayo de 1972, cuando anota que fue a tomar un café con los tres y que le propusieron “organizar un grupo literario autónomo” y “publicar un panfleto contra los canales de distribución de la literatura”. Si bien Piglia declinó el ofrecimiento, su anotación deja entrever que el trío era muy activo, entusiasta y dicharachero. 

A lo largo del diario, Piglia deja clara su admiración por Germán García. Con él, además, de en bares y librerías, coincidió en el comité de dirección de la revista Los Libros, el faro intelectual del momento. También es explícito a la hora de mostrar su cariño por Luis Gusmán, para quien escribió el prólogo de El frasquito y del que fue amigo desde entonces. En cuanto a Lamborghini, da algunas pinceladas sobre su carácter difícil, en particular de algunos encontronazos que tuvieron. 

María Moreno, también amiga y compañera de generación del trío, los caracterizó como fieles integrantes de aquella universidad laica que fue la avenida Corrientes. En su prólogo a Escrito por los otros. Ensayos sobre los libros de Luis Gusmán (2004), ella escribió un esclarecedor fresco sobre los intensos años que vivieron alrededor de la revista Literal (1973-1977), donde colaboró con García, Lamborghini y Gusmán. Moreno subraya la influencia de Ricardo Zelarayán –un escritor unos veinte años mayor– y la de Oscar Masotta, a cuyos grupos de estudio sobre Lacan asistió el trío (García y Gusmán terminarían ejerciendo como psicoanalistas). También habla Moreno de las largas noches en bares, con García ejerciendo de orador torrencial y luego, al alba, ofreciendo ir a su casa a leer a Gombrowicz en voz alta mientras tomaban unos mates. 

Aquellos tres tipos irreverentes y alegres, apunta la autora de Black out o Banco a la sombra, eran “ácratas que tomaban por asalto la propiedad de la biblioteca para leerla diferente”. Un modo de leer que, como resume Diego Peller en su libro Pasiones teóricas. Critica y literatura en los setenta (2006), se traducía en presentar pelea en tres frentes al menos. Uno era discutir la operación comercial que había detrás de la literatura del Boom; otro, enfrentarse con la retórica y la estética realista que proponía el populismo latinoamericanista; por último, oponerse al viraje dado por la revista Los Libros, que había renunciado en 1973 a la autonomía relativa del campo literario y a la especificidad de la crítica literaria.

Esa apuesta por abrir nuevos caminos llamó la atención de las generaciones más jóvenes. Así lo recuerda, por ejemplo, Luis Chitarroni en una entrevista para Los inútiles de siempre (2015); según este editor y escritor, en su adolescencia muchas revistas de orientación generalista le daban a la literatura el mismo tratamiento que a la música. De hecho, un artículo de Tamara Kamenszain publicado en el 73 le hizo sentir no solo que García, Lamborghini y Gusmán “eran como un grupo de rock”, sino que “eran la juventud de la literatura argentina y lo que vendría”.

 Nanina (1968), autoficción con guiños a Henry Miller

Puestos a hablar de las tres novelas, lo mejor es hacerlo de manera cronológica; entre otras razones porque, sin Nanina, de Germán García, difícilmente habrían existido las otras dos. En el momento de la publicación, García tenía 23 años, había dejado hacía seis su Junín natal –una ciudad del interior del país– para instalarse en Buenos Aires y trabajaba como librero. El escritor Bernardo Kordon pasó un día por la librería donde trabajaba García y, a raíz de un comentario que este le hizo sobre su última novela, le preguntó si escribía; le respondió que sí y Kordon le pidió que le mostrara algo. Después de pasar a limpio el material que tenía, García quedó con él y se lo llevó.

A partir de ahí sucedió una imprevista cadena de causas y efectos. A Kordon le gustó el borrador, así que se lo pasó a la editorial Jorge Álvarez, donde Rodolfo Walsh trabajaba como lector. Al autor de Operación Masacre también le gustó –y mucho– aquel texto autobiográfico y rabiosamente juvenil: además de redactar un informe de lectura favorable, publicó un artículo donde situaba a Manuel Puig, Ricardo Frete, Piglia, Aníbal Ford y Germán García como los nombres a tener en cuenta en la nueva narrativa argentina. Por último, la editorial abonó generosamente el terreno antes de lanzar el libro –algo novedoso entonces– y luego desplegó una intensa campaña publicitaria.

La estrategia comercial funcionó: entre octubre y noviembre de 1968, la novela vendió más de diez mil ejemplares. Cuando llegó a la cuarta edición en 1969, la dictadura del general Onganía la secuestró y llevó a juicio al autor por ofensa a la moral pública. Por suerte, tras la apelación, la pena quedó reducida de dos años a seis meses de cárcel en suspenso: si cometía algún delito más en ese tiempo, cumpliría la condena. 

El asunto convirtió a García en alguien mediático, admirado por unos y desdeñado por otros. Entre estos últimos destacaba Manuel Puig, que consideraba la novela “un tonto productito típico de nuestro subdesarrollo” (y un obstáculo en su plan por obtener la atención mediática). En cualquier caso, la polémica originada alrededor de la novela, como señaló la revista Nova, resultó fundamental para el devenir de la literatura argentina. 

Nanina es una novela de formación que cuenta la historia de un adolescente que viaja desde Junín a Buenos Aires y que descubre la gran ciudad, el mundo del trabajo y la sexualidad. El protagonista, Leopoldo Fernández, pasa de púber a adolescente y, en el proceso, reflexiona sobre la infancia y se choca con el mundo adulto. La novela carece de una estructura novelística definida, algo que el autor atribuyó a la influencia de Cortázar. Si bien la novela tiene guiños que remiten a Oliverio Girondo o al cine, lo que más escandalizó fue el tono coloquial y el grado de detalle con que se narraban las escenas de sexo, muy a lo Henry Miller. También que la historia estuviera contada en primera persona y jugara con lo que hoy llamamos autoficción, un género poco o nada frecuentando en ese momento.

Germán García y Luis Gusmán conversan en una librería.

Aunque Nanina fue un fenómeno mediático y de ventas, hoy es mucho más desconocida, menos leída y citada que El fiord y El frasquito. La novela estuvo incluso descatalogada y fue inencontrable durante mucho tiempo. ¿Las razones? Por un lado, las escenas que resultaban obscenas o provocativas en el 68 dejaron de serlo con los años. Por otro, García priorizó desde muy temprano su interés por el psicoanálisis, y operó más en ese campo que en el literario. Por así decirlo, terminó pesando más su encuentro con Oscar Masotta –uno de los grandes intelectuales argentinos de la época; contrafigura de Rodolfo Walsh– y su descubrimiento de Jacques Lacan que su admiración por Macedonio Fernández, Witold Gombrowicz o James Joyce.

Por fortuna, Ricardo Piglia rescató y prologó Nanina en 2011 para Recienvenido, la colección que él dirigía para el Fondo de Cultura Económica. Como señala en el breve texto que escribió para esta edición, Nanina forma parte de la educación sentimental de una generación, y como tal conviene disfrutarla. Leída en 2021, la novela sigue siendo un relato eficaz de la ruptura con el padre, la familia y el pueblo. También sobre el desclasamiento hacia arriba por la vía de la cultura. De hecho, pocos lectores de Lacan habrán narrado con tanta precisión y pulcritud cómo era trabajar en un taller mecánico. Acaso ese fue el gran viaje de Germán García (1944-2018): del rectificado de cilindros y cigüeñales a fundador de prestigiosas instituciones psicoanalíticas.

El fiord (1969): la lengua y la fiestonga del garchar

A diferencia de Nanina, que tenía unas trescientas páginas, se leía con fluidez, se entendía de la primera a la última página y llevaba por título el nombre de una gata cuya muerte simbolizaba la pérdida de la inocencia, El fiord tenía menos de treinta páginas y un extraño título, de resonancias escandinavas, que era lo más inteligible –casi– de todo el texto. También el único momento en que no le salpicaba al lector la lluvia de violencia, política y sexo que atravesaba el relato. Y no hay exageración en esto último: Leopoldo Marechal dijo del libro que era perfecto como una esfera de mierda. En definitiva, Nanina y El fiord tenían poco en común.

El editor estuvo a punto de no publicar el libro por dos razones. Una, su brevedad; la otra, el miedo a que la dictadura actuara, como en el caso de Nanina, no solo contra el autor, sino contra la editorial. Además, la situación política era cada vez más convulsa; por aquellos días, por ejemplo, estaba gestándose la insurrección popular conocida como el ‘Cordobazo’. Asimismo, tras el asesinato del controvertido sindicalista Augusto Timoteo Vandor –aludido por Lamborghini en su obra como Atilio Tancredo Vacán–, se declaró el estado de sitio en el país. 

Si finalmente se publicó El fiord, a finales de julio de 1969, fue gracias a la insistencia e ingenio de Germán García. Para contrarrestar el asunto político, García convenció al editor de que publicara el libro a través de un sello tapadera, que inventó Lamborghini y llamó Chinatown. Para contrarrestar el asunto de la brevedad, García escribió un largo epílogo, “Los nombres de la negación”, que firmó con el irónico seudónimo de Leopoldo Fernández, el nombre del protagonista de Nanina

Pese a ser algo tediosa y compleja, la lectura de ese epílogo resulta esclarecedora respecto de algunas marcas culturales. Así, García empieza citando a Roland Barthes, sigue por Maurice Blanchot y continúa por dar toda clase de interpretaciones psicoanalíticas. En conjunto destaca el lugar que le otorga al “espacio de lo imaginario” –algo que colisionaba con el realismo social que demandaba la izquierda populista– y su reflexión sobre lo que llama una “lengua de destrucción”. Respecto de esto último, García escribió una frase muy sugerente: “Este es un lenguaje residual. Desde una mirada que crea en el progreso de las letras, no es posible comprender esta obstinada manera de Escribir Mal”.

Borges charla con Luis Gusmán y Germán García.

Borges charla con Luis Gusmán y Germán García.

Ese Escribir Mal consistía en renunciar al “arsenal público de giros púdicamente refinados”. Hacerlo implicaba desmarcarse, según García, de “los ritmos artísticos tan sutiles” que la cultura había troquelado por anticipado, y que habían transformado los textos en mecanismos predecibles. La solución pasaba por “la mezcla de lenguajes”. Leída en esa clave, la escritura de Lamborghini trasparentaba una extraña simbiosis entre el arcaizante sabor de los pronombres enclíticos, los coloquialismos en vesre –“cayó atroden de la sabol”–, el lugar común literario o las consignas políticas, pero también con el registro gauchesco, el sociopolítico o la jerga periodística. Todo ello entreverado; todo en forma de una gran mezcolanza de cultura popular y elitista.

Asimismo, ese Escribir Mal consistía en romper con “el dogma de la comunicación”, según declaró Lamborghini a Los Libros (1970). Tomando Boquitas pintadas, de Manuel Puig, como punto de ruptura en relación a la función expresiva del lenguaje, Lamborghini decía aspirar a un modelo de sintaxis mayor donde nada le es comunicado al lector, salvo su propia presencia como un soporte vacío de todas las determinaciones que le hablan. Era una manera de oponerse a los procedimientos narrativos ya existentes, estandarizados bien por el canon, bien por el mercado editorial. O, como explica Ignacio Echevarría en la edición española de El fiord (2014), una manera de forzar el cambio en los protocolos de lectura. 

Dado su deliberado hermetismo, el relato de Lamborghini se ha prestado a muchas interpretaciones. La más común es la que resume el argumento en una orgía de violencia, crueldad y sexo que funciona como una alegoría política que anticipa el final trágico de la experiencia revolucionaria en Argentina. Según esta lectura, esa “fiestonga del garchar”, como la llamó Lamborghini, lo que hace es parodiar la retórica populista de la izquierda, una lengua que considera muerta e ineficaz.

En el prólogo para Novelas y cuentos (1988), César Aira, amigo y albacea literario de Lamborghini, escribió que El fiord es, además de una alegoría política, “una solución al enigma literario que plantea la alegoría, que intrigó a Borges”. La solución –algo larga para reproducirla aquí– parece tan traída por los pelos que incluso Aira reconoce que a él le resulta “casi inaprehensible”. Echevarría, en su ensayo Una esfera de mierda, sostiene que la explicación suena bien, pero que Aira parece más bien estar plasmando sus intereses como escritor, y no la intención del autor.

En términos comerciales, El fiord no funcionó como esperaban García y Lamborghini. Su idea era que amplificara el estallido ocasionado por Nanina; sin embargo, eso no sucedió. Si bien el libro obtuvo alguna reseña desfavorable, como la de la revista Siete Días, que sostenía que era “un abrumador inventario de torturas, vejámenes, palabrotas y símbolos”, y otras favorables, como la de Oscar Steimberg en Los Libros, eso no fue suficiente para engendrar polémica y mejorar así la pequeña circulación que tuvo. Ni siquiera el apoyo de Josefina Ludmer, Néstor Perlongher o Héctor Libertella pudo hacer gran cosa por la obra. El reconocimiento le llegaría a Osvaldo Lamborghini (1940-1985) de manera póstuma, en especial a principios de este siglo.

Con El frasquito (1973) llegó la polémica

De las tres novelas, la de Gusmán es la que mejor vida editorial –reediciones, traducciones, cobertura mediática, etc.– ha tenido en Argentina. En cambio, fue la que más problemas tuvo para ver la luz: terminada en septiembre de 1970, la novela no se publicó hasta enero de 1973. Ni siquiera la intermediación de Manuel Puig o de Ricardo Piglia fue efectiva a la hora de convencer a las editoriales. Estas, como recogió Osvaldo Soriano en su elogiosa reseña para La Opinión (1973), la rechazaron por al menos tres motivos: su brevedad (62 páginas), el lenguaje explícito y que el protagonista quería acostarse con su madre. 

En realidad, ese coqueteo con el incesto materno –nunca concretado– era una transgresión más entre otras muchas. Aunque se trata de una autobiografía encriptada escrita con la cadencia de un tango espiritista, casi cada página puede leerse como una provocación. La sexualización de la escritura, como señaló Néstor Perlongher en su día, está omnipresente. En el imaginario que propone la novela, caben por igual la vivencia de ser hijo de un padre bígamo, la promiscuidad materna, acostarse con una tía o un delirio onírico en el que una fila de espiritistas “penetran en la dilatada vagina [de la madre del protagonista] iluminados por los sombreros fosforescentes”. También el fraseo del tango, el barrio o las referencias cultas.

Al principio, se interesó solo una editorial en publicarla, pero exigía a cambio que el texto fuera acompañado por el prólogo de un psiquiatra. Gusmán se sintió agraviado y declinó la oferta. A mediados de 1972, le llegó otro ofrecimiento, el de Ediciones Noé; ahora bien, la novela debía publicarse acompañada con un prólogo de Ricardo Piglia. Ni Gusmán recuerda de quién fue idea –si suya, del editor o del omnipresente Germán García– ni Piglia deja constancia de ello en las entradas de su diario donde habla de “El relato fuera de la ley”, que así llamó al texto de unas 4.000 palabras y orientación freudomarxista que escribió. En cualquier caso, lo relevante es que el dúo prólogo-novela desató una polémica cuyos ecos llegan hasta hoy.

Germán García en la época de su novela Nanina. (Esta foto  aparece en la portada de la edición que lanzó el FCE).

Eso sí, la primera polémica o encontronazo surgió antes de que se publicase el libro. Según cuenta Piglia, a Lamborghini le sentó fatal que no citara El fiord, así que este le pidió a Gusmán que rechazara el prólogo... Dado que Lamborghini tenía un gran ascendiente sobre su amigo, faltó poco para que eso sucediera. Finalmente, El frasquito salió al mercado escoltado por “El relato fuera de la ley”. 

A continuación, aconteció algo inusitado: las reseñas atacaban o ensalzaban por igual el prólogo y la novela. Ocurrió con las reseñas elogiosas, como el mencionado artículo de Soriano, que calificaba de excelente el ensayo de Piglia, pero al que le afeaba que anticipara al lector “una forma de lectura” y evitara que la novela se explicase por sí misma. Y ocurrió, claro, con las reseñas negativas, vinieran estas de los sectores conservadores políticos, de la solemne aristocracia literaria o de la izquierda populista. Cada quien veía aberraciones de un tipo diferente. De todos modos, llama la atención la cantidad de palos que recibió el joven Piglia en su labor de presentador de la ópera prima de un desconocido escritor coetáneo suyo.

Visto en perspectiva, novela y prólogo conformaron un dispositivo teórico, crítico y literario muy eficaz a la hora de polemizar y poner en circulación las ideas que defendían. Además de la inestimable ayuda de los enemigos, Gusmán y Piglia recibieron la de los amigos, así tanto Oscar Steimberg y Germán García publicaron largos e inteligentes artículos donde no solo defendían a El frasquito, sino donde reclamaban que la literatura argentina debía abrirse a nuevos modos de leer y escribir. La semiología, el psicoanálisis o la lingüística reclamaban su espacio. 

La polémica suscitada transformó enseguida la novela en un modesto fenómeno comercial: vendió unos tres mil ejemplares en unas pocas semanas. De algún modo, El frasquito logró el efecto de amplificación que García y Lamborghini habían buscado infructuosamente entre El fiord y Nanina. Dado que los tres eran amigos y conspiradores habituales, las tres novelas, aunque disímiles entre sí, quedaron unidas ya para siempre como un todo, como una triada literaria que simbolizaba una época. 

¿Una literatura prologada?

El éxito de ventas convirtió El frasquito en un libro rentable para Ediciones Noé. El editor, en vez de ahorrar el dinero, lo reinvirtió en una especie de jugada de doble o nada. Primero publicó el segundo libro de Osvaldo Lamborghini, Sebregondi retrocede (1973); después, el primer número de la revista Literal, ideada por Germán García y en cuyo comité director estaban Lamborghini, Gusmán y él. La revista tuvo una existencia breve –cinco números, dos de ellos dobles, entre 1973 y 1977–, pero muy intensa. En tiempos donde la militancia de izquierda empujaba a dejar las letras y pasarse a las armas, como hicieron Rodolfo Walsh o Paco Urondo, Literal organizó su resistencia civil ante la dictadura alrededor de una proclama: “No matar la palabra, no dejarse matar por ella”.

En función de los números y de las tensiones internas –García y Lamborghini dejaron de ser amigos en 1975–, el elenco colaborador fue variando; en cualquier caso, por sus páginas pasaron Ricardo Zelarayán, Josefina Ludmer, Héctor Libertella, Oscar Steimberg, Oscar del Barco, Oscar Masotta o María Moreno. A pesar de que su producción total rondó las quinientas páginas –eso ocupan las ediciones digital y facsimilar que publicó la Biblioteca Nacional Argentina en 2011–, su capacidad de influencia resulta constatable a través de libros de investigadores y críticos como Juan José Mendoza, Diego Peller o Ariel Idez, nacidos los tres en la década del 70. Gracias a ellos, conceptos tan genuinos de la revista, como la intriga o la flexión literal son hoy moneda corriente.

La revista se vio envuelta en múltiples discusiones y debates. Unos acusaban a sus integrantes de apolíticos y poco comprometidos, otros de escribir novelas a partir de los postulados del psicoanálisis, otros de epígonos de segunda de Barthes, Foucault y demás estructuralistas franceses. Una de las polémicas más sonadas fue a propósito de lo que Andrés Avellaneda llamó la “literatura prologada”. Según este crítico, la literatura que propugnaba Literal no era tan vanguardista como la revista postulaba: sus integrantes decían escribir textos extraños o ilegibles que buscaban causar incertidumbre en el lector; sin embargo, como en el caso de El fiord o El frasquito, colocaban epílogos o prólogos que las explicaban y, por tanto, minimizaban esa supuesta extrañeza. Al margen de lo certero del comentario de Avellaneda, la anécdota viene a cuento de la relevancia que adquirieron García, Lamborghini y Gusmán dentro del campo cultural. No había exageración, por tanto, en aquello del joven Chitarroni percibiéndolos como estrellas del rock (María Moreno, en todo caso, lo corregiría y diría que eran famosos como cantantes de tango).

Uno de los efectos secundarios de esa notoriedad fue que El frasquito se hizo tan conocido que la dictadura del general Videla lo prohibió el 25 de enero de 1977 y ordenó secuestrar los ejemplares existentes. Gracias a la intolerancia militar, el libro devino en símbolo y, aunque de manera clandestina, circuló aún más si cabe. Con el regreso de la democracia en 1984, la editorial Legasa lo reeditó; desde entonces, la novela ha ido acumulando reediciones, lectores y aniversarios.

Paradójicamente, Nanina y El fiord llegaron a Europa ya hace unos años, mientras que El frasquito sigue siendo un gran desconocido. Sin embargo, la situación está revirtiéndose: el pasado mes de junio, Edizioni Arcoiris publicó la traducción al italiano, Il gemello, y Ediciones Contrabando planea sacar una edición española en 2022. Será ese el momento adecuado para completar esta trilogía. Leerla, ahora que ha transcurrido medio siglo desde su irrupción, es adentrarse en un tiempo donde teoría, crítica y escritura comenzaron a formar un todo indisoluble. El tiempo en que la literatura parecía tener aún algo que decir.

Pocas veces tres primeras novelas escritas por tres autores menores de 30 años han sido tan decisivas a la hora de cambiar el rumbo de la literatura de un país. Pasadas cinco décadas, Nanina (1968) de Germán García, El fiord (1969) de Osvaldo Lamborghini y El frasquito (1973)...

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