1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Memorias de la Revolución de Saur

Hace más de cuarenta años, los comunistas tomaron el poder en Afganistán para crear una sociedad más igualitaria y acabar con el feudalismo. El autor, que recorrió el país en los 70, plantea algunas de las claves de su derrota

Jonathan Neale (Jacobin) 23/08/2021

<p>El día después de la revolución en Kabul (Afganistán, 1978).</p>

El día después de la revolución en Kabul (Afganistán, 1978).

Cleric77

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

El 28 de abril de 1978, hace más de cuarenta años, los comunistas lograron hacer una revolución en Afganistán. Mi amigo Tahir Alemi fue uno de esos comunistas. Era un buen tipo, generoso y amable, y quería cambiar el mundo.

Tahir era profesor de literatura pastún en la Universidad de Kabul. Su estirpe era antigua. Su padre era un pequeño campesino que vivía en el poblado de Nangarhar, cerca de la frontera con Pakistán. La familia trabajaba su propia tierra y hasta tenía un aparcero, signo de que le iba mejor que a la mayoría. – Tahir amaba a su padre, a sus hermanos y a su madre, pero en un momento tuvo que enfrentarse a los valores que pregonaban.

En los años 1970, Afganistán era un país feudal. El poder no estaba del lado de los empresarios urbanos, sino de los grandes terratenientes que vivían en las fortalezas de las zonas rurales. A veces había dos señores en un poblado, a veces uno solo. En ciertas áreas, muchas aldeas estaban bajo el dominio de un solo hombre. Había muchos campesinos como el padre de Tahir, que con suerte tenían un peón, pero trabajaban su propia tierra.

Debajo de ellos estaban los aparceros, que eran probablemente la mitad de la población y a los que se les permitía quedarse con un tercio de la cosecha. En el poblado de Tahir, los aparceros representaban solo un quinto de la población porque la tierra era bastante buena. A todos los aparceros, trabajadores y pastores se les pagaba lo justo para comprar tres panes naan por cada dos adultos y dos por cada dos niños. Es decir, 2.000 calorías por adulto y 1.300 por niño. No podían comprar más comida.

A comienzos de los años 1970, viajé a Afganistán como antropólogo. Las personas con las que me encontré habían sido nómadas con rebaños de ovejas, pero su situación había empeorado con el tiempo. Su nivel de vida era equivalente al de cualquier afgano pobre. Las mujeres usaban dos vestidos en toda su vida, uno cuando llegaban a la pubertad y otro cuando se casaban. Una familia común solo poseía una pequeña taza de té. Comían carne con emoción una vez al año, durante la fiesta del profeta. Para saborear mejor el pan, cocinaban una sopa con tréboles y otras verduras de hoja que recolectaban. Dos de las tres familias más ricas de aquel pequeño poblado de treintaitrés hogares competían entre sí dándonos muestras de hospitalidad a mi esposa y a mí. En una ocasión especial, una familia fritó un huevo para convidarnos. La otra nos invitó un guiso con una pequeña papa. Nadie más lograba acceder a esos ingredientes.

Mohammad Zaher Khan en su uniforme militar // Haji Amin Qodrat.

Por supuesto, sostener una explotación de esa magnitud –de dos tercios a cuatro quintos de la cosecha quedaban en manos de los propietarios de la tierra– implicaba prácticas crueles y violentas. Las ejercían los señores locales junto a sus guardaespaldas y matones, siempre con apoyo del gobierno. Mohammed Zahir Shah –rey de Kabul– y su familia, habían consolidado su poder privilegiando en cada distrito a un señor que actuaba como su lugarteniente. “Antes era directamente una tiranía”, me contó Tahir una vez. “Los tipos venían y mataban a toda tu familia. Ahora, en cambio, es una democracia. Ya no se meten con la familia: se la agarran con uno solo y como mucho llegan a arrancarle los ojos”. Era un chiste. Nos reímos.

Afganistán era un país pobre, conformado en gran medida por zonas áridas, desiertos y montañas. El gobierno no tenía suficiente poder como para cobrarles impuestos a los grandes terratenientes ni a los pequeños campesinos. En cambio, debía contentarse con los aranceles aduaneros. Desde 1842, los gobiernos afganos se habían apoyado en distintas formas de subsidios extranjeros, que provenían sobre todo de Gran Bretaña. Desde los años 1950 en adelante, Afganistán empezó a “desarrollarse”. Durante la Guerra Fría, Rusia y Estados Unidos se hicieron cargo, en concepto de asistencia, del 80% del presupuesto civil y de la mayor parte del presupuesto militar del país. Los rusos cubrían casi dos tercios de los gastos y los estadounidenses el tercio restante. La industria y el desarrollo económico eran marginales. El dinero que llegaba terminaba sobre todo en el ejército, en la escuelas y en la burocracia estatal. Bastó para que miles de estudiantes empezaran a asistir a la Universidad de Kabul y cientos de miles a las escuelas. La vieja clase dominante de terratenientes era muy pequeña y no podía cubrir todos los cargos docentes y estatales necesarios. Las personas que se habían beneficiado de la nueva educación eran hombres como Tahir, hijos de campesinos pertenecientes a cierto estrato medio. Sus padres y abuelos siempre habían odiado silenciosamente a los grandes terratenientes y al gobierno, y sus hijos educados continuaron la tradición.

Estos jóvenes docentes soñaban con un Afganistán moderno y desarrollado. Una vez, en la provincia de Helmand, Tahir y yo presenciamos, junto a una muchedumbre de curiosos sin voz, una manifestación de estudiantes de la escuela secundaria. Subían por turnos a una pequeña tarima desde la que gritaban sus consignas: “Muerte a los kanes”. Kan era la palabra con que designaba a los grandes terratenientes. La reivindicación de los jóvenes no era abstracta. Su programa político era matar a esos hombres en su distrito.

“¿Esto existe en Estados Unidos?”, me preguntó Tahir.

Le dije que sí, que yo había formado parte de protestas parecidas. Me contó la historia del “tres de aqrab”: en 1965, un grupo de estudiantes de Kabul se había manifestado fuera del parlamento y tres habían muerto a causa de los disparos. Él había estado ahí.

Los jóvenes hombres y mujeres de esta nueva clase urbana, compuesta sobre todo por docentes como Tahir, empezaron a ensanchar las filas de los partidos islamistas y comunistas. La Hermandad era una organización islamista. Jóvenes con títulos universitarios, pertenecían a la misma clase que Tahir y terminaron dirigiendo la resistencia contra los rusos. Los comunistas estaban divididos en dos. Una tendencia era Parcham (la Bandera). Sus miembros estaban bien formados, pertenecían a estratos urbanos y sostenían una política más moderada. La otra era Jalq (el Pueblo). Sus militantes en general no habían accedido a la educación, provenían de familias rurales y en general eran pastunes. Tahir se unió a Parcham. En 1973 las organizaciones comunistas crecían más rápido que la Hermandad.

Una vez acompañé a Tahir a la casa de su padre y caminamos y recorrimos los poblados que rodeaban Nangarhar. Tahir había sido seleccionado por la universidad para ser mi “guía” durante las primeras etapas de mi trabajo de campo. A cambio, cobraba tres veces su salario mensual, es decir, tres veces lo que ganaba un trabajador corriente. Yo todavía estaba aprendiendo la lengua, así que Tahir oficiaba de traductor. También redactaba informes regulares sobre mí, que entregaba a la policía secreta. Ambos lo sabíamos, pero no decíamos nada.

El matrimonio de Tahir estaba arreglado. Su esposa nunca había ido a la escuela. Había muchas cosas de las que no podía hablar con ella. Se había casado para complacer a su familia, que había elegido una chica del pueblo con la esperanza de mantenerlo cerca. Durante los primeros años del matrimonio ella vivía con sus padres y él la visitaba cuando podía. Tahir intentó desarrollar una relación real. Otras mujeres de las ciudades y del campo iban a la escuela y a la universidad. De hecho, en Parcham y Jalq había muchas compañeras mujeres. La liberación de las mujeres era una parte central del sueño por un mundo mejor. Tahir ansiaba mudarse con su mujer a Kabul. Cuando eso sucediera, me prometió, yo la conocería, porque él jamás la obligaría a recluirse.

En 1972 hubo una sequía, efecto incipiente del cambio climático. Una parte del norte sufrió la hambruna. Estados Unidos enviaba alimentos. El gobierno apilaba las bolsas de granos en las plazas de las grandes ciudades. Los soldados custodiaban la proveeduría y los funcionarios la vendían a un precio diez veces mayor del normal. Para comprar algunos granos, los pequeños campesinos terminaban vendiéndoles sus tierras a los kanes feudales por casi nada. Los que no tenían tierras se sentaban a esperar la muerte. Un periodista francés me preguntó por qué no saqueaban las bolsas apiladas. “El rey tiene aviones”, decían, “y los usará para bombardearnos”.

Pero el rey y su gobierno habían perdido prácticamente todo el apoyo de la población. Mohammed Daoud, primo del rey, había sido un primer ministro despiadado y cruel hasta 1963. Se había inclinado más hacia los soviéticos, mientras que el rey prefería a los estadounidenses. En ese momento, Estados Unidos estaba poniéndole fin a la asistencia a causa de Vietnam y la mayor parte del dinero llegaba de Rusia. Entonces, Daoud montó un golpe de Estado con apoyo soviético. No encontró ninguna oposición. Después de la hambruna, nadie estaba dispuesto a morir por el rey.

La organización del golpe estuvo a cargo de los jóvenes oficiales comunistas, especialmente los de la tendencia Jalq. Como los docentes, los oficiales provenían de las capas medias del campesinado y pertenecían a la primera generación de sus familias que accedía a la educación. En general habían sido entrenados por la Unión Soviética.

El golpe no cambió nada importante. Aunque la retórica de Daoud era de izquierda, el poder permaneció en manos de los grandes terratenientes. Pero la universidad y las escuelas primarias y secundarias se convirtieron en lugares de gran efervescencia política, especialmente en los pueblos más grandes y en las ciudades. Algunos docentes hacían proselitismo por la Hermandad, otros por Jalq y otros por Parcham. Los estudiantes debatían. Parcham sostenía que había que colaborar con la dictadura de Daoud. Jalq apostaba a una revolución completa.

Los comunistas eran cada vez más. En abril de 1978, Daoud ordenó el asesinato de Mir Akbar Kyber, dirigente comunista. Ambas tendencias de partido confluyeron en una gran protesta durante el funeral en Kabul. Daoud detuvo a todos los dirigentes de ambas organizaciones y ellos sabían que sus vidas pendían de un hilo. Entonces, un dirigente llamado Amin logró iniciar un golpe de Estado bien organizado. Los mismos oficiales del ejército y de la fuerza aérea que lo habían llevado al poder, mataron a Daoud y a toda su familia. Como sucedió con el rey, nadie estaba dispuesto a luchar por Daoud y los comunistas triunfaron.

El día después de la Revolución de Saur (1978) // Cleric77.

Los comunistas anunciaron la revolución, a la que bautizaron como la “gran revolución de abril”, siguiendo el modelo de la Revolución de Octubre. Aprobaron dos leyes con el objetivo de convertir el golpe en una revolución. La primera fue la reforma agraria: repartirían la tierra de los grandes propietarios entre los aparceros. Había muchas zonas en las que el gobierno no tenía ningún medio de garantizar la reforma agraria, pero en Helman, donde los jóvenes gritaban “Muerte a los kanes”, los comunistas empezaron a tomar las tierras y a redistribuirlas.

El segundo fue la abolición del excrex, las donaciones que hace el marido a la familia de su novia a cambio de su mano. Eran sumas de dinero bastante grandes, que a veces representaban dos o tres años de ingresos de una familia promedio. Pero más importante era todavía el lugar simbólico que ocupaba esta práctica, considerada por muchos como el signo más evidente de la opresión de las mujeres.

Las relaciones entre los hombres y las mujeres no eran la caricatura sexista a la que nos tiene acostumbrados la propaganda islamofóbica. Es cierto que en algunos poblados había familias que mantenían recluidas a sus mujeres y solo les permitían salir vestidas con la burka. Pero como mucho cuatro o cinco, de un total de doscientas. En la mayoría de los hogares pobres, las mujeres tenían que trabajar en el campo junto a los hombres. Como sea, al igual que en otros países, la opresión era real. Los comunistas estaban decididos a transformar las cosas. La ley sobre el excrex se mantuvo en un plano formal, aunque en algunas áreas las mujeres empezaron a bailar en público.

Las medidas sobre la distribución de la tierra y el matrimonio precipitaron una rebelión dirigida por los mulás. Los mulás no eran como los islamistas de la Hermandad, que solían ser hombres formados, ingenieros y teólogos. Los mulás eran campesinos pobres, con una educación que apenas alcanzaba para leer farsi y recitar el Corán en árabe. Las capas más acomodadas de la sociedad los trataban con desprecio. Pero tenían una larga historia de resistencia popular.

Mujeres afganas en 1927 // Wikimedia.

En efecto, Afganistán nunca había sido conquistada. Los británicos la invadieron en 1838-1842 y de nuevo en 1878-1880. En ambas oportunidades, los sectores más acomodados aceptaron el oro de los invasores –entregado, literalmente, en grandes bolsas– y no ofrecieron resistencia. Pero las dos veces los mulás predicaron con pasión en las aldeas y en los poblados hasta desatar las yihad, revueltas populares que expulsaron a los británicos. Durante los años 1920, un nuevo gobierno reformista a cargo del rey Amanullah intentó “modernizar” el país siguiendo el modelo de Ataturk en Turquía y Reza Shah en Irán. Amanullah insistió en poner fin a la reclusión de las mujeres ricas y quiso garantizarles el derecho de usar vestidos occidentales. Después intentó aplicar un impuesto sobre los grandes terratenientes y los pequeños campesinos del sudeste, pero todo esto provocó una nueva revuelta de los mulás. Más tarde, Habidullah, un trabajador devenido bandido, dirigió una insurrección popular en Kabul. Con apoyo británico, la familia real logró sofocar la revuelta, pero el experimento social de Amanullah había llegado a su fin.

Después de los años 1930, los mulás siguieron presentándose como los guardianes de la ortodoxia, aun cuando el islam de los afganos siempre había sido más bien flexible y para nada ortodoxo. Los mulás predicaban un islam conservador y se oponían a la liberación de las mujeres en la misma medida que al imperialismo cristiano de Gran Bretaña y Estados Unidos y al ateísmo de la Unión Soviética. Para la mayoría de los afganos, hombres y mujeres, el islam ocupaba el centro moral de sus vidas.

En las grandes ciudades los comunistas contaban con bastante apoyo en las escuelas, en las universidades, entre los funcionarios estatales y en sectores afines

Después de la Revolución de Saur, los mulás comenzaron a organizar la resistencia al gobierno. Como lo habían hecho contra los británicos y contra Amanullah, convocaron a la población a oponerse a la dominación extranjera. La revuelta comenzó en las montañas y en las fronteras, donde el gobierno siempre había sido más débil, y se propagó hacia los valles y las ciudades. La resistencia les planteaba un problema terrible a los comunistas. Como no contaban con el apoyo de la mayoría, tuvieron que recurrir a la violencia.

Es cierto que la Revolución de Saur había surgido de un golpe dirigido por una camada de oficiales jóvenes. Pero el ejército de Afganistán estaba formado por reclutas provenientes de todos los rincones del país, sobre todo de las familias de pequeños campesinos y aparceros. Esos soldados seguían órdenes, pero no estaban convencidos en términos políticos. El proceso no había logrado generar ninguna revuelta urbana ni luchas campesinas por la tierra. En ese sentido, la Revolución de Saur fue un golpe conducido desde arriba con escaso apoyo de la población.

Es verdad que los comunistas despertaban cierta simpatía en las ciudades. En las elecciones libres de 1973, previas a la toma del poder de Daoud, habían ganado la mayoría del parlamento en Kabul. En las grandes ciudades contaban con bastante apoyo en las escuelas, en las universidades, entre los funcionarios estatales y en sectores afines. Pero en un país prácticamente rural eso no era suficiente. Confrontado a la prédica pasional y a los levantamientos rurales, el nuevo gobierno comunista solo atinó a enviar a sus soldados a detener a todo el mundo. Eso provocó más disturbios y entonces empezaron a torturar a la gente, lo que a su vez contribuyó a fortalecer la revuelta. Durante veinte meses, los comunistas y su ejército perdieron el control en casi todo el país. En diciembre de 1979 solo gobernaban tres provincias de un total de treinta y cuatro. En veintiocho provincias, el ejército controlaba solo las ciudades y los poblados más grandes, pero los insurgentes controlaban las zonas rurales. En tres provincias los insurgentes habían tomado el poder incluso en las ciudades.

La presión dividió a los comunistas en tres bandos. El grupo Parcham, dirigido por Baback Karmal, sostenía que había que tejer una alianza con todas las fuerzas progresistas del país. En la práctica, esto implicaba plegarse a la religiosidad musulmana, callarse la boca frente al excrex y la opresión de las mujeres y detener la reforma agraria. Esta política se adecuaba al consejo de la KGB y de los generales soviéticos, que consideraban que la revolución social era una idea insensata y prematura. El problema con este enfoque era que los mulás –y el resto de la población afgana– no eran estúpidos.

Para los militantes más radicales del grupo Jalq, la táctica de sus oponentes implicaba también traicionar el sueño compartido de una Afganistán moderna, sin sexismo ni pobreza. Pasaron pocos meses hasta que el partido purgó a los parchamíes. Unos pocos, como Karmal, lograron exiliarse en la Unión Soviética y en Europa del Este. Los jalquis apresaron al resto.

Pero la resistencia seguía creciendo en las ciudades. Fue entonces que el grupo Jalq se dividió en dos. Taraki, novelista proveniente de un clan de pastores y nómades y a la vez el dirigente más experimentado, no encontraba más solución que convocar a las tropas soviéticas a reprimir la resistencia. Por su parte, fiel a su nacionalismo, Mohammed Amin, dirigente más joven proveniente de un área rural de las afueras de Kabul que había estudiado Ciencias de la Educación en la Universidad de Columbia, jamás consentiría la invasión de las tropas soviéticas.

Entonces, la KGB le sugirió a Taraki que matara a Amin. Taraki intentó pero fracasó, porque la mayoría de los jalquis más radicalizados también se oponían a las tropas rusas. Finalmente, fue Amin el que mató a Taraki.

Mientras tanto, la resistencia rural seguía creciendo. Amin se comunicó con Estados Unidos para pedir apoyo contra los soviéticos. Los estadounidenses se negaron. El gobierno soviético, temiendo que Amin lograra aliarse con los Estados Unidos o dirigir una rebelión, fortaleció su voluntad de asesinarlo. Pero ningún comunista afgano estaba dispuesto a hacerlo. Frente a los ataques violentos de los que era objeto, Amin se volvió cada vez más cruel y multiplicó las detenciones, las torturas y las ejecuciones.

Los tanques soviéticos llegaron a la frontera el 24 de diciembre de 1979. La Revolución de Saur había terminado. Los soviéticos ejecutaron a Amin y lo pusieron en su lugar a Babrak Karmal, recién llegado de su exilio moscovita. Las cárceles se llenaron de Jalquis. Lo más triste era que todo lo que decían los mulás y los islamistas educados sobre los comunistas, a los que concebían como instrumentos del ateísmo extranjero, parecía volverse realidad.

En la primavera de 1980, las protestas nocturnas de la ciudad occidental de Herat se propagaron rápidamente hacia Kandahar y luego a Kabul. Los funcionarios de Kabul, uno de los bastiones comunistas más importantes, hicieron huelga contra la ocupación rusa. Las estudiantes de las escuelas de mujeres de Kabul, que habían sido fieles partidarias de la liberación de las mujeres y del comunismo, se reunieron en el patio y empezaron a gritarles a los hombres afganos para que se levantarán contra el invasor.

Soldados a bordo del BMD soviético, 25 de marzo de 1986 // Departamento de Defensa de EE.UU.

La ocupación rusa duró ocho años y se consolidó con tanques en las ciudades y con bombardeos aéreos en las zonas rurales. De una población total de veinte millones de afganos, un millón fue asesinado, otro millón sufrió alguna amputación a causa de los ataques y seis millones se exiliaron. Cuando todo terminó y los tanques soviéticos abandonaron el país, los caudillos islamistas tomaron el poder. El sueño del feminismo y del socialismo había muerto.

– Todas las ideas sobre la liberación de las mujeres fueron envueltas por un manto de sospecha.

Es cierto que entre los militantes hubo algunos que eran realmente crueles. Pero la mayoría eran como Tahir, personas dignas que soñaban con un mundo mejor. Cuando se tomó la decisión de imponer el socialismo contra la oposición de la mayoría, todas las batallas estaban perdidas.

Muchos militantes radicalizados en los años 1960 y 1970 aceptaban la idea de que el comunismo y el socialismo requerían una dictadura comandada por una minoría. A fin de cuentas, Karmal había aprendido política en las cárceles de Kabul, Tarki en Bombay y Amin en Nueva York. Los comunistas afganos solo hicieron lo que la izquierda global pensaba que había que hacer para cambiar el mundo. Por más terrible que haya sido, su tragedia no deja de ser la misma que se repitió en otros lugares.

Cuando conocí a Tahir, sus ojos se llenaban de lágrimas al hablar de la ignorancia y del sufrimiento de los campesinos con los que nos cruzábamos. Los comprendía y los amaba, y sabía perfectamente por qué era tan difícil convencerlos. Hace unos años estaba tomando una cerveza en Londres con un amigo afgano. Le pregunté si de casualidad conocía a Tahir. Sí, me dijo, un buen tipo, muy amable.

“Un parchamí”, agregó.

“Sí”, le dije, “un parchamí”.

Resulta que durante el otoño de 1978, justo antes de la invasión soviética, mi amigo había estado preso con Tahir en Jalalabad. Él logró salir, pero Tahir no. Mi amigo no tenía la certeza, pero estaba bastante seguro de que Tahir había sido ejecutado.

Espero que se haya equivocado. Pero sé que no.

------

Este texto se publicó originalmente en Jacobin. 

Traducción de Valentín Huarte.

El 28 de abril de 1978, hace más de cuarenta años, los comunistas lograron hacer una revolución en Afganistán. Mi amigo Tahir Alemi fue uno de esos comunistas. Era un buen tipo, generoso y amable, y quería cambiar el mundo.

...
El artículo solo se encuentra publicado para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Jonathan Neale (Jacobin)

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí