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MEDITERRANEANDO. UN ROAD TRIP POR LOS PIGS (II)

¿No tendrá por casualidad la Grappa del Duce?

Por debajo de los Alpes, la banalización del fascismo ha llegado al paroxismo en los tiempos de Salvini y Meloni, gracias también al ‘ventennio’ berlusconiano

Steven Forti 3/08/2021

<p>Vistas del Gran Sasso, macizo de la cordillera de los Apeninos (Italia).</p>

Vistas del Gran Sasso, macizo de la cordillera de los Apeninos (Italia).

S.F.

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A Gabriele D’Annunzio se le conocía como el poeta vate. A nosotros, cuando nos tocaba estudiarlo en la escuela, nos gustaba llamarle el poeta váter: nos parecía un término más adecuado para definirle. Ahora no recuerdo bien, pero imagino que influyó la leyenda que circulaba sobre la coprofilia de D’Annunzio. Se decía que en su palacete había construido una plancha de cristal con un agujero en el medio para poder ver a las mujeres mientras cagaban. Alguien sostiene que también era coprófago. Vete a saber. Se dice algo similar también de Hitler. Resumiendo: malos y perversos. Las leyendas urbanas sobre el poeta váter son, de todas formas, inigualables: una dice que se hizo quitar unas costillas para poder practicar sexo oral él solito y otra que se ponía cada noche un pijama con un agujero a la altura de los genitales para poder echar un polvo sin que tuviese que mostrar, cuando ya era mayor, su físico en decadencia.  

Probablemente sea cierto que D’Annunzio fue un gran escritor, pero se le encumbró demasiado en su tiempo. Además de narcisista empedernido y egocéntrico hasta la médula –lo que no resulta demasiado extraño en la profesión– fue, sobre todo, un nacionalista rancio y fanático. La participación del autor de Il piacere en las manifestaciones que pedían la intervención en la Gran Guerra fue crucial para que Italia entrase en la contienda, en 1915. Su definición de la victoria mutilada –una victoria a medias, que culpaba a la Entente de que Italia no hubiera obtenido los territorios que le tocaban–, así como la ocupación de Fiume –la actual ciudad croata de Rijeka– con unos cuantos centenares de excombatientes marcó la primera posguerra, creando un terreno abonado para que, en octubre de 1922, el fascismo llegase al poder. 

No se puede decir que a D’Annunzio no le faltase genialidad. A finales del siglo XIX, hizo filtrar la noticia de que había muerto para reaparecer unas semanas después vivito y coleando. Incluso su madre pensaba que la había palmado. Un cachondo, vamos. Durante la guerra fue protagonista de acciones heróicas y locas como el vuelo para lanzar panfletos propagandísticos sobre Viena. Tras el fracaso de la acción de Fiume, el apoyo que dio –a su manera, obviamente– al régimen de Mussolini le valió una jubilación dorada. Se le controlaba para evitar que se le ocurriese alguna provocación, pero se le permitió montar su palacio real sui generis en Gardone, a orillas del lago de Garda, donde vivió hasta su muerte en 1938, arropado por sus amantes y sus secuaces que le consideraban una especie de rey sin reino. Un personaje épico y trágico, excesivo y francamente empalagoso. Muy cansino, a fin de cuentas.

La entrada del Vittoriale degli Italiani, La casa-museo de  D’Annunzio, en Gardone. / Fotografía: Steven Forti

No tengo idea de por qué KITT me llevó delante del Vittoriale degli Italiani –este es el nombre del palacete muy kitsch de D’Annunzio en Gardone. ¿Quizás fue por la estatua de Costanzo Ciano que había visto en el Museo Técnico Naval de La Spezia? Ciano, jerarca fascista –su hijo Galeazzo, además, se casó con la hija de Mussolini–, fue protagonista junto a D’Annunzio de la beffa di Buccari, una acción militar casi suicida que, a principios de 1918, llevó el poeta, Ciano y a otro menda a entrar en una bahía istriana controlada por los austrohúngaros sobre lanchas motoras dotadas de torpedos. La acción fue prácticamente irrelevante desde el punto de vista militar, pero elevó la moral de las tropas italianas, deprimidas tras la gravísima derrota de Caporetto. D’Annunzio, además, dejó un mensaje épico-poético –que dudo que los Habsburgo entendiesen– en tres botellas con los colores de la bandera italiana. Lo dicho: un cachondo.

La estatua de Costanzo Ciano en el Museo Técnico Naval de La Spezia. / Fotografía: Steven Forti

“Si te gustan los fachas, pues, toma: ¡dos tazas!”, me dijo KITT mientras me despertaba de la siesta. Gardone, para más inri, se encuentra a pocos kilometros de Salò, la pequeña ciudad que fue la capital de la República Social Italiana entre 1943 y 1945. Mussolini, detenido por el rey Víctor Manuel III cuando los Aliados controlaban ya Sicilia, fue liberado por los alemanes unas semanas más tarde y puesto en la Jefatura de un Estado títere de los nazis en el norte de la península. El Duce, viejo, amargado y un poco chocho, se rodeó de los más fanáticos, además de algún que otro personaje inesperado, como el excomunista Nicola Bombacci que creyó ver en el fascismo la verdadera realización del socialismo. A finales de abril de 1945, tras haberlos fusilado, los partisanos los colgaron por los pies en la gasolinera de piazzale Loreto en Milán. Cosas que pasan. 

Para intentar salvarme de la deriva fascista-nostálgica que estaba tomando mi road trip, decidí pegarle un toque a Marco, un amigo psicólogo que vive por aquellos lares. “Te llevo a comer bigoli freschi con le sarde di lago en el puerto de Villa di Gargnano”, me comentó a la primera. Dicho y hecho. Unos cuantos vasos de Chiarello, un vino rosado fresco de la zona, me abrieron el estómago para que estos peculiares espaguetis, acompañados por las sardinas del lago de Garda recién pescadas, cortaditas a pequeños trozos y aliñadas con ajo, perejil y aceite de oliva, me permitiesen recomponerme.

El puerto de la Villa di Gargano, en el lago de Garda. / Fotografía: Steven Forti

El Vittoriale lo había visto hace unos años y no me apetecía matar la tarde bochornosa entre los extraños objetos de culto a la memoria del poeta váter. Recordaba que en frente de la entrada había una tienda de souvenirs para nostálgicos del régimen: camisetas con el perfil marmóreo de Mussolini, banderas con el fascio littorio, botellitas de la “grappa del Duce” y otras cosas por el estilo. Dimos una vuelta, pero la tienda ya no seguía ahí. Dudo de que sea porque esas chatarras no encuentren compradores: por debajo de los Alpes, la banalización del fascismo ha llegado al paroxismo en los tiempos de Salvini y Meloni, gracias también al ventennio berlusconiano. Después de otra respuesta negativa por parte de una camarera –“Cuando viniste la última vez tenía cinco años. Yo que sé de esas tiendas para gilipollas”– decidimos abandonar la investigación y pedir un par de negronis, que se convirtieron rápidamente en cuatro y luego en seis. Necesitábamos otra siesta y llamé a KITT. Sus asientos son extremadamente cómodos.

Cuando nos despertamos, aún resacosos, no teníamos ni idea de dónde estábamos. Desde las ventanillas no se vislumbraba nada parecido al lago de Garda. No había olivos ni limoneros y era ya de noche. El cabrón estaba riendo. Bajamos del coche, hacía frío y nos dimos cuenta de que estábamos en medio de las montañas. “¿A dónde nos has llevado esta vez?”, le espeté ya desesperado. “¿Querías souvenirs fascistas? Aquí los tienes, mamón”, me soltó KITT con sorna. Ese grandísimo capullo nos había dejado delante del Hotel Campo Imperatore, debajo del macizo del Gran Sasso. Estábamos en medio de los Abruzos, la región donde, había nacido D’Annunzio.

El hotel ‘Campo Imperatore’, ya cerrado, donde estuvo detenido Mussolini en el verano de 1943. / Fotografía: Steven Forti

En ese hotel, Mussolini estuvo detenido en el verano de 1943: a mediados de septiembre un puñado de paracaidistas nazis, con Otto Skorzeny a la cabeza, lo sacaron de ahí y lo llevaron a ver a Hitler. El coronel de las Waffen-SS Skorzeny, por cierto, se refugió, tras el fin de la guerra, en España, donde vivió tranquilamente hasta su muerte. Vielen dank, Paquito… Estábamos a 2.100 metros de altura, no había nadie y hacía realmente un frío del copón. “¿Qué cojones hacemos ahora?”, preguntó Marco. Volvimos al coche e intentamos dormir. A la mañana siguiente, cuando abrimos los ojos, había ya unos cuantos excursionistas que se preparaban para subir a la cima del Corno Grande. Desde sus casi 3.000 metros de altura, en un día soleado, se pueden ver, al mismo tiempo, el mar Tirreno y el mar Adriático. Buscamos un café, pero el hotel estaba chapado. “Lleva cuatro años así. A ver si lo arreglan. Han presupuestado 10 millones de euros, pero aquí es todo un mamoneo”, nos explicó un hombre que vendía chatarras y pseudo-suvenires. Mientras tanto, estaba recortando unas fotografías de Mussolini para convertirlas en imanes. “Y esos, ¿quiénes los compran?”, le preguntamos. “Gente que quiere hacer regalos a sus amigos”, nos contestó sibilino. “¿Tienes también Grappa del Duce?”, le solté. “No, esa ya no se encuentra desde que chaparon el hotel. Pero si queréis, podéis ir a un pueblo cercano para ver un graffiti del ventennio”.

Vendedor de imanes con la cara de Mussolini delante del hotel ‘Campo Imperatore’. / Fotografía: Steven Forti

Presos de la curiosidad, bajamos hasta Calascio. Su castillo, la Rocca Calascio, es una verdadera maravilla. Hace unos años, The New York Times lo incluyó entre los mejores castillos del mundo. Ahí rodaron varias películas con ambientación medieval, como Lady Hawk, con Michelle Pfeiffer y Rutger Hauer. El panorama es grandioso por su belleza. “¿Y el graffiti?”, me preguntó Marco. Nos topamos con él, casi por casualidad, a la salida del pueblo. “Credere obbedire combattere”, recién restaurado, en la pared de una casa.

Grafiti del ‘ventennio’ fascista en una casa en el pueblo de Calascio. / Fotografía: Steven Forti

“¿Y la próxima etapa qué va a ser? ¿La tumba de Mussolini en Predappio? ¿Me quieres volver loco dando tumbos arriba y abajo por toda Italia?” le solté a KITT. “No te pongas nervioso, chaval. Y prepárate para cruzar el Adriático”. Mientras tanto, Marco se hacía el sueco y empezaba a cocinar unos arrosticini para matar el tiempo. No pude hacer otra cosa que abrir una botella de vino tinto y brindar por el verano.

A Gabriele D’Annunzio se le conocía como el poeta vate. A nosotros, cuando nos tocaba estudiarlo en la escuela, nos gustaba llamarle el poeta váter: nos parecía un término más adecuado para definirle. Ahora no recuerdo bien, pero imagino que influyó la leyenda que circulaba sobre la coprofilia...

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Autor >

Steven Forti

Profesor asociado en Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.

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