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SIMON KUPER / PERIODISTA DEPORTIVO

“Messi tiene mucho más en común con un jugador del Madrid que con un culé cualquiera”

Sebastiaan Faber 29/08/2021

<p>Simon Kuper.</p>

Simon Kuper.

Cedida por el entrevistado

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En diciembre de 1981, Simon Kuper se llevó uno de los mayores chascos de su vida. Tenía 12 años, de los que llevaba seis viviendo en Holanda, donde su padre, un antropólogo sudafricano, ocupaba un puesto universitario. La gran noticia de aquella semana –lo recuerdo bien, soy de la misma edad– era el regreso de Johan Cruijff a las canchas patrias. La leyenda viva del fútbol holandés, con 34 tacos mal llevados, volvería al Ajax, ocho años después de dejar el club para jugar con el Barça. El joven Simon, muy futbolero, le imploró a su padre que le llevara al partido de aquel fin de semana, que el Ajax jugaba en casa. Incluso llamó para averiguar si estaban agotadas las localidades. “No se agotan nunca”, le dijeron por teléfono. “Pero cuando llegamos al estadio”, recuerda Kuper en su último libro, “ya no quedaban entradas. Lloré”.

“Ya no vivo el fútbol con la misma intensidad emocional de entonces”, confiesa casi cuarenta años después. “Lo sigo disfrutando, claro está, pero para mí el juego ha perdido su magia. Conozco demasiado de lo que ocurre detrás de las fachadas. Incluso tengo que reprimirme para no mirar con cierto desdén o irritación a los hinchas, sobre todo en Inglaterra”.

Once años después del chasco juvenil, Kuper se llevó otro similar. Cuando se presentó como joven periodista en el Camp Nou para entrevistar a Cruijff, le dieron largas y acabó tomando un café con su asistente, Tonny Bruins Slot. No fue hasta el año 2000 cuando pudo, por fin, conectar con su ídolo: es más, quedaron en que le entrevistaría cada semana para un periódico inglés mientras durara la Eurocopa. A las dos semanas, Cruijff se mosqueó y renegó del acuerdo. No volverían a hablarse.

Kuper (Kampala, Uganda, 1969) se crio en África, Países Bajos e Inglaterra; afincado en París, escribe para el Financial Times de Londres. Es autor ¡El fútbol es así! (con Stefan Szymanski) y Fútbol contra el enemigo. Su libro Barça: The Inside Story of the World’s Greatest Football Club (la intrahistoria del club de fútbol más grande del mundo) acaba de salir. Además de narrar la historia del auge del Barça de las manos de, primero, Rinus Michels y Cruijff y, después, de Pep Guardiola y Leo Messi, el libro explica cómo el final de la hegemonía blaugrana tuvo dos causas principales: el triunfo europeo del cruyffismo, que otros clubes imitaron y continuaron desarrollando; y la complacencia de un Barça que acabó tan dependiente de la genialidad de Leo Messi –cada vez más caro– que se hizo “perezoso”, dejó de innovar y acabó, para colmo de males, con una deuda paralizante.

En su libro, explica que los jugadores se han hecho cada vez más poderosos en el fútbol. También argumenta que la conexión emocional de los futbolistas con su club es mucho menor de lo que se suele asumir. Lo ven, ante todo, como la entidad que les paga el sueldo.

A los jugadores lo que les preocupa, incluso más que el dinero, es su carrera. Su relación con el club es tan distanciada como la que yo tengo con el periódico para el que escribo. Incluso un futbolista como Steven Gerrard, uno de los mayores íconos del Liverpool, confiesa en su autobiografía que por poco llega a fichar por el Chelsea. Hay que recordar que para los futbolistas, jugar es, ante todo, un trabajo. Eso sí, les interesa estar con un club que tenga prestigio y gane premios.

Messi lloró cuando tuvo que dejar el Barça.

Lloró porque no entendía qué estaba pasando y porque ni él ni su familia querían irse de Barcelona. Pero por más cómodo que estuviera en Catalunya, no creo que tuviera una relación particularmente afectuosa con los hinchas del club, que más bien le complicaban la vida diaria. En el fondo, Messi tiene mucho más en común con un jugador del Madrid que con un culé cualquiera.

Hace un momento decía que a usted, como periodista, le cuesta no mirar con desprecio a la afición, que vive una ilusión que usted sabe falsa.

Bueno, digamos que lo que siento hacia ellos es la distancia que sentiría un antropólogo.

¿Cómo es su relación con los jefes de prensa de los clubes, cuyo trabajo es mantener esa ilusión?

No creo que muchos jefes de prensa lleguen a pensar en ese nivel de abstracción. Están allí por algún enchufe o por su conexión con el club, no necesariamente porque sean muy buenos en su trabajo. Hay excepciones, claro; la gente del Barça me ha ayudado mucho –de hecho, su amabilidad me ha permitido escribir este libro– y también en el Ajax son bastante profesionales. Pero generalmente los jefes de prensa te ponen muchas trabas para hablar con jugadores y entrenadores. A los periodistas no creo que nos tengan demasiado respeto.

Tampoco lo suelen tener los entrenadores. Pienso en Louis Van Gaal, Pep Guardiola o el mismo Cruijff.

¡Si a Cruijff le encantaban los periodistas porque eran los únicos que le dejaban que discurriera horas y horas! (Risas.) No había nadie más que se lo aguantara, ni el entrenador, ni sus compañeros de equipo, ni su mujer.

¿Cruijff no dijo que si una persona se dedica al periodismo deportivo será porque no entiende de fútbol?

Ya, pero Cruijff estaba convencido de que nadie en el mundo lo entendía tan bien como él.

¿Está justificado ese desdén hacia el gremio del periodismo deportivo? ¿Qué impresión le causan sus colegas?

A los jugadores lo que les preocupa, aun más que el dinero, es su carrera. Su relación con el club es tan distanciada como la que yo tengo con el periódico para el que escribo

A algunos les admiro bastante, como al inglés Michael Cox, que escribe muy bien sobre táctica. Otros no tienen mucho que decir. La mayoría de los periodistas ingleses directamente no entienden de fútbol. Por eso son incapaces de observar un partido de verdad y, a la hora de comentarlo, no tienen otro remedio que quedar en lo anecdótico. Por otra parte, si te toca comentar varios partidos cada semana, no tarda en llegar el momento en que no hay más que decir. En mi experiencia, las historias más ricas las descubres al conectar el fútbol con otros campos, como la sociología o la antropología.

En los últimos 40 años, el fútbol y todo lo que le rodea ha cambiado profundamente. En su libro describe en detalle cómo, gracias en gran parte al Barça, el juego se ha modernizado, haciéndose más complejo y más bello. Por otra parte, el auge mundial del fútbol y el dinero que ha generado también ha incrementado la corrupción, por no hablar de otros muchos abusos. Hay aficionados en el mundo entero que han dejado de acudir a su club local porque prefieren ver al Barça, al Mánchester o al PSG en la tele. Los brasileños y africanos sufren al ver cómo las ligas extranjeras reclutan a casi todos los jóvenes talentos en una especie de extracción perversa de recursos humanos...

Mi visión es bastante menos pesimista. No estoy seguro de que haya crecido la corrupción, por ejemplo. ¿Te acuerdas de los desmanes de los años 70 u 80? Entonces también se amañaban partidos. Eso sí, en términos de dinero lo de antes era de poca monta comparado con lo que ocurre hoy. Y es verdad que la presencia de Qatar en París, sin ir más lejos, es un problema. Pero es un problema tan político y económico como futbolístico. Por lo demás, no compro la idea de que el pasado fuera mejor. Es indudable que había más hooliganismo, más racismo y muchísima más discriminación contra las mujeres. Es verdad que hay muchos chicos brasileños que acaban reclutados por academias extranjeras. ¿Y qué? Puede que así ayuden a su familia. Y un nigeriano que se es hincha del Mánchester posiblemente sienta mucho placer o incluso cierta dignidad de sentir esa conexión con algo más grande.

Su lógica es utilitaria: si el fútbol produce más placer, es bueno.

Hay una tendencia a idealizar lo local. Pero incluso Cruijff contaba que, de niño, sintió una gran admiración por el fútbol inglés, por el Liverpool, el Arsenal y el Mánchester, sin que se inclinara por un club en particular. Así también hay personas en la China hoy que simplemente disfrutan de ver partidos de la Liga. Esto no necesariamente es malo para el fútbol local. En Holanda, los clubes locales van muy bien.

Pero quizá en Nigeria no tanto.

Lo que sí ocurre es que en ciertos países ya no hay tantos jugadores buenos. El problema de África en relación con la globalización no es tanto que se la explote como que se la ignore. Lo ves en los equipos nacionales africanos, que tienen muchos más jugadores criados y entrenados en Europa que en África. Pero esto ocurre porque en Europa se enseña mejor el fútbol.

Y sin embargo hay iniciativas que amenazan al mismo espíritu del deporte. Cuando se anunció la Superliga europea, usted mismo escribió que era una iniciativa puramente neoliberal que ignoraba los principios fundamentales del juego. También dijo que las protestas inmediatas de las aficiones posiblemente prefiguraran un cambio político: un hartazgo generalizado con el neoliberalismo. Ese potencial político de los hinchas, ¿se limita a las comunidades locales o también incluye a esos nuevos públicos globalizados?

Creo que es todo bastante más relativo. Hay fans en otros continentes que sienten una conexión más íntima con clubes europeos que la gente local. Sí es verdad que, cuando se anunció la Superliga, en plena pandemia, las protestas más inmediatas y visibles eran de esos núcleos locales, que más tiempo y energía invierten en su pasión. Pero estoy convencido de que su sentimiento de horror ante la Superliga lo compartíamos muchos.

Pero ese horror ante la perversión que suponía la iniciativa de Florentino Pérez y compañía, ¿de verdad lo ve convirtiéndose en una postura política de rechazo más general ante el neoliberalismo?

Me imagino que muchos aficionados que son votantes de derecha lo seguirán siendo.

Ante la comercialización del fútbol mundial, hay quienes ven en el fútbol femenino la salvación del juego. Cuando el Barça contrató a Lieke Martens, en 2017, se colgaron carteles por toda la ciudad con su imagen junto a la de Messi. Pero si no me equivoco, el salario de Martens es de 180.000 euros, una mínima fracción de lo que ganaba el argentino.

El problema de África en relación con la globalización no es tanto que se la explote como que se la ignore

La gente habla del fútbol femenino en los mismos términos románticos que a veces suscitan los Juegos Olímpicos. “¡Qué bonito!”, dicen, “¡jugadoras que lo hacen por el amor al juego y no por el dinero! ¡El fútbol femenino es el fútbol auténtico!” Cuando la verdad es muy distinta y muy sencilla: las futbolistas femeninas lo que quieren, con razón, es ganar tanto como los hombres. Y si esa igualdad existiera, el fútbol femenino sería igual de comercial que el de los hombres. Por otra parte, en mi vida he entrevistado a muchos jugadores y la gran mayoría no es mala gente, por más que se les retrate así. Viven una vida muy rara, pero tú y yo tampoco seríamos los mismos si nos pagaran 300.000 por semana. 

El declive del Barça se debe, en gran parte, a la explosión salarial, un efecto cascada de los contratos cada vez lucrativos que negociaba Messi –o, mejor dicho, su entorno–. ¿También ha sido un factor la corrupción?

No creo que sea un factor decisivo. Es verdad que siempre ha habido cierta corrupción. Pero también hay que recordar que no se es presidente del Barça para ganar dinero. Como empresarios que son, ganarían más con sus empresas. Cometen actos ilegales, pero no con el fin de enriquecerse. En Barcelona lo que cuenta es el prestigio y la popularidad locales; de ahí esas campañas en las redes que organizaba Bartomeu. Que el padre de Messi negociara contratos cada vez más lucrativos, y que los Messi evadieran impuestos, ¿es corrupción? No lo creo, aunque quizá sea poco ético. 

Messi siempre ha tenido al padre, pero los talentos actuales contratan cada vez más a profesionales. ¿Cómo valora el efecto que han tenido agentes como Mino Raiola o agencias como Rogon, que animan a jóvenes como Ilaix Moriba a ser más exigentes y cambiar de club si hace falta? La sed de dinero de esos agentes, ¿estropea el juego?

Habrá casos, en efecto, en que un agente empuja a un jugador por interés propio. Pero hace algunos años entrevisté a Raiola y, si te digo la verdad, me pareció una de las personas más inteligentes con que me he encontrado en el fútbol, un mundo en que, dicho sea de paso, no sobra la inteligencia. Argumentó de forma bastante persuasiva que él, como agente, protege los intereses del jugador mucho más que cualquier club. Para el club, un jugador no deja de ser una herramienta, un objeto que pueden usar o vender como mejor les convenga. En cambio, él, como agente, solo piensa en el jugador y en lo que le conviene a largo plazo. Es posible que los agentes sean malos para los jugadores, pero los clubes son peores todavía.

Sin Messi y sin dinero, el Barça tendrá, por fuerza, que recurrir mucho más a la Masia. ¿Cómo ve el potencial de la cantera?

No soy optimista. Por un lado, el modelo de la Masía ya no es particular del Barça. Todos los grandes clubes han aprendido a organizar sus canteras de forma similar y producen jugadores similares. Por otra parte, la Masía ha producido una sola gran generación de futbolistas. Yo no creo que, a estas alturas, la cantera le vaya a bastar al Barça para volver a los niveles de antes.

Cuando por fin pudo entrevistar a Cruijff, en 2000, él no tardó en pelearse con usted. ¿Qué pasó?

Cruijff había quedado con un periódico que yo le entrevistaría cada semana durante la Eurocopa para después escribir una columna; a cambio, el periódico donaría cierta cantidad a la Fundación Cruijff. Cuando había hablado una vez con él, cambió de opinión y nos hizo saber que las demás columnas se deberían escribir sin esa entrevista semanal. Por ese entonces yo también escribí una pieza literaria sobre lo que significó, para mí, por fin encontrarme con el ídolo de mi juventud. Cuando Cruijff se enteró, se mosqueó porque le parecía que yo había abusado de su confianza.

¿Aprendió algo del episodio?

Quizá no debí haber usado una misma entrevista para dos medios diferentes. Hoy no lo volvería a hacer sin antes acordarlo con el entrevistado. Sobre Cruijff aprendí que él era una persona que nunca paraba de negociar, incluso cuando los otros partidos pensaban que el acuerdo estaba finalizado. Lo mismo ocurrió cuando iba a ser entrenador del equipo nacional de Holanda. Todo parecía haberse cerrado, cuando de repente resultó que no.

¿A qué se debía esa actitud?

Creo que tenía que ver con el hecho de que Cruijff siempre se rodeaba de una especie de mafia de empresarios fracasados, personas de baja calaña que buscaban sacar su tajada. Después, tuve la oportunidad de hablarlo con Johnny Rep, gran jugador y excompañero de Cruijff. Me dijo: “Ah, sí, claro, Johan es así”. Pero acto seguido me imploró que no le contara a nadie lo que me acababa de decir. Me quedé de piedra. Era el gran Johnny Rep, tenía más de 50 años, y ¡le tenía miedo a Johan Cruijff! Dijo: “Es que Cruijff puede destruir a cualquiera”. 

En diciembre de 1981, Simon Kuper se llevó uno de los mayores chascos de su vida. Tenía 12 años, de los que llevaba seis viviendo en Holanda, donde su padre, un antropólogo sudafricano, ocupaba un puesto universitario. La gran noticia de aquella semana –lo recuerdo bien, soy de la misma edad– era el regreso de...

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Autor >

Sebastiaan Faber

Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College. Es autor de numerosos libros, el último de ellos 'Exhuming Franco: Spain's second transition'

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