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CROWDKILLING (Y III)

El orangután es la víctima

Tercera y última entrega de ‘Crowdkilling’, un deslumbrante relato sobre los crímenes sistémicos en los que todos participamos

Víctor Sombra 21/08/2021

<p>Un orangután lucha contra la excavadora que destroza su hábitat (Indonesia, 2018).</p>

Un orangután lucha contra la excavadora que destroza su hábitat (Indonesia, 2018).

Animal Rescue

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A las siete y media de la mañana el profesor Chichepotiche llegó a la residencia. La puerta estaba cerrada, pero podía ver perfectamente el vestíbulo y la recepción, la puerta de los ascensores y el inicio de un pasillo. Todo igual de vacío y silencioso que la calle. Esperó hasta las ocho y llamó por teléfono a Amalia, que no respondió. Esperó diez minutos más y volvió a llamar, sin apartar la vista de los ascensores. Quiso darse aún cinco minutos, pero enseguida estaba llamando al timbre, al principio poco a poco, después sin soltar el dedo. Ante la falta de respuesta, empezó a golpear el marco de la puerta.

Un guardia de seguridad con guantes y una pantalla protectora de plexiglás se acercó a la puerta.

—¿Qué quiere? La residencia está cerrada.

—Estoy esperando a una residente. Amalia Pangaso, de la habitación 232.

—La residencia entera está en cuarentena. Nadie puede salir.

—He quedado con ella. Si puede salir por su pie no se lo pueden impedir. Usted puede ayudarme a traerla hasta la puerta.

—¿Es usted de su familia? —preguntó el guardia. Los dos ojos negros fijos en los suyos, encuadrados por la mascarilla y la gorra: el miedo y la urgencia eran muy parecidos a los que Chichepotiche sentía.

—No, pero soy un amigo muy cercano.

—Espere un momento.

El guardia se alejó por el vestíbulo y desapareció por un pasillo lateral.

Chichepotiche se dio la vuelta. El taxi que le había traído seguía en su sitio, pero la falta de otros coches y viandantes realzaba las paredes de los edificios, los comercios con el cierre echado. En el edificio de enfrente todos los balcones estaban cerrados, pero en el contiguo una señora bebía de una taza grande y miraba hacia el principio de la calle. Desde otro balcón un chico joven no le quitaba los ojos de encima. Sonreía, pero su sonrisa era condescendiente, no, compasiva. ¿Por qué le estaba dando pena a ese chico? Alguien tocó el cristal de la puerta y Chichepotiche se dio la vuelta. Era otra vez el guardia:

—La señora Pangaso no está bien. No puede bajar.

Chichepotiche volvió a golpear la puerta, pese a que el guardia estaba a su lado, al otro lado del cristal.

—Póngame por teléfono con ella. Déjeme pasar un momento, solo hasta el teléfono interno —dijo señalándolo sobre el mostrador de recepción.

—No puedo dejarle pasar. La señora Pangaso no está bien. No podría hablarle.

—¿Hablarme? Ayer por la tarde estuve charlando con ella más de una hora. ¿Por qué dice eso? ¿Qué tiene?

—¿A mí me lo pregunta? ¿Qué cree usted…? —dijo interrumpiéndose—. No puedo ayudarle.

El profesor corrió hasta su taxi. Al llegar al piso de Amalia buscó en sus papeles el número de un profesor de la Facultad de Economía al que había invitado hace años a unas jornadas en Ginebra. Este le dio el teléfono de un abogado que se ocupaba de temas sanitarios. Le contó atropelladamente su visita a la residencia y concluyó con su propia opinión:

—Fuerzan la mano para imponer la cuarentena. Es un secuestro.

El abogado no estaba de acuerdo.

—Las instrucciones de las autoridades sanitarias estipulan que si su amiga está enferma de covid debe permanecer aislada, pero las residencias están desbordadas. Les preocupa más superar las muertes masivas y el caos que afrontan. Y la imagen que dan, cómo se acabará contando esta carnicería. Si les propone un modo ordenado de que salga un enfermo por su propia voluntad, no pondrán problemas.

—Amalia quiere salir. Hablé con ella anoche. Yo puedo ayudarla, no me importa que esté enferma.

—Aunque suene egoísta, hace bien en intentar sacarla. Si la lleva usted al hospital puede que la acepten. Desde la residencia es imposible, niegan todos los ingresos. Es una instrucción general en Madrid. A cambio han prometido medicalizar las residencias, pero eso no está pasando.

—¡Ayúdeme a sacarla de allí!

—Vamos a hacer una cosa, profesor. Voy a hablar con un notario y después contactaré al director de esa cadena de residencias, creo que puedo llegar hasta él. Luego el notario, usted y yo nos vamos a presentar en la residencia para que levante acta de que se dan las condiciones para la salida voluntaria de su amiga. Espéreme en su casa y le recogeremos en un taxi esta mañana.

Para Poe el misterio es un mero enigma intelectual, un desafío al raciocinio que se afronta como un mero juego

El profesor trató de volver sobre su escrito para hacer más llevadera la espera, pero se levantaba, caminaba inquieto y se volvía a sentar. Solo se calmó al encontrar las notas en que él reflejaba la opinión Amalia sobre su escrito:

“A Amalia le gusta que mi texto omita las consecuencias sociales de la descoordinación del mercado. Que haya tan poco sobre el resultado del desencuentro entre oferta y demanda le parece una estrategia narrativa acertada. Justamente –dice– eso se va a preguntar el lector y se irá imaginando respuestas, a cada cual más atroz: bajadas de salarios, reducción de la higiene y seguridad de los productos, trabajo infantil, devastación medioambiental, comisiones, corrupción, intimidación y crimen. Todo vale en el reino de la sobreproducción y la escasez para forzar esporádicos encuentros, para hacernos creer que esos entendimientos aislados son la regla general. Y sobre todo que gozan de un consenso en el que todos participamos, lo mismo cuando volvemos del super con una bolsa de mierda que cuando dejamos de ir al dentista porque no todos los dientes son iguales”.

Los comentarios de Amalia le animaron a leer su borrador de conclusión. A ella le gustará, se dijo:

“La novela negra debe dejar paso a un nuevo tipo de intriga cuyas herramientas serán mucho menos la ciencia forense y la psicología criminal que el análisis de mercados y la investigación económica. Con estas herramientas, una nueva narrativa pondrá en evidencia la inviabilidad del mercado como mecanismo de asignación de recursos en el nuevo entorno tecnológico. Los mecanismos cada vez más sofisticados de retroalimentación en los circuitos de producción, distribución y consumo, la inteligencia artificial y el tratamiento masivo de datos revelan la insuficiencia del mercado. Le vemos cojear, trastabillar y caer para acercar oferta y demanda. Lo que es peor, le vemos forzar la mano cada vez más: arrasar, sobreexplotar, recortar salarios y gastos mediante una producción que no conoce límites ambientales y sociales. Hacemos como que no vemos cuando soborna y liquida. Lo que haga falta para no bajarse del escenario. No le importa que la planificación económica domine cada vez más el funcionamiento de los oligopolios tecnológicos. No mientras sea una herramienta que afine la logística de productores y distribuidores y su anticipación del consumidor, es decir, que sirva para engrasar sus gestos, pero no quiere ni oír hablar de una planificación colectiva y democrática, que podría arrinconarle y para la que nos valdría una tecnología parecida”.[i]

 El teléfono sonó más fuerte que nunca.

—Lo siento, profesor. No podemos ir a buscar a Amalia –dijo el abogado y se interrumpió de forma abrupta.

—¿Por qué?

—La señora Pangaso falleció esta mañana. Cuando usted fue a la residencia se debatía entre la vida y la muerte. El director me ha contado que llegaron a desconectar el único respirador que tenían en la residencia, aprovechando que el paciente que lo utilizaba estaba un poco mejor. Se lo aplicaron a ella, pero fue inútil.

Chichepotiche ha escogido Los crímenes de la calle Morgue de Edgard Allen Poe como blanco principal de sus críticas. En ese pequeño relato, que muchos consideran la primera muestra del género negro, está ya inscrito el germen de su obsolescencia y conformismo. Poe parece ser consciente de ese momento fundacional y en los prolegómenos de la historia desgrana sus fundamentos de forma explícita. Es cierto que estos rasgos han quedado desvirtuados en muchas narraciones posteriores, pero aún resurgen continuamente con el prestigio de lo originario. Fijémonos en dos de los principales: la resolución del crimen mediante una especulación abstracta y la supresión del dinero.

Aclaremos antes que la trama del escenario inaccesible del crimen participa de ese carácter fundacional, es algo así como el no va más del desafío intelectual, y ha sido replicado posteriormente en multitud de historias. En la versión de Poe los cadáveres de una mujer y su hija se encuentran horriblemente mutilados en el interior de una vivienda, cerrada con llave desde el interior. Se trata de un cuarto piso desde el que se abren pequeñas ventanas, todas cerradas y sin ningún edificio u objeto cercano, salvo, a una distancia considerable, unos cables de la luz. El cadáver de la hija aparece boca abajo dentro de la chimenea, con signos de estrangulamiento, el de su madre, decapitado, en un patio interior. Aunque todo está desordenado en extremo hay muchos objetos de valor a la vista, un verdadero tesoro en joyas y dinero. La madre se gana la vida como vidente y pocos días antes ha sacado del banco una cantidad importante de dinero que aparece intacta en el apartamento.

Para Poe el misterio es un mero enigma intelectual, un desafío al raciocinio que se afronta como un mero juego. El crimen plantea un juego de ingenio, lo que contribuye sin duda a valorizarlo, lo mismo que a quien lo comete. El detective se enfrenta al enigma para medirse consigo mismo, como un jugador desinteresado, por placer, no por profesión, obligación o dinero. Si el crimen es un juego, el criminal lo plantea, reparte las cartas al detective. Vendría a ser el croupier, aunque a veces se crea el dueño del casino o la timba.

Poe compara el raciocinio necesario para la resolución de misterios criminales con los juegos de mesa, ya que en ambos se precisa una capacidad de análisis conforme a reglas precisas en que, como mucho, cada jugador trata de informar los lances del juego con las reacciones de los contrincantes –un suspiro, las manos crispadas, una sonrisa irreprimible–, pero sin llegar a cuestionar nunca las reglas que sostienen la partida, y mucho menos el entorno que lo hace posible. A nadie le importa cómo ha llegado cada jugador a la mesa ni quién organiza la partida; al contrario, todo esto se borra del juego, hasta el punto de que luego, por extensión, la cancelación del entorno se aplica también a los espacios en que el juego tiene lugar, y se dice de alguna de sus mecas que lo que allí sucede, allí se queda[ii].

Como prolegómeno y epígono al método utilizado en la resolución del caso, Arsenio Dupin asombra a su interlocutor y narrador, adivinando el punto exacto de sus reflexiones tras quince minutos de paseo en silencio por las calles de París. Dupin es capaz de responder a la pregunta que su acompañante se formula sobre un actor parisino, en ese preciso instante, gracias a que acierta uno a uno los hitos del razonamiento de este, con la sola ayuda de pequeñas pistas, tales como una mirada al cielo estrellado o el tipo de adoquinado de las calles que transitan. El raciocinio claustrofóbico del detective de Poe recuerda al que utiliza el hámster en su laberinto, que alterna los pasillos sin salida con las nueces, ruedas y trampillas. El problema de Dupin es que la elucubración está sobredimensionada y la capacidad de escucha atrofiada. Dupin no escucha. No le hace falta un interlocutor porque es capaz de imaginar y adivinar durante quince minutos sus reflexiones y entablar por tanto la conversación en su propia mente.

En segundo lugar, como en todo juego decente entre caballeros el dinero no cuenta. No es ya que Dupin, el detective, actúe por amor a la especulación pura y el ingenio, sino que al criminal el dinero le trae sin cuidado, asesina a sus víctimas y deja un tesoro a la vista sin tocar. A las víctimas, que acababan de pedir al banco una fortuna para llevársela a casa, sí les importaba, y a los lectores también, pero el texto nada dice de cómo se ganaban el dinero y por qué lo trasladaron de golpe del banco a la casa. Poe no nos da ninguna oportunidad, pero entendemos bien su mensaje: “Chitón, el dinero no importa”.    

Una vez concluida su especulación solitaria, el detective tiene poco que hacer. La reflexión le ha bastado para resolver el enigma y puede convocar a quien corrobore su solución y esperarle sentado. Por supuesto que esto no se sostiene, por mucho que Poe maquille sus especulaciones con gruesas capas de lenguaje pseudocientífico[iii]. Dupin no puede adivinar la pregunta que se hace su acompañante que lleva quince minutos callado y responderla en alto en el momento justo. No es que no exista esa cadena causal inexorable en los razonamientos del viandante: es que las señales del entorno o las de su expresión son demasiado débiles y equívocas para determinarla. Dupin puede imaginarla, eso sí. Lo mismo que puede imaginar que un orangután entró por la ventana con una navaja de afeitar, le rebanó la garganta a la madre, arrojó su cadáver al patio, y estranguló a la hija, embutiéndola boca abajo en la chimenea. Alborotó todo el cuarto, antes de salir por donde había entrado. Poe es bastante hábil en vestir el discurso de Dupin de un tono pseudocientífico y altivo para hacer pasar este disparate por una cadena inexorable de razonamientos.

Poe insiste en que algo inusual puede ser necesario, incluso la única explicación posible. Sin embargo, que un orangután salte desde el cable de la luz a una pequeña ventana del cuarto piso con una cuchilla en la mano y rebane la garganta de una persona desconocida y que estrangule luego a otra, no es solamente inusual, sino contrario a la etología del orangután[iv]. Para rebatir la solución de Poe basta con alejarse de especulaciones que, bajo un ropaje abstracto y pseudocientífico, esconden falta de conocimiento experimental y prejuicios que se asientan en la monstruosidad de lo que no forma parte del mundo “civilizado”. En esta historia, por mucho que le pese a Dupin y su alto raciocinio, el orangután es la víctima. Víctima de la trata y de la destrucción de su hábitat[v]. Chichepotiche propone diez soluciones distintas al enigma de supuesta resolución unívoca. Basta darle una función al dinero para que la historia se haga verosímil. Veamos algunas de ellas.

Mientras consumimos ficción criminal, reconfortados por lo que nos separa de las mentes averiadas que recreamos, olvidamos que participamos de la lógica criminal del sistema

Un trapecista convertido en sicario entró y salió por la ventana como se supone que hizo el orangután y cumplió la tarea con la misma fuerza y eficacia que el simio. Lo contrató un comerciante de la zona a la que las sesiones de vidente de la señora L’Espanaye habían arruinado. Supo que la vidente y su hija estaban a punto de huir al extranjero y decidió vengarse y cobrar el dinero perdido. Para confundir a la policía se limitó a llevarse el tesoro mucho mayor que encontró en la casa y que se correspondía con lo que él había entregado a la vidente y dejó en su sitio el tesoro que no consideraba suyo. Así evitaba dejar un rastro indeseable y despistaba a Dupin y otros altos especuladores.

Desde hacía unos días un socio de la señora L’Espanaye y su hija compartía el piso con ellas. Le dieron acceso de madrugada, vestido de las ropas de la madre, para que los vecinos no se percataran de su presencia. Este fornido joven había utilizado la información que le facilitaba la señora L’Espanaye, procedente de sus sesiones de videncia, para hacer inversiones con ventaja y desvalijar varias residencias parisinas de postín. La policía le seguía de cerca los pasos. por lo que se refugió en la casa de sus socias. Exigió que le entregaran su parte del botín con tanta insistencia que acabaron por pedir la cantidad al banco. No aceptó ese pago que podría inculparle y prefirió llevarse el tesoro mayor que guardaban en casa tras asesinar salvajemente a madre e hija. Salió del piso alcanzando a duras penas el cable de la luz y, aunque se accidentó al caer, pudo huir con su botín.

Entre todas las opciones que desmienten a Poe, prefiero las hipótesis que conservan al simio y que explican razonadamente su presencia en la ciudad, al tiempo que dan una función al dinero. Veamos. La vidente y su hija adquirieron el simio a un traficante que aprovechaba la desbandada de animales por la deforestación en Borneo. Enormes extensiones de selva sufrían el embate combinado de la tala y el fuego para obtener maderas preciosas y plantar palma para la extracción de aceite. Un fuego igual de pavoroso que el del verano negro australiano, pero constante y programado en función de la evolución de los beneficios por hectárea quemada o talada. Las nigromantes necesitaban la piel de un orangután para un ritual encargado por un bróker que buscaba un golpe de suerte para alinear a su favor los precios de una inmensa operación de compraventa de tierras raras. Madre e hija se dispusieron a envenenar y despellejar al simio pero calcularon mal la dosis de cicuta y el animal se despertó al sentir que la navaja le rasgaba la piel de la cara y decidió defenderse. Salió de la casa tal y como Poe imagina.

A Chichepotiche le parece sintomático que se sepa tan poco de la fortuna que guardan en casa la señora L’Espanaye y su hija. En el relato de Poe el dinero no tiene nada que ver con la motivación criminal; ese fabuloso tesoro de joyas y dinero es una pantalla desplegada para distraer al lector de las increíbles circunstancias del crimen. Lo lógico habría sido que el mono fuera la pantalla y el dinero la motivación. La novela criminal fundada por Poe y su interminable secuela de narrativa y ficción audiovisual ha terminado por cumplir este mismo papel de pantalla. Mientras pensamos en asesinos en serie, desmembramientos y atrocidades varias, dejamos de prestar atención al entorno letal. Esperamos a que el mono entre por la ventana blandiendo una cuchilla de afeitar mientras el aire se hace irrespirable, se recortan los salarios y se derrumban los sistemas públicos de salud y educación.

Una ficción como esta sirve también para distanciarnos del verdadero crimen y de sus agentes. Mientras consumimos ficción criminal en sus múltiples formatos, reconfortados por lo que nos separa de las mentes averiadas que recreamos con la lectura o las series, olvidamos que participamos de la lógica criminal del sistema y nos entregamos diariamente al crowdkilling en sus múltiples formas.

 El verdadero crimen de la calle Morgue es culpar al mono.

 Nullarbor

Tras el fallecimiento de Amalia, el profesor siguió viviendo en su casa. No es solo que fuera lo más seguro, ya que arreciaba la pandemia sobre Madrid, dentro y fuera de las residencias[vi], sino que quería acabar lo que estaba escribiendo. Sentía cierta responsabilidad hacia lo que Amalia había iniciado, como si la confluencia del incendio de Lothe y su estudio sobre la novela negra fuera bidireccional, aportando nuevos impulsos a su texto y llevándole ahora a rematar lo que Amalia había iniciado. Tenía que ocuparse de enlazar todas las historias y mostrar un respeto póstumo a su amiga. Y lo cierto es que no tenía prisa. Allí se sentía cerca de ella.

Un dato que le pareció que debía figurar en el texto final es el origen de los flotadores de secano, ya que encajaba bien con el artículo que ella proyectó sobre las fronteras entre ocio y trabajo. Aunque Amalia siempre pensó que fueron creados para los mineros del Occidente australiano, que cumplían largas jornadas bajo condiciones climáticas extremas, lo cierto es que testimonios recientes califican el primer uso de los flotadores como recreativo, al estar vinculados a las travesías anuales de Nullarbor, la inmensa llanura de piedra caliza que separa el este y el oeste de Australia. Árida y sin prácticamente árboles, como su nombre indica, sus 1.200 kilómetros frente a la Gran Bahía Australiana solo se consiguieron atravesar por vez primera en 1841. Edward John Eyre, al describir la proeza de los expedicionarios, señaló que este desierto era “una horrible anomalía, una mancha en el rostro de la Naturaleza, el tipo de lugar al que uno entra en un mal sueño”. Esta y otras descalificaciones sirvieron de acicate y desafío para organizar, como deporte de riesgo extremo, la Marcha Anual de Nullarbor (MAN). Y para resaltar el carácter deportivo y aventurero de estas peligrosas caminatas, nada mejor que llevar un flotador de secano en la cintura, con la cabeza del pato apuntando, como los propios pasos, hacia un horizonte de apariencia intratable.

Unos días después de la muerte de Amalia, Chichepotiche recibió la llamada de un sobrino de su amiga. El joven no estaba al tanto de que Amalia le hubiera dejado quedarse allí durante la pandemia. No parecía interesado en los dos artículos que ella preparaba ni en sus comentarios al texto sobre la novela negra, menos aún en la confluencia de todos los textos. Al cabo de dos semanas volvió a llamarle y le preguntó abiertamente cuándo se marchaba. Chichepotiche no podía ser muy preciso. No quería irse del piso, no al menos hasta que terminase de reconciliar sus escritos con los de Amalia. Por las noches, asomando la nariz por el embozo de su cama, pensaba en los paseos por Madrid, no lejos de esa casa, o se veía con Amalia en Ginebra, dando vueltas como peridoxos a la plaza de Plainpalais. Se pregunta por qué, entre tantos comentarios recíprocos sobre escritos y lecturas, no encontraron nunca un hueco para hablar de ellos dos, de las razones, más allá de la interdisciplinariedad, por las que les gustaba tanto charlar y caminar juntos, mirarse a los ojos. No tenía respuesta. Suspiraba, se giraba en la cama y con los ojos cerrados volvía a ver cómo caminaban juntos, esta vez al borde del lago Leman, alejándose en el pasado. Por la mañana se acercaba con un café a la mesa compartida y el sol que entraba por la ventana le parecía una invitación a continuar la tarea conjunta. 

El profesor había recabado algunos datos adicionales sobre el fatal desenlace de Ophelia Leight y Desmond Short, gracias a testimonios recogidos recientemente en revistas australianas, incluido un boletín anabaptista que los peridoxos comparten con algunas congregaciones amish y huteritas de Australia. Estas informaciones resultan especialmente valiosas, ya que Amalia Pangaso había cerrado sus escritos sobre las dos víctimas del incendio con una pregunta que le parecía especialmente inquietante: “¿Por qué no quedaban antes de salir ?”.

Amalia ya sabía por qué no quedaban, esto es, sabía que hacerlo era contrario a la fe peridoxa y a la sentencia de malpaso, con lo que la pregunta, si no era retórica, y no lo era viniendo de Amalia, buscaba prolongar la indagación, interrogaba en otras direcciones a partir del desencuentro fatal de  la pareja, que solo en apariencia puede tratarse como un encuentro. Es por ello que cualquier dato adicional sobre la última caminata de Ophelia y Desmond puede ayudarnos a medir el alcance de la pregunta.

El día de su muerte Ophelia había hablado con su hermano a la hora del almuerzo y con una vecina, poco antes de echarse a andar por las tierras comunales. En ambos casos les había relatado, muy divertida, su paso por la ferretería esa mañana. Por entonces el fuego era solo un lejano penacho de humo en el horizonte. El señor Forno no le había podido vender la pala que necesitaba para su huerto y le había explicado que había tenido que liberar varios estantes de la tienda y aún más del almacén adyacente para dejar sitio a unos amigos.

—¿Qué amigos? —preguntó ella.  

Con los ojos chispeantes y la risa floja que ella imitaría luego al relatar el suceso, Lawrence Forno le pidió que le siguiera. Le enseñó varios estantes de la ferretería ocupados por paquetes transparentes en los que se distinguía el ojo negro de un pato sobre una superficie de goma amarilla. Le llevó a la trastienda donde le mostró aún más estantes atiborrados de patos.

—Vas a tener que esperar a mañana para que te traiga la pala. He tenido que trasladar buena parte de la mercancía al almacén de la colina para despachar estos patos al ritmo que me los piden. Cada día hay más peridoxos dispuestos a utilizarlos para las tandas diarias de rezo deambulante. Quieren uno por cada miembro de la familia. Y no esperan, Ophelia, dicen que así flota el rezo y el paso.

Ophelia había oído hablar de los flotadores de secano que algunas hermanas utilizaban en el rezo. Como le recordó Forno, el Consejo de Sabios había sancionado su uso para ayudar a prolongar las tandas y llegó a calificarlos como ortopedia salvífica. Era importante que la caminata captase claramente el eco de la tierra que nos traía el susurro de lo alto.

Ophelia debió de pensar que nadie andaba tanto como ella, de sol a sol en pos de los pasos de su amado, y se sumó al instante a la pujante demanda de los patos. Salió con su paquete de goma amarilla bajo el brazo, en vez de la pala, después de recibir instrucciones precisas sobre cómo encenderlo y conectar las distintas corrientes de aire. Aún así al llegar a casa leyó los prospectos: el flotador de secano era un producto típicamente australiano. Era ideal para ocio y trabajo. Al ponerse el flotador un frescor incomparable se extendía por la cintura y las ingles al resto del cuerpo, al tiempo que se generaba un balanceo idéntico al que experimenta el que flota en el agua[vii]. No era de extrañar que últimamente viera a tantos peridoxos balanceándose en medio del campo mientras andaban. Sus pies alababan al Señor y sus ojos, entornados, buscaban el cielo.

Pero no nos alejemos de la pregunta de Amalia: “¿Por qué no quedaban antes de salir?”.

El rastreo de los teléfonos móviles de los fallecidos permitió determinar que Desmond se adentró en las tierras comunales a media mañana y Ophelia al principio de la tarde, cuando una gran humareda se alzaba ya en buena parte del horizonte. De hecho, la amiga con la que estuvo hablando en la calle principal trató de disuadirla de que saliera a andar por el campo y, cuando vio que iría de todos modos, trató de recomendarle la dirección más alejada del curso del viento, pero Ophelia no se dejó orientar. Ella buscaba otra guía, la que llevaba dentro, el “pequeño susurro” que le conduciría a Desmond. El que no escucharon ambos aquel día, hacía ya treinta años, de su primer desencuentro.

Sus trayectos trazan un gran círculo, salen en direcciones contrarias y se aproximan luego, y al hacerlo, se acercan también peligrosamente al frente de las llamas. La explicación de que no se alejaran de un modo más directo de ellas puede estar en que se buscaban uno a otro, la caminata se había convertido en una búsqueda desesperada entre el humo y el fuego para poner a salvo al amado. Por eso van recorriendo, en sentido contrario, sucesivamente, los lugares más comunes de sus encuentros. La señal de ambos se pierde en un área reducida, lo que quiere decir que estaban cerca uno del otro cuando sus teléfonos dejaron de funcionar. Y sí, se abrazaron antes de que sus cuerpos ardieran porque el plástico medio derretido de los dos patos apareció fundido uno con otro, preservado por un árbol caído que no acabó de consumirse. E incrustados en esa masa amorfa amarilla se encontraron restos de dientes de ambos amantes, huesos y hasta piel pegada al tronco quemado.

Se sabe por tanto el lugar exacto del encuentro de Ophelia y Desmond, su latitud y longitud precisa en el mapa, pero nada se sabe de la pregunta formulada por Amalia. Esto es, se puede explicar, decir qué principios peridoxos les llevaron a no citarse, pero nada hay que justifique esa conducta ni dé sentido a esos principios.

Al atardecer, Chichepotiche mira el cielo enrojecer poco a poco sobre Madrid Río. Luego examina la fotografía de la gran mancha de plástico con cuatro ojos que miran en distintas direcciones. Piensa que hay que mirarla con respeto, ese pudding amarillo que parece observarle es un relicario: lleva incrustados los restos de dos amantes que hacían cada día lo imposible por encontrarse, sin conseguirlo más que brevemente antes de decirse adiós de nuevo. Sin conseguirlo hasta ese último encuentro, que supuso su perdición, un desencuentro definitivo. Es un túmulo funerario, no lo niega, pero también un monumento al desconcierto.

Sin embargo, si se lleva el dibujo de Amalia cada noche a la cama, si pasa las yemas de los dedos por encima una y otra vez, es porque ve ahí un homenaje al esfuerzo investigador de Amalia, a su voluntad desmitificadora y crítica. Y un recordatorio común, porque esa mancha amarilla testimonia la confluencia de sus ideas y palabras, ya que no de sus cuerpos. Si pudiera, el profesor escribiría en el plástico fundido, entre los grandes ojos deformados y los dientes incrustados de Ophelia y Desmond, la pregunta de Amalia: “¿Por qué no quedaban antes de salir?”.

Fiel peridoxo o minero australiano. O quizá, un deportista atravesando Nullarbor.

 


Notas:

[i] El proceso actual de vacunación frente a la covid 19 muestra las posibilidades de la planificación económica. ¿Puede alguien imaginar lo que habría sido este proceso si se hubiera abandonado no ya a la bondad, sino a la destreza de la mano invisible? El proceso de vacunación revela la eficacia en la distribución de un bien de forma equitativa conforme a criterios objetivos y mediante la coordinación de una cadena de instituciones públicas. Sus fallas revelan no las ventajas del mercado, sino una planificación insuficiente. Para empezar, que no cubra a toda la población mundial a través de una coordinación internacional. En segundo lugar, que la eficiencia de la distribución no se extienda a una producción igualmente planificada que permita fabricar vacunas para todos. Y que permita seleccionarlas mediante criterios de racionalidad económica y sanitaria global. Una vacuna excesivamente costosa o que precisa temperaturas extremas o varios pinchazos puede estar justificada en una fase inicial pero debe ser reemplazada para alcanzar los objetivos globales por soluciones menos costosas, más prácticas e igualmente eficaces. La fase de producción ha estado dominada por los intereses del mercado, entre los que estaban vender la mayor cantidad posible de vacunas de escasa eficiencia a medio plazo, que innecesariamente seguiremos obligados a consumir por las compras masivas anticipadas. La mano del trilero es casi invisible.

[ii] Esa expresión, aplicada a Las Vegas, queda reforzada por el emplazamiento de la ciudad en un desierto, el “no lugar” por excelencia. Estuve en ningún sitio y no hice nada. Esa cancelación del encuentro, “que no salga de aquí, donde nunca estuvimos”, antecede también la concreción de los planes criminales. La sospechosa similitud desmiente que se dé el juego por el juego. Quizá no es tanto que el crimen se ejecute y resuelva como un juego de ingenio, sino que el juego disociado de la vida forma parte del crimen. La propia ciudad de Las Vegas, con su bestial depredación ecológica del entorno y la impostación desmesurada y banal de afectos, creencias y deseos, se afirma frente a la vida como emblema de un juego criminal.    

[iii] Cuando Poe escribe Los crímenes de la calle Morgue la criminalística da sus primeros pasos. Sus cuentos de raciocinio y detectives se apoyan en técnicas científicas incipientes como la dactiloscopia, la antropometría y la balística. Los crímenes de la calle Morgue menciona a Vidocq, uno de los primeros detectives que aplican estas técnicas. Es curioso el entrelazamiento de términos y conceptos que se instaura en esa época: los crímenes se resuelven como las ecuaciones, hay casos médicos y otros criminales acotados por la investigación y el examen respectivo del doctor y el detective.

[iv] Tal y como subraya la Dra. Montserrat Colell, profesora del Departamento de Psicología Clínica y Psicobiología de la Universidad de Barcelona y especialista en grandes primates, la interacción del orangután con el humano no suele ser violenta. Los casos de violencia contra el humano son episódicos y están motivados por la respuesta a una agresión del hombre o a la destrucción  de su territorio.

Ninguno de estos factores se dan en el caso relatado por Poe. Ni el alboroto de las mujeres al ver al animal, ni el mimetismo con que el simio intentaba replicar en la mujer lo que había visto a hacer a su amo cuando se afeitaba, bastan para explicar la conducta del orangután en el cuento.

[v] “Las poblaciones de orangutanes en la isla de Borneo han disminuido más de un 50% en los últimos sesenta años, según International Animal Rescue. Además, su hábitat se ha reducido en al menos un 55% en los últimos veinte años”. Hay casos documentados de orangutanes enfrentándose a excavadoras mientras arrancan árboles de la selva,como en el video que contiene este artículo.

[vi] Chichepotiche define como política del calamar la estrategia seguida en Madrid contra la pandemia. La falta de ayudas impide que los comerciantes puedan hacer frente al confinamiento y se presenta esa misma inacción, pero esta vez aplicada al confinamiento, como solución. En un perfecto bucle, la apertura ilimitada es la solución a la falta de apoyo, aunque su coste sea el exceso de muertes en Madrid durante la pandemia,cifrado en 21.777 personas por el INE, un incremento anual de un 37% contra un 20% en Cataluña y el 12% del País Vasco, por compararlo con áreas de renta y recursos del mismo orden. El nombre de estrategia del calamar no se refiere solo a que este animal crea con la secreción de tinta las condiciones de su huida. Es también por atribuírsele a este cefalópodo, ya sea en tapa o bocadillo, propiedades profilácticas extraordinarias. Cuando uno tapea no está en casa contagiándose. Y es sin duda una estrategia humanista porque atribuye al virus cualidades personales. La bravura y el donaire del castizo que madrileñea en las calles hacen que el virus se achante, se apoque, como si se tratase de un español de periferia, gerundense o santanderino. Se trata de proyectar comportamientos humanos sobre el virus, como hacía también el ministro Sancho Rof al decir que el bichito si se cae se mata. Finalmente, la estrategia recuerda también la tradición de militares franquistas que desafían el fuego enemigo con una calma aparente, como si así pudiesen desviar las balas. Se habla de la baraka de Franco, la suerte que habría traído de la guerra de África y que se vinculaba a su parsimonia. Otros militares franquistas seguían esta estrategia. El oficial de comunicaciones Ángel López Medranda estaba levantando una línea telefónica en el frente de la Ciudad Universitaria durante el cerco inicial de Madrid en el verano de 1936 cuando fue herido de bala en la cabeza. Fue justo en el momento en el que, contra las advertencias de su asistente y pese al fuego enemigo, se dirigía al coche a buscar sus cigarrillos. Su calma no desvió la bala, que entró por la frente y quedó alojada en la parte posterior del cráneo.  Eso sí, la bala tampoco acabó con él, que llegó a director general de Mutilados y tardó cincuenta años en apoyar definitivamente la bala en tierra. Lo bueno de la baraka, igual que la política sanitaria, es que es siempre interpretable. Ángel siguió fumando hasta su muerte. Quizá se consideraba un hombre de suerte.

[vii] Según el prospecto, tanto la temperatura como el movimiento se lograba mediante corrientes refrigeradas de turbo-propulsión. El modelo Premium, el que adquirió Ophelia, tenía una conexión Bluetooth que permitía escuchar el sonido de las olas acompasado al balanceo. Podía escoger el vaivén y sonido de doce playas australianas diferentes. El pato era fácilmente recargable y contaba con una autonomía de diez horas.

A las siete y media de la mañana el profesor Chichepotiche llegó a la residencia. La puerta estaba cerrada, pero podía ver perfectamente el vestíbulo y la recepción, la puerta de los ascensores y el inicio de un pasillo. Todo igual de vacío y silencioso que la calle. Esperó hasta las ocho y llamó por teléfono a...

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