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Gramática rojiparda

Todos los días el día del juicio

Porque creo que la pandemia no ha sido una broma pesada ni una operación de ingeniería bursátil, considero un sarcasmo que todo lo que vayamos a aprender sea que llevar la cara tapada al cruzarte con nadie es lo que te salvará de morir

Xandru Fernández 4/07/2021

<p>Un hombre camina con la mascarilla puesta.</p>

Un hombre camina con la mascarilla puesta.

Caniceus

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“Generalmente soy muy radical en la defensa de las normas con un beneficio claro, pero ponerse la mascarilla al aire libre tiene costos importantes y realmente no hay evidencias de sus beneficios”. Quien así habla es el director del Centro de Dinámicas de las Enfermedades Infecciosas en la Universidad de Harvard, Marc Lipsitch. Son declaraciones de hace un par de meses, que coinciden con la postura oficial del Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades (ECDC) y con la opinión del mismísimo Fernando Simón, otrora emblema del primado de la ciencia sobre el infotainment. Pese a todo, el gobierno español no emitió un decreto-ley eliminando la obligatoriedad de la mascarilla en exteriores hasta finales de junio, y hete aquí que el paisaje humano, una semana después, es aún desconcertantemente “mascarillista”. Eran infundados los miedos de los que esperaban que una mayoría social desprovista de embozo ridiculizara a los que aún lo llevaran: parece que sigue siendo al revés.

Hay que reconocer que, mientras fue obligatorio llevar mascarilla en todas partes, la propensión a juzgar y sospechar del vecino tropezó con un obstáculo difícil de salvar: resultaba imposible saber si los demás llevaban mascarilla por convicción o por obligación, si lo hacían por un sentido ejemplar y ejemplarizante del deber cívico o por no querer comerse una multa con dos ceros. Nuestro censor interior se sentía indefenso: ¿a quién mirar mal? Proliferaron, en consecuencia, dispositivos ad hoc para jerarquizar el cumplimiento de la normativa vigente: disquisiciones sobre los tipos de mascarilla, sobre la colocación idónea en triangulación perfecta con la nariz, sobre el buen o el mal gusto en el diseño. Hubo quien recurrió a ponerse dos para sentirse, sin duda, por encima de los que tan solo llevaban la básica, la obligatoria. De todo esto se asombrarán nuestros nietos si es que consiguen sobrevivir al desastre ecológico que les quedará en herencia y que todas esas mascarillas arrojadas al mar pueden haber agudizado (o puede que no: sigamos alimentando la llama de la pseudociencia).

El levantamiento de la obligatoriedad de la mascarilla ha sido una fiesta para el aficionado a repartir unos y ceros en el ábaco del civismo 

El levantamiento de la obligación, por consiguiente, ha sido una fiesta para el aficionado a repartir unos y ceros en el ábaco del civismo. Todos ganamos: los que se sentían abochornados por tener que obedecer los dictados de una superstición y los que echaban de menos el placer que proporciona juzgar al prójimo. Volvemos a la ceremonia de la fiscalización continua. Será transitorio, sin duda, pero llevamos ya tantos meses saltando de un estado de ánimo a otro que empezamos a sentirnos más cómodos con la certeza del desastre que con la incertidumbre de una mejoría progresiva.

No sé cuáles son los límites de esa primera persona del plural que llevo utilizando desde que empezó este artículo. ¿Somos necesariamente así todos y cada uno de los individuos posibles, o es una generalización apresurada, fruto de la observación parcial de un horizonte hecho de ruido y sesgos cognitivos? ¿Cabe en ese plural la especie humana, o solo los nacidos en el reino de España, o apenas los que compartimos otros factores condicionantes como la edad, la posición social, el nivel de estudios o la lengua materna?

Nos quedaremos con las ganas de resolver esos y otros interrogantes, al menos por el momento. Se nos viene encima un verano donde los medios ya ni siquiera pueden especular con los indultos o los datos del paro, esperen sentados a que los tertulianos y los columnistas de opinión se pongan de parte de la concordia. Pulsar el botón del pánico es lo que sale gratis, incluso rentable.

Con todo, preguntemos: ¿de dónde sale esa obsesión por señalar y juzgar al que no comulga con nuestros propios prejuicios? ¿Se ve afectada de algún modo por la cultura científica que poseamos? ¿Ha contribuido la pandemia a hacer más visibles los trastornos obsesivo-compulsivos, las hipocondrías, los delirios paranoides? ¿O hay que descartar que el paquete de medidas anticovid haya interactuado en algún momento con el rico catálogo de desórdenes mentales y conductuales que padecemos, la mayoría de las veces sin que nuestros vecinos se enteren?

¿Hay algún espacio donde esa propensión a la condena moral se sienta más a sus anchas? A decir de los apocalípticos de lo digital, son las redes el coto favorito de esa caza al diferente, entornos proclives a señalar, despreciar, insultar, degradar y atizar con saña de converso, pero permítanme que disienta: las redes ofrecen siempre una ocasión idónea para exhibir rasgos de carácter, anécdotas intrascendentes y detalles autobiográficos que normalmente nos importan un pimiento cuando son los de los demás pero que, tratándose de los propios, nos impulsan a hacer ostentación de ellos como si todos fuéramos pioneros en la mediocridad. También en pandemia: ahí están las fotos de esos bíceps recién vacunados como si por sus venas corriera ahora no un producto de la tecnología biomédica sino una virtud teologal. Nos hemos vuelto Popeyes morales: nos han vacunado por buenas personas. La vacuna como sucedáneo laico de la hostia consagrada.

Sí, en las redes exhibimos todo tipo de destrezas, manías y convicciones, tanto si están relacionadas con la covid-19 como si no. Pero las redes no han sido en esto ni más ni menos responsables de que nos sintamos inclinados a vigilar al vecino en función de nuestra particular vivencia de la pandemia. El lugar donde mejor se expresa esa inclinación es la calle, literalmente: el espacio que media entre dos bloques de edificios, donde nos cruzamos con nuestros semejantes, donde estamos obligados a interactuar con quien camina frente a nosotros, aunque solo sea con un vistazo fugaz al primer plano de su rostro. Puesto que la mascarilla sigue siendo obligatoria en el transporte público y en los espacios comunes bajo techo, la calle es el lugar donde la mirada que juzga se encuentra en su salsa. La calle como lugar del juicio. La acera como estrado, tribuna y cadalso.

Ahí es donde juzgamos, de acuerdo, pero ¿quiénes? ¿Son los mayores o los más jóvenes? ¿Hay más arrugas en esos ceños fruncidos sobre la mascarilla o ha llegado, por el contrario, el momento de proclamar de nuevo que la arruga es bella y que no hay pliegue más sexy que el que se forma en las comisuras de los labios? Contra lo que cabría esperar según el tópico, la suspensión del pensamiento crítico no ha sido, hasta donde me alcanza, más intensa ni más extensa entre los jóvenes. Es un rasgo intergeneracional, me temo, e incluso parece (o me lo parece a mí: de nuevo el sesgo) que se da con más frecuencia y desparpajo cuanto mayor sea la edad. Se equivoca ese familiar nuestro que es asiduo de todos los grupos nostálgicos de Facebook y según el cual la culpa de todo la tienen la LOGSE y las reformas educativas posteriores, todas ellas empeñadas en cavar más hondo la fosa donde está enterrada la conciencia crítica.

Ya me aburro a mí mismo cada vez que lo digo o lo pienso, pero déjenme que insista en que, si las generaciones anteriores a la LOGSE, incluida la mía, hubieran estado mejor educadas, a día de hoy ya no habría un Borbón en la Zarzuela. Más bien creo que, si las sucesivas reformas educativas fracasaron, no fue por embotar el pensamiento crítico, sino por no haber sabido revertir el déficit de conciencia intelectual en la sociedad española. La dejaron tan en la inopia como estaba, no la sumieron en una inopia más profunda. Como mucho, le pusieron a la inopia un PowerPoint. En consonancia, por cierto, con la cultura política en boga: herederos que somos del pacto de silencio de la Transición, alumnos que seguimos siendo de una educación nacionalcatólica aunque haya todavía quien cree que hemos tenido poco nacionalcatolicismo y que si la feria y la familia y los garbanzos como escudo contra la complejidad, aplaudamos como radicales antisistema a los más comprometidos con la causa de afianzar los tics más reaccionarios del sistema.

Tampoco parece, en fin, que las diferencias territoriales sean muy relevantes, si bien sigue dándose un sesgo madrileñocéntrico a la hora de juzgar a las periferias como entornos más proclives a la llamada de la tradición e impermeables al pensamiento ilustrado. Como si el motín de Esquilache hubiera ocurrido en Murcia. Aplaudamos también a la supuesta membresía liberal y jacobina de los que se ven a sí mismos como garibaldinos entregados y no pasan de curas Merinos de inteligencia desdentada. Entre tanto, empecemos a pensar en serio si no estaremos empeñando todo ese potencial fiscalizador en una causa fútil. Precisamente porque creo que la pandemia no ha sido una broma pesada ni una operación de ingeniería bursátil, y porque me parece inconcebible que se haya sacrificado la vida de tantos miles de personas que se podían haber salvado de no ser por la codicia de los de siempre, considero un sarcasmo que todo lo que vayamos a aprender de esta crisis sea, no el valor de los servicios públicos, ni la importancia de poseer unos sistemas de salud sólidos e inexpugnables a los ataques del capital, ni la urgencia de tomarnos en serio una catástrofe climática previsiblemente letal, sino que llevar la cara tapada al cruzarte con nadie es lo que te salvará de morir de una enfermedad para la que ya estás vacunado.

“Generalmente soy muy radical en la defensa de las normas con un beneficio claro, pero ponerse la mascarilla al aire libre tiene costos importantes y realmente no hay evidencias de sus beneficios”. Quien así habla es el director del Centro de Dinámicas de las Enfermedades Infecciosas en la Universidad de Harvard,...

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