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Mohamed Gerehou / Periodista y activista antirracista

“Es muy injusto decir que el antirracismo divide a la clase obrera”

Alejandro Alcolea 12/06/2021

<p>Mohamed Gerehou, en una imagen promocional.</p>

Mohamed Gerehou, en una imagen promocional.

Laurent Leger Adame / Península

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El escritor, periodista y activista antirracista Mohamed Gerehou (Huesca, 1992) pertenece a una generación de jóvenes españoles racializados con ganas de darle la vuelta al sistema. Hablamos con él de un activismo crítico y radical, que se plantea la ruptura de sus propios márgenes para alcanzar la esfera de lo popular y activar la toma de conciencia y la acción política a través del empoderamiento de las personas migrantes y racializadas. En su ensayo Qué hace un negro como tú en un sitio como este, el autor analiza el racismo estructural en España desde una mirada en la que se entrecruzan lo colectivo y lo subjetivo, a partir de un relato en primera persona sobre cómo se vive la negritud en el país.

Entró en contacto con el activismo antirracista madrileño a partir de una redada racista en Ciudad Universitaria. Ha ejercido como portavoz de SOS Racismo Madrid, y  también como presidente de SOS Racismo España ¿Cómo vivió el paso que relata en el libro desde el silencio inicial hasta la toma de conciencia y la práctica activista?

Si te soy sincero, pasé de no tener ninguna conciencia antirracista, de no estar politizado en ese sentido, a aquella verdad racista que me llenó de tanta rabia que me llevó a meterme en SOS Racismo Madrid. Cuando entré en la organización, me llamó la atención que éramos muy pocas personas racializadas. Me pareció una anomalía que expresé desde el primer momento. 

A partir de entonces, empezamos a hablar desde esa experiencia, de ser españoles racializados y sufrir racismo. Se juntaron muchas cosas. Por un lado, las redes sociales, ya que muchos nos hemos unido a través de ellas, pero también el hecho de que los medios de comunicación están más abiertos a hablar de estos temas desde otras ópticas. Y yo estaba allí y no tenía miedo a dar la cara. Todo ello me llevó a que, en SOS Madrid, la gente pensara que yo podía hacer ese papel de portavoz, de presidente, para después dar el salto a SOS Racismo a nivel nacional. De verdad, no sé muy bien cómo he llegado a los sitios a los que he llegado, pero... Creo que he podido recoger las inquietudes que había en la sociedad antirracista en ese momento.

Cuando habla del activismo, habla de las propias limitaciones que ha encontrado. Por ejemplo, de las barreras colectivas en cuanto a las dificultades para conseguir consensos o de descubrir maneras de hacer las cosas, alejadas del empoderamiento de las personas racializadas o, en un plano más individual, habla del desgaste personal. ¿Cómo plantearse luchas colectivas continuadas ante esos dilemas?

Aquí hay un tema que es importante y que yo ahora mismo lo tengo grabado a fuego: quiero que el antirracismo sea mainstream; que forme parte de la cultura popular; que las conversaciones de antirracismo salgan de los márgenes y estén en todos lados, en las empresas, en la educación, en los medios de comunicación, en las películas, en las series, etcétera. 

Para conseguirlo, hay que asumir unos riesgos. Dentro del antirracismo hay una heterogeneidad que hace que, aunque podamos tener claros los objetivos, difieran los métodos para alcanzarlos. Eso provoca disensos. Además, nos enfrentamos al fenómeno de las empresas: algunas tienden –como hemos visto, por ejemplo, con el movimiento feminista o LGTB– a cooptar a los movimientos sociales para vaciarlos de contenido y convertirlos en un eslogan o una forma más de vender. Existen también riesgos de que no se entienda que la justicia social que se persigue desde el movimiento antirracista es la misma justicia social que se busca desde el resto de movimientos, como pueden ser el feminista, el LGTB o la justicia climática. 

Hay gente que no lo ve así, que piensa que su lucha es la prioritaria, o que no le da importancia a otras. Y un movimiento como el antirracista no sirve de nada si no es también feminista. ¿De qué sirve luchar para acabar con una serie de barreras si tú mismo las estás manteniendo dentro de tu propio movimiento? Todo el mundo tiene que tener claro que para construir un mundo de igualdad y justicia necesitamos otras prácticas, herramientas y lógicas, para no hacer lo mismo que ha hecho el racismo con nosotros. 

¿Y qué ocurre con esas limitaciones a nivel más personal?

Pues que es difícil. Siempre digo que es injusto que tengamos que gastar una parte importante de nuestra energía, de nuestras vidas, en luchar porque no nos discriminen. Es muy injusto. Hay mucha gente que vive sin tener que gastar energía en eso. Y qué suerte. Tener que estar siempre con el activismo es duro. Me refiero a estar en una organización en la que la gente, a veces, solo viene con malas noticias. Es difícil sostenerlo a nivel mental. Ves que hay muchas cosas por hacer y que no se acaba nunca. Eso lo comenté en una presentación en Madrid. Dije que necesitamos hacer compatible el antirracismo con el perreo, con poder desarrollar nuestras vidas y seguir buscando espacios de felicidad, de comunión y de una normalidad que muchas veces por ese activismo no podemos tener. 

Otra de las ideas que están presentes en su ensayo es el debate sobre la identidad. Se hace especialmente evidente cuando se refiere a la necesidad de mostrarse europeo en la calle y africano en casa. En este sentido, el concepto de identidad se vuelve algo así como un mandato autoritario ¿Ha encontrado vías para compatibilizar esas diferentes subjetividades frente a los demás?

La respuesta a muchas de esas dicotomías y esos enfrentamientos, internos y externos, es la existencia de un racismo estructural. Al vivir esos conflictos, en los que ponía sobre mí esa constante necesidad de tener que elegir entre uno u otro, lo que estaba detrás, en la gran mayoría de los casos, era ese racismo estructural. Un racismo que, por ejemplo, sitúa en mi caso la cultura africana, la cultura negra, en una posición inferior por todo lo que viene pesando desde hace hace siglos de civilización: incultura, suciedad asociada a lo negro. Por otro lado, la cultura europea, en la que he crecido, en esa comparación siempre sobresale como una idea positiva, como el ideal al que aspirar. Y eso es algo que pesa sobre nosotros cuando convives con esas dos identidades enfrentadas.

Dentro del antirracismo hay una heterogeneidad que hace que, aunque podamos tener claros los objetivos, difieran los métodos para alcanzarlos

Para mí, el camino es conocer cómo el racismo estructural opera detrás para poder entender varias cosas. Principalmente, que tengo que poder elegir en igualdad. Después de mucha formación, de aprender y conversar, entendí que para mí, por ejemplo, la idea de de casarme con una mujer gambiana a la que no conozco de nada y tener una vida en la que ella esté en casa cuidando de mí, cuidando de la familia, era algo que yo no quería. Pero no lo quiero en contraposición a lo que es la cultura española, sino porque he construido mi identidad, mi pensamiento y digo que no lo quiero. 

Según describe la apropiación cultural como fenómeno histórico, desde el saqueo colonialista hasta las dinámicas contemporáneas dentro de la música popular o las tendencias estéticas, todo parece estar ligado a un ejercicio de poder que extrae elementos identificativos de una cultura borrando sus orígenes para obtener beneficios ¿De qué clase de poder estamos hablando exactamente?

Cuando entendemos el racismo como algo estructural, eso hace que todas las formas en las que este se manifiesta estén conectadas de algún modo. No se puede, por ejemplo, cuando hablamos del Museo Británico y las piezas de Egipto, entender cómo se ha llegado a esa situación si no hablamos desde una perspectiva geopolítica, cultural o económica. Todas se unen para acabar en ese expolio y posterior beneficio económico que está sacando este museo. 

Con el concepto de apropiación cultural se entiende, por ejemplo, cuando una gran empresa multinacional tiene la capacidad, por su poder económico y político, de coger un elemento cultural de una población indígena, no reconocerlo de ningún modo, colocarlo como un producto y hacer millones a costa de ello sin pagar ningún tipo de propiedad intelectual y pasando por encima de cualquier reclamación o derecho. Ahí es donde todos esos poderes se entrecruzan. Pero una de las cosas que me dan pena es que constantemente cuando hablamos de este asunto, tenemos conversaciones siempre asociadas a lo blanco. Es todo el rato “¿yo, persona blanca, puedo llevar trenzas?”, “¿yo, persona blanca, puedo hacer esto otro?” Y ese no es el problema. 

El gran problema es la discriminación que supone para las personas racializadas, lo que supone para las arcas de países que han sido colonizados el no poseer su historia y no poder sacar un beneficio económico. Muchas veces se pierde el foco. 

Afirma que el racismo ha estado presente desde siempre en la agenda de la extrema derecha, pero que el antirracismo no está en la del antifascismo. ¿Por qué cree que algunas partes de la izquierda no apuestan por el movimiento?

Necesitamos hacer compatible el antirracismo con el perreo, con poder desarrollar nuestras vidas y seguir buscando espacios de felicidad

Bueno, porque hay esa blanquitud y ese supremacismo blanco que nos atraviesa a todos y hay gente que se siente cómoda allí. Por eso, a pesar de defender una serie de ideas progresistas en algunos aspectos, existen otros temas en los que se sienten cómodos y el supremacismo blanco es uno de ellos. De la misma forma que otra gente se siente cómoda dentro del poder machista. A partir de ahí es cuando se generan estas tensiones. Ha habido un error histórico y es entender que, aunque el antirracismo ha articulado sus movimientos de liberación dentro de los postulados de la izquierda, eso no significa que la izquierda, sobre todo cuando hablamos de partidos políticos, tenga ese antirracismo como prioridad. 

Para explicar la convergencia de los problemas de clase con el racismo, recurre a la idea de la artista Daniela Ortiz de que el racismo, como estructura, condiciona la realidad material de la mayoría de personas racializadas ¿Podrías desarrollar un poco más esta idea?

El concepto de clase obrera que tenemos en nuestra sociedad está obsoleto porque constantemente interpela a ese supuesto obrero de cincuenta años, blanco, señor, que trabaja en la obra y al que se la suda el concepto queer. Esa es la caricatura, pero no es la realidad de nuestro país. La realidad es que la clase obrera son también los teleoperadores, los riders, trabajadores domésticos, los manteros o la inmensa cantidad de gente que cobra una miseria y que no puede permitirse vivir en un piso solo o con su pareja porque el precio de alquiler está muy caro. Y en ese concepto de clase obrera hay una parte muy importante de población migrante y racializada.

Tenemos que ser inteligentes como sociedad, como clase obrera, y ampliar este concepto. Nadie sobra en ese concepto y evidentemente sabemos quiénes son clase obrera y quienes están trabajando en el sentido contrario. Es muy injusto cuando se dice que el antirracismo está dividiendo a la clase obrera, no es así, no la está dividiendo, sino ampliando como concepto, incluyendo nuevas demandas y perspectivas.

Uno de los aspectos más llamativos del ensayo es cómo desarrolla su pensamiento a partir de lo biográfico. Incluso se permite aceptar errores y hasta reconocer su propia cobardía en momentos difíciles ¿Falta honestidad en los movimientos sociales? 

Si queremos un movimiento antirracista que le dé la vuelta al sistema tenemos que utilizar las herramientas más positivas y poderosas que tengamos a mano, y una de ellas es la sinceridad. Allí es donde nos podemos entender. Para mí, reconocer la existencia del racismo o del machismo no es el problema. El problema es ignorarlo o reconocerlo y no hacer nada. 

Entonces, para mí, hablar desde lo íntimo, es un ejercicio de generosidad, por un lado, pero también de colocar la responsabilidad en la persona que está leyendo el libro, ya que yo me estoy desnudando. Ahora, esto no es gratis. Es un intercambio a través del cual, con lo que yo te estoy contando, tú puedes empezar a ser antirracista activamente. Mucha gente entra desde allí porque siente, empatiza y puede sentir lo jodido que es crecer en una sociedad racista.

Según sus palabras, España “se encuentra en un camino antirracista sin marcha atrás” ¿Cuál es la próxima parada?

[Risas] La próxima parada es que, aparte de hacer ese reconocimiento de la existencia de un racismo estructural en España, se empiecen a tomar medidas antirracistas que notemos que empiezan a cambiar nuestras vidas. Existe el riesgo de que, a un mayor conocimiento antirracista de la sociedad, como se está dando ahora, esto no se traslade a la consecución de medidas materiales que mejoren nuestras vidas. Es decir, que la gente esté más concienciada y formada, pero que sin embargo nuestra vida siga siendo igual, que sigamos estando excluidos en el acceso al empleo, en el acceso a la vivienda, que la policía nos siga parando al mismo nivel. 

Es importante que todo ese conocimiento que generamos se convierta en acción antirracista. Por ello acabo el libro con ese bloque de cómo ser antirracistas, incidiendo en que, después de reconocer el racismo y cómo se manifiesta, tiene que haber acciones que nos lleven a un cambio. Porque, de lo contrario, pensaremos que no ha servido para nada, ya que el fin último es darle la vuelta al sistema.

El escritor, periodista y activista antirracista Mohamed Gerehou (Huesca, 1992) pertenece a una generación de jóvenes españoles racializados con ganas de darle la vuelta al sistema. Hablamos con él de un activismo crítico y radical, que se plantea la ruptura de sus propios márgenes para alcanzar la esfera de lo...

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Alejandro Alcolea

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