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Alberto Corsín Jiménez / Doctor en Antropología Social por la Universidad de Oxford

“La política cultural del Ayuntamiento de Madrid es de una grosería absoluta”

Gorka Castillo Madrid , 5/06/2021

<p>El antropólogo, urbanista y activista Alberto Corsín.</p>

El antropólogo, urbanista y activista Alberto Corsín.

G.C

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Alberto Corsín (Madrid, 1973), miembro del departamento de Historia de la Ciencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), sería el guía perfecto para recorrer Madrid con ojos de un activista urbano. Corsín ha dedicado su vida a comprender cómo evolucionan las ciudades, desde el concepto paternalista-liberal del siglo XIX al urbanismo libre nacido en las grandes metrópolis del siglo XXI con las redes digitales de solidaridad, indetectables para los constreñidos radares del poder. “Es toda una estructura comunitaria de apoyo vecinal cuya organización ha sido crucial durante la pandemia”, afirma. Esta es una de las principales lecciones que le han aportado tantos meses de restricciones. “Son las nuevas formas de habitabilidad de las ciudades y la manera más permeable de ejercer los derechos sobre ellas”, añade.

Doctorado en Antropología social por la Universidad de Oxford, Corsín Jiménez reconoce que al poder le desagradan este tipo de colectivos porque son espacios de expresión libre y conocimiento compartido que driblan el tamiz que imponen las instituciones. El desconocimiento de lo que hay en juego suele provocar una reacción defensiva. La del Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, está siendo cerrar los espacios autogestionados que hay en la ciudad con el argumento de que funcionan como centros de adoctrinamiento. “Esa política cultural es de una grosería absoluta”, señala este antropólogo cordial y riguroso que también clama contra las anteojeras ideológicas que puedan limitar la crítica. Para él, se abre ahora una oportunidad fascinante. “No podemos quedarnos sólo en la denuncia. Que cierren locales emblemáticos como La Ingobernable o Medialab es una putada en toda regla pero no disuelve la ecología de relaciones que allí se conformaron. Hay que reescribir la ciudad a partir de esas experiencias”, sentencia.

La pandemia sigue causando estragos en España, ya hay 80.000 muertos, pero miles de personas se comportan como si la pesadilla hubiera acabado. ¿Somos mejores o peores ciudadanos?

Para mí, lo importante es saber cómo hemos pensado y vivido este tiempo. Y lo que percibo es que ha habido un abandono muy grande de los procesos de acompañamiento que la situación reclamaba. Muchas personas se subieron muy rápido a la tarima para pontificar con una sensibilidad muy aguda y con apelaciones muy clásicas a la solidaridad, a la vulnerabilidad y a la precariedad. Incluso al individualismo. Es cierto que todos tuvimos una urgencia para entender lo que estaba ocurriendo pero nos olvidamos de otros recursos que nos hubieran aportado algunas respuestas. Por ejemplo, los que proporcionan las ciencias sociales y las humanidades a la hora de razonar. En España nadie ha invertido un euro para comprender lo que ha sucedido desde esa óptica.

Se ha recurrido a la ciencia política y a la filosofía para explicar las consecuencias de la pandemia.

Sí, pero lo hemos hecho desde un corpus teórico que ya existía y que, en mi opinión, evita profundizar en lo que realmente ha pasado. Ese es el gran problema. Lo mismo ha ocurrido con los resultados de las elecciones en Madrid. Busco una explicación a todo eso y no la encuentro.

Aunque un año es poco tiempo para sacar conclusiones, no puedo decir que exista un interés político por saber cómo los jóvenes han encajado las limitaciones que impuso la pandemia

Pues se han publicado multitud de análisis y artículos de opinión. ¿No son suficientes?

La mayoría son explicaciones sobre el surgimiento de nuevos liderazgos, de cómo se han construido personajes a través de discursos mediáticos y de campañas sostenidas en la propaganda. Pero no dejan de ser argumentos seleccionados entre los muchos recursos analíticos que utilizamos, desde la teoría de medios a la ciencia política y la antropología. El problema al que me refiero es que, al final, seguimos sin utilizar las herramientas que nos permiten acercarnos a la realidad con más garantías. Un ejemplo es la prensa. Cada vez me resulta más difícil encontrar un periodismo rico que salga a la calle a preguntar a la gente qué ha sucedido en las elecciones de Madrid o cómo se la han arreglado durante el confinamiento.

Quizá hemos dejado que el individualismo llegue demasiado lejos y se está perdiendo el sentido de comunidad.

Sinceramente, creo que ese no es el problema. Los cambios sociales son procesos lentos porque provocan transformaciones en muchos planos. Al comienzo de la pandemia, una de mis preocupaciones era el impacto que tendría en los adolescentes, una etapa de la vida donde la educación sentimental está en pleno proceso de formación y, por lo tanto, es sumamente sensible a cambios en conceptos tan importantes como cuidar, flirtear, abrazar o besar. Hablo, en definitiva, de prestar atención a la salud mental de una generación entera que vive en pleno aprendizaje. Y aunque un año es poco tiempo para sacar conclusiones, no puedo decir que exista un interés político por saber cómo los jóvenes han encajado las limitaciones que impuso la pandemia. A mí esto me preocupa.

¿Cree que el éxito político de la derecha en Madrid ha sido proponer una salida rápida a las restricciones sin valorar las consecuencias?

Ya le digo que no lo sé porque el comportamiento electoral que ha tenido Madrid tampoco ha sido novedoso. También en noviembre de 2011, seis meses después de la gran explosión de afectividad y sentimiento en común que fue el 15-M, el Partido Popular arrasó. Puede que el contexto de entonces fuera diferente pero yo encuentro analogías con lo que ha ocurrido ahora. Durante el confinamiento también surgió un gran movimiento afectivo hacia la comunidad, el de los aplausos a los sanitarios y el apoyo a la sanidad pública, que luego no se ha traducido en votos. Eso es un misterio. Quizá deberíamos empezar a valorar que hemos entrado en una época caracterizada por la expresividad constante del rechazo y de la aprobación. Ese es un escenario donde el sentido del voto ya no importa porque la gente lo ejerce a diario en las redes sociales. Y eso sí que es un cambio profundo porque guarda relación directa con las aspiraciones personales de los ciudadanos, cuyo horizonte ya no es de 10 o 15 años sino mucho más corto.

¿Por qué no se analiza este fenómeno?

Porque en España no se invierte en ciencias sociales y humanidades. Entiendo que la prioridad del Gobierno es responder con premura a las urgencias causadas por la pandemia. A la economía, a la investigación farmacológica, a vacunas y a soluciones asistenciales que contengan la primera línea de esta crisis. Pero ese problema es compartido por todos los países y las soluciones que encuentran en EE.UU. o Japón son perfectamente aplicables a España. Sin embargo, lo que se investiga en ciencias sociales en un país sólo es aplicable a ese país. No tiene paralelismos ni similitudes con ningún otro.

¿Qué hubieran aportado las ciencias sociales a la gestión de la pandemia en España?

Habrían incorporado un conocimiento mucho más preciso de la estructura demográfica y la densidad habitacional de las ciudades. Y hubiera aportado una información valiosa para detectar la movilidad entre comunidades autónomas, entre municipios, entre un barrio y otro. Es la sociología la que permite conocer cómo es un entramado vecinal, algo sumamente importante para movilizar recursos a pequeña escala como las juntas de distrito, los comerciantes, las asociaciones y las AMPAs. Sin embargo, nada de esto se hizo. Se apostó por respuestas íntegramente biomédicas y se desechó la aportación práctica de las ciencias sociales en el diseño de la desescalada que tanta controversia provocó por los cierres perimetrales. En Madrid, por ejemplo, utilizaron las zonas básicas de salud, una medida inventada contra el criterio de los epidemiólogos que consideraron que no tenía ni pies ni cabeza. A mí esto me parece muy grave.

En pandemia la organización que mejor ha funcionado han sido las redes comunitarias de solidaridad y de apoyo vecinal

En su opinión, ¿esta crisis confirma que el futuro de las ciudades pasa por la gestión comunitaria de los recursos?

Una de las lecturas de la pandemia es que la organización que mejor ha funcionado han sido las redes comunitarias de solidaridad y de apoyo vecinal. En algunas ciudades y barrios se llegaron a montar páginas web donde los vecinos exponían sus necesidades y ofrecían los servicios que podían dispensar. Es extraordinario que fueran las propias comunidades de base de Madrid las que reaccionaron ante las circunstancias, creando toda una estructura digital comunitaria, para estar a la altura del problema. Este tipo de respuestas demuestran que existe una ciudad invisible cuyos actores no tratan sólo de visibilizar sus demandas sino que tejen toda una tela de araña que circula por debajo de los radares analíticos tradicionales, tanto de las ciencias sociales como de las administraciones públicas que siempre están obcecados en buscar las reivindicaciones de clase o de identidad. A esto se le llama urbanismo libre. Son maneras de construir nuevas formas de habitabilidad y de derechos sobre la ciudad que no son legibles para el urbanismo tradicional porque no pasan por el tamiz institucional, ni de la empresa, ni de partidos políticos ni tampoco de las asociaciones de vecinos.

Pero el poder no suele permitir estas iniciativas porque escapan a su control.

Por supuesto. Al poder no le gustan los colectivos conformados en base al uso de tecnologías y recursos libres. Los temen. Mire la importancia que está cobrando el urbanismo de datos, que ha aprovechado la pandemia para coger cuerpo y aún no sabe en qué tipo de gobernanza se articula. ¿Cómo van a diseñarse las nuevas políticas urbanas? ¿Se seguirán utilizando las megacategorías que producen los grandes rastreos como el que hizo el INE en noviembre para determinar la movilidad ciudadana o, por el contrario, terminará implantándose una política de datos abierta para garantizar la transparencia en la toma de decisiones y la pedagogía ciudadana? En mi opinión, uno de los asuntos políticos más relevantes de los próximos cinco o diez años será conocer hacia dónde se decanta esta cuestión.

Uno de los pocos momentos en los que la cultura y el urbanismo libre se conectaron fue el 15M que ahora conmemora el décimo aniversario. ¿De qué sirvió aquel movimiento y qué herencia ha sobrevivido?

Hay muchas maneras de acercarse al 15M. Aquello fue una corriente donde convergen distintos activismos, desde los movimientos por la vivienda, a la juventud digna, la regeneración política, la educación, etc. Uno de ellos fue la cultura libre que en aquellos momentos tuvo un gran apogeo porque coincide con la Ley Sinde que buscaba regular las infracciones a la propiedad intelectual en internet. Personalmente, me resisto a medir el 15M por el éxito o el fracaso de propuestas como las Mareas o la vivienda digna. No me resulta atractivo evaluar su eficacia política con una perspectiva de diez años. Prefiero seguir la pista a los aprendizajes que hubo y el 15M fue un vivero de invención en métodos activistas que terminaron conformando nuevos modelos de comunidad y de convivencia. Uno de los grandes experimentos del 15M en Madrid fue la recuperación del Campo de Cebada por parte de los propios vecinos. En mi opinión, reúne toda la sensibilidad que el 15M desplegó en una ciudad como Madrid, en barrios como Villaverde o San Fermín, en proyectos como el de Basurama. Una sensibilidad que fue mucho más allá de la reivindicación porque impulsó la experimentación creativa a través del uso de nuevas herramientas artísticas y diseños. Para mí, el 15M fue un todo.

Al poder no le gustan los colectivos conformados en base al uso de tecnologías y recursos libres. Los temen

Sin embargo, el actual gobierno municipal de Madrid parece decidido a enterrar definitivamente cualquier vestigio del 15M, con cierres sumariales de centros donde se cultiva la cultura libre como son los centros sociales autogestionados o Medialab-Prado. ¿Por qué?

La cultura libre nació para impulsar prácticas creativas sin ataduras a la propiedad intelectual, ni a los secretos industriales y ni a ciertos tipos de tecnologías. Es un espacio de expresión y de conocimiento compartido. Por eso, la política cultural del Ayuntamiento de Madrid es de una grosería absoluta. La visión retrógrada que tienen de la vida muestra un desconocimiento total de lo que hay en juego. Hay que denunciar el cierre de EVA, de La Ingobernable, de Medialab-Prado y de otros centros sociales. Las redes espacios culturales ya lo están haciendo. Todos lo estamos haciendo. Pero además de denunciarlo, quienes creemos en esa otra manera de construir ciudad, tenemos la obligación de abrir otras operaciones. No podemos quedarnos sólo en la denuncia. Debemos crear nuevos marcos y nuevos lenguajes en la crítica social. Podríamos empezar pensando la ciudad como un conjunto de prácticas más allá del espacio físico. Por ejemplo, que el ayuntamiento cierre locales emblemáticos como La Ingobernable o Medialab es una putada en toda regla pero no disuelve la ecología de relaciones que allí se conformaron. Hay que reescribir la ciudad a partir de esas experiencias. Y difundirlas para que lo acojan los movimientos sociales, los colegios, las asociaciones de vecinos.

Pero el escenario no es el idóneo. ¿Aún mantiene la esperanza?

Sí. Prefiero poner el foco en prácticas esperanzadoras. El colectivo Basurama, por ejemplo, ha desarrollado un extraordinario proyecto con los árboles que derribó la tormenta Filomena. En lugar de dejar que los troncos fueran directamente al vertedero, los reutilizaron como zonas de juego en algunos centros educativos públicos con la ayuda del AMPA y de algunos funcionarios comprometidos. Es un ejemplo magnífico para demostrar que la complicidad de la que antes hablaba permite seguir creando ciudad pese a la actitud retrógrada de las autoridades locales.

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