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Gramática rojiparda

Especies protegidas

Es mucho más sencillo construir un relato repleto de tópicos sobre un mundo rural del que se desconoce todo que revisar los prejuicios del electorado urbanícola

Xandru Fernández 6/06/2021

<p>Oso joven descansa sobre un peñón calizo en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno (Cantabria).</p>

Oso joven descansa sobre un peñón calizo en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno (Cantabria).

Mario Modesto Mata (CC BY-SA 3.0)

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Un oso ataca a una mujer. Ocurrió en una aldea asturiana y la prensa local no habló de otra cosa durante días. Páginas y más páginas dedicadas a comentar el suceso, con consejos de qué hacer si te cruzas con un oso, declaraciones de familiares y conocidos de la víctima, ganaderos, alcaldes y turistas relatando sus aprensiones y aventurando estadísticas, haciendo comparaciones del estilo de “el oso es el nuevo jabalí” o “los osos están humanizándose”, y hasta hemos sabido que, desde que tuvo lugar el ataque, las vacas de un vecino viven con miedo a ser las próximas víctimas del animal en cuestión. Un drama rural.

Nada que ver con la vida cotidiana de la mayoría de los asturianos, cuyo hábitat es absolutamente urbano, lejano y ajeno al de los osos. No obstante, si uno lee estos días cualquiera de los dos diarios en papel que configuran el imaginario de nuestro pequeño país, se diría que los osos campan por sus respetos en las calles de las ciudades y villas asturianas. Hay batidas en busca del peligroso animal. No se sabe muy bien qué harán si lo encuentran, y tampoco se sabe cómo identificarán al sujeto, si es que dan con él. Por cierto que, si la población osera hubiera aumentado tantísimo como afirman las potenciales víctimas de la invasión plantígrada, ya habrían dado con algún ejemplar al que culpar del incidente, pero esos bichos son como Unabomber, se las saben todas. La culpa, naturalmente, la tienen los ecologistas, que han repoblado los montes asturianos con todo tipo de especies peligrosas. Hasta ahora era el lobo el que acaparaba toda nuestra atención y nuestros odios atávicos, pero ahora es el oso el que reclama protagonismo. Hay que concedérselo.

En la cultura campesina asturiana, los osos son con frecuencia los personajes amables de los cuentos, los buenos de la película, en comparación con los odiosos lobos, villanos sin remisión. Por eso es mucho más sorprendente la psicosis desatada por el zarpazo que sufrió esa pobre mujer: si bien la persecución del lobo se enmarca en una tradición sólidamente asentada en los usos y costumbres de la Asturies campesina, que se criminalice al oso es toda una sorpresa, especialmente si se tiene en cuenta que, hasta hace aproximadamente cien años, los humanos convivieron con un número considerable de osos, muchos más de los que pueda haber nunca en la Asturies del siglo XXI, y en ningún caso esa fricción impulsó el desarrollo de ningún tipo de tecnología disuasoria salvo los cortinos, una especie de fortificaciones de piedra en cuyo interior se colocaban los truébanos, las colmenas, para evitar que los osos robasen la miel. No se tiene constancia de que los osos hayan protagonizado nunca masacres de ganado como las que se atribuyen hiperbólicamente a los lobos, y, aunque de vez en cuando se dejaran ver por algún pueblo, su reacción ante los humanos era casi siempre la huida.

Nada que ver con el Vietcong osero que han fabricado los periódicos. La noticia, aquí, no es el ataque del oso sino la propia noticia: que la prensa de una comunidad autónoma de un millón de habitantes se haya volcado en un incidente tan singular y haya aprovechado para poner un micrófono delante de docenas de individuos ávidos de opinar sin fundamento alguno y dispuestos, en muchos casos, a saltarse todas las reglas de la verosimilitud con tal de llamar la atención del periodista. Puede ser interesante advertir que todo esto ocurre pocos meses después de que el gobierno español haya prohibido la caza del lobo, prohibición a la que se opone el gobierno asturiano de Adrián Barbón con el apoyo de unos ganaderos que dicen estar hartos de jugarse la vida. Ampliemos el foco recordando que esta misma semana se destapó el fraude perpetrado por un grupo de ganaderos asturianos que soltaban potros en el monte y atraían a los lobos para que los atacasen y poder cobrar así la indemnización correspondiente. 60.000 euros de estafa, 170 caballos muertos y seis lobos abatidos. El agente que lo denunció en su día fue sancionado con una suspensión de tres meses de empleo y sueldo.

No envidio a los ganaderos. Y puedo entender que cualquier desequilibrio ecológico (y a veces hasta la protección de una especie en vías de extinción provoca un desequilibrio ecológico, paradójicamente) implique trastornos importantes en sus vidas. Lo que no entiendo (y no lo digo en sentido figurado) es por qué la solución más sencilla siempre es matar animales. Hay algo en esa manera de razonar que desafía las convenciones más elementales de la vecindad humana. Si la muerte de una vaca puede cuantificarse y exige la muerte de varios lobos en compensación, ¿qué tipo de matanza habría que perpetrar para resarcirnos de la subida del recibo de la luz? ¿A cuántos directivos de empresas contaminantes habría que gasear para compensar el sufrimiento infligido por sus plantas químicas y siderúrgicas?

Es como si los problemas del campo, ya sea en Asturies o en el altiplano boliviano, solo pudieran abordarse desde el estrecho marco conceptual del progreso frente a la tradición. Un triaje perverso en el que no hay lugar para la protección del medio ambiente. En el mejor de los casos, se considera que este es un ingrediente más de ese pasado amenazado por prácticas depredadoras pero inevitables y, en consecuencia, se convierte al campesino en parte del lote natural que hay que proteger, algo a lo que el habitante de los pueblos se resiste, y con razón: su vida no es una égloga virgiliana, no está ahí para que gocemos de su contemplación o de su valor instrumental como conservador de un entorno natural que los habitantes de las ciudades necesitan proteger como Ultima Thule de sus maltrechas utopías, de modo que puedan fantasear con “volver” todos al campo cuando sus adversarios ganen las elecciones (¿les suena?). El ganadero quiere estabilidad, tranquilidad, igual que el obrero de la construcción o el funcionario de la Seguridad Social. Y quiere atención, también, igual que Toni Cantó. Pero, al igual que con Toni Cantó, no es responsabilidad de los medios de comunicación cubrir esa demanda insaciable de afecto, y tampoco creo que los muchos problemas de la población rural asturiana se solucionen convirtiendo a los osos en un problema más. No son terroristas, son (igual que el lobo) una especie protegida. Costó muchos años salvarla de la extinción y sigue sin estar fuera de peligro. Señalar al oso con el dedo equivale a poner al cazador sobre su pista, lo mismo que ocurrió con los lobos y con los jabalíes que, dos veces al año aproximadamente, también son plato principal en la prensa asturiana, que tiende a verlos por docenas en parques infantiles, aparcamientos y avenidas de cuatro carriles. Sus raves durante el confinamiento fueron antológicas.

Habría que revisar la figura de especie protegida, pero para incluir en ella al periodismo y a la política bien informada. Cuando un periódico vive de exprimir al máximo la anécdota local suele ser porque no puede competir con las agencias y los grandes medios que dan las noticias de mayor impacto social, algo que no se combate reduciendo plantillas ni favoreciendo la concentración de medios locales en grandes grupos de comunicación. Tampoco ayuda que su público potencial, y su entorno social más inmediato, sea una población urbana sumamente envejecida, desactivada políticamente, a la que es mucho más fácil movilizar mediante el miedo que mediante la solidaridad intergeneracional. Más del 80% de la población asturiana vive en la llamada área metropolitana central, cuya densidad de población es, según datos de 2019, de 550 habitantes por kilómetro cuadrado. Ahí no hay osos, ni lobos. Pero es mucho más sencillo construir un relato repleto de tópicos sobre un mundo rural del que se desconoce todo que revisar los prejuicios del electorado urbanícola y poner en peligro los intereses de unas élites políticas sumamente agresivas con la discrepancia.

Un oso ataca a una mujer. Ocurrió en una aldea asturiana y la prensa local no habló de otra cosa durante días. Páginas y más páginas dedicadas a comentar el suceso, con consejos de qué hacer si te cruzas con un oso, declaraciones de familiares y conocidos de la víctima, ganaderos, alcaldes y turistas relatando...

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