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Gramática rojiparda

Por fin, el elefante

Levantar un proyecto de país sobre la convicción de que “nuestros padres vivían mejor” es lo que Kant llamó “terrorismo moral”: una España de propietarios dispuesta a comprar el ‘pack’ del nacionalcatolicismo a cambio de un chalecito con wifi

Xandru Fernández 30/05/2021

<p>Fotograma de la película 'Surcos', dirigida por José Antonio Nieves Conde (1951).</p>

Fotograma de la película 'Surcos', dirigida por José Antonio Nieves Conde (1951).

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José Luis Arrese era hombre de pocas pero vistosas palabras. En 1959, durante un homenaje que le tributó el Colegio de Agentes de la Propiedad Inmobiliaria en su calidad de ministro de Vivienda, hizo un juego de palabras que se haría fugazmente célebre: “No queremos una España de proletarios, sino de propietarios”.

El sueño de Arrese se hizo realidad: en 2021 la España de los propietarios arrasa en las urnas y en Twitter, es hegemónica en la prensa y en los discursos oficiales del gobierno y de quienes, en actos oficiales del gobierno y por invitación del gobierno, simulan comportamientos “valientes”, “políticamente incorrectos”, “una patada a la entrepierna de Fukuyama y la UE”, pellizcos de monja que en el fondo refuerzan una agenda gubernamental cuyo primer principio, desde que el PSOE gobernó por vez primera, no ha cambiado un ápice: que no quede nada en pie a su izquierda.

Todas las utopías de la aldea perdida se sustentan en la constatación, difícil de rebatir, de que el capitalismo es un asco

Antes de coger el timón del Ministerio de Vivienda y poner rumbo a la burbuja inmobiliaria de todos conocida, José Luis Arrese fue secretario general de Falange. A pesar de su pasado hedillista, que estuvo a punto de costarle la vida, Arrese fue promovido a tan alta responsabilidad por el mismísimo Serrano Suñer. Pasó unos años malos, dentro de lo que cabe, tras la caída en desgracia del Cuñadísimo (a la que contribuyó: que no quede nada en pie a mi derecha), pero comprendió que la mejor manera de llegar al cielo no era dar la vida por la familia y la raza, sino poner andamios muy altos. La suya fue una patria urbanizable, sin acentos regionales, sin nostalgias del terruño, justo lo que su antiguo camarada, el cineasta José Antonio Nieves Conde, denunciara en Surcos (1951), cuya secuencia inicial lleva sobreimpresas estas palabras de su coguionista Eugenio Montes: “Hasta las últimas aldeas llegan las sugestiones de la ciudad, convidando a los labradores a desertar del terruño, con promesas de fáciles riquezas. Recibiendo de la urbe tentaciones, sin preparación para resistirlas y conducirlas, estos campesinos que han perdido el campo y no han ganado la muy difícil civilización, son árboles sin raíces, astillas de suburbio que la vida destroza y corrompe”.

El desarraigo conduce con frecuencia a fabular un pasado que apela, sobre todo, a los afectos, a los sentimientos, incluso a las sensaciones: el aroma de Heno de Pravia, el sabor de la Granja San Francisco, la comuna fourierista de Casa Tarradellas. Todas las utopías de la aldea perdida se sustentan en la constatación, difícil de rebatir, de que el capitalismo es un asco. Creer que se puede dejar atrás el capitalismo regresando a una etapa feérica anterior a la penicilina y a la máquina de vapor es un pensamiento y un proyecto de vida que goza de todas mis simpatías siempre que uno esté dispuesto, como Viggo Mortensen en Captain Fantastic, a aceptar la dureza de ese ideal ascético y no trate de convencer a nadie de sus virtudes, y menos aún a quien carece de un colchón económico que amortigüe el golpe de la previsible caída. Ahora bien, si tu ideal de vida incluye que Amazon te sirva a la puerta de la cabaña la última edición ilustrada de Thoreau o el penúltimo análisis definitivo de cómo el feminismo está acabando con la vida tal y como la conocemos, entonces es de política de lo que estamos hablando, no de campismo con pretensiones, y tendremos que discutirlo como corresponde.

De política hace tiempo que no se discute en España, al menos no en los términos que requiere una sociedad de varias docenas de millones de habitantes repartidos por territorios muy diferentes y a los que les cuesta sentirse concernidos por los conflictos internos de los partidos-empresa, especialmente cuando estos hablan y gesticulan en clave madrileña. Curiosamente, es la gente que se dice más “politizada” la que más se emociona, viva o no en Madrid, con asuntos como la Operación Chamartín, el Hospital Zendal o Madrid Central, lo que demuestra que la política se ha convertido en una práctica deportiva, de equipos y aficiones que sienten los colores, sin relación alguna con los problemas cotidianos de la mayoría de nosotros. De ahí la sensación, confusa pero insoslayable, de que los políticos han perdido el contacto con la realidad. Esa sensación se da con más intensidad entre los votantes de izquierda, pero no excluye a las derechas, aunque los primeros hagan más ruido por la simple razón de que siguen diciéndose de izquierdas aun cuando defiendan ideas y proyectos de la agenda rival, y aquí sí da lo mismo apellidarse González que Hernández, Calvo que Leguina, Guerra que Simón.

El elefante es la unidad de España, y como no hay política de vivienda, ni voluntad de fortalecer lo social, lo que queda es un vacío que el PSOE solo sabe llenar con banderas

Los últimos fracasos de la izquierda, o de los partidos-empresa que nos gobiernan con dejes y modismos de izquierda pasmada, han hecho que todos pensemos de golpe en el elefante. Ya saben, ese que el político astuto consigue que tengamos en mente sin necesidad de nombrarlo. El elefante es la unidad de España, y como no hay una política de vivienda digna de ese nombre, ni planes para rehacer un tejido industrial deshilachado ni para reflotar una agricultura abandonada a las prácticas suicidas de la industria alimentaria, ni voluntad de fortalecer los servicios sociales, sanitarios y educativos, igual que tampoco hay un proyecto de convivencia democrática entre territorios desigualmente afectados por décadas de corrupción política e institucional, lo que queda es un vacío simbólico que el PSOE solo sabe llenar con banderas de España. Sabe que así cede protagonismo a las derechas, pero lo compensa desactivando cualquier competencia por su izquierda.

La nostalgia de Nieves Conde tenía truco: sus campesinos emigraban a ciudades arrasadas, destruidas por la guerra y el nacionalcatolicismo, pero lo hacían empujados por la miseria, no atraídos por los cantos de sirena del lujo urbanita. Arrese convirtió esa nostalgia en plusvalías, transformó en mano de obra barata los brazos caídos de esos campesinos expulsados de unas tierras que nunca fueron suyas y propició que, sesenta años más tarde, sus nietos añorasen una España que nunca existió. Pero esa añoranza lo es de una idea, de un mito y un ideal que, en efecto, las izquierdas no están tan preparadas para procesar como las derechas, habida cuenta de que las derechas le deben su razón de ser. Esa España de feria y brasero fue lo que quedó después de barrer del mapa las múltiples Españas que pudieron ser. Reivindicarla a estas alturas del siglo XXI no es nostalgia, es profesión de fe. Afirmación de un ideario que nos será muy útil para alejar de las ciudades, y de Madrid especialmente, a los hijos de una clase media para la que ya no queda sitio en Malasaña.

Es curioso que la Izquierda Viriato se abone a semejante idealismo de garrafón para justificar su giro de caderas hacia la derecha

Es indiscutible que, detrás de la creencia de que “vivimos peor que nuestros padres”, hay una insatisfacción objetiva, pero, al margen de que esa creencia tenga o no los pies de barro, el diagnóstico es confuso porque parte de un supuesto equivocado: que las condiciones materiales, laborales y económicas de la juventud española actual son consecuencia de transformaciones culturales, de cambios profundos en la conciencia política y en las costumbres de la sociedad. Que la culpa es de la democracia y las becas Erasmus. No hace falta comprar el curso completo de materialismo histórico para reconocer que, por el contrario, los cambios culturales son funcionales a las transformaciones socioeconómicas, que es el turbocapitalismo el que ha arrojado a las clases medias a la precariedad, no Netflix ni el Cosmopolitan. Y es curioso que la Izquierda Viriato se abone a semejante idealismo de garrafón para justificar su giro de caderas hacia la derecha, habida cuenta de que, cuando las formas de vida tradicionales sufrieron su mayor transformación, esto es, cuando fueron trituradas en aras de la modernización y uniformización de España, en las tres últimas décadas del siglo XX, muchos de sus portavoces actuales, más los padres putativos de los que aún no habían nacido, invocaban el espectro de Marx para rechazar como reaccionario y pequeñoburgués cualquier proyecto de reafirmación de las culturas locales y las identidades periféricas frente al Leviatán español. El problema, por tanto, no era si las raíces eran buenas o malas, sino si eran suficientemente españolas.

Levantar un proyecto de país sobre la difusa convicción de que “nuestros padres vivían mejor que nosotros” es justo lo que Kant llamó “terrorismo moral”: como la historia no puede proporcionarnos una base empírica sobre la que afirmar o negar el progreso de una sociedad, o de la humanidad en su conjunto, la adhesión a un relato progresista o a uno reaccionario solo puede hacerse desde los postulados de una historia profética, que lleve en su propio relato las semillas del futuro que nos gustaría engendrar. Así las cosas, si uno se duele de que cada vez más gente tenga más derechos, más agua potable y menos probabilidades de morirse antes de cumplir los dos años, o si no se duele de ello pero las considera conquistas fútiles, comparadas con el dulce aroma de las sábanas de la abuela, no parece que el futuro al que aspira sea muy diferente del que José Luis Arrese proyectó sobre las ruinas de aquella España plural y diversa que él mismo contribuyó a destruir: el terrorismo moral de una España de propietarios que está dispuesta a comprar el pack completo del nacionalcatolicismo a cambio de un chalecito barato con wifi, piscina y colegio de monjas concertado a la vuelta de la esquina.

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