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Obsesiones

La tradición conservadora y el discurso de género

A propósito de una lectura de ‘El sexo de los modernos’ (Seuil, 2021) de Éric Marty se ahonda en las condiciones y las posibilidades del debate de género en España

Elizabeth Duval 12/06/2021

<p>Cartel de la película documental 'Paris is burning' (1990).</p>

Cartel de la película documental 'Paris is burning' (1990).

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Uno de los rasgos más característicos del debate contemporáneo sobre lo trans y las cuestiones relacionadas con el género, al menos en España, es una ausencia determinante de finezza: los rifirrafes se dan de forma tosca, un poco bruta, y en lugar de interlocutores los participantes parecen energúmenos que se lanzan macetas a la cabeza los unos a los otros. No es sólo el caso de twitteros anónimos, sino también de quienes aparentarían ser figuras intelectualmente relevantes o al menos respetables; hasta los sabios, o, en este caso, más bien las sabias, se ven arrastradas por pasiones tristes, de aquellas que llevan a una a decir que el socialismo no puede entrar por el culo, que las personas trans son mutantes o que hay degenerados violando el cuerpo de todas las mujeres con su mera existencia. A poco que una tenga el espíritu ligeramente curioso, aspirará, como es natural, a debatir y cuestionar cosas con personas cuya intención sea genuinamente cuestionar y debatir; en España esto, sea por degeneración de nuestro universo intelectual, sea por otra cosa, no se encuentra demasiado.

La erudición no basta para subsanar prejuicios, filias y fobias

Hurgando en otros lares encontré el ensayo de muy reciente publicación El sexo de los modernos, del profesor universitario Éric Marty, y me dije que quizá se tratara de una aproximación seria y mesurada al meollo desde una postura opuesta a la mía en lo que a los temas de género respecta. Esta crítica es, primordialmente, la crónica de mi error, por razones que ya iré desgranando; desde luego que el autor se acerca con seriedad –relativa, pero seriedad– a los autores de lo que él llama la edad de oro del pensamiento francés –Lacan, Barthes, Foucault, Deleuze, Derrida, entre otros–, y se ha leído a Butler, y hasta ha comprendido su pensamiento mejor que gran parte de nuestros interlocutores españoles: es un interlocutor más serio de los que podemos encontrar en España, sí; todo esto no quita que acabe siendo una decepción, al menos para nuestros fines. Sus disquisiciones teóricas no logran justificar sus muy abundantes posicionamientos políticos o irracionales; tematiza algunos asuntos para luego argumentar que en realidad estaba haciendo otra cosa, y sus conclusiones no derivan necesariamente de sus premisas. Lo que podemos sacar en claro, por ir adelantándolo, es que la erudición no basta para subsanar prejuicios, filias y fobias; pasemos, con esto en mente, a descifrar la trama de esta historia de los Gender.

El sexo de los modernos es muy interesante como ensayo y fuente secundaria cuando se esfuerza en ser un ensayo y una fuente secundaria; es decir, cuando no deriva, y esto se produce con cierta frecuencia, en un panfleto político debajo del cual subyacen las neurosis políticas o sociales de su autor. Lo primero que hay que tener claro para comprender el texto es que no se trata de un análisis en profundidad de la categoría género en relación con la del sexo (cuestión que desaparece relativamente después de ser tratada en las primeras páginas, con unas conclusiones un poco baladíes, pero divertidillas, de fundamentación puramente etimológica). La tesis principal de Éric Marty, pero que el autor esconde debajo de la alfombra, intentando convencernos de que el ensayo orbita alrededor de otra cosa, es que lo que distingue a los Modernos franceses –ojo, con mayúsculas: filósofos y teóricos literarios del siglo XX, como los anteriormente listados– de los Gender –tal y como él llama despectivamente a toda una rama de la investigación teórica y filosófica que ni respeta ni tiene en muy alta estima– es que el pensamiento de los primeros “es ante todo una escritura”. La cuestión, como veremos, no es simplemente que estos primeros se preocupen por el estilo, sino que son perfiles muy seductores que ejemplifican una voluntad estetizante, pesimista, nihilista y romántica “típicamente francesa”; lo Gender, como sucia americanada, sería pragmático, social, consecuencialista y utilitarista: leyendo las quinientas páginas del libro, nadie pensaría que fueran los apasionados y romantiquísimos franceses los inventores del positivismo… eppur si muove. La acusación de positividad o positivismo hacia los americanos será constante, aunque el mismo autor reconozca, en la página 101, que el positivismo americano del que habla sigue al de Auguste Comte… ¡francés hasta la médula, con su buena tumba en el cementerio Père-Lachaise!

Marty, que es catedrático de literatura francesa contemporánea, sabe mucho de literatura francesa contemporánea; el problema quizás es un enamoramiento excesivo de sí mismo, que le arrastra a saber demasiado: afirma Marty saber tantísimo que extrapola las soluciones literarias, estéticas y artísticas de los textos de sus escritores de preferencia a la realidad social, negando incluso el respeto y los derechos a los activistas que no se ajustan a su modo de concebir la subversión y la perversión. Su visión es, en el fondo, conservadora hasta decir basta, pero se camufla detrás del velo de lo estéticamente subversivo. El autor, que ha leído muchos libros, sabe de antemano que le acusaremos –por formalista– de conservador, pero ignora la posibilidad de que sus acusadores también sean un poco formalistas (y de que, por ende, no se traguen la excusa). Es al principio, en ‘Orden simbólico y campo social’, cuando identifica la crítica “antiformalista” de los Gender con los reproches que la “intelligentsia comunista estalinista o posestalinista” y la “esfera sartriana” sostenían contra los estructuralistas y posestructuralistas, con su culmen en el 68, con la afirmación de que “las estructuras no bajan a la calle”. La estrategia del autor es emplear una polisemia tramposa: iguala formalismo y estructuralismo como si fueran sinónimos, palabras estrictamente adyacentes, cuyo significado no estaría a más de dos pasitos. Esta operación le permite, al salvar el estructuralismo, justificar que un libro que busca tratar candentes temas de realidad y hechos sociales no se ocupe de mucho más allá de ejemplos literarios, metáforas e imágenes presentes en los textos.

Cuando un pensador francés se acerca demasiado a lo que Marty considera como estadounidense, se considera en el ensayo que está peligrosamente enajenado por el influjo de la teorización anglosajona

La tesis que ya hemos explicitado, aquella que sostiene tácitamente el libro, es de gran ayuda para interpretarlo en su totalidad: el resto de afirmaciones propias de Marty, al menos las que no son simplemente una recopilación histórica de ideas ajenas, parten de la división maniquea entre una manera de pensar francesa y una mentalidad estadounidense. No hay otro sustento para esta división que una falacia de evidencia incompleta, consistente en tomar como referentes franceses a pensadores más o menos en sintonía –y solamente en los momentos históricos en los que estos están en sintonía– y reducir el pensamiento estadounidense al pragmatismo de Dewey y su influencia en Judith Butler. Cuando un pensador francés se acerca demasiado a lo que Marty considera como estadounidense, se considera en el ensayo que está peligrosamente enajenado por el influjo de la teorización anglosajona: es el caso del último Foucault, que Marty califica como “poseuropeo” y decididamente “posmoderno” –no como Derrida o Deleuze, que son para el autor simplemente Modernos, en mayúsculas–, o de Sam Bourcier (cuyo nombre antes de transitar el autor insiste en recordarnos cada vez que le menciona, así como en alternar los pronombres de una persona que ya solamente se define con pronombres masculinos).

El culto chovinista a lo francés y europeo empobrece un rico campo de pensamiento y debate; considera ya de partida a Austin, por ejemplo, como inferior a Benveniste. Marty iguala la teoría de género o, por acortar, a los Gender, con una aparente positividad o positivismo típico de lo estadounidense, cuya dinámica sería “deconstructora, proliferadora, eufórica; capaz de abrir un espacio ilimitado de nominación”. Ignora, suponemos que voluntariamente, cualquier desarrollo de un pesimismo queer incluso nihilista como es el de Lee Edelman en su No Future, y evita plantearse que la misma definición de lo Neutro que sostiene –y que da pie al subtítulo del ensayo– a partir de los Modernos, un “fuera de sentido o exención de sentido”, “lógica distinta del sentido” o “desobramiento”, es exactamente la misma que podría encontrarse en algunos planteamientos de lo queer que el autor escoge no visitar.

No es baladí que se ignoren aquí desarrollos como el de Sara Ahmed, autora que habla de las lógicas queer como lógicas torcidas y lo hace a partir de una teoría francesa –bien asumida– de orígenes fenomenológicos. ¿Qué es lo queer para Ahmed y tantos otros teóricos de lo queer sino una lógica distinta del sentido y no su proliferación dentro de la economía capitalista? La aparente contradicción entre el “activismo nominativo de los LGBT” y el “silencio de lo Neutro” que Marty plantea se resuelve rápidamente si planteamos la ecuación con tres términos reales, reconociendo que, frente a la apropiación por parte del capitalismo de la diversidad, siempre han existido tanto la resistencia como la subversión… mucho más cercanas a las teorías de género que al pinkwashing.

Marty se sirve de esta selección arbitraria de ejemplos para dibujar una caricatura de lo Gender como el epítome del positivismo y de la posmodernidad emprendedora norteamericana; denigra también la denominación de estudios en comparación con la de teoría, haciendo que nos preguntemos si no hubiera sido más interesante seguir a Barbara Carnevali en sus provocaciones contra la theory y a favor de la complejidad: desecha toda teoría compleja y hace que sus lecturas sirvan a sus argumentos en lugar de dejar que su teoría siga lo que dicten las lecturas.

La igualación que el autor hace del lenguaje filosófico de Butler –que emplea términos como agency– con el lenguaje de las escuelas de comercio es igual de tramposa. Planteémoslo así: Marty, aunque tampoco sostenga en ningún momento un discurso claro de izquierdas, parece acusar al pensamiento académico estadounidense de neoliberal, como acusará luego a Foucault: lo hace también al hablar de lo performativo y de la diferencia foucaultiana entre la Ley y la Norma. Pero lo fundamental de lo performativo, cosa que el autor parece eludir, es que el hecho de que se trate de una norma independiente del Estado no lo convierte, por su independencia en relación con el Estado, en una norma neoliberal; simplemente resulta en un análisis que va ligado al sistema socioeconómico de su tiempo.

Si queremos ser concesivas, habremos de admitir que hay momentos de lectura atenta a Butler que están bien fundamentados y contienen hallazgos: pienso particularmente en la reivindicación que el autor hace del pensamiento de Gayle Rubin y su desaparición como influencia de Butler tras postular el sistema sexo/género, y en la valía de su herencia marxista, o en el mal uso en Butler que el autor señala del concepto lacaniano de la forclusión, que lleva a la filósofa –a través de una lectura de Zizek– a partir de algo ligado necesariamente a los sujetos psicóticos –en jerga psicoanalítica– para hablar de la relación entre discursos y conductas y representaciones performativas y representaciones causativas. Pero no llega a funcionar del todo, por ejemplo, cuando iguala la repetición de los mensajes del género –en todo lo que hacemos: en nuestra manera de comunicarnos, nuestros gestos, nuestro cuerpo– a un sistema mecánico sin fracasos, como si Judith Butler no tuviera en cuenta aquello que puede no funcionar: el fracaso es incluso constitutivo, al emplear Butler nociones como la copia de la copia, de herencia claramente derridiana, aunque Marty no haga referencia a ello en su análisis de la lectura de Derrida que hace Butler.

Éric Marty, por su parte, lee a Butler como si no hubiera nada fuera del texto, por más que el autor evite esta otra fórmula del filósofo de la deconstrucción: critica que una representación concreta del drag produzca para Butler una “risa catártica”, como si la autora no contemplara otras posibilidades que deja sin explorar; como si el texto, en fin, hubiera de abarcarlo todo. Ridículo es, por ejemplo, que Marty critique a Butler por hablar de la “performance” del drag y no explicitar jamás su contexto… como si el contexto no estuviera contenido en esa clasificación de “performance”, al situar la risa en un espectáculo inscrito en una tradición muy concreta de la ball culture.

Es difícil construir un ensayo si decides enfrentarte a un muñeco de paja sin mucho interés. Marty no hace otra cosa con aquellos que el autor llama los Gender, término que reduce prácticamente a un insulto hacia Butler y sus presuntos acólitos: en el texto no hay sitio para Teresa de Lauretis, Jack Halberstam o Lee Edelmanan, e incluso parecería que algunas figuras claramente enmarcadas en las teorías queer –como Gayle Rubin– quedarían fuera de este término de los Gender. Instrumentaliza con fines destructivos textos de otros autores: así, al citar a Jean Genet para hablar del travesti como simulación, expande su crítica y se mete con cualquiera que asuma la existencia de tal cosa como unos “estereotipos de género” ligados a construcciones sociales que habría que “deconstruir”. El argumento contra la existencia de esos estereotipos, fruto de mentes “bien pensantes” de lo políticamente correcto, es que los travestis de Genet hacen suyos los accesorios femeninos con gran avidez y encuentran en la histerización de esos accesorios una enorme fuente de placer: teoría suficiente como para desmontar toda una crítica de la reducción de las mujeres a estereotipos machistas e irse con un aplauso en la espalda.

Se trata casi de un acto fallido que Marty no puede reprimir, que aparece, aunque el autor no lo quiera: empieza a argumentar y, en algún momento, su prejuicio se vuelve mucho más seductor que su argumento, llevándolo a decir alguna cosa que no deriva de las premisas con las que había empezado; una auténtica máquina barroca del non sequitur. Así, para Marty, es un gravísimo problema para los Gender que un sujeto heterosexual pueda sentirse atraído por un icono travesti, porque esto supondría conferir “al sujeto heterosexual una enorme capacidad para perturbar su género, y esto a partir de sus deseos y actos propios”, y, por ende, “admitir que la heterosexualidad no es como tal portadora de normatividad”. El camino lógico que hay entre plantear que un sujeto heterosexual puede sentirse atraído por un travesti y concluir que entonces la heterosexualidad no puede ser portadora de normatividad no nos lo explica nadie, ni siquiera el propio Marty, admirador, como dirá después, de “la extraordinaria plasticidad del deseo masculino”; no lo explica nadie porque no tiene sentido más allá de ser una crítica gratuita y sin fundamento a dirigir hacia su muñeco de paja particular, que no es, como ya he dicho, sino otra manera de llamar a Judith Butler. ¿Qué esperar de alguien que afirma, con Sartre, que los maricones (traduzco aquí las connotaciones del vocablo pédés francés, que él escribe así, tal cual, siguiendo la cita) no saben leer a Genet, y que sus únicos lectores buenos en la generación estructuralista y posestructuralista fueron heterosexuales franceses? El camino que emprende en estas páginas es francamente admirable, porque consigue situar al hombre blanco, cis y heterosexual en el centro de toda la teoría queer y de género, afirmando “que no hay perturbación total en el género sin el sujeto heterosexual”, y que no hay nada más subversivo que aquello que ya ha estado ahí toda la vida… y que hay, como Sartre, que leer a Genet como lo haría un (hombre) heterosexual, pues es la única forma de entenderlo.

Lo que queda detrás de buena parte del pensamiento de Marty son los pruritos de un conservador que se escandaliza cuando es la vida y no la literatura la que rompe con la norma

Hay un momento particularmente incómodo en el que los prejuicios del autor le llevan a hacer de su subjetividad el fundamento absoluto de la percepción estándar de la realidad: convierte su experiencia personal en algo universal. Marty dice, en relación con la hipótesis de Butler según la cual el asesino de Venus Xtravaganza (una de las protagonistas de Paris is Burning) la habría matado al descubrir que esta era trans, que se trata de una teoría “absolutamente inverosímil”, porque “su apariencia no engaña a nadie”. El argumento de Marty para desacreditar a Butler, pues, es que él sí que reconoce que esa mujer trans “es un hombre”, aunque no llegue a explicitarlo en estos términos. Aquí el prejuicio y la mala fe sustituyen por completo a la teoría. Estamos ante el que quizás es el punto más bajo del ensayo, más aún cuando la propia Venus cuenta dentro del documental, antes de morir, una experiencia en la cual fue agredida por otro hombre al descubrir este que era trans.

Lo que queda detrás de buena parte del pensamiento de Marty son los pruritos de un conservador que se escandaliza cuando es la vida y no la literatura la que rompe con la norma. Justifica el incesto literario, “la asexualidad de Mallarmé, el lesbianismo de Baudelaire, el fetichismo de Poe, el sadismo, la impotencia, el masoquismo”, siempre y cuando estén ligados a la escritura: desdeña todo aquello que pueda romper algo cuando la ruptura se da en un contexto social y no en un contexto literario. Y, a través de estos prejuicios y con estos ambages, justifica toda crítica que algunas teorías queer puedan dirigirle, al hablar de una excesiva voluntad estetizante, de una incapacidad para ver más allá de los textos. ¿Qué afirmaciones sostiene ya más allá de lo estético o literario? Llega a calificar al movimiento trans como un “colonialismo trans” dentro del movimiento feminista. Califica lo trans como una “ginofobia”, una hostilidad hacia las “mujeres nacidas mujeres”. Habla del movimiento LGTBI como un “espacio conflictivo extremadamente violento, lugar de una guerra permanente”: dice, de la corriente trans, que su éxito se debe “a la extrema radicalidad de su retórica”, según la cual “es suficiente con bautizarse mujer para serlo, para utilizar los retretes femeninos, para jugar al fútbol en un equipo de mujeres o ligar con una lesbiana puesto que se es mujer”. Califica a las personas trans como trastorno “borderline” hipernominalista y como un peligro para la sociedad, borrando en su discurso todo rastro de la presencia de los hombres trans. Marty no es capaz de comprender que las personas de las cuales habla –u omite hablar– no son textos que hablan, sino seres humanos con derechos y deberes; al no tratarlas de igual a igual, no acepta su validez como interlocutores, desechándolos al terreno de lo psicopatológico, del peligro o de la epidemia; como en las palabras de Elisabeth Roudinesco, cuando anunciaba en la televisión francesa que había “una epidemia de transgéneros”, que en la actualidad “eran demasiados”.

Éric Marty, con su ley, doxa o ciencia, no quiere comprender que, por oposición a la perversión ligada a la muerte, hay mecanismos concretos de la vida, alejados de la psicosis, que nos permiten simplemente ser felices. Su elogio de la alegría es perverso, porque exalta todo lo miserable y se complace en un nihilismo pretendidamente francés, naturalizado; en un chovinismo de pacotilla. Opone falsamente un “régimen de la fascinación estética” al “discurso de la crítica social”, como si no fuera posible al mismo tiempo amar los textos y querer que el mundo cambie. Es la muestra de un mundo cultural francés que va adoptando formas muy similares a las de nuestras querellas españolas, pero con variaciones galas: surge una reacción transexcluyente, pero en ella participan con particular fervor y ahínco psicoanalistas lacanianos; la izquierda antiposmo francesa se reivindica a favor de los valores de la Ilustración y de universalismos de pacotilla en lugar de mostrarse obrerista; quienes “rompen y atomizan a la izquierda”, allá, no son los mismos que acá, sino los activistas antirracistas que se quejan de las violencias policiales y del racismo sistémico y estructural, llegando a ser calificados de “islamoizquierdistas”, mezcla extraña entre Mao y los ayatolás; por rizar aún más el rizo o cuadrar el círculo, se dice que Deleuze, Derrida o Barthes no son posmodernos… pero Foucault, por americanizado, sí. En el gran teatro de la ideología, del cual ninguno escapa, todos sueñan lo que son, pero ninguno lo entiende: sirva esta crítica como aviso a navegantes, que no encontrarán al otro lado de los Pirineos análisis más sesudos sobre las cuestiones de mayor actualidad aparente, sino simples manifestaciones neuróticas un poco distintas a las nuestras.

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