1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

La Rebelión

Colombia: inconformismo, protesta e injusticia gubernamental

Gentes coloridas, variopintas, alegres y, sobre todo, valientes están empujando el cambio, pese a la sanguinaria respuesta gubernamental. Hay un cambio generacional y hay un cambio social enfrentado a unas élites que necesitan que nada cambie

Andrés Arango 13/05/2021

<p>Un grupo de jóvenes marcha contra el gobierno de Iván Duque. </p>

Un grupo de jóvenes marcha contra el gobierno de Iván Duque. 

Oxi.Ap / CC BY 2.0

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Hace ya catorce días, el 28 de abril, el pueblo colombiano entró en huelga general (lo que en Colombia se conoce con el nombre de “paro”) ¡Qué días de fuerza, de coraje y de alegría popular! Del poder de la manifestación da cuenta la desproporcionada y feroz respuesta de un Gobierno que ha preferido un baño de sangre a cualquier tipo de interlocución con la sociedad en marcha. Es cierto, sí, que el viernes 7 de mayo, día décimo del paro, el presidente se reunió con un sector político. Pero se reunió precisamente con la llamada Coalición de la Esperanza (centro), con lo que la reunión resultó ser otra más de las pantomimas vacías –que son un sello de la actual administración–, no tanto por el alto grado de impopularidad de la Coalición como por su ilegitimidad para representar el paro –algunos de sus miembros alcanzaron a renegar de él horas antes de que se iniciara, e incluso, cuando estaba ocurriendo–. Infructuosa resultó también la reunión del lunes 10 con el Comité de Paro. Y es probable que haya muchas más reuniones que no lleven a ninguna parte, porque se trata de un Gobierno sordo y arrogante, que impone una agenda que dilata reuniones que eran urgentes antes de que arrancara el paro, recibe primero a sectores no representativos (no es el caso del Comité, claro, aunque este está más bien desconectado de una gran parte de la espontánea toma popular de las calles) y no levanta un dedo para detener la masacre. 

Las razones para parar eran múltiples y justificadas, pero ese miércoles 28 de abril lo que estaba en primer plano era un criminal proyecto de reforma tributaria cuyo anuncio, en medio de una situación de crecimiento de la pobreza, aumento del desempleo y proliferación del hambre, agravada por la combinación entre un Gobierno ineficiente y la inesperada pandemia, sonó como una bofetada rotunda pegada en la humanidad de una sociedad fastidiada con una situación que ya era insostenible. La desprestigiada reforma –aparentemente retirada por el Gobierno mientras trabaja en una peor: la de la salud– fue elaborada basándose en un modelo que consiste en cargarle el mayor peso impositivo a las clases medias y bajas y otorgarles beneficios a los grandes capitales y a las grandes empresas. Proyectaba gravar, entre otras cosas, la mayor parte de la canasta familiar, los salarios (rentas salariales) y las pensiones (por sí mismas un problema y asaltadas varias veces por varios gobiernos). Lo que la sociedad colombiana entendió (correctamente), fue que le iban a esquilmar sus ya exangües ingresos, en un acto de terrible injusticia. El Gobierno, caracterizado por su desfachatez (la prensa le llama desconexión), usó a la misma sociedad a la que pretendía gravar como excusa para el proyecto. Era tan descabellada la medida que incluso algunos sectores empresariales pidieron retirarla y que les quitaran beneficios que habían recibido de la reforma precedente (porque, por inverosímil que parezca, esta no era la primera del actual Gobierno).

La gente

Hay que destacar el coraje y la resistencia del pueblo colombiano, que ha sostenido un paro durante ya catorce días con sus atroces noches, bajo la presión inclemente de las balas del Gobierno y la mirada complaciente de la prensa alineada con el “establishment”. Pero esta sociedad no es cualquier sociedad. Casi podría decirse que es una sociedad nueva. ¿En qué consiste? Gran parte de la muchedumbre que se ha lanzado a la calle a protestar es gente joven que no había nacido –o eran apenas unos niños– a principios del siglo XXI, cuando se instaló el actual régimen. Probablemente por eso, pudieron librarse del discurso gubernamental que se fue instituyendo paulatinamente y cuando tuvieron uso de razón comenzaron a percibir todos los daños que se habían convertido en normalidad. Adicionalmente, se trata de una generación nativa digital que se mueve con soltura en el mundo de las redes sociales y las apps, factor crucial para librarse de la marea de información falsa, equívoca y malintencionada que continúan produciendo los llamados medios masivos tradicionales. Estos son solo dos de los factores que explican la juventud de gran parte de los manifestantes y la dificultad del “sistema” para engañarlos, así como la sevicia con la que los ataca. Ya llevaba décadas arrebatándoles el futuro. Ahora, para garantizar el suyo, es necesario arrebatarles la vida. Mientras escribo este artículo, a más de catorce días de paro, las cifras hablan de 548 desaparecidos, 47 homicidios, 12 agresiones sexuales y 28 heridas oculares, entre otros muchos horrores (recopilados por temblores.org).

A esa juventud que reclama un país diferente, un Estado diferente y un futuro, hay que sumarle otras ciudadanías. Ya desde 1991, Colombia cambió su Constitución por primera vez en más de cien años y le dio voz a una parte de la diversidad (cuestión esta última que la derecha jamás ha podido perdonar). Por primera vez existieron los afro y los indígenas como sujetos de derecho en esta república “caribeña”. Pero más que la Constitución, vapuleada por esas mismas fuerzas que hoy gracias a las redes sociales se exponen al mundo en su violento despliegue, fue el cambio a nivel global transmitido por los avances tecnológicos lo que permitió la irrupción en el escenario de una todavía mayor diversidad. Todas estas gentes, coloridas, variopintas, alegres y, sobre todo, valientes, son las que están empujando el cambio, aun a contrapelo de la sanguinaria respuesta gubernamental. En pocas palabras: hay un cambio generacional y hay un cambio social enfrentado a unas élites que necesitan que nada cambie.

El discurso

Por supuesto, no solo hay ciudadanos hartos participando del paro. También hay ladrones y delincuentes que aprovechan la confusión para destruir y para robar. Y también, cuestión ya consuetudinaria, hay agentes gubernamentales que se hacen pasar por “vándalos” (y hay decenas de videos como evidencia). Su función consiste en robar, agredir o hacer daño para justificar la acción de la fuerza pública que, en cualquier caso, ha demostrado que no los necesita para proceder con sus abusos. Gracias a la colaboración de estos individuos (los agentes encubiertos o disfrazados y los vulgares delincuentes), el Gobierno ha promovido, con ayuda de la gran prensa, un discurso basado la combinación arbitraria de ciertas palabras como “vándalos”, “terrorismo”, “violencia” o “derechos”. Por ejemplo: “terrorismo vandálico”. Este uso irresponsable de las comunicaciones –que no es una novedad– ha engendrado lógicas absurdas como aquella según la cual un “vándalo” que rompe un vidrio, tumba una estatua o participa en la quema de un bus está cometiendo violencia contra la población y vulnerando sus derechos humanos, por lo que, declarado culpable de daños a la propiedad (pública o privada) y a la ciudadanía “de bien”, aparece sentenciado en un juicio que antecede a los hechos y puede por ello ser mutilado, violado, torturado o asesinado. En este contexto, el derecho a la vida en Colombia vale menos que una vitrina o que un ladrillo.

La gran prensa, por su parte, ha copiado la estrategia gubernamental de hablar con rodeos y eufemismos, evitando al máximo llamar las cosas por su nombre. Así, los ciudadanos “pierden la vida”, “resultan muertos” o “son alcanzados por las balas”; nunca son asesinados, aun cuando haya videos grabados hasta por aquellos que disparan. También es moneda de uso corriente hablar de “violencias de lado y lado” con la intención de justificar el proceder macabro del Gobierno. Con este alineamiento cómplice, la prensa consigue igualar a ciudadanos que en la mayoría de los casos solo cuentan con pancartas, tambores, vuvuzelas, megáfonos y, a veces, piedras (y escudos de lata), con ejércitos y policías con fusiles, revólveres, pistolas, bombas, tanques, blindajes, escudos y corazas que apuntan a desgarrar humanidades desnudas. En su reciente intervención pública, Baltazar Garzón ilustró con mucha claridad y precisión esta injusticia que, también hay que decirlo, es material de consumo para sectores de la sociedad colombiana explícitamente partidarios de la eliminación de otra parte de la sociedad, sectores que en los últimos tres o cuatro días comenzaron a disparar y a ufanarse de ello, amparados por una impunidad cuyo uniforme se alcanza a ver en algunos videos de ese océano audiovisual que apila evidencia en las redes.

No se puede dejar de mencionar el estado de negación en que se encuentra el Gobierno. Consecuente con un discurso que ya lleva más de veinte años repitiéndose, ni el presidente ni sus ministros ni los altos mandos militares o policiales reconocen las salvajadas que cometen contra la población. Por el contrario, alientan a sus subalternos y les dan tratamiento de héroes mientras que sostienen todo el tiempo que el paro o las marchas son financiadas e infiltradas (ya está el en marcha el proyecto de ascenso para el actual director de la policía). En sus intervenciones públicas, nunca se trata del justo reclamo de una sociedad llevada al extremo. Según ellos, siempre hay algo detrás: las guerrillas, el narcotráfico, el comunismo internacional, el neochavismo, el castrochavismo, la Unión Soviética (sí, la Unión Soviética), Rusia, China, Maduro, Fidel Castro, el socialismo o, en plan electoral, un senador y candidato presidencial alternativo llamado Gustavo Petro. Con estos fantasmas refuerzan la licencia para matar en un país en el que no existe la pena de muerte.

El Gobierno

En términos generales, Colombia lleva décadas de políticas económicas erradas, egoístas y malintencionadas cuyo objetivo ha sido enriquecer más a los ricos del país, a los grandes capitales extranjeros y al crimen organizado, todo eso a costa de la gente, de los recursos naturales y del medio ambiente, pero estructurado en una alegre y festiva democracia constitucional. Como había dicho al principio, la reforma tributaria fue la razón para el paro, solo en apariencia. Muchos factores hicieron de esta un proyecto particularmente impopular. Uno de ellos fue, por redundante que suene, el alto nivel de impopularidad del presidente, trabajado por él con paciencia para la filigrana minuto a minuto, al punto de convertirlo en acreedor del honor de ser el presidente que más rápido alcanzó el más bajo nivel de aceptación (alrededor del 30% en menos de seis meses). Uno de los métodos con los que consigue este efecto –y que emplea con constancia– es el de ofender al país. ¿Cómo lo logra? Las formas son muchas, pero una de las más usuales consiste en maltratar la lengua acuñando eufemismos que abrillantan su falta de empatía. En un caso típico, luego de una de tantas masacres que sumió al país en el dolor y la indignación, para excusar la ausencia de seguridad y la impunidad, dijo en tono soberbio: “Llamemos las cosas por su nombre […] hablemos del nombre preciso ‘homicidios colectivos’”. Con este mismo método presentó la inconveniente reforma, bautizada con el equívoco y cínico nombre de “Ley de Solidaridad Sostenible”.

No obstante, es improbable que un presidente logre hacerse odioso solo a punta de despropósitos sintagmáticos. En el caso de Iván Duque, a esta característica se suma una galopante corrupción, una incapacidad casi absoluta para gobernar y un desprecio enfermizo por el pueblo colombiano, cuestión esta última irreprochablemente demostrada con la barbarie que está presenciando el planeta entero y cuyo experimento fue la masacre del 9 de septiembre de 2020 en Bogotá .

La corrupción, que ya era uno de los peores problemas de Colombia cuando el presidente juró su cargo, ha aumentado en su gobierno gracias a la rapiña burocrática, consistente en presionar para repartir los cargos del gobierno entre sus partidarios y favorecedores; gente que –casi sin excepción– no está capacitada para ellos. También prospera gracias a la cooptación de todos los poderes por la vía de poner a sus amigos y a los amigos de quienes lo ayudaron a llegar a la presidencia a la cabeza de los organismos de control. Una vez más, gente que no está preparada para dichos cargos o que en muchos casos llegan a ellos para hacer exactamente lo contrario de lo que dichos cargos demandan. (Caso del Defensor del Pueblo, que el lunes 10 de mayo abandonó una mesa de diálogo con voceros de la Minga indígena. Esta clase de desaire, habitual entre los funcionarios del actual Gobierno, resultó mucho más reprobable en esta ocasión dado que la Minga había sido atacada a bala por ciudadanos “de bien”, a plena luz del día y a la vista de todo el mundo). Con sus amigos, electores y partidarios en la burocracia, el presidente ha acumulado poder hasta destruir el famoso “sistema de pesos y contrapesos” en el que se basaba el frágil equilibrio institucional colombiano, siempre amenazado desde adentro, pero nunca como en los últimos tres años. Esta acumulación de poder es lo que permite el abuso y el despilfarro con la consecuente garantía de impunidad.

En estas condiciones arrancó el paro en Colombia.

El paro

Pocas horas duró el paro siendo simplemente un paro. Gracias al proceder del Gobierno pronto se convirtió en una tenebrosa orgía de sangre organizada desde la Casa de Nariño [el palacio presidencial] con la colaboración de uno que otro consejero que por Twitter daba las más siniestras órdenes encubiertas con la pátina de una simple opinión. Varios días se tomó el presidente, mientras la ciudadanía era asesinada, para retirar la reforma; varios días se tomó, luego, mientras la ciudadanía era asesinada, para dialogar con sectores ajenos al paro –y a eso nuevo que él mismo provocó con su violenta respuesta: la toma de la calle, las barricadas, los bloqueos–. Todavía se tomaba su tiempo el pasado fin de semana, mientras la ciudadanía seguía siendo asesinada. Con el insólito argumento de que su presencia “distraería el trabajo de la fuerza pública” fue capaz de negarse a ir a Cali, epicentro de las protestas, incluso en contra las demandas de gente de su propio partido.

Y así ha continuado la situación, de día y de noche, frente a las cámaras de los celulares o en la oscuridad de apagones provocados e interrupciones de la señal de internet. Pero la gente resiste y se obstina más porque después del miedo ya muchos piensan que tienen poco o nada que perder y otros tienen esperanza y coraje. Hay agotamiento y hay desgaste, pero no es una guerra civil como se atreven a decir algunos y como se vislumbra que pueda ser una nueva fase de las oscuras maniobras de la administración: es el Gobierno contra la sociedad. Se dice que Duque pudo haber hecho algo para calmar los ánimos y para desactivar el paro, pero los que eso dicen se engañan o mienten, porque nunca ha tenido ni la grandeza ni la inteligencia para hacer algo así.

Colombia. Cali. De día es la gente, con sus pancartas, con sus tambores, con sus canciones, con sus reclamos y con los lutos de sus muertos recientes. Y el peligro ahí, frontal e insolente. Eso es de día. De noche, la pesadilla de los asesinos con licencia y los escudos de lata y las barricadas y la gritería y las explosiones y las ráfagas. Colombia es una olla a presión obstruida que contiene tenazmente ese fuego interior. En algún momento vendrá el estallido.

Hace ya catorce días, el 28 de abril, el pueblo colombiano entró en huelga general (lo que en Colombia se conoce con el nombre de “paro”) ¡Qué días de fuerza, de coraje y de alegría popular! Del poder de la manifestación da cuenta la desproporcionada y feroz respuesta de un Gobierno que ha preferido un baño de...

El artículo solo se encuentra publicado para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Andrés Arango

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí