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Pablo Servigne / Coautor de ‘Colapsología’

“No podemos saber si ya estamos viviendo un colapso”

Juan Bordera 11/05/2021

<p>Pablo Servigne.</p>

Pablo Servigne.

Imagen cedida por el entrevistado

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Cuando, sin tener una editorial de las grandes detrás y pese a tocar un tema poco popular o mediático, se consigue generar un boca a boca suficiente para convertir un libro en un superventas, suele ser porque se ha tocado una fibra sensible. Se ha dado con un tema que iba a emerger antes o después y se ha acertado en algo con la aportación. En este caso, hasta el punto de inspirar una serie de televisión que también se ha convertido en un pequeño fenómeno, la francesa El Colapso.

Colapsología, el libro coescrito por el agrónomo y doctor en Biología Pablo Servigne y el investigador y especialista en transición ecológica Raphaël Stevens, se publicó en España en 2020. Solo en Francia, antes de la pandemia, había vendido más de 100.000 ejemplares. Hablamos con Servigne (Versalles, 1978) sobre límites planetarios, planes de transición, crecimiento económico, pandemias y esperanzas. 

Vuestro libro comienza con una metáfora de la civilización industrial como si fuera un vehículo. ¿En qué estado está ese vehículo tras la pandemia: motor gripado, cuesta abajo y sin frenos o arrancará con fuerza otra vez?

Ahora mismo tiene cinco problemas. El primero es que el depósito de gasolina está casi vacío y las renovables, nos guste o no, tienen límites. El segundo es que tenemos el pie enganchado en el acelerador; el conductor no quiere o no sabe frenar. El tercero es que el coche se está saliendo de la ‘carretera’, de esos límites ecológicos que nos mantienen estables: clima, biodiversidad, etcétera. Hemos acelerado tanto que ya no vemos ni los obstáculos. El cuarto es que no podemos girar el volante. Está obstruido, bloqueado, por la obligación que marca el crecimiento económico, por cuestiones financieras, y por razones psicológicas y culturales. Y el último es que el coche es cada vez más débil: la globalización ha hecho que las cadenas de suministro sean muy frágiles. Sin stocks, disminuimos la resiliencia del sistema. Que el coche se estrelle de manera grave es una posibilidad. Sobre todo, si ni siquiera se habla de estos problemas.

¿Qué opina de los planes de transición que se están aprobando?  Más que un rescate para la Next Generation, parecen lo contrario. Recetas para salvar el estatus de la clase alta actual.

Conozco poco qué está pasando en España, pero en Francia [los planes] no están a la altura. Aunque se invierte en cosas importantes, como el aislamiento térmico de las viviendas, los objetivos necesarios no han sido alcanzados. Hay una pugna entre dos historias: la de seguir como siempre, con un crecimiento infinito, imposible de sostener, hasta que venga el siguiente shock. Y luego, una transición, un relato compartido, una historia común que se ajuste a los límites. Comprender el eventual colapso es tan solo una mitad de esa historia alternativa, la otra es imaginar la transición y el potencial renacimiento posterior. Una de las cosas que debe asumir ese nuevo relato común es el más que probable descenso energético.

Como biólogo, ¿qué diría de la relación entre biodiversidad, cambio climático y pandemias?

No se suele entender lo directa que es la vinculación entre las tres: el cambio climático afecta a la biodiversidad, y eso tiene efectos terribles sobre los seres humanos, no solo en cuestión de pandemias, que también, sino en caída de los rendimientos agrícolas, hambrunas, sequías, etcétera. Y además generan mecanismos directos de retroalimentación entre ellas, lo que puede crear un efecto dominó.

Cuando se han superado muchos de los límites planetarios definidos por los expertos, la gran aceleración continúa su inercia, el peor escenario previsto de la Tierra invernadero se acerca y el clima sigue pasando puntos de no retorno, ¿dónde encuentra esperanza un experto en estos temas?

Tenemos que aprender a vivir los sentimientos llamados “negativos”: la pena, el dolor, el miedo, el duelo. Nuestras sociedades ya no tienen apenas rituales para estos sentimientos inevitables. Y sobre todo, no hay que “esperar a la esperanza”, la esperanza es algo activo, como cuenta Joanna Macy. Haces cosas ahora para que llegue a ocurrir algo que esperas que ocurra, pero no te quedas esperando que ocurra. Lo que hace falta es, más bien, coraje. Construir colectivamente ese destino común. Y no negar el posible colapso. Los países que creían en el peligro del virus se prepararon mejor. 

Algunos piensan que hablar de colapso o decrecimiento paraliza. Pero las elecciones municipales francesas demostraron que una batalla cultural como la que llevan librando durante tanto tiempo Serge Latouche, Yves Cochet o ahora ustedes tiene resultados. Cualquier cambio político viene precedido de un cambio cultural. ¿Nos falta imaginación para apostar por las utopías o nos falta comprensión de lo distópico del presente?

Tenemos todavía la oportunidad de imaginar instituciones que posibiliten el bien común, premiar al cooperativo y castigar al egoísta. Si no estamos jodidos

Necesitamos ambas. La sorpresa de este libro fue ver que provocó movilización –en contra de esa idea común–, provocó optimismo. Sobre todo, en la gente joven. A la gente más mayor tal vez el miedo los congela. Pero, por ejemplo, la colapsología fue como una chispa para la gente de Extinction Rebellion y, junto con la pandemia, está cambiando el imaginario habitacional en Francia, colaborando en la repoblación rural. Hay que entender con lucidez las malas noticias. Si hay un incendio, tienes que entender dónde están las salidas, qué se puede hacer para apagar el fuego… También es imprescindible fomentar las redes cooperativas y salir del individualismo, como ocurrió cuando los vecindarios se organizaron para llevar la compra a los vecinos más mayores o vulnerables.  Por ahí está lo deseable, lo potencialmente utópico. 

En Francia marcó un antes y un después la dimisión de Nicolas Hulot, ministro de Transición Ecológica, en 2018, cuando dijo: “Desde dentro no se puede cambiar esto”. Surgieron inmediatamente los ‘chalecos amarillos’. Como dicen en Extinction Rebellion, “cuando la esperanza muere, comienza la acción”.

Usted cree en la cooperación y el apoyo mutuo como mecanismo de evolución –siguiendo, por ejemplo, a Lynn Margulis–, pero necesitamos también que no haya muchos elementos que busquen solo su propio beneficio, pues esto rompe el equilibrio cooperativo. ¿Cómo conseguirlo sin estructuras políticas globales?  

Sin instituciones globales es mucho más complicado, nuestro sistema actual beneficia a veces al tramposo y castiga al ‘justo’. Favorece la competición y recompensa a los egoístas. Es una reacción en cadena que hay que cortar. La gente se desmoviliza y no quiere participar del bien común. Tenemos todavía la oportunidad de imaginar instituciones que posibiliten lo contrario, premiar al cooperativo y castigar al egoísta. Si no, con perdón, estamos jodidos. 

¿Qué opina de las asambleas ciudadanas del clima? ¿Qué tal la experiencia francesa?

Para mí fue un verdadero experimento de creatividad política, muy interesante. Y que trae novedades a un panorama que las necesita. Lo mejor es que se le cae la máscara al gobierno de turno, en este caso al de Macron, y demuestra que este no cumple la mayor parte de las propuestas ni aunque se lo prometa a las asambleas ciudadanas. Pero, aun así, se han conseguido avances gracias a ellas. 

Según el modelo Handy, que usted discute en su libro, un parámetro fundamental para causar colapsos es la desigualdad, que aumenta en paralelo a la falta de confianza entre semejantes, otra de las principales razones de los colapsos. El diseño de nuestro sistema económico hace que ambas aumenten cada año. Y hace imposible ajustarse a los límites, porque la élite –que suele estar alejada de la realidad y por tanto no detecta las alarmas– es la que sirve de modelo. ¿Alguna solución?

Cuando tienes las precondiciones reunidas, una chispa –por ejemplo, una sequía, un derrumbe financiero o una pandemia– puede provocar un colapso

Esta es una de las claves, pero es muy difícil. Redistribuir, compartir, es la base. Si no podemos hacer esto, políticamente no hay solución. Hay que invertir esa espiral de desconfianza. Qué queremos hacer juntos es la base de la política, de ese relato común que comentábamos. Racionar es una parte importante, más aún si vamos hacia posibles colapsos. Impedir que los ricos tengan demasiado y garantizar que los pobres tengan el mínimo suficiente. Y todo ello teniendo en cuenta los límites de los recursos. Es curioso cómo los ingleses tienen un recuerdo agradable del racionamiento, porque ganaron a los nazis con él. Y en España o Francia el recuerdo es al contrario, porque perdieron. Quizá tengamos que inventar otra palabra, pero ese es el reto: cómo compartir cuando hay recursos limitados.

La pandemia es un gran shock, pero casi seguro habrá otros peores más adelante, y siguiendo con la metáfora, un coche va al desguace cuando sufre muchas averías en poco tiempo. ¿Le está pasando ya esto a nuestra civilización y eso hace imposible responder debidamente a todos los retos que se le plantean?

Exacto, lo que no sabemos es si el virus es esta chispa. En todos los colapsos hay precondiciones y desencadenantes. Cuando tienes las precondiciones reunidas, una chispa –por ejemplo, una sequía, un derrumbe financiero o una pandemia– puede provocar un colapso. Es una pregunta para los historiadores del futuro. No podemos saber si estamos ya viviendo un colapso. El virus puede haber sido una precondición más o un desencadenante. 

Yves Cochet exministro francés de Medio Ambiente dijo aquello de que es demasiado pronto para saber si es demasiado tarde. 

¡Sí! En cualquier caso, es demasiado tarde para ser pesimista.

Ahora se apela al método científico para vencer al virus y escapar de muchas teorías conspirativas, pero, cuando se trata de la ciencia en el tema del cambio climático o de los límites termodinámicos, no se le presta tanta atención. ¿Quizá porque hacerlo pondría en duda todo el sistema?

Es una razón. Otra razón es que la amenaza está mucho ‘más clara’. El virus es identificable y las soluciones son más evidentes. Pero el calentamiento global, por ejemplo, es mucho más complejo y las soluciones no son tan fáciles. Nuestro cerebro está hecho de esa manera: tenemos más miedo delante de una araña inofensiva que leyendo un informe terrorífico del IPCC [Panel Intergubernamental del Cambio Climático]. 

¿No es un poco una locura, o una cuestión de fe, querer resolver con el tecnooptimismo (abejas dron, captura y secuestro de carbono, geoingeniería) problemas que la tecnología ha causado en parte?

Totalmente. Este pensamiento típico de la Modernidad, que alimenta el tecnooptimismo, es parcialmente responsable de que no se pueda profundizar en el interior del propio ser humano, en los motivos culturales y antropológicos que nos han llevado a pasar por este trance. La tecnología no es el enemigo, pero tampoco es la solución.

¿Qué diría a quienes caricaturizan a los críticos con el progreso y el crecimiento como luditas, maltusianos o como “los que quieren volver a las cavernas”?

Para mí hay que experimentar. No sabemos. No es una cuestión de volver o avanzar, no es una línea. Pero sí, insistir en el solucionismo tecnológico y la “modernización”, cuando ya hemos superado los límites clave, puede ser, paradójicamente, el camino hacia el colapso.

Un debate recurrente: Antropoceno o Capitaloceno, ¿a quién pedir cuentas? ¿Al hombre, que lleva miles de años sufriendo (y provocando) pequeños colapsos? ¿O al sistema capitalista que ha exacerbado esta tendencia?

Al sistema capitalista, no es culpa de todos por igual. Aunque el término Capitaloceno esconde que los otros sistemas tampoco han sabido escapar a los desastres ambientales o a la trampa del crecimiento perpetuo. Entiendo la crítica, pero a pesar de ella me gusta más el término Antropoceno. 

Goethe hablaba de la evolución en espiral de la humanidad, a veces ascendente, a veces descendente. Platón decía que las civilizaciones tenían etapas de nacimiento, crecimiento, estancamiento y muerte. ¿Sólo reconciliándonos con la muerte de una parte de lo que hemos construido podríamos sostener lo esencial, la vida misma?

Hay que vivir con la idea de la muerte, eso ayuda a vivir, y no a simplemente sobrevivir. Vamos a atravesar un siglo de tormentas, si no tenemos la sabiduría de aceptar, acoger, a la muerte, no lo tendremos fácil para superar lo que viene, por eso los pueblos originarios, tradicionales, tienen sabiduría que nos puede ayudar. 

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Puede ver la conferencia que dio Pablo Servigne en Barcelona el pasado día 3 de mayo aquí.

Autor >

Juan Bordera

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