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Gramática rojiparda

Apología del maestro tarugo

El mejor sistema educativo no sería aquel donde todos los maestros fueran sabios, sino uno donde todos los estudiantes pudieran aspirar a serlo aunque les toque un maestro tarugo

Xandru Fernández 16/05/2021

<p>Imagen de la película 'La lengua de las mariposas' (1999).</p>

Imagen de la película 'La lengua de las mariposas' (1999).

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Hay profesiones destinadas al choteo. Otras, al aplauso incondicional. Las más, a la indiferencia, y unas pocas a la envidia (y otras tantas al desprecio). Choteo y lástima concitaban los maestros y las maestras en una España de posguerra donde apenas quedaban aplausos para los futbolistas, las cupleteras y los generalísimos. La Transición, para ese colectivo, fue pasar de generar choteo a generar envidia. Por aquello de los tres meses de vacaciones, supongo. Aunque ni así se le quitó la pátina romántica que venía arrastrando desde principios del siglo XX, alimentada también por la cultura antifranquista.

Habría que comprobar si esa romantización de la figura del maestro, heredera en gran parte del ideal krausista, se da fuera de España con la misma intensidad. También me gustaría escarbar en el origen de esa palabra, “romantización”, que despierta de vez en cuando alguna ira de lexicógrafo pero que designa, a mi juicio, mucho mejor que la rotunda e incompleta “idealización”, el proceso por el cual se generan expectativas novelescas, épicas o heroicas, a partir de una figura del paisaje cotidiano. Quizá se pueda rastrear ese uso de “romantizar” (que ya existía en castellano con un significado enteramente diferente) hasta el alemán romantisieren según se empleaba en algún lugar de Europa, muy probablemente en Jena, hacia el año 1800. Así lo manejaban Schlegel y Novalis: para designar la operación de inyectar en lo cotidiano la fuerza estimulante de la imaginación.

Lo que la imaginación inyecta en la figura un tanto desdibujada del maestro o la maestra es la virtud del psicopompo, del guía de almas, pero no de un guía al más allá de la vida sino a un más allá de la infancia, hacia una edad adulta que se intuye tan siniestra como la tumba, solo que menos apacible y mucho más ruidosa. A un guía de esta especie se le supone una actitud de entrega absoluta al discípulo o grupo de discípulos, al alma joven que aprende a volar sola bajo su mirada experta. Los pupilos que saben ver y aprovechar las vetas de seducción que emite ese guía virtuoso se convertirán, a su vez, en modelos para otras almas más jóvenes. Sobre un paisaje gris, poblado de figuras adultas que se agachan, se humillan, se hunden y sucumben bajo la carga de las obligaciones, las enfermedades y las deudas, el maestro se erige en faro de esperanza o, al menos, en motivo de entretenimiento. Así lo dibujó Manuel Rivas en La lengua de las mariposas: el maestro encandila mediante el asombro y, a partir de él, ilumina expectativas. Pero solo llega a despertarlas si es capaz de sacudirnos la modorra de nuestra sobremesa mental. Con razón decía Sting que entre un maestro y una estrella del rock no hay tanta diferencia: los dos se dedican a entretener a delincuentes en potencia.

Lo que ocurre con esos oficios tan dados a la romantización y al aplauso colectivo, tan pródigos en vidas ejemplares de abnegación y sacrificio, es que se compaginan mal con el carácter prosaico de la función pública, con la burocratización y la despersonalización típicas de la maquinaria del Estado. Y de hecho lo que menos premia el sistema educativo es ese tipo de virtudes que, paradójicamente, se ensalzan en los textos escolares y en las películas con glamour pedagógico: la paciencia, la entrega, la simpatía y el entusiasmo no puntúan como méritos para acceder a una plaza en la enseñanza pública, y menos mal, ya que, que yo sepa, no hay instrumentos precisos para evaluar esas capacidades de manera objetiva. Tampoco se les exigen a otros servidores públicos a los que frecuentemente se alaba por esas características, como si fueran consustanciales a su oficio: el personal sanitario es un buen ejemplo, últimamente, pero no el único. Son más llamativos los contraejemplos: por qué nos supone un esfuerzo sobrehumano romantizar al juez, al abogado, al notario. Figuras del Estado Profundo, villanos de novela negra.

En la imaginería posmoderna, ese maestro entregado a la noble causa del progreso, destilado de todas las esencias de la Ilustración, reaparece disfrazado de profeta neofolk o pedagogo primitivista. En lugar de dirigir la mirada curiosa de sus discípulos hacia las maravillas de la Naturaleza y los prodigios de la Ciencia, orienta sus afectos por los senderos de la Creatividad. Pero su genealogía es la misma, y su destino también: representar el ideal inalcanzable de una profesión socialmente desprestigiada a la que es demasiado fácil acceder de rebote. Como subproducto televisivo puede llegar a ser interesante, pero como utopía pedagógica es puro sarcasmo.

De tanto romantizar a la maestra y al enfermero, nos damos de morros contra la realidad más basta cuando nos toca tratar con la enfermera borde o el maestro ceporro. Que los hay, y a cientos, y quizá su primer cometido en esta vida sea boicotear el esfuerzo de los profesionales virtuosos, pero ser conscientes de ese efecto no nos libra de vivirlo como una frustración: nos gustaría un mundo donde todos los maestros fueran sabios y comprensivos, pero nos ha tocado uno donde también hay vocaciones truncadas que acabaron en la enseñanza como segunda o última opción.

Un panorama semejante no se mejora aspirando a que todos los profesores sean magos, sino haciendo de esa profesión un bocado apetecible, socialmente atractivo por su prestigio, indispensable para la construcción de una sociabilidad republicana (en el sentido de la buena convivencia y el trato racional entre iguales, lo que conduce indefectiblemente a lo otro, estaría bueno). El mejor sistema educativo no sería aquel donde todos los maestros fueran sabios, sino uno donde todos los estudiantes pudieran aspirar a serlo aunque les toque un maestro tarugo. Igual que la sanidad pública funciona bien cuando hay suficientes médicos y hospitales, cuando puedes acudir a tu centro de salud sin demoras ni triajes telefónicos, cuando ya no hay necesidad de aplaudir ni alabar la profesionalidad y el buen trato del personal sanitario puesto que se han eliminado la escasez y la precariedad. Así también el sistema educativo: si ha tenido que llegar una pandemia para darnos cuenta de que las aulas estaban demasiado llenas, quizá el remedio no sea confiar en los superpoderes del profesorado para atender telemáticamente a la mitad del alumnado (derivando a este hacia YouTube, ese repositorio del autoaprendizaje al que el maestro tarugo debería temer mucho más que a un inspector) sino abrir más colegios y contratar más maestros y hacer de los centros educativos lugares agradables donde enseñar y aprender no sean solo los efectos secundarios de la teatralización del saber.

Lo primero que los niños y las niñas necesitan para aprender son entornos seguros, escuelas habitables, con libros en la biblioteca, microscopios en el laboratorio y calefacción en las aulas. Luego ya vendrá lo de dar clase susurrando y aprender inglés cantando y hacer de Kant un personaje de comedia, pero no olvidemos a los alumnos del maestro tarugo, en cómo hacer que su mala suerte no los empuje fuera del sistema. Quizá el siguiente paso sea poner en cuestión la figura del maestro como individuo genial y autoeditado y avanzar hacia una concepción del equipo docente no como entidad virtual que se reúne una vez al mes para rellenar informes sino como lo que su nombre dice: un equipo que enseña. Igual que nos hemos habituado a hablar de inteligencias múltiples para referirnos a los distintos estilos de aprendizaje del alumnado (con razón o sin ella, no es ese ahora el tema), no estaría de más asumir que también hay diversidad de estilos entre quienes enseñan y abandonar progresivamente un modelo individualista que quizá ya solo pueda acompañar a la escuela en su agonía.

 

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