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LA LECTORA COMÚN (XV)

De mi ventana a la tuya

Qué curioso es el mundo de los sueños que mezcla a su antojo los recuerdos, las lecturas y la vida de una y la dejan todo el día cavilando

Carmen G. de la Cueva 28/05/2021

<p>‘Sol ardiente de junio’, de Frederic Leighton (1830-1896).</p>

‘Sol ardiente de junio’, de Frederic Leighton (1830-1896).

Museo de arte de Ponce

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Anoche soñé con Carmen Martín Gaite. Estábamos las dos sentadas en un poyete en los arriates de la Plaza de Santa Marta, a los pies de la Giralda, bajo la sombra de unos naranjos viejos que, con un tapiz de espesas hojas, tapaban el cielo de mayo. En el sueño, Carmen y yo éramos amigas, viejas amigas, nuestra intimidad era tan profunda que ella conocía todas las vicisitudes de mi maternidad y yo me sabía al dedillo sus peripecias al otro lado del charco. Acababa de dar una charla en la Casa de la Provincia sobre las chicas raras de la literatura donde había hablado de la joven Andrea de la novela Nada de Carmen Laforet y también de María Luisa, la niña pintora de Oculto sendero, de Elena Fortún. En el sueño, mientras Carmen se quitaba una prenda tras otra –una rebeca de punto roja, un chal azulado que llevaba sobre los hombros, un sombrero negro que cubría su plateada melena, una mascarilla de tela morada– y no dejaba de mentar el terrible calor veraniego de Sevilla, yo la miraba boquiabierta sabiendo que aquello no podía ser real. ¿Cómo iba yo a ser amiga de Carmen Martín Gaite que llevaba muerta más de veinte años? ¿Cómo iba ella a conocer a María Luisa si la obra de Fortún estuvo escondida en un armario hasta hace apenas cinco años?

Carmen parloteaba sin descanso, como si tirara de una bobina de hilo infinita, y yo seguía mirándola pasmada ante lo asombroso del encuentro y de nuestra familiaridad. Como no sabía qué hacer con ella a las siete de la tarde con semejante solanera, me la llevé a Santa Marta. Y, en cuanto atravesamos el sombrío callejón, Carmen comenzó a contarme un sueño que había tenido la noche antes. Soñó que le escribía una carta muy larga a su madre donde le hablaba de sus primeros días en Nueva York allá por el otoño de 1980. Ella, sentada en el alféizar de su ventana que daba al East River, sostenía entre las manos un pequeño espejito de plástico rosa, como de juguete, y, moviendo los dedos con gestos muy precisos, hacía que la luz se reflejara en la ventana de enfrente. Justo al otro lado del río, en un inmenso ventanal, como uno de esos por los que miran las mujeres en los cuadros de Hopper, estaba su madre. De repente, como si lo que me contara fuera un secreto, Carmen bajó la voz y en un susurro me dijo que eso de las lucecitas era un juego que su madre llevaba mucho tiempo tratando de enseñarle, como cuando quería que aprendiera a coser y ella perdía la paciencia. En el sueño, su madre le decía: “¿Ves como si te pones te sale bien? Mira, el secreto está en no tener prisa y en atender a cada puntada como si esa que das fuera la cosa más importante de tu vida”. Las culebrillas de su mensaje, me decía Carmen, habían pasado por encima del East River, que arrastraba trozos de hielo, por encima de los remolcadores y de los barcos de carga, habían esquivado el choque de los helicópteros que sobrevolaban la ciudad y se habían metido por debajo del Queensboro Bridge hasta llegar a las manos de su madre que no solo estaba el otro lado del río, sino de la vida, porque llevaba muchos años muerta. Aquel sueño la había dejado en un hermoso limbo, como si volviera a tener veinte años y se escribiera cartas con su madre.

Justo cuando acabó de contarme su sueño, yo saqué del bolso un pequeño cofre de plata. Cuando lo abrí, salió de dentro un librito rojo que llevaba por título Enciclopedia de los Buenos Ratos de las Escritoras. Ahora era ella la que me miraba atónita y yo la que parloteaba sin cesar: que este libro era como un amuleto que llevaba siempre encima para conjurar a las muertas en los momentos de desaliento, que dentro estaban los cachitos de vida gozosa de Elena Fortún, de Carmen Laforet, de Matilde Ras, de María Lejárraga, de Rosa Chacel, de Ana María Matute, de Elvira Lindo, y hasta de ella misma. Le decía: “Carmen, no te lo vas a creer, este libro habla de ti, de una vez que te fuiste a bailar con Rosa y de cómo ella se contentaba con mirarte, de lo mucho que te gusta jugar al Scrabble, de tus viajes a Nueva York, de tu hija Marta”. Y seguía: “Que dice aquí que quizá pudiste leer los papeles inéditos de Elena porque a ti te encantaba Celia y que la habías leído de niña y que, cuando adaptaste la serie con Borau para la tele, puede que leyeras el manuscrito de Oculto sendero que estaba en la maleta de Marisol Dorao, ¿es verdad, Carmen? Tiene que serlo, porque hoy has hablado de María Luisa en tu charla y…”. En ese momento, se me quiebra la voz porque estoy a punto de decirle que, cuando el libro se publicó, ella llevaba muerta dieciséis años, pero cómo va a ser eso verdad si estamos en plena pandemia y ella está conmigo aquí sentada bajo los naranjos de la placita. Lo último que recuerdo del sueño es que le colocaba el libro en las manos como si fuera una ofrenda y ¡zas! Carmen se desvanecía.

Hoy me he levantado con una sensación agridulce en el cuerpo, me da pena que el sueño durase tan poco porque yo estaba muy a gusto con Martin Gaite, tan a gusto estaba que, por un momento, en un segundo que le dio en la cara un rayito de sol que salió de entre las ramas, me pareció ver a mi tía abuela Carmen, el mismo pelo plateado, la misma mirada de ojos brillantes y asombrados. En el sueño, la calidez que me ofrecía Martín Gaite me recordaba a esas tardes que he pasado en la salita de mi tía contándonos nuestra vida como dos amigas.

Pero lo del librito ese rojo debe de tener otra explicación. Ayer mismo me leí del tirón un libro fascinante de la escritora María Folguera que justo hablaba de Martín Gaite. En Hermana (Placer) –así se llama el libro–, una joven madre y escritora que se parece mucho a mi amiga María, pero que no es exactamente ella, dirige en el Centro Dramático Nacional una obra sobre Elena Fortún que lleva por título Mi relación con Elena Fortún, tiene un novio en Sevilla, una amiga artista que interpreta en la obra a María Lejárraga, una hija pequeñita que la desespera no pocas veces y, por si fuera poco, en mitad de ese puzle vital, está intentando armar la Enciclopedia de los Buenos Ratos de las Escritoras. Ahí está. Qué curioso es el mundo de los sueños que mezcla a su antojo los recuerdos, las lecturas y la vida de una y la dejan todo el día cavilando. Dice la protagonista que lo que ella quiere escribir es “una enciclopedia de placeres y buenos ratos de nuestras autoras del canon, las maltrechas, heroicas, victimizadas, autoras del canon literario”. La idea me fascina porque, imaginémonos por un momento que, en lugar de nombrar a nuestras escritoras favoritas por la manera en que se quitaron la vida –“Silvita metió la cabeza en el horno, Alfonsina se metió en el mar, Emilita enloqueció, Virginia se echó al río con sus piedras en el bolsillo”–, las recordásemos por los momentos en que se lo pasaron bien.

Quería hacerle ver a Carmen todo lo que han hecho ellas por nosotras, la importancia de su obra, de sus vidas, de sus conquistas

Yo en el sueño me sentía un poco médium. Quería hacerle ver a Carmen todo lo que han hecho ellas por nosotras, la importancia de su obra, de sus vidas, de sus conquistas y el esfuerzo que estamos haciendo ahora nosotras por deshacer ese canon interiorizado hasta la médula. La voz de Folguera es tan personal y única que te va llevando por los vericuetos de la vida de la protagonista y los enreda con las vidas de las escritoras que admira sin que te des cuenta, como en un juego de espejos, como el juego secreto que Martín Gaite aprendió de su madre en su sueño. Me gusta especialmente cómo se cuenta esa relación de genealogía que hacen unas autoras con otras, por ejemplo, cuando María Lejárraga en un jardín al borde del mar que debía ser un recuerdo del chalé de María en Niza, donde pasó largas temporadas para huir de la asfixia cultural madrileña, Elena tuvo una conversación en la que por fin alguien la sacudió y le dijo que se comprometiera definitivamente con su deseo y con su escritura. “Y María le dice a Elena: ‘Escribe’. Elena se excusa de mil maneras, pero María se mantiene firme: ‘Escribe’”.

Años más tarde, esto mismo que Lejárraga hizo con Fortún, lo hará Fortún con Carmen Laforet como se ve en sus cartas: “¿Sabes? Rezo por ti todos los días. Ya me he acostumbrado a hacerlo y tengo la seguridad del resultado. Vas a estar muy fuerte y muy buena enseguida, vas a ganar mucho dinero y tu marido también, tus chicas se te van a criar como tres rosas, y, ¡quién sabe!, no me contento para ti con menos que el Nobel. Ya no estaré en este mundo cuando eso llegue, pero acuérdate de lo que te dije. Escribe, escribe y que te traduzcan, que lo harán, porque tu literatura es universal”. 

Ahora el sueño con Martín Gaite se me mezcla con el libro de Folguera y con las cartas de Fortún y Laforet y me invade un profundo agradecimiento. En las manos tengo un espejito de juguete, estoy sentada junto a la ventana y, al otro lado, os veo a todas vosotras. Me acuerdo de una cosa que Laforet le escribió a Fortún y lo enuncio en voz alta: cuántos años me he pasado yo monologando para vosotras, y qué parecidas sois a como yo presentía, desde chiquilla, no sé por qué… es muy hermoso que haya personas así, como vosotras, en el mundo… y que una tenga idea de cómo son y sueñe con ellas y las quiera aun sin haberlas visto. Y así las culebrillas de mi mensaje pasarán por encima del Guadalquivir, que arrastra ramas muertas de las últimas lluvias, sobrevolarán la ciudad y cruzarán carreteras y caminos y décadas del tiempo para llegar hasta vuestras manos. 

Anoche soñé con Carmen Martín Gaite. Estábamos las dos sentadas en un poyete en los arriates de la Plaza de Santa Marta, a los pies de la Giralda, bajo la sombra de unos naranjos viejos que, con un tapiz de espesas hojas, tapaban el cielo de mayo. En el sueño, Carmen y yo éramos amigas, viejas amigas, nuestra...

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Autora >

Carmen G. de la Cueva

Periodista, escritora y editora. Ha publicado varios libros y fue directora de la editorial feminista La señora Dalloway.

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