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Pluma obrera

Las disidencias sexuales en la lucha de clases

Hoy como ayer, invertidas y rompepatrias

Piro Subrat / Ira T. 7/04/2021

Ira T.

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“Escuche, don Álvaro (el ‘señoro’ de la época), creo que hasta las locas comienzan a hablar de política. Están todas revoloteadas y protestonas. [...] ¿Qué harán, entonces, los centenares de psiquiatras, que respaldando ‘científicamente’ las nociones de anormalidad, perversión, enfermedad… llenando sus salas de consulta con temblorosos maricones que se creían anormales, perversos enfermos a mil pesetas la hora? Se podría pensar en reconvertir el sector de psiquiatras desempleados en travestis de reserva. Si las mariconas se ponen contestonas, y si se ponen en serio, acabarán preguntando demasiado”. Con estas provocativas palabras comenzaba el documento de Gorría ‘Las mariconas se rebelan’, publicado en septiembre de 1973. 

Este texto es nuestra respuesta a los nietos de don Álvaro, los señoros de izquierdas de hoy. Estos aseguran que las disidencias LGTBI más llamativas, las masculinidades más feminizadas y las feminidades más masculinizadas, esto es, las transmaribolleras más horteras, no han formado parte de la lucha revolucionaria en los barrios, en los pueblos y en los centros de trabajo. Ciertamente nuestros diarios y genealogías se han escrito en las cloacas, también en las de la mitad del cielo, pero estábamos ahí, maricón. 

El libro Invertidos y rompepatrias: marxismo, anarquismo y desobediencia sexual y de género en el Estado español (1868-1982) es un ejercicio de arqueología para con las páginas polvorientas de nuestra crónica LGTBI silenciada, la memoria de los desteñidos rositas del hilo rojo de la historia. Porque la lucha de clases también nos atraviesa a las invertidas, hoy las locas le vamos a hablar de historia –que siempre es política–, con el único y radical fin de preguntar demasiado. 

En 1973, el Movimiento Español de Liberación Homosexual asumía análisis marxistas como herramienta para explicar la homofobia contra la que luchaban

Podríamos remontarnos siglos atrás y veríamos a los rebeldes a las normas sexuales y de género del momento dentro de las herejías, las insurrecciones populares y los motines del hambre. Pero no tenemos espacio para irnos tan lejos, y tampoco es necesario. En torno a 1870 ya nos encontramos a mujeres travestidas de hombres participando en la lucha por la constitución de la Comuna de París y en su posterior defensa, y también los primeros intentos de alianza con el marxismo de algunas maricas germánicas asustadas por el endurecimiento de la criminalización contra la homosexualidad que la llamada “Reunificación alemana” conllevaba. A pesar de que en un primer momento fueron intentos infructuosos, supusieron un primer paso para que en la década de los noventa del siglo XIX se diese una férrea alianza entre los primeros movimientos homosexuales y el Partido Socialdemócrata Alemán, y más tarde con el Partido Comunista. Tanto es así que, de no ser por el crack del 29 y el auge del nacionalsocialismo, ambos partidos hubieran tumbado la penalización de la homosexualidad en el Parlamento. También nos encontramos a estas mariconas haciéndole frente a las escuadras nazis de la S.A. en la calle, recibiendo balas en manifestaciones y militando entusiásticamente en partidos marxistas. 

No era casual: la Revolución Bolchevique constituyó el primer régimen que reformó una legislación homofóbica en toda la historia contemporánea europea. Y aunque ahora pueda sorprender, y puede que él mismo ni siquiera se lo mereciera, Lenin era un importante icono para los homosexuales en los años veinte. Pero en los treinta las cosas se torcieron: se disparó el auge del fascismo y el nuevo gobierno de la Unión Soviética prefirió optar por políticas reaccionarias en materia sexual. La Segunda Guerra Mundial terminó de destrozar los restos que aún quedaban en Europa de aquella importante alianza, cuando no fusión, entre las luchas homosexuales y los grupos de izquierda.

La España Republicana

El Reino de España y la República Española no fueron regímenes ajenos a estas alianzas, a pesar de que nunca llegaron a tener colectivos constituidos de homosexuales dentro de sus fronteras. La documentación nos habla de personajes abiertamente homosexuales que participaban en grupos anarquistas, y que apoyaron a la República antes y después del golpe de Estado de 1936, a políticos de izquierda radical y a militantes de la CNT en locales de travestis, o incluso gran cantidad de pruebas que muestran la probabilísima homosexualidad de figuras clave del anarquismo femenino del momento. Asimismo, también hay muestras del rechazo, la patologización y en ocasiones el odio férreo de marxistas y anarquistas contra la disidencia sexual y de género, incluso en ocasiones sabiendo que se trataba de sus compañeros y compañeras de lucha. 

Hace cien años la condena social a cualquier desviación de las normas sexuales y de género era generalizada y poderosa, y hoy podemos preguntarnos por qué grupos que querían desarrollar alternativas sociales también reprodujeron la moral sexual del momento. Aunque quizás la pregunta más interesante sea por qué en la actualidad, cuando dicha condena social se ha relajado hasta niveles impensables hace no ya cien años, sino veinte, nos encontramos esas mismas resistencias, patologizaciones y odios férreos readaptados a nuestro contexto actual.

La documentación nos habla de personas abiertamente homosexuales en grupos anarquistas, y que apoyaron a la República antes y después del golpe de Estado del 36

No solo en Alemania, Rusia y otros países centroeuropeos, sino también en la península ibérica hubo anticapitalistas, aquí más concretamente anarquistas, que hace un siglo trascendieron esos valores y se posicionaron a favor del travestismo y de las relaciones entre personas del mismo género, ya fuera por influjo de textos y personas del otro lado de los Pirineos, por un ejercicio de justicia social, o porque estas mismas personas fueran disidentes sexuales y de género –dentro o fuera del armario–. Evidentemente, la mayoría terminaron exiliándose o muriendo en cárceles franquistas tras 1939. La visibilidad que el tema homosexual y travesti había tenido durante la República, no como consecuencia del régimen político, sino porque las políticas que se implementaron dejaron más margen de actuación, quedó pospuesta hasta los años setenta. Algo que también ocurrió en el mundo de la izquierda antifranquista. Se evitaba cualquier posibilidad de que se asociara inversión sexual con actividades contra la dictadura, y eso conllevó la exclusión y expulsión de militantes de partidos comunistas. Pero a pesar de este rechazo, alentado en gran parte por una dictadura que publicaba en su prensa que había una Internacional Gay financiada y auspiciada por Moscú, nos encontramos a un gran número de gays, lesbianas e identidades trans en la mayoría de partidos comunistas, en la CNT, en los primeros grupos de autonomía obrera y hasta en la guerrilla. Una alianza soterrada y silenciosa que marcaría completamente los primeros pasos del movimiento gay español: con influencia del Mayo francés, la Revuelta de Stonewall y sus colectivos de liberación homosexual. 

En una fecha tan temprana como 1973 el Movimiento Español de Liberación Homosexual asumía análisis marxistas de forma orgánica y como herramienta para explicar la homofobia contra la que luchaban. Un análisis que permanecerá durante todos los años setenta en la mayoría de los grupos surgidos tras la muerte de Franco.

En la Transición, algunos partidos viraron hacia la asunción de las reivindicaciones homosexuales, e incluso llegaron a constituir comités compuestos por gays y lesbianas

Y así llegamos a los años setenta, probablemente la última época de la historia occidental hasta hoy en la que se pensó que se podía derrumbar el capitalismo y construir otra cosa. Quizás hay que rascar un poco para encontrar el papel de disidentes sexuales y de género en las décadas anteriores, pero en esta época, los colectivos de liberación gay, las lesbianas, las travestis y todo el espectro a su vera tuvieron un papel protagonista en el anticapitalismo del momento en EE.UU., Argentina, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, Portugal… No verlo desde el presente comporta un ejercicio premeditado. 

En la llamada Transición española, las maricas, bolleras y trans de la época participaron en luchas ecologistas, feministas, nacionalistas, independentistas, obreras, sindicales, antifascistas y en coordinadoras que ya apostaban por el fin de la discriminación contra divergentes funcionales, personas diagnosticadas de enfermedades psiquiátricas y contra el pueblo gitano. Su presencia está probada en todas las familias anarquistas del momento, y probablemente en todos los grupos marxistas del momento. Algunos de estos partidos, tanto por su militancia homosexual como por el importante papel que estaban teniendo los frentes de liberación gay, viraron en cuestión de meses hacia la asunción de las reivindicaciones homosexuales del momento, e incluso llegaron a constituir comités internos compuestos por gays y lesbianas.

Asegurar que los disidentes sexuales y de género nunca han pertenecido a la lucha contra el capital y el Estado es un ejercicio de revisionismo histórico a la altura de la ultraderecha

Aunque Invertidos y Rompepatrias acaba más o menos con la estrepitosa derrota para la clase obrera y para los nuevos movimientos sociales que supuso la ‘Transición’, lo cierto es que las cosas no han cambiado demasiado en los últimos cuarenta años. Salvo por estallidos sociales muy concretos, nadie ha pensado que pudiera tirarse el sistema actual, y los que ha habido, como el movimiento 15M, han tenido una destacada presencia de personas ajenas a la cisheteronorma. Grandes luchas de las últimas décadas, como el No a la Mili o la de vivienda / okupación no solo han tenido una presencia importante de gente LGTBI, sino que en ocasiones estas han desarrollado partes autónomas importantes para el conjunto de la lucha, como la Insumisión Rosa o experiencias de centros sociales y viviendas queer, transmaricabollos y/o no mixtas. Incluso en la lucha obrera, tan entronada por algunos de los sectores en la actualidad más hostiles a los derechos LGTBI y a las políticas (trans)feministas, la presencia gay, lesbiana y trans se ha visto representada en la infinidad de conflictos que ha habido por despidos improcedentes provocados por homofobia o lesbofobia. Y, sin duda, ha habido infinidad de destacados y destacadas militantes y afiliadas sindicales que han ocultado poco su orientación sexual desviada, o su feminidad trans. Bastantes de estas últimas eran prostitutas que han luchado por los derechos de la clase obrera mucho antes de que se planteara una lucha parecida para su propio trabajo.

En estos últimos cuarenta años, la izquierda y las luchas LGTBI han seguido profundamente enraizadas, en ocasiones con una intensidad jamás vista antes históricamente, hasta el punto en el que podemos hacer un paralelismo bastante visible entre los procesos de institucionalización del movimiento LGTB oficial y el de partidos y grupos políticos que tenían estrechos vínculos con ciertos sectores del citado movimiento. Asegurar en nuestros días que las personas disidentes sexuales y de género nunca han pertenecido a la lucha contra el capital y contra el Estado, que nunca han formado parte de la lucha de clases, y que todo ello es fruto de que las teorías posmodernas se han puesto de moda en los últimos años, es un ejercicio de revisionismo histórico a la altura del revisionismo más cutre de ciertos historiadores de ultraderecha. Un revisionismo histórico motivado por tendencias ideológicas hostiles hacia la autoorganización de grupos sociales históricamente oprimidos y que pretenden arrojar una narrativa histórica que justifique sus ideas misóginas y LGTBfóbicas, entre otras muchas aversiones hacia colectivos que en los últimos años han alzado mínimamente la voz. 

Pues ya ve, don Alvarito, que los anales revolucionarios son mucho más mariquitas de lo que a usted le hubiera gustado, pero no se preocupe, porque si escoba bien su homofobia y su transfobia, aquí hay sitio para todas “en la lucha por una sociedad sin clases ni opresiones de ningún tipo”. En cuanto a vosotras y vosotros, lectores, que este proceso se esté dando dentro de la izquierda requiere de algunas reflexiones colectivas que van más allá del simple análisis histórico, pero esperamos con estos párrafos establecer las primeras líneas de debate, además de una merecida réplica hacia una parte de toda la mugre ideológica pintada de rojo que llevamos oyendo sin apenas filtros en el último año.  

Que de las ruinas del Centro Social Okupado La Pluma se erija la nueva casa del pueblo… 

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Piro Subrat es autor de Invertidos y rompepatrias: marxismo, anarquismo y desobediencia sexual y de género en el Estado español (1868-1982) (Editorial Imperdible).

Ira T. es graduada en Estudios Ingleses en la Universidad de Zaragoza, especializada en estudios culturales y LGTB.

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