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Temporada cero

Mi familia vive en Gueula: una reseña de ‘Shtisel’

La serie, emitida primero en un canal israelí y que ahora conquista las plataformas, describe un mundo inhóspito, repleto de cadenas invisibles, en el que la libertad es difícil, y en el que no sólo vivimos, sino en el que construimos nuestra cotidianidad

Guillem Martínez 30/04/2021

<p>Imagen promocional de Shtisel.</p>

Imagen promocional de Shtisel.

Netflix

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QUEDA INAUGURADA ESTA SECCIÓN. Desde hace más de una década la ficción televisiva –o algo sumamente parecido: extelevisiva– vive un momento extraño. Se accedió a él desde el medio convencional, cuando las productoras y canales americanos decidieron vender las series al resto del mundo, no al precio bajo de un producto ya amortizado en su país, sino a precio de jabugo, invirtiendo el pastón resultante en, precisamente, nuevas y mayores producciones. Posteriormente, la aparición de plataformas de pago intensificó la dinámica y la multiplicación de series. Esas nuevas plataformas son un punto de negociación o de imposición. Es donde se decide lo que procede, lo que no procede, los temas e, incluso, los personajes –esto es, los estereotipos– en ocasiones algorítmicos. Asistimos, no lo sabemos aún, a la jubilación de personajes milenarios y centenarios, y al nacimiento de otros. A una depuración controlada de la ficción. Algo, por otra parte, común en la ficción de todos los tiempos, si bien ahora de manera más centralizada y global. La nueva ficción audiovisual es, a su vez y en su desmesura, una ficción, un lenguaje y una gramática planetarias. Quizás no ocurría algo así desde que en el siglo XIX se reinventó, en diversos puntos del globo, la novela. El resultado es espectacular y, nos pongamos como nos pongamos, hoy inabarcable e incomprensible en su dimensión. Ha nacido una industria, diversas nuevas industrias, de huella incalculable, que fabrican y emiten ficción. Una ficción consumida como nunca –más en pandemia, más en soledades anteriores–. Y, por ello mismo, productos que son buena ficción, mala ficción, objetos de interés meramente sociológico, memes alargados, explosiones de arte incuestionables, emoción, moralismo, corrección, libertad, servitud, manifestaciones de poder, o ecos del ocio y del aburrimiento, del uso del tiempo libre, en un momento en el que las Humanidades mueren, y todo tiende a ser, por tanto, literal. Bueno. Con todo eso y ante todo eso, en CTXT vamos a hacer una sección de crítica de series, coordinada por Jorge Gaupp y Jesús Cuéllar, a quienes saludo con la manita. La sección, por otra parte, empieza con la serie Shtisel en 3, 2, 1.

SHTISEL. Shtisel es una serie estructurada en tres temporadas, que ha vivido sobre sus espaldas la transformación que les dibujaba. Serie emitida en un canal israelí y en la Liga 2013, tuvo un éxito local llamativo, que supuso su renovación en una segunda temporada. En 2018 sucedió algo extraño. La serie, un producto ya de culto, se cuela, zas, en una plataforma. Netflix. Punto en el que la serie adquiere una percepción no prevista. Ese colarse en las plataformas desde la tele convencional –algo común, pero no tan frecuente– es algo, por lo general, positivo. El éxito que avala a esas series, y el hecho de ser ya productos concluidos, sellados, impide que los ejecutivos de las plataformas les pongan las manos encima. Por lo que las series que acceden al mundo mundial a través de ese periplo no sólo tienen menos manos encima, sino que, en ocasiones, poseen un gran mundo no previsto –por las plataformas– dentro de sí, difícil y ya demostrado en su solvencia. La televisión israelí es, en ese sentido y por otra parte, un punto fascinante, y muy valiente, desde el que emitir ficción. Existen ahí creaciones de gran calidad, gran perplejidad y con grandes ganas de liarla. Y con la apuesta imperiosa por plantear problemas a su sociedad desde la astucia y la crueldad de la ficción. Ahí está BeTipul /Terapia (2009). Económica, deslumbrante, gran guión, grandes actores, y la capacidad de sacudir absolutamente a su sociedad, con claves humanas, políticas y civiles que se perdieron en la adaptación USA –en HBO, 2008–. Shtisel, por cierto, ha sido comprada por Amazon, que al parecer adaptará los guiones para que ocurran en Nueva York. Es decir, para que, tal vez, cosas que ocurren en Shtisel dejen de ocurrir. Lo que nos lleva, por fin, a hablar de lo que ocurre en Shtisel, ahora que hace poco –a finales de marzo– apareció su tercera y esperada temporada en Netflix.

EL PROBLEMA DEL GÉNERO. Una serie, como casi todo, es su género y su capacidad para hacerle la pirula. El género es, en este caso, el culebrón nocturno, inventado en Brasil, con pocas adaptaciones en la Península. Se trata de cacharros con la estructura del culebrón, pero de emisión semanal, no diaria. Y, por ello, con mayor presupuesto –comparativamente, quiero decir; suelen ser baratos; en el caso de Shtisel, una ganga–, mayor énfasis en el guion, y mayor calidad de actores. Son, vamos, culebrones, pero de mayor calidad, con lo que dejan de ser culebrones, al punto que resulta imposible aludir a ellos como culebrones. Los guionistas son Ori Elon y Yehonatan Indursky, dos personas que, de alguna manera, vivieron en su pasado la vida cotidiana del judaísmo ultraortodoxo. La serie es, de hecho, un culebrón nocturno, que abarca las biografías sentimentales de los hombres, mujeres, niños y niñas de la familia Shtisel, una familia ultraortodoxa del barrio de Gueula, en Jerusalén, núcleo jaredí, en el que más del 20% de sus habitantes viven bajo el umbral de pobreza, precisamente por la dificultad de conciliar el trabajo remunerado con una vida consagrada al estudio y/o a una lectura rigurosa de la Ley. Se trata de una experiencia del judaísmo estricta, autosuficiente, segregada –al punto que esa ultraortodoxia vive alejada no sólo del judaísmo laico, sino del ortodoxo moderado; el alejamiento lo es también del Estado y del sionismo, percibido como una aberración, como la asunción, por parte de humanos, de una voluntad que no corresponde a los humanos–. Pero también es un objeto poseedor de una sensualidad difícil de explicar. El jasidismo, uno de los componentes de toda esa ultraortodoxia, es la voluntad de sustraer el judaísmo del dolor de su persecución, pero también de la ilustración del XVIII. Un intento conseguido, fascinante, de hacer de la religión un festival cotidiano de alegría, que no precisa demostración o argumentos a través de la razón, sino del vitalismo. Los Cuentos Jasídicos –breves, minimalistas narraciones de autoría anónima o colectiva, con la brillantez y la certeza de un verso o de un chiste, editados por el gran Martin Buber, aparecidos en castellano en los 80, hoy inencontrables o carísimos; los acabo de ver en la Red por 100 pepinos el volumen, por lo que no sólo se los recomiendo encarecidamente, sino que también estoy tentado de vendérselos– pueden ser el acceso más laico –por decir algo; la ultraortodoxia, en todas sus variantes planetarias, carece de eso– para comprender la transformación de la fe y de la espera en alegría y carnalidad. Y la sagacidad, la picardía, la paradoja convocada en toda esa inteligencia espectacular.

VIVEN LAS CADENAS. Algo hay de todo ello en algunos personajes de Shtisel. De hecho, el compromiso de los personajes con la vida y la sensualidad es tan álgido y constante que, periódicamente, deben recordar al espectador que son ultraortodoxos, y que su mundo no sólo no es el nuestro, sino que el nuestro es despreciable para ellos. La trama, su tratamiento, por otra parte, huye del costumbrismo. No es una serie con notas a pie de página. El trabajo lingüístico es increíble –algunas generaciones hablan yiddish, otras neohebreo, con giros ultraortodoxos–. En lo que es un trabajo de documentación aún mayor, la ultraortodoxia siempre aparece, de manera absoluta, pero nunca es explicada, detallada, o recreada. No es necesario, en tanto tan sólo –¿tan sólo?–  es un paisaje en la serie. Concretamente, EL paisaje. Lo que le confiere mayor dificultad en su tratamiento. Su función es explicar un mundo en el que la religión es una región más de la realidad. Como lo fue en Occidente hasta el siglo XVIII. Hasta entonces, nunca dejaron de aparecerse, con plena normalidad, el Hombre-Ciervo, Apolo, la Virgen o Elías. Y sigue siendo así en algunos puntos del planeta. La ultraortodoxia, salvo esa posibilidad y acceso, queda reducida a una serie de reglas absurdas, coercitivas, innegociables, que los hombres y mujeres abrazan voluntariamente. Y eso es, precisamente, el carácter universal de Shtisel, el núcleo de su interés, el desafío que cumple por todo lo alto, su gran logro: describe un mundo inhóspito, repleto de cadenas invisibles, riguroso, en el que la libertad es difícil, y en el que no sólo vivimos, sino en el que construimos nuestra cotidianidad, nuestra desgracia o, más comúnmente, nuestra felicidad, hayamos nacido en Gueula o en Lima. Describe, vamos, la universalidad. La serie se centra en la sentimentalidad de esa familia, en sus relaciones. En sus matrimonios, sus noviazgos, sus separaciones, en la muerte o la enfermedad salvaje de sus cónyuges. Las reglas que deben aceptar, en todos esos trances, son arbitrarias. Una mujer abandonada debe ocultarlo. Un soltero o una soltera dispone de tres citas para formalizar un matrimonio con una persona desconocida. El contacto físico –incluso la caricia o el beso– está vetado para los novios que han formalizado su compromiso. Sin duda, la absoluta empatía que provocan los personajes, el esfuerzo de guion recompensado, es que, a través de esas reglas radicales, comprendemos el absurdo de las nuestras, no mucho más lógicas, y que dificultan nuestro acceso no ya a la plenitud, sino a cierto bienestar. Todo ello, el sacrificio cotidiano en la búsqueda de la paz, el equilibrio y el amor, se hace más problemático, si cabe, en la figura de Akive Shtisel, soltero en busca de pareja y que, por el mismo precio, para aumentar sus desgracias, decide hacerse no sólo pintor, sino pintor figurativo.

BONUS-TRACK. La serie, un vehículo que va a su propia velocidad –no se puede pedir más a una ficción; o a un vehículo–, ofrece el valor añadido del trabajo de los actores. Un elenco I+D, en el que brilla Michael Aloni –Akiva Shtisel–, o Shira Haas –Ruchama Weiss–, a la que conocerán de otras películas, como la miniserie Unorthodox –Netflix, 2020–. Los actores de la serie tienen y aportan esa mirada Actors Studio, tendente a mirar hacia abajo, con subidones hacia arriba en el momento justo, que siempre acostumbra a ser el momento más inesperado. A mí me vuelve majara esa mirada, por otra parte tan común en cualquier calle de Israel. Nunca he sabido por qué. Pero es así. 

Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección.

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