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CRÍTICA CONFRONTADA

Pisar la tierra virgen de la delicadeza

En comparación consigo mismo y con su corta obra anterior, ‘Hombres que caminan solos’ es una novelita mediocre que no se despega de sus clichés y no vuela nunca demasiado alto

Elizabeth Duval 10/04/2021

<p>Caminante.</p>

Caminante.

Rene Böhmer / Unsplash

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Tras la publicación de Ama (Caballo de Troya, 2019), con el que se ganó (como suele decirse) el aprecio de los lectores y las expectativas de la crítica, José Ignacio Carnero (Bilbao, 1986) publica ahora Hombres que caminan solos, una indagación sobre depresión y libido en la Era de Tinder. Para salirnos del lenguaje publicitario y convencional hemos reunido a Azahara Palomeque y a Elizabeth Duval para que confronten sus lecturas: porque la crítica (¡ya ven que no hay manera de despegarse en este párrafo de los tópicos!) también puede ser una conversación.

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No es fácil expresar en una novela el viaje gris de las depresiones. Esto es una primera suposición. Si ponerle palabritas al tedio, a la melancolía, a las lágrimas y a la soledad es posible –segundo presupuesto–, requiere al menos mucha maña: los sentimientos desaturados suelen parecernos aburridos, tediosos y cargantes, y la salida que al escritor le queda suele ser, en todo caso, representar destellos o caídas; momentos en los que se iluminan luces por percepciones preclaras o se adentra uno, escalera de caracol mediante, en las profundidades del abismo.

Si el narrador de Carnero en Hombres que caminan solos, su segunda novela (después de Ama, de la primera tanda de libros rosas –2019–  en Caballo de Troya), publicada en enero de 2021 por Penguin Random House, afirma que “de la depresión apenas hay referentes artísticos” –afirmación del todo incomprensible– y después matiza la presencia de “esa invisible oscuridad” en obras de Durero, Goya, Emily Dickinson, Mahler o Chopin, habremos de considerar dos cosas: la primera, que se toma como narrador suficientemente capacitado y talentoso como para abordar algo de lo cual reconoce a regañadientes a los referentes anteriores; la segunda, que se trata de un narrador concesivo y dubitativo, que esparce entre sus párrafos las miguitas de formulaciones como “y, en fin” o bien “y, bueno”, o “lo cierto es que”, o “de algún modo”, o “eso sí”. No lo hace, interpreto yo, con una duda característica del espacio depresivo –que resumiría en no saber muy bien si hay suelo alguno que te sostenga–, sino porque no sabe si lo que tiene que contar realmente tiene algún valor.

Estos hombres caminando solos son una temporada más de una serie que ya nos había explicado lo suficiente

Al describir la depresión, Carnero habla de “química, genes y conducta”. Es un relatito rudimentario que se resuelve con pastillas. A lo mejor en la vida real sí que hay depresiones que se resuelven empastillándose y que no se adscriben a ninguna otra circunstancia que no sea un desajuste de las sustancias que maneja el cuerpo, pero estas situaciones no funcionan tan bien como construcciones narrativas. Es decir: el psicoanálisis es mucho más útil para escribir una novela que la psiquiatría ordinaria afiliada a las farmacéuticas o que la terapia cognitivo conductual, sin entrar en consideraciones sobre su posible valor como ciencia; en el psicoanálisis hay causas, indagación y divagaciones, además de aquel bendito concepto de la cura por la palabra, mientras que en la psiquiatría ordinaria hay recetas, farmacias, hostilidad, asepsia y mejorías pequeñitas. Hace falta mucho talento para contarlo bien o para contarlo de una manera extraordinaria. A mi pesar, Hombres que caminan solos me parece un retroceso en relación con Ama; a lo mejor es porque la primera novela ya explicaba la causa o el origen –y esto no lo especulo yo: casi que lo dirán los personajes del padre y el hijo después, hablando del vacío que deja en sus vidas la ausencia de su madre– de la depresión que está aquí en el centro del relato. Estos hombres caminando solos son una temporada más de una serie que ya nos había explicado lo suficiente, lo necesario, lo que queríamos saber. Y hay motivos por los cuales las series acaban. Una vez hecho este diagnóstico general, vamos a tratar algunas cuestiones –más específicas– que pueden ser de interés al tomar este libro como objeto de estudio; incluso en libros que a mí me pueden parecer mediocres hay destellos de belleza e inteligencia, y es el caso de este. Pero dejemos eso de lado, aunque sea por un momento: hablemos, lo primero, de una cuestión de estilo.

Estoy dispuesta, por lo general, a pasar por alto muchas cuestiones de estilo siempre que este sea relativamente funcional; a Houellebecq, que yo adoro, se le ha criticado con frecuencia por su estilo plano, sin matices, cosa que yo no necesariamente comparto. Pienso que, si quienes lo critican por plano en lo estilístico llevan la razón y yo me equivoco, sería injusto que para sus novelas –con las cuales disfruto– estuviera dispuesta a suspender el juicio prosístico y no hiciera algo similar con las de los demás, que no son o no tienen la suerte o desgracia de ser Michel Houellebecq. Pero si algo distingue a la literatura de otras formas de contar historias –la serie para Netflix, por ejemplo, es casi un nuevo género– es la palabra y la palabra escrita, y muchos de sus usos aquí a mí me rechinan. No reivindico lo que se ha criticado como una prosa sonajero o supremacía de la forma sobre el contenido; no hay que anteponer continente a todo lo demás para alcanzar éxitos en lo estilístico, sino prestar atención a la música, que es el sonido de la imaginación –cualidad importantísima, fundamental– cuando sus mecanismos funcionan bien. Las primeras páginas de Hombres que caminan solos, para esta lectora, rechinan inmensamente en lo estilístico: predomina la frase corta y el estilo aséptico, con un tono cercano, no mucho tino al elaborar subordinadas y unas cuantas cacofonías. “Episodios que […] daban sentido como solo el mejor de los novelistas sería capaz de hacer. Parecía entonces que toda la narración cobraba sentido”, sentido y sentido. “Lo que en realidad estás haciendo no es retratarla, sino desdibujarla, abandonarla, sepultarla en un libro para siempre. Eso es lo que, en realidad, estás haciendo”, estás haciendo y estás haciendo. “Escribía y pasaba el duelo. Sobre todo, escribía”, escribía y escribía. Gazapos de rimas involuntarias que no funcionan: “Eso hacemos cuando escribimos, y cuando leemos, pero nunca cuando vivimos”. “Era mi madre la que se encargaba de los sentimientos y mi padre de la acción. Sin embargo, supuse que tendríamos que comenzar a acostumbrarnos a esta nueva situación”: ¿nadie ha revisado lo estridente que es esa coincidencia de “acción” y “situación”? En este subrayado de todo lo que no funciona no he pasado de las primeras páginas del libro, que después sí que tiene momentos más bellos; el estilo de estas primeras páginas no es que sea transparente, claro o particularmente atinado, sino que no tiene ninguna característica que lo haga especial o distinga de lo que escribiera otro autor y, para mayor ofensa, acaba incordiando a cualquiera que no lea los libros en diagonal. Por suerte, creo –o quizá mi lectura ha sido menos atenta y he suavizado mis juicios– que esta cuestión estilística se resuelve en partes posteriores del libro. Lo peor, supongo, es que es algo que no me sucedió con Ama, cuyo estilo –me irrita mucho repetir tanto esta palabra, con la cual nos llenamos la boca escritores y críticos con frecuencia, pero no hay otra, y además aquí es pertinente– tampoco me parecía extraordinario, pero al menos no se te aparecía en la cara cual pulpo en garaje. Tenía incluso algunas acumulaciones memorables, como aquel enorme párrafo encabalgado por puntos y comas sobre lo que relataba su madre, que me pareció en su momento un verdadero hallazgo. Venga, comparemos: “Sus novios normalmente eran obreros de las fábricas de Barakaldo y de Sestao, que son exactamente iguales que Hospitalet y Santa Coloma; que, a su vez, son exactamente iguales que Manchester, o Guangzhou”: preciosa intuición internacionalista por parte de una novela de cuyo autor tampoco sospechamos ningún ultraizquierdismo, pero sí bastante lucidez en un retrato de quienes decían “que no eran de derechas ni de izquierdas; que eran de los suyos; que ahora no saben quiénes son los suyos; que no votan a Podemos porque no; que siguen votando a Felipe porque sí”; ¿entiende ya el lector por qué considero Hombres que caminan solos un retroceso?

El contenido podría suplir las carencias del estilo, pero no estoy convencida de que lo consiga. Es más interesante cuando habla de Tinder, pero no logra alargar esos momentos

El contenido podría suplir las carencias del estilo, pero no estoy convencida de que lo consiga. Es más interesante cuando habla de Tinder, pero no logra alargar esos momentos –que ha subrayado con precisión Antonio J. Rodríguez, por ejemplo–, siéndolo mucho menos cuando evoca a Bill Murray en Lost in Translation: funciona peor porque tarda demasiado en llegar a la conclusión interesante, que es delimitar lo que le ha servido como modelo para su masculinidad. Tiende a los lugares comunes y sus referencias a escritores como Pessoa se repiten sin llegar a nada profundo o sugerente. Es interesante cuando habla de sus residuos, porque rompe con el cliché: las posesiones y las heces, la basura y la mierda; la cafeína, las vitaminas y la fibra como el bien, los antidepresivos y opiáceos como el mal. Es mejor cuando imagina que “a alguien pronto se le ocurrirá organizar recreaciones de la antigua forma de ligar, tal y como se hace en las batallas de la Segunda Guerra Medieval, las siegas de trigo o las justas medievales” que cuando habla del sexo y de la pulsión sexual como fundamento darwinista de toda la antropología humana. Y está bien el párrafo de la escritora chilena y la novelista de ojos tristes, está bien lo de los celos intelectuales, pero no tanto otras descripciones de mujeres: ¿en serio su cuerpo era “también como el alambre, para qué voy a decir otra cosa si es que era así, alambre, nervio puro, cristal fino que no se rompe”? ¿De verdad “la literatura le daba igual […] La vida, sin embargo, no le causaba indiferencia”? ¿Hacía falta alternar de verbo para la construcción “causar indiferencia”?  El análisis del capitalismo ampliándose al mercado sexual y encontrando allí un nuevo terreno para sus propósitos ya lo han elaborado de formas mucho más satisfactorias autores como el ya mencionado Houellebecq: Carnero lo convierte en aburrido y tedioso y no nos ofrece nada de interés. El narrador está triste, sufre, se va a Buenos Aires, nos cuenta unas cuantas cosas interesantes y divertidas y luego todo se acaba mientras renueva lazos con su padre: no se detiene lo suficiente en lo que podría estar bien construido y se repite sobremanera en lo anodino, como se repite en sus líneas. “Lo cierto es que la imagen de las burbujas flotando y mezclándose era ciertamente relajante”: ¿lo cierto es que era ciertamente?

Sé que esa capacidad para la belleza y la imaginación existe y que el autor la domina, porque él mismo lo ha demostrado. No la encuentro en la novela

Lo cierto es que en la literatura contemporánea se habla poco de la mediocridad, cuando yo creo que es importantísima: se publican muchas más cosas mediocres, que ni fú ni fá, sin interés particular, que cosas malas, buenas, excelentes o paupérrimas. En comparación consigo mismo y con su corta obra anterior, Hombres que caminan solos es una novelita mediocre que no se despega de sus clichés y no vuela nunca demasiado alto, cayendo con frecuencia en lo cursi o lo tostón. Constato que es un texto que me ha aburrido: a lo mejor la culpa es de la masculinidad, que no es nueva, sino que tiene la virtud de mostrarse transparente y cristalina, si bien en constante duda y temblor. La novela acaba en un prostíbulo, pero al menos el narrador no se va de putas. Hay momentos tiernos en la relación con el padre, pero que Ama ya hubiera agotado el tema de la madre le pasa factura a las nuevas exploraciones narrativas de Carnero. Si los libros hoy, ay, no fueran tan cortos, quizá Hombres que caminan solos hubiera podido constituir un acto más de Ama, recortado a sus partes más interesantes, que enriqueciera y ampliara los sentidos de esa primera novela. Como se nos presenta hoy, en tanto que texto individual, es profundamente insatisfactorio, aunque tenga algunos logros y hallazgos. Habría deseado que me hubiera gustado, sí, ojalá, pero lo que quiero más bien es darle un abrazo a su autor y declarar que a veces las cosas salen bien y a veces no. Ni el relato de la depresión ni el relato de la masculinidad son lo suficientemente profundos: creo que la raíz de estas carencias está precisamente, vuelvo a insistir en ello, en la presencia elíptica de la madre. Se ha querido escribir sobre la masculinidad, el consumo de fármacos y la depresión medicalizada. Lo triste es que, igual que lo son la masculinidad, el consumo de fármacos y la depresión medicalizada, el resultado es un poco gris, monótono y con mayor extensión que profundidad. Pienso en algunas pequeñas maravillas sobre la reclusión y la melancolía que he leído o especialmente visto recientemente, como la película Ne croyez surtout pas que je hurle, que tiene imágenes –y palabras, porque casi que podría funcionar como texto literario– bellísimas. El texto habla de una fascinante historia de Beba Loroño y luego se niega a enseñarnos sus cartas. El texto nos muestra unos personajes muy curiosos e interesantes en Buenos Aires y luego se despide de ellos sin mayor trascendencia. Las cosas pasan sin pena ni gloria, sin dejar poso: las cosas son las que son. Siento mucha simpatía por la voz que me las narra, pero no logro conseguir que me interesen. Dice Carnero al principio de su novela que “las historias se descubren a medida que se escriben, o no son buenas historias”. Yo aquí, a medida que leía, no he descubierto nada nuevo en un autor que, con su primer libro, me había dejado claro que tenía talento. Espero leer en el futuro un tercer texto suyo y que me vuelva a parecer lleno de belleza. Quiero volver al autor de párrafos así: “Se arrodilló junto a mi cama, me dio un beso, me miró a los ojos y me dijo: ‘Se me están empezando a acabar’”; “Es una de esas cosas que sólo existen cuando se mueven. Y aquí, ama, en esta noche de otoño, estamos demasiado quietos. Creo que sabes lo que estoy pensando, y por eso coges mi mano y mueves tus dedos. Ya no puedes hacer nada más que coger mi mano y mover los dedos. Tú en tu cama y yo en el sillón contemplándote. Esperando que todo caduque, muriendo los dos, olvidando las palabras y el lenguaje. Tú tan vacía y yo tan lleno de nada”.

Sé que esa capacidad para la belleza y la imaginación existe y que el autor la domina, porque él mismo lo ha demostrado. No la encuentro por ninguna parte en Hombres que caminan solos. Solo me queda esperar, con mis mejores deseos, que reaparezca en un futuro. No es fácil escribir una novela y no siempre se consigue: estoy convencida de que Carnero volverá a pisar lo que él llama “la tierra virgen de la delicadeza”, pero aquí, por más que haya intentado percibir otra cosa, solo veo que el autor no toca suelo.

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