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Tribuna

La fragilidad psicológica: ¿una nueva conciencia de clase?

Las frustraciones que genera el capitalismo salvaje deben ser un catalizador de la escalada de indignación y pueden hacer aflorar, en forma de acción directa, nuevas demandas sociales

Diego Delgado Gómez 26/03/2021

<p>Detalle de la única obra de Josef Förster (1916), que vivió en un centro psiquiátrico en Ratisbona.</p>

Detalle de la única obra de Josef Förster (1916), que vivió en un centro psiquiátrico en Ratisbona.

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Me gustaría –en realidad no, pero no he podido evitarlo– dedicar las primeras líneas de esta pieza al señor Carmelo Romero Hernández, diputado del PP por Huelva que se mofó, el pasado día 17 de marzo, de quienes sufren algún tipo de problema de salud mental y no pueden acudir a ayuda profesional. Entiendo que, para usted, la política no es más que un oficio que le permite vivir de lo que más le satisface en el mundo: aprovechar su posición de privilegio para humillar a los pobres. Parece que le esté viendo, en ese tardofranquismo que tanto extrañará, repartiendo collejas en el patio del colegio a los niños de uniforme harapiento y remendado, o preguntando irónico por los padres de algún huérfano del genocidio ideológico perpetrado por su admirado caudillo. “¡Vete al médico!”, imagino que diría, hiriente, aquel joven Carmelito a sus compañeros de clase afectados de desnutrición, el tifus o la tuberculosis. 

No quiero dejar pasar la ocasión de desechar, con el mayor de los desprecios, sus forzadas disculpas en Twitter. Tampoco de decirle que estoy absolutamente seguro de que es usted un ser humano miserable. No me hace falta conocerle, irradia usted indigencia moral incluso a través de las impersonales redes sociales. Supongo, además, que le enorgullecerá tener esa capacidad, así que de nada por el cumplido.

El propósito de esta dedicatoria es advertirle, señor Romero, de que esta vez le ha salido el tiro por la culata. Lo que pretendía ser la enésima burla con la que sacar pecho con los amigotes durante la comida desencadenó una valiosísima ola de visibilización de la terrorífica pandemia de trastornos psicológicos que nos asola. Y no es la primera vez que ocurre algo así, por lo que creo que estamos ante una tendencia que señala la existencia de una veta de potencial comunitarismo en la que debemos seguir picando con avidez.

Camino de un entorno virtual más honesto, más humano

Si ya vivíamos inmersos en una vorágine de redes sociales, conversaciones digitales, exposición constante del día a día, recepción de estímulos infinitos, relaciones que empiezan y acaban en un contexto virtual, etc…, la llegada de la pandemia nos obligó a recluirnos aún más en esa realidad paralela. Su riqueza de alternativas para sentirnos acompañados en nuestro encierro físico ha sido –y es– una auténtica bendición que nos ha salvado en muchos momentos de la desesperación; pero no es, ni mucho menos, un lugar perfecto. 

Se habla mucho de la “deshumanización” de las redes sociales, un concepto complejo, repleto de matices y muy difícil de atrapar en una sola definición. Pero aquí vamos a limitarnos a reflexionar sobre uno de los elementos que lo conforman, mucho más concreto y manejable. Se trata de la falta de honestidad con nuestra propia vulnerabilidad en el mundo virtual.

Instagram, Twitch o YouTube –entre otros muchos– son, a priori, entornos en los que uno puede disfrutar viendo a personas a las que admira, profesionales cuya actividad nos despierta interés o, simplemente, un contenido que nos entretiene. Sin embargo, la cantidad de horas que pasamos en esos lugares está rebasando con creces la de las relaciones interpersonales analógicas; algo que, unido a la naturalidad de los creadores y creadoras, y la sensación de interacción real con ellos y ellas, provoca una confusión tremenda entre la vida –como realidad contextual– y el contenido –como producto de consumo y entretenimiento–: este es un trasunto más o menos maquillado de aquella, en el que se ha eliminado todo lo negativo con la intención de hacerlo agradable. En el momento en que ese “contenido” idílico se asume como realidad, la “vida” empieza a ser más difícil de llevar de lo normal. Imaginad si, además, entran en escena la precariedad, la ausencia de futuro y el resto de monstruos que aguardan detrás de cada esquina al quitar los ojos de la pantalla.

El asunto tiene más vertientes, puesto que hablamos de un problema que afecta, también, a los creadores y creadoras. Nadie vive absolutamente ajeno a la tristeza, el estrés, la apatía, la decepción o el enfado, así que, para cumplir con las normas no escritas de estas plataformas, se deben ocultar ese tipo de desórdenes emocionales de cara a la audiencia. Y aquí llega el colmo: hoy en día, cualquier consumidor es también creador de ese “contenido” virtual. Es decir, no solo nos come la frustración de un día a día precario e indigno, intensificada por el agravio comparativo con lo que creemos que es la “vida” de quienes admiramos –o, simplemente, miramos–, sino que no podemos –no podíamos, mejor dicho; he aquí el quid de este artículo– compartir nuestro profundo dolor, puesto que el entorno empuja a la apariencia de perfección.

Recientemente, la ensayista y dramaturga Noelia Adánez habló sobre esta necesidad de presencia constante e inmaculada en una entrevista para CTXT: “Para quienes no tenemos un respaldo económico detrás es muy estresante mantener nuestra presencia pública en los medios y las redes”, afirmó antes de concluir: “Nos obliga a adoptar una personalidad determinada, definir criterios, opiniones, pareceres. de forma constante”.

Digamos que, mientras los algoritmos que deciden quién triunfa reproducen el orden racista, clasista y patriarcal, perpetúan la explotación, priman el consumismo superficial o reducen el valor de las personas a su productividad puramente mecánica, la necesidad de ocultar el sufrimiento traslada a las redes sociales el frío individualismo imperante en el sistema capitalista.

Nos han hecho infelices, obsesivos y ansiosos, algo que ha servido para inmovilizarnos; pero no parece lejana la frontera que separa la frustración apática de la ira incontenible

Es en este contexto en el que debemos analizar, como ejemplo esclarecedor, el meteórico ascenso de un Ibai Llanos que, entre otras cosas y tras muchos años de trabajo, ha sabido romper con el dogma y se ha atrevido a ser honesto con su propia vulnerabilidad. Es muy significativo que uno de los aspectos más destacados de la figura del vasco sea su naturalidad al hablar del trastorno de ansiedad que lleva sufriendo desde hace varios años. La intensidad con la que miles de jóvenes de toda la comunidad hispanohablante se aferran a esa normalización de los problemas de salud mental, por encima de cualquier otra de las muchas facetas que hacen de él una de las personas más influyentes del momento, desvela la existencia de un problema que tiene dos vías: 1) la omnipresencia de trastornos psicológicos, y 2) una ausencia de “humanidad” en el mundo virtual que profundiza en la intensidad de estos.

En esa misma línea hay que leer la decisión tomada por muchísimas personas cuando, profundamente afectadas por el acoso de Carmelo Romero a Íñigo Errejón, quisimos mostrar en público nuestra fragilidad en lo referente a la salud mental. Si –y todo apunta a ello– va a seguir creciendo el peso del plano virtual en nuestras vidas, es imprescindible avanzar con paso firme en procesos como este, que humanicen el entorno en el que se va a desarrollar una parte importante de nuestras vivencias. Debemos huir de una idealización que luce elegante y divertida, pero oculta grandes dosis de dolor y frustración.

Relocalizar el sufrimiento de clase

Normalizar la terapia psicológica y los problemas de salud mental en general no solo es un paso muy importante hacia la eliminación del estigma, sino que ofrece una lectura sociopolítica con enormes posibilidades. 

Tras varias décadas de subyugación de la población trabajadora al neoliberalismo criminal, podemos empezar a hablar de la depresión o los trastornos de ansiedad como enfermedades endémicas de dicha clase social, interpelada constantemente por elementos disruptivos como la pobreza estructural, la precariedad laboral, la ausencia de futuro o la imposibilidad de independencia material. En otras palabras: los problemas de salud mental tienen, actualmente, un altísimo componente político y de clase.

Este hecho, combinado con la enorme capacidad que tiene el dolor compartido para crear lazos comunitarios, lleva a pensar que aquella tendencia de sinceridad hacia el sufrimiento propio puede llegar a servir como un potente aglutinador social contra el modelo neoliberal. O, al menos, contra algunos de sus aspectos más lesivos. 

Se ha teorizado mucho sobre las consecuencias, en términos de conciencia de clase, de la deslocalización y virtualización de la fuerza de trabajo. La clase obrera ya no tiene la facilidad de construir una identidad física, palpable y reconocible en los descansos de las inhumanas jornadas en las fábricas (cada vez más deslocalizadas a ‘paraísos sindicales’), y la doctrina del individualismo se ha colado en esas grietas para convertirlas en abismos. Sin embargo, la politización –en el sentido de poner en común y convertir en una lucha por un cambio estructural– de la salud mental podría ocupar ese espacio vacío, o vaciado. Si las consecuencias de la explotación en las fábricas empujaban a los trabajadores a sindicarse y luchar, los graves desequilibrios psicológicos de una existencia hiperconectada bajo criterios como el consumismo, el individualismo o la productividad, pueden ser el detonante para denunciar un modelo incompatible con la vida digna. En ambos casos se da la condición –aparentemente diferencial– de compartir el espacio en el que se están sufriendo los abusos del sistema, sea este físico o virtual. Es una suerte de relocalización gracias a la cual vuelven a confluir los sufrimientos individuales, y estos pueden, así, convertirse en comunes.

El estigma provoca situaciones en las que dos personas con una relación muy estrecha pueden estar pasando por un calvario similar sin siquiera saberlo, porque ninguna se atreve a admitir que está acudiendo a terapia o que la necesita. Por suerte, parece que esa clamorosa barrera se está rompiendo en los últimos tiempos. Lo siguiente, merced a la naturalización de no ocultar la propia fragilidad, será comprobar que una mayoría abrumadora de las personas con las que uno comparte espacio en redes sociales también sufre las consecuencias de una desesperación vital que desequilibra mentalmente hasta el extremo. Es ahí donde hasta el más despolitizado puede empezar a atar cabos.

La enfermedad cumple un papel importante en la escalada de indignación que puede hacer aflorar, en forma de acción directa, las demandas sociales; y hay pocas cosas más dolorosas que los problemas de salud mental. Nos han hecho sistemáticamente infelices, obsesivos y ansiosos, algo que ha servido durante muchos años para inmovilizarnos; pero no parece lejana la frontera que separa la frustración apática de la ira incontenible. Y ahí no tendremos nada que perder.

Se mofan de nuestro sufrimiento con su sonoro “¡Vete al médico!”, sin darse cuenta de que, cuanto más se nos dificulte la ayuda, más cerca estamos de explotar. Sí, señor Carmelo, deberíamos ir al médico, y usted es el mayor interesado en que lo hagamos. Porque de no ser así, podría quedar despojado del único oficio para el que vale: guardián de sus propios privilegios.

Me gustaría –en realidad no, pero no he podido evitarlo– dedicar las primeras líneas de esta pieza al señor Carmelo Romero Hernández, diputado del PP por Huelva que se mofó, el pasado día 17 de marzo, de quienes sufren algún tipo de problema de salud mental y no pueden acudir a ayuda profesional. Entiendo que,...

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Diego Delgado Gómez

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