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‘Manifestaciones whatsapp’: el impacto es lo que importa

Los procesos de transformación social requieren más lucidez, mayor movilización y mejores formas de organización para alcanzar los objetivos necesarios y evitar ser golpeados por el efecto boomerang de actuaciones desafortunadas

José Antonio Pérez Tapias 1/03/2021

<p>Cajero de La Caixa en llamas tras una manifestación de apoyo a Pablo Hasél en Barcelona.</p>

Cajero de La Caixa en llamas tras una manifestación de apoyo a Pablo Hasél en Barcelona.

RTVE

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Se suceden los días y sigue habiendo manifestaciones convocadas con motivo del “caso Hasél”. Dichas manifestaciones, en algunos casos, sobre todo en Barcelona y también, en fechas anteriores, en Madrid, o incluso en ciudades como Granada, acaban con actos de un fuerte componente de violencia que se explaya en daños al mobiliario urbano, quema de contenedores, saqueo de tiendas, rotura de escaparates y ataques a sucursales bancarias; desgraciadamente, en tales explosiones de gratuita destructividad de una violencia reactiva marcada por el resentimiento no llegan a faltar a veces agresiones que ponen en peligro la vida de agentes de policía. Son tales hechos los que distorsionan la razón por la que se convocan manifestaciones en defensa de la libertad de expresión, pues no sólo no contribuyen en nada a ello comportamientos de ese tenor tan negativo, sino que causan un distanciamiento de buena parte de la ciudadanía respecto del objetivo señalado, toda vez que funcionan como bloqueo para una movilización mayor a favor del legítimo y necesario motivo que da origen a las convocatorias que puedan hacerse. Por una parte, tal pérdida de apoyo posible es de lamentar, máxime cuando es necesario proceder a reformas legales para una mejor protección de la libertad de expresión en España; y cuando el eco obtenido por la entrada en prisión de Pablo Hasél dio lugar a un notable apoyo a favor del rapero, a pesar de la acumulación de bazofia con la que ha regalado los oídos de quienes han tenido el gusto de escucharle.  Por otra, es también una pena que las actuaciones de quienes se lanzan al ruedo de la violencia dejen en la penumbra el hecho de que se trata de manifestaciones en las que participan otras muchas personas cuya conducta es del todo pacífica. A ello se añade que las noticias, tal como se trasladan por los medios, atendiendo a lo más llamativo, no suelen pararse a distinguir entre manifestantes pacíficos y personas violentas que parasitan la buena voluntad de las primeras.

La violencia de los que quedan acaparando la manifestación para sí cuando ésta ya la han abandonado quienes se expresaron pacíficamente, amén de injustificable, es inútil

Con todo, ante la ambigüedad de unos hechos –reivindicación legítima, por un lado, y violencia injustificable, por otro– que atraen sobremanera la atención de la opinión pública, es más que conveniente afinar el análisis para profundizar tanto en el porqué como en el para qué de lo que ocurre. Procediendo así, puede lograrse subrayar el valor del objetivo formal e inicialmente declarado de las manifestaciones de marras, a la vez que salir de la trampa que supone un falso concepto de tolerancia que termina en una permisividad ingenua frente a la violencia, trayendo ante nosotros aquella paradoja hace décadas señalada por el filósofo Karl R. Popper acerca de si es posible y cómo poner límites a la tolerancia hacia los intolerantes, si se quiere que la democracia se proteja a sí misma de quienes pueden violentarla y, por ende, ponerla en grave peligro. La violencia de los que quedan acaparando la manifestación para sí cuando ésta ya la han abandonado quienes se expresaron pacíficamente, amén de injustificable, es inútil. Y pretender algún tipo de exculpación remitiendo el argumento a excesos policiales no sirve para justificación alguna de hechos violentos que no la tienen; lo que tales excesos reclaman es análisis, crítica y alternativas cuando así se concluya al respecto de manera razonada y en las instituciones democráticas que proporcionan marcos adecuados para debatirlo y decidir en consecuencia.

Es verdad, por lo demás, que en las manifestaciones que durante días vienen sucediéndose confluyen motivaciones que no se limitan a la defensa de la libertad de expresión o al apoyo a Hasél –asunto éste, dicho sea de paso, que más difícil se pone por lo que afecta a su deseable resolución cuanto de forma más violenta ésta se reivindique, pues más atado queda para ello el mismo gobierno que puede promover medidas legales para abordar el caso, así como los partidos que en el parlamento han de avanzar hacia una reforma del Código Penal a la que no vienen bien calenturas que se pueden interpretar como presiones inadmisibles y contexto inadecuado–. Entre esas motivaciones –aparte móviles propios de quienes desde el independentismo catalán se suben al carro contando además con un inocultable vacío de poder–, se cuenta el hondo malestar y la carencia de perspectivas, acentuadas por la situación de pandemia, de la población joven, que debido a ello aprovecha convocatorias diversas para expresar una protesta que no encuentra otros cauces. Aun observando que quienes protagonizan los actos violentos susceptibles de crítica no son mayoritariamente quienes más padecen las crisis en que nos hallamos, el caso es que las manifestaciones, incluyendo también los mismos actos que deben ser recusados, tienen un indudable carácter de síntoma, y muy preocupante. La cuestión es que no vale tomar sin más el síntoma como solución.

Comprender lo que está ocurriendo, además de contar con explicaciones adecuadas, que no se han de confundir con justificaciones de todo lo que sucede al calor de convocatorias legítimas hasta que el desmadre final deslegitima lo que es reiterado colofón, requiere un esfuerzo añadido de interpretación de lo que sucede, atendiendo al contexto en el que actúan los sujetos involucrados. Este contexto, habida cuenta del mismo papel de las llamadas redes sociales en el ámbito político, en la difusión de noticias y en la vida social en su conjunto, permite concluir que las acciones que se convocan y provocan persiguen de manera especial lograr el mayor impacto en seguidores digitales y en cualesquiera audiencias posibles, tratando de condicionar en virtud de ese impacto la dinámica de las instituciones y las decisiones de quienes gobiernan o deciden desde ellas. Dado ese objetivo inmediato de las convocatorias que se producen, para el cual las mencionadas redes sociales juegan un papel decisivo, citando entre ellas la función destacada de Whatsapp, por ejemplo, cabe hablar de ‘manifestaciones whatsapp’ aludiendo a su peculiar índole.

Si es acertado este diagnóstico, cabe sumar al mismo la constatación que hace el periodista estadounidense Andrew Marantz en su libro Antisocial, cuyos análisis, aunque están volcados a cómo la extrema derecha entiende la “libertad de expresión” en Internet según se ha podido apreciar en la desastrosa “etapa Trump” vivida en EE.UU., tienen elementos que desbordan ese marco. Marantz habla de cómo a través de las redes se llevan a cabo actividades y convocatorias para acciones en el espacio público en las que se expresa una difusa pero intensa “rabia sin fin” puede derivar, como ha ocurrido en torno a Trump, hacia fascismos de nuevo cuño. Resulta así que los motivos para una justificada protesta se pervierten, con lo cual la misma función de catalizar la rebeldía acumulada y dirigirla hacia soluciones efectivas, puede verse, por los modos de expresarse y concretarse, incluso reforzando consecuencias muy distintas de las deseables. El periodista neoyorquino recuerda en un rincón muy lúcido de su obra cómo las protestas que dieron lugar a las “primaveras árabes”, arrancando desde Túnez, pueden entenderse como ‘Revoluciones Twitter’, ya que fue esta red la que funcionó como cauce principal para las movilizaciones sociales. ¿Qué pasó con esas “revoluciones” que tuvieron hitos inolvidables en la plaza cairota de Tahrir o en las mismas calles de Damasco? Siria fue arrojada a una guerra cruentísima y Egipto acabó en la dictadura de al-Sisi. De ninguna manera cabe atribuir a los manifestantes que se autoconvocaban mediante tuits ser causantes de los procesos que se volvieron contra ellos, pero algo salió mal y puede pensarse que eso que no salió bien algo tuvo que ver con los modos como se articuló la protesta social.

Las interesantes observaciones de Marantz nos llevan a sacar algunas conclusiones que son pertinentes respecto a las actuales movilizaciones que arrancan del “caso Hasél”. Una de ellas tiene que ver con la insuficiencia política de centrar la efectiva meta pretendida en el impacto que se logre, es decir, en la pretensión de que los actos en los que violentamente se sobreactúa se viralicen al máximo. Pero si el mero impacto es lo que importa –recordamos con esta fórmula un famoso título de Chomsky que así queda parafraseado–, ni siquiera se consigue que las acciones llevadas a cabo tengan un mínimo valor táctico. ¿Qué logro inmediato pueden contar a su favor? Y si desde una consideración pragmatista en torno a la táctica no salen beneficios a cuenta, ¡cuánto menos en lo que se refiere a estrategia! Incluso contando con un fuerte impacto, lo cual los mismos medio de comunicación lo verifican en la misma medida en que lo acusan, si la acción no se inscribe en una estrategia de recorrido más amplio, se agota en sí misma, sumando en contra el desprestigio que añade una violencia que no es aprobada más allá de los círculos inmediatos de los protagonistas o de las mentes sectarias que están dispuestas a seguir a sus líderes con razón o sin ella.

Si, como quedó dicho, el síntoma no puede ser portador automático de la solución, tomando todo lo que ocurre en las ‘manifestaciones whatsapp’ en su valor sintomático, hay que recordar –descartada una violencia perjudicial para los mismos objetivos que se invocan– que la acción política requiere estrategia. El teórico y militante de izquierda Daniel Bensaïd insistía en ello machaconamente. Desde perspectiva más actual, el semiólogo italiano Maurizio Lazzarato viene a poner el acento en lo mismo. Es un autoengaño pensar que determinadas performances, por mucho impacto que momentáneamente consigan, valgan para algo más que para expresión de rabia contenida. Lazzarato, en El capital odia a todo el mundo. Fascismo o revolución, no se priva de citar al mismísimo Foucault cuando éste afirma que no existe “un lugar para el Gran Rechazo” –era propuesta de Marcuse en los años sesenta del pasado siglo–, dando a entender que la gran oposición al sistema no se resuelve con sonoras y vistosas performances, por mucha piromanía que ejecuten quienes quieren ejercer como protagonistas de una acción antisistema. Sin duda, lo que está ocurriendo en estas fechas dice mucho, y hay que tomar del todo en serio lo que dice, pero eso mismo ha de implicar interpretarlo adecuadamente, lo cual requiere análisis, debate, crítica y la autocrítica que sea necesaria. La izquierda se despista si no sabe comprender lo que pasa; también se desdibuja si se deja atrapar en la trampa del silencio o en el autoengaño del aplauso condescendiente –los buscadores de impacto, por su parte, ni lo buscan ni lo necesitan por ese lado–. Los procesos de transformación social a los que sí estamos convocados requieren más lucidez, mayor movilización social y mejores formas de organización para alcanzar los objetivos necesarios y evitar ser golpeados por el efecto boomerang de actuaciones desafortunadas.

Autor >

José Antonio Pérez Tapias

Es catedrático y decano en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada. Es autor de 'Invitación al federalismo. España y las razones para un Estado plurinacional'(Madrid, Trotta, 2013).

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