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Deseos literario

Ciento diez horas de lectura

Diario de lectura de los seis tomos de ‘Mi lucha’, de Karl Ove Knausgård (2017-2021)

Jacobo Zanella 5/03/2021

<p>Karl Ove Knausgård en la Feria del Libro de Brooklyn en 2012.</p>

Karl Ove Knausgård en la Feria del Libro de Brooklyn en 2012.

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5 de julio 2017

«El arte se ha convertido en el propio público, en la manera en la que reacciona, en lo que los periódicos escriben sobre él; el artista en alguien que juega. Así es. El arte no tiene nada fuera, la ciencia no tiene nada fuera, la religión no tiene nada fuera. Nuestro mundo está cerrado en torno a sí mismo, cerrado en torno a nosotros, y no existe ya ningún camino para salir de él. Los que en esta situación gritan por más espíritu, más espiritualidad, no han entendido nada, porque el problema es que lo espiritual se ha quedado con todo. Todo se ha convertido en espíritu, incluso nuestros cuerpos ya no son cuerpos, sino ideas de cuerpos, algo que se encuentra en el cielo de imágenes e ideas dentro de nosotros y por encima de nosotros, donde se vive una parte cada vez mayor de nuestra vida. Las fronteras con lo que no nos atrae, lo incomprensible, se han anulado. Entendemos todo, y lo entendemos porque hemos convertido todo en nosotros mismos».

Hace una semana me regalaron La muerte del padre, el primer tomo de Mi lucha, del noruego Karl Ove Knausgård. Llevaba años dándole vueltas a esos libros, tratando de esquivarlos, pero a la vez sentía curiosidad. Sin pensarlo mucho comencé a leerlo ese mismo día y lo terminé esta mañana. Recuerdo una conversación que tuve con Julieta hace tiempo: le dije que no quería leer esas cuatro mil páginas porque dejaría de leer unos veinte libros. Hoy no pienso más así; me gustaría leer los cinco tomos siguientes en algún momento. La lectura disipó esa idea de pesadez que se presiente al contemplar una obra tan extensa.

Leía unas cincuenta o cien páginas a la vez, y después me sentía como abstraído del mundo, como cuando uno despierta justo después de haber soñado intensamente y se encuentra en un estado de confusión al no saber qué es real –en la percepción y en los sentimientos–; y aunque ya estamos despiertos y conscientes de que fue un sueño, la sensación nos sigue invadiendo en fuertes oleadas, que luego se van diluyendo y espaciando a lo largo de la mañana. Durante la lectura me preguntaba cómo se escribe algo así, qué se siente al hacerlo, y pensaba luego en los lectores conocidos y desconocidos que lo han leído haciéndose estas mismas preguntas. Lo más simple y lo más complejo coinciden en la misma línea. ¿Cuántas veces se corrige un libro así? ¿O no se corrige?

La lectura se convierte en un acto obsesivo al descubrir que algo tan simple puede evocar las sensaciones que solo la literatura permite. Sí hay historia, y claro que interesa, pero eso no es lo primero ni lo segundo que contiene este volumen; no puede entenderse así. Para leer buenas historias o mejores tramas hay otros miles de libros. Lo que sucede aquí es algo más: es una literatura a la que se llega por otro camino, no el de los hechos narrados. Las oraciones son anodinas, pero el conjunto crea un efecto inesperado, que sorprende aún más por su mecanismo, imperceptible a simple vista y casi inconsciente –aun quizá para el escritor.

La obsesión de Knausgård por las dualidades (que podrían ser una metáfora del clima extremo) están presentes siempre, como el interior y el exterior, el blanco y el negro, así como las repeticiones «noruegas» que van dando el contexto del lugar, que van construyendo un país: el gris, el frío, el paisaje, el café a todas horas, los detalles de vestuario; y las repeticiones interiores después, que van construyendo al autor-personaje, trazando esas dos líneas paralelas, que se separan a veces, o que dejan de ser paralelas ante los ojos del lector, o que abandonan la página.

14 de diciembre 2017

Veo casi a diario el libro dos de Mi lucha, o más bien descubro al libro viéndome. Me resisto a leerlo todavía. Terminé de leer el primer libro hace unos meses, pero el efecto no se ha agotado, y quisiera extenderlo lo más posible. Su lectura se siente ahora como si me hubieran implantado, con unas técnicas muy nuevas, invisibles, unas memorias que no son mías, una capacidad de observación, unos recuerdos y una forma de ver el mundo que no son míos, una aproximación a la lectura y a la literatura y a la escritura que no es mía. Qué sensación tan desconocida la de esos recuerdos, esas visiones y sensaciones. Por eso no inicio el segundo. Leo mientras tanto otros libros, como tratando de alargar el sentimiento, aunque no sé si lograré entenderlo del todo.

13 de marzo 2018

Ahora leo Un hombre enamorado, el tomo dos de Mi lucha. Aunque los dos libros usan formas narrativas, los encuentro más como un largo ensayo sobre la escritura misma: un tema siempre presente en los libros (de cualquier época) que con mayor placer recuerdo. El libro ensaya sobre su propio origen: un ensayo no sobre el autor, sino sobre el yo, el yo en el mundo. ¿No es esa la esencia literaria más pura? Knausgård escribe sobre su familia y sus días, pero eso es secundario, la trama es solo un instrumento más.

Antes de escribir estos libros, Knausgård, acercándose a los cuarenta años, vive en un estado de asfixia interior. El punto bajo que lleva a otros a considerar la propia muerte. Pero él parece no tener esa naturaleza, así que intenta algo equivalente pero opuesto: escribir desesperadamente, sin ningún tipo de lógica ni finalidad. El hipotético suicidio toma la forma de una línea infinita de palabras que después será el manuscrito de estos dos primeros libros. El autor cae al vacío mientras escribe. Mi lucha es ese anhelo de desaparición de la vida que se ha hecho insoportable: las reafirmaciones diarias de fracaso (persona, escritor, padre, esposo) no pueden tolerarse más: han llegado a un punto en que son demasiado («La vida diaria con sus obligaciones y rutinas era algo que soportaba, no algo que me hiciera feliz, nada que tuviera sentido. No se trataba de falta de ganas de fregar suelos o cambiar pañales, sino de algo más fundamental, de que no era capaz de sentir el valor de lo cercano, sino que siempre añoraba estar en otro sitio, siempre deseaba alejarme de lo cotidiano, y siempre lo había hecho. De manera que la vida que vivía no era la mía propia. Intentaba convertirla en mi vida, esa era la lucha que libraba, porque quería, pero no lo conseguía, la añoranza de algo diferente minaba por completo todo lo que hacía»). La desaparición de esas reafirmaciones constantes es lo que el suicidio promete. Mi lucha puede leerse –no encuentro otra manera de hacerlo– como un ensayo sobre todos esos fracasos, que son uno mismo: el hartazgo inescapable del claustro de su cabeza, de su apartamento, de su matrimonio, de su ciudad, de sus días.

Mi lucha proviene (los primeros dos tomos, al menos) de esa sensación de vida equivocada, alejada del ideal, casi en el otro extremo

Mi lucha proviene (los primeros dos tomos, al menos) de esa sensación de vida equivocada, alejada del ideal, casi en el otro extremo. Proviene de darse cuenta de que ni siquiera es capaz de sentarse a escribir una historia tan directa y personal como la muerte de su padre, que lleva años intentando contar. Mi lucha es un arranque contra todos esos sentimientos de imposibilidad. En el libro uno lo recuerda: «Llevaba varios años intentando escribir sobre mi padre, aunque sin lograrlo, seguramente porque ese tema se encontraba demasiado cerca de mi vida, y por eso no se dejaba introducir de una forma distinta, lo que es en sí la condición de literatura. Es su única ley; todo tiene que someterse a la forma. Si alguno de los demás elementos de la literatura, como el estilo, la intriga, la temática, son más fuertes que la forma, o someten a la forma, el resultado será flojo. Por esa razón los escritores con un estilo fuerte escriben a menudo libros flojos. También por esa razón los escritores con una temática fuerte escriben tan a menudo libros flojos. La fuerza de la temática y del estilo ha de ser abatida antes de que pueda surgir la literatura. Es esta desintegración lo que llamamos “escribir”. Escribir trata más de destruir que de crear».

17 de marzo 2018

He dejado de leer a Knausgård por las noches. Me aleja del sueño y solo quiero leer más. Ahora lo leo por las mañanas. Si después salgo a la calle, mientras camino comienzo a percibir y a describir en silencio todo lo que veo como lo hace él en sus libros. Me divierte el ejercicio de ver mi mundo «a través de sus ojos». Absurdo también.

Las impresiones que tengo al leerlo son inusuales, como si de verdad hubiera dado con algo «nuevo». ¿Por qué? Tal vez por la sencillez de sus conceptos, y cómo intenta, y desde qué lugar, convertir la complejidad de su mundo (el mundo) en simples oraciones. Tal vez por los opuestos, que se repiten todo el tiempo, que siempre me han gustado como herramienta argumental, y que parecen tan suyos: dentro y fuera del mundo; lo abierto y lo cerrado; lo personal y lo social; lo visible y lo invisible; lo anodino y lo importante. Este libro es más intenso que el primero porque se lee más como novela –una ficción que no es ficción–, pero no hay una sola oración ornamental, una sola palabra puesta ahí de manera decorativa. ¡Qué descanso de todos esos libros que nos acechan y que intentan ser literarios a través de artesanías lingüísticas que repiten formas desgastadas! Lo que nos cuenta Knausgård no está en la página, está en otro sitio, que solo se activa en la lectura continuada. No hay incrustaciones ni filigranas. No busca imitar a nadie. Quizá este motivo, tan personal, sea la causa de mi adicción: una combinación de extrañeza y placer.

Ahora sé que leeré los seis libros, pero me resisto a leerlos uno después de otro. Los quiero leer como se escribieron y se publicaron la primera vez: dos o tres por año. Creo que es un ritmo de lectura «natural», pues intenta apegarse al proceso de escritura y publicación. ¿Qué leeré mientras pasan los siguientes seis meses? Además de mis lecturas habituales y azarosas, quisiera leer otros libros suyos, ya he conseguido un par.

4 de abril 2018

Había estado leyendo los ensayos extensos de Knausgård para revistas, algunas entrevistas y piezas breves (lo que no hago con casi ningún otro autor), pero sobre todo quería leer más libros suyos que no formaran parte del proyecto autobiográfico. Sabía de un libro (A Time for Everything) en donde había reescrito, o más bien expandido, en cientos de páginas, algunas partes muy breves de la Biblia. Se había publicado cinco años antes del primer tomo de Mi lucha. Me rehusé a leerlo por mucho tiempo, pues casi todas las reseñas lo describían como «un libro sobre ángeles». ¿Quién podría querer leer algo así?

Pero lo leí. Encontrar cómo hacer su propia inserción dentro de la historia bíblica causa cierta gracia. El Edén en Noruega, por ejemplo. Él como Caín. Todos sus familiares (que aparecen en Mi lucha) están ahí, disfrazados con nombres antiguos. A través de cuatrocientas cincuenta páginas, el libro presenta una estructura antológica de cuatro volúmenes en uno, como la Biblia: Caín y Abel, Noé y Ezequiel, etcétera. La sorpresa está al final: una coda de cincuenta páginas que es el génesis de los seis libros autobiográficos. (O, en el contexto del libro, quizá podría entenderse como un Nuevo Testamento, o como una visión del mundo ya sin ángeles o sin Dios.) Esas cincuenta páginas muestran a un Knausgård libre: libre de la novela que las precede, de la forma, del estilo, del público, de los críticos. Podría ser, perfectamente, un pasaje largo dentro de alguno de los libros de Mi lucha. Pero lo escribió cinco años antes, por lo menos. Ningún crítico ha escrito sobre esto, nadie le ha preguntado por esta coda (y su misteriosa similitud con Mi lucha) en ninguna entrevista. O no lo he encontrado. (A veces sueño de que tengo que entrevistarlo. He visto muchas de sus entrevistas en la televisión y siempre le hacen las mismas preguntas obvias. Muchos ni han leído los libros, si acaso uno, o fragmentos. Y con el tiempo he estado formulando preguntas para esa imaginaria entrevista. Al menos son preguntas distintas.)

Aunque no parece un libro que vaya a recordar especialmente (excepto, claro, por ese pasaje final), hay un reencuentro con Knausgård en las páginas. Está mucho más «trabajado» que Mi lucha, y por lo mismo lo encuentro menos auténtico. Su voz es más tenue, con pasajes narrativos a veces forzados (la visible búsqueda de «lo literario», del embellecimiento). Pero su mirada está ahí, claramente: «En una de las vigas del ático se puede ver un rostro, y hay otro en el piso de la sala. Debes recordar que alguna vez estuvieron en el interior de un árbol. ¿Cuántos árboles podrían tener este tipo de rostros por dentro? Los árboles están llenos de imágenes. Las piedras están llenas de imágenes. Las montañas están llenas de imágenes. El hielo en el glaciar tiene todo tipo de contornos. También hay papas que parecen rostros y zanahorias que parecen manos o narices. Y una vez que comienzas a buscar, te encuentras ese tipo de cosas por todos lados. ¿Recuerdas esa mariposa que vimos, que parecía una hoja?».

8 de abril 2018

¿Cómo acabar con el bloqueo literario? ¿El bloqueo es real o es solo un síntoma más de un escritor mediocre? Muchos escritores no saben lo que hacen, pero eso a veces resulta en buenos libros. Pareciera como si Knausgård no supiera lo que estaba haciendo hasta escribir esa famosa coda, que reveló su propio estilo, su voz natural, la posibilidad de escribir después estos seis libros.

Creo que busco y encuentro en la lectura de Mi lucha lo que Knausgård busca y encuentra en la escritura de Mi lucha: un sentido en el texto; la imposibilidad del mundo exterior para reflejar el interior; las sensaciones de esa imposibilidad puestas en la página. Encuentro una mezcla ideal entre un deseo de escribir y un deseo de leer. Muchos libros lo hacen, pero es justo aquí donde he encontrado que la naturaleza de esas dos actividades se une y complementa de forma notable. ¿Cómo pensamos? ¿Cómo funciona la memoria? ¿Cómo es el proceso literario? Mi lucha parece un ensayo alrededor de estas preguntas. O sobre cómo alguien se convierte en escritor. Knausgård lo desea con tanta fuerza que su literatura proviene directamente de ese deseo (no de una historia o de una técnica), y es propiamente ese deseo. No es otra cosa. Inicia y termina ahí, en ese concepto diminuto, invisible para los demás.

Una de las intenciones de Knausgård al comenzar con este proyecto es desficcionalizar el mundo, volver a hacerlo «real». Quizá no lo tenía claro al principio, pero es evidente que en algún momento fue lo que hizo. Dice en el libro uno: «Todo ha sido incorporado al enorme reino de lo imaginario. [...] Nuestros pensamientos están inundados de imágenes de lugares en los que nunca hemos estado y sin embargo conocemos, de personas que nunca hemos conocido pero con las que no obstante estamos familiarizados, y en gran medida tenemos en cuenta al vivir nuestra vida. Esa sensación que nos ofrecen de que el mundo es pequeño, densamente encerrado en sí mismo, sin aperturas hacia nada más, resulta casi incestuosa, y aunque yo sabía que era profundamente falsa, ya que en realidad no sabemos absolutamente nada, no podía no obstante librarme de ella. Ese anhelo que siempre sentía, que algunos días era tan intenso que apenas se dejaba controlar, procedía de lo anterior. Yo escribía en parte para apaciguar ese anhelo, escribiendo quería abrir el mundo para mí mismo, a la vez que era justo por eso por lo que no lo lograba. [...] Lo que yo intentaba, y tal vez intentan todos los escritores, qué sé yo, era combatir la ficción con ficción. Lo que debía hacer era aceptar y animar lo existente, aceptar y animar el estado de las cosas, es decir, revolcarme en el mundo en lugar de buscar un camino para salir de él».

Y luego, en el libro dos, casi como continuación de lo anterior, dice: «En el transcurso de los últimos años había perdido cada vez más la fe en la literatura. Leía y pensaba que eso había sido inventado por alguien. Tal vez fuera porque estábamos completamente invadidos por ficción y cuentos. Tanto que había perdido el sentido. Por todas partes te encontrabas con ficción. [...] Lo inventado no tiene ningún valor, lo documentado no tiene ningún valor. Lo único que para mí seguía teniendo valor y todavía tenía sentido eran los diarios y los ensayos, la parte de la literatura que no es narración, que no trata de nada, sino que solo consta de una voz, la voz de la propia personalidad, una vida, un rostro, una mirada con la que uno podía encontrarse. ¿Qué es una obra de arte sino la mirada de otro ser humano? No por encima de nosotros, ni tampoco por debajo de nosotros, sino justo a la altura de nuestra propia mirada. El arte no se puede vivir colectivamente, el arte es eso con lo que uno se encuentra a solas. Uno se encuentra a solas con esa mirada».

6 de julio 2018

Leo Letter from Österlen, un ensayo de Knausgård publicado en The Paris Review. «Dante escribió que las variaciones individuales en la razón humana son tan grandes que cada persona parece casi constituir una especie para sí mismo. Escribió que nadie podía entender a otro ser humano haciendo referencia a sus propias acciones y emociones, como lo hacen los animales. [...] El lenguaje existe para que podamos diferenciar, es decir, expresar lo que es único, y para que podamos conectarnos al hacer que lo único sea visible y fácil de entender. En un mundo donde los humanos se definen de esta manera, el infierno debe ser un lugar en donde solo suceden nuestras propias acciones y emociones, como en el reino animal. De hecho, así es como Dante describe el infierno, cuerpo tras cuerpo, cada uno atrapado en sí mismo, golpeado y atormentado, sin más lenguaje que aullidos y gritos, gruñidos y gemidos».

3 de octubre 2018

Leo el tomo 3, La isla de la infancia, que narra el inicio de su vida. El traductor al inglés dice que hay que iniciar aquí, pues el tomo uno desilusiona a muchos lectores. Pero Knausgård nunca planeó hacer seis tomos, ni hablar de su niñez. El manuscrito original era de unas mil páginas, lo que ahora se conoce como los libros uno y dos. Después de leerlos, su editor lo impulsó a seguir escribiendo de la misma manera, es decir, sobre su vida, pero como los primeros tomos hablan de sus años más recientes, no había más espacio para continuar, así que decide ir al principio, a los recuerdos de sus primeros años. El tomo cuatro será la adolescencia, el cinco la juventud ¿y el seis una especie de epílogo?

Este libro narra lo que se siente ser niño, pero además qué se siente ser adulto y recordar esos años. Cómo conviven en un cuerpo y en una memoria ambas edades, ambas personas –que hoy, en apariencia, no tienen relación. El clima y la familia siempre presentes. La naturaleza siempre presente, lo opuesto a mi punto de lectura. Hay hojas secas, hojas mojadas, musgo, niebla, agua en todas sus formas, bosques, cielos nublados, embarcaderos, lluvia, humedad. Pero en la ciudad donde lo leo no hay nada de eso, si acaso lo opuesto: la ausencia de referencias y fuerzas naturales, solo el calor pasmado y seco del desierto.

15 de junio 2019

«Ah, esas luces atenuadas de los autobuses por las noches y los sonidos sordos. Los pocos pasajeros sentados, inmersos en su propio mundo. El paisaje que pasa deslizándose por la oscuridad de fuera. El zumbido del motor. Así sentado, pensando en lo mejor que uno tiene, en lo más querido, deseando solo estar allí, como fuera del mundo, de camino de un lugar a otro, ¿no es entonces cuando uno está por fin presente en él? ¿No es entonces cuando uno por fin está de lleno en el mundo?»

Leemos una obra y su proceso al mismo tiempo, el proceso literario, que se convierte en condición absoluta, previa de lectura

Terminé de leer el libro cuatro, Bailando en la oscuridad. Ahora, sin distancia todavía, diría que es el menos sólido de la serie, pero también con el que más podría relacionarme, tal vez porque la adolescencia se siente de manera parecida no importa dónde. Y también, como en los otros libros, sobre todo el tres, da mucha importancia al paisaje, a la atmósfera, y está tan presente que uno entra en esa atmósfera, al menos durante la lectura. El libro sucede muy al norte de Noruega, donde no hay luz en invierno. Leía en la mañana, todo era de noche en el libro, un frío inimaginable, niebla, nieve, viento, y luego salía a la calle para caminar a la oficina y todo era sol y azul intenso, luz, calor, un ambiente pesado ya a tan temprana hora, y yo anhelaba vivir en la atmósfera del libro, no en la mía. Y todo el día deseaba que terminara el día de trabajo, llegar puntualmente a casa y poder leer una hora más, para no agotarlo de inmediato. Mientras llegaba al final del libro la angustia iba en aumento, ¿qué iba a hacer cuando terminara? ¿A quién iba a leer que pudiera «continuar» o «conversar» con esos sentimientos?

Al leer este libro descubro algo que podría parecer obvio, pero que no es tan común, creo: el texto que forma Mi lucha no es el medio que usa el autor para llegar al lector, sino que podemos ver, casi sentir el proceso por el que el autor se ha convertido o se está convirtiendo en el medio para llegar a ese texto. Es decir, leemos una obra y su proceso al mismo tiempo, el proceso literario, que se convierte en condición absoluta, previa de lectura.

16 de junio 2019

Escucho una entrevista que le hacen a Knausgård (muy mala, como casi todas) en donde dice algo que transcribo: «El proceso de escritura tiene que ver con un desprendimiento. Si lees un libro muy bueno, desapareces como lector. Ese sentimiento, leer para escapar... es un fuego dentro de ti. No sabes por qué, porque no hay pensamientos involucrados, son solo sentimientos y emociones... Y en el momento en que me di cuenta de que escribir era como leer, me convertí en escritor. Tenía 27, 28 años, y lo recuerdo muy claramente: escribí algo inesperado, que no provenía de mis pensamientos ni nada por el estilo. ¿De dónde había salido?, me preguntaba. De la experiencia de leer, de ver películas, de todos los elementos culturales que hay dentro de nosotros. De un lugar que no era de mi propiedad. Si logras liberarte de la idea de “voy a hacer algo”, estas cosas simplemente llegan a la página; es realmente extraño. Hay una velocidad... Estaba metido dentro de algo, todo era subconsciente: escribía, me iba a dormir, despertaba y comenzaba a escribir de nuevo. Todo estaba hecho, no tenía que pensar, se hacía solo de alguna manera. Escribir es el lugar para esconderse. Escribir es el lugar donde no eres nadie, en donde estás sin ti mismo».

7 de noviembre 2019

Leo el tomo cinco, Tiene que llover. Es un libro sobre el hambre del escritor, tan intensa que se convierte en otra cosa, en una búsqueda desbordada, y en ese vasto espacio de la desesperación comienzan a asomarse rasgos literarios. Alguien escribe en prensa sorprendido: «Al leer y apreciar a Knausgård hemos perdido u olvidado el criterio». Cuando se publicó En busca del tiempo perdido algunos críticos y escritores decían que la adicción a esos libros –un leer por leer– era un síntoma sospechoso, negativo, no literario, etcétera. No imagino hoy a ningún crítico diciendo que la emoción en la lectura de En busca del tiempo perdido signifique una pérdida del criterio. Entiendo por qué estos libros de Knausgård pueden despertar sospechas críticas, pero parece que quien se expresa así no ha leído realmente los libros, sino reseñas de libros: la prueba es que siempre se mencionan, como evidencia, los mismos pasajes. Lo mismo puede suceder con los lectores: creo que a veces se lee de más sobre Knausgård antes de leerlo realmente.

¿Qué es lo que hace a la literatura? No son las imágenes evocadoras. No son las palabras bien encontradas y las metáforas por sí solas. Es lo elusivo, eso que no vemos ni podemos citar, pero que de alguna manera está ahí: es lo que el texto evoca, y eso no se puede enseñar ni aprender. Un día el lector se da cuenta que el autor lo tiene, que lo está leyendo. La historia que leemos en estos libros no es la historia de la vida de una persona ni sus pensamientos. Es otra, la que no está contada, la que solo está representada por los hechos descritos pero que la imaginación del lector logra descifrar; es un vacío: la separación que existe entre lo sentido y lo referido, y que es casi imposible de narrar. Es también una una atmósfera, exterior e interior, que define a una persona, una casa, un barrio, una ciudad. La unión y mezcla de estas cosas.

Knausgård revela el peso del tiempo, de todos los tiempos a la vez. El peso de la sociedad, del trabajo, del deber o de la necesidad de hacer algo «valioso»; en suma, el peso del mundo y de la vida intelectual, que asfixia, y que no es muy distinta para él que para otros. Knausgård se convierte en escritor frente a los ojos del lector: es lo que siempre ha querido, pero todavía no lo sabe. Más que escritor, vive en él un deseo ardiente de ser escritor. Los seis libros son un exorcismo de ese deseo, de la escritura, un proyecto que probablemente no ha funcionado. Los tres años de escritura de Mi lucha solo acentuaron más ese peso a cuestas, no lo sé, no me imagino que haya sido de otra manera. La escritura no es catártica ni terapéutica, al menos no en este caso.

8 de noviembre 2019

Los autores que buscan su «voz literaria» (por deseo propio, por el miedo a disolverse, por presiones externas) terminan en un lugar penoso o complicado, pero luego escriben algo «sin pretensiones» y leemos ahí su mejor versión. El ejemplo obvio es Knausgård. Cuando leo algunas de las novelas de los escritores contemporáneos solo veo un deseo de escribir como alguna vez leyeron. Como si la literatura fuera eso: parecerse a lo que se entiende por «literatura». Se nota mucho ese tratar de alcanzarla, y la estridencia que esa escritura provoca no nos permite leer más allá de la primera página. Knausgård ya sabe que no pudo alcanzar esos registros, que probablemente nunca lo hará, es por eso que el lugar desde el que intenta Mi lucha es tan reconfortante: el lugar del vencido.

Parece que la sociedad de escritores está en la búsqueda constante de la gran novela o el gran experimento, deseando ser otros escritores, escribir otros libros, ganar otros premios, convertirse en bestsellers, ser traducidos (¿no es lo que Knausgård buscaba también en sus primeros dos libros?). Pero es en esa búsqueda material, en esa inversión autor-texto, donde el libro desaparece: la conexión entre los interiores oscuros de escritor y lector deja de ser posible: todo queda en un exterior deslumbrante en donde la literatura no tiene posibilidades de existir.

Una vez que Knausgård logra escapar de esa imposición de «escribir literatura», alcanza por fin algo muy cercano. Liberado de esa autoimposición, de ese estilo que pudiera complacer, encontró por fin un «estilo sin estilo»: su voz más auténtica. Pudo escribir dos libros por año, y en esa urgencia creó su propia literatura. Se convierte así en una especie de manifiesto sobre el escritor vacío, del escritor vacío, del que no tiene nada que decir. Me gusta ese rasgo porque representa muy bien nuestro momento actual.

8 de diciembre 2019

«Para mí todo lo que no fuera escribir carecía de sentido. Ninguna otra cosa sería suficiente. […] Era una locura, porque justamente eso era lo que no sabía hacer. Se me daba bien escribir trabajos encargados por los profesores, y se me daba bien escribir artículos, reseñas y entrevistas. Pero en cuanto me sentaba a escribir literatura de ficción –que era lo único a lo que quería dedicar mi vida, lo único que vivía como algo lo suficientemente lleno de sentido– no podía. Escribía cartas, entonces todo fluía, frase tras frase, página tras página. A menudo se trataba de historias de mi vida, de cosas que había vivido, de cosas que había pensado. Si hubiera conseguido transmitir ese sentimiento, esa actitud, esa fluctuación hacia la prosa de ficción, podría haberme salido bien. Pero era incapaz. Me sentaba delante del escritorio, escribía una línea y todo se paraba, escribía otra línea y todo se paraba».

Me parecía muy atractivo que siempre era de noche en el libro cuatro, y el cinco es peor todavía, porque todo sucede lloviendo

Me parecía muy atractivo que siempre era de noche en el libro cuatro, y el cinco es peor todavía, porque todo sucede lloviendo. Todo en esos dos libros lo recuerdo como un delirio. Algo sucede en ellos, sobre todo en el último: comienzo a darme cuenta de que no está contando la historia de su vida, sino la historia de estos libros. De por qué estamos leyendo estos libros. Del lugar desde el que están narrados, un lugar que existió en su interior todos esos años y que fue llevando consigo de ciudad en ciudad, como esperando el momento justo para materializarse. No es lo que vemos, sino cómo lo vemos, y algo muy importante en Knausgård: por qué lo vemos. Lo primero es casi nominal, y es el tipo más común de escritura. Lo segundo es estético, y es donde comienzan las posibilidades de lo literario. Lo tercero es existencial, representa un pequeñísimo porcentaje de los libros publicados. Cuando se unen las tres condiciones (aunque en orden invertido), aparece la literatura que leo con más placer.

«¿Qué era la conciencia sino solo la superficie del mar del alma? […] ¿O profundidad no era la palabra correcta? ¿Qué era la conciencia mas que el haz de luz de una linterna en la profundidad de un bosque?»

2 de enero 2020

Si entendemos lo moderno como lo individual, la significación y exploración del interior desconocido, entonces pienso en la pintura de Leonardo, de Munch, de Freud, en el pensamiento de Cervantes, de Defoe, de Sterne, de Proust, en las ideas de Napoleón o las contenidas en la declaración de independencia de Estados Unidos... y encuentro ahí invenciones o renovaciones constantes de esa modernidad (de esa definición del ser humano) que lleva siglos insistiendo, transformándose o adaptándose. Entonces la caída de Constantinopla o los viajes de Colón quedan como un hecho histórico, uno más. Ni siquiera la imprenta tiene el mismo valor bajo esta luz, como sí lo tienen el pensamiento de Petrarca o el de Copérnico. Claro que el pensamiento luego deviene acción… Lo que la lectura de Mi lucha expone, aunque no sé si a todos los lectores, es una evolución, quizá insignificante, de esa idea, de esa visión que una persona puede tener de sí. Una especie de actualización o recordatorio.

«Qué idea tan fantástica. Arrastrar toda mi ropa, todos mis libros y todos mis discos al parque, apilarlo todo en medio de la hierba, completarlo con la cama y el escritorio, la máquina de escribir, los diarios, y todas esas malditas cartas que había recibido, en resumen, todo lo que me traía el más minúsculo recuerdo a la hoguera. Ah, ver las llamas lamiendo el oscuro cielo de la noche, los vecinos agolpados en las ventanas, qué está pasando, ah, es ese joven vecino que está limpiando su vida, quiere empezar de nuevo, y hace bien, yo también quiero hacerlo. Y de repente, hoguera tras hoguera, toda Bergen llameando en la noche, helicópteros con cámaras de la televisión sobrevolándolo todo, reporteros que dicen con voz dramática: Bergen se está quemando esta noche, ¿qué está pasando? Parece que ellos mismos son los incendiarios».

3 de enero 2020

Diez años antes de Mi lucha, Knausgård había publicado un texto breve, «Ild» («Fuego»), en una revista noruega. Lo reproduce completo en el libro cinco, como una cita, y es uno de los momentos más inesperados. Un extracto: «El fuego pertenece al grupo de fenómenos que jamás ha evolucionado. Los cambios se encuentran por tanto lejos de su forma. El fuego no se deja mover en ninguna dirección por las numerosas vicisitudes del entorno, descansa en su propia perfección. El fuego es perfecto. Pero el rasgo más exclusivo del fuego, el que lo distingue de todos de los demás fenómenos inalterables que existen, es que ha conseguido liberarse de la tiranía del tiempo y del lugar. Mientras que el agua está condenada a encontrarse para siempre en un determinado lugar, en una u otra forma, como también lo están el aire y las montañas, el fuego posee esa extraordinaria capacidad de simplemente dejar de existir —no solo desaparecer de la vista, esconderse, sino simplemente dejarse aniquilar— para luego volver a surgir, exactamente como antes, en un nuevo lugar, en una nueva era. Eso hace que el fuego nos resulte difícil de entender, estando acostumbrados a considerar el mundo un sistema continuo de sucesos, algo que con un sinfín de distintas velocidades —desde el lentísimo crecimiento del árbol hasta la rapidísima caída de las gotas de agua— se mueve hacia delante en el tiempo. El fuego queda fuera de este sistema, sería por esa razón por lo que en el Antiguo Testamento se dejara que lo divino apareciera ante los seres humanos en forma de llama: la forma de la revelación y la del fuego es la misma. También lo divino posee esa capacidad de aparecer de repente en su forma completa, para luego desaparecer. También lo divino tiene en sí lo enigmático, desconocido y despiadado, que nos hace temerlo y admirarlo a la vez».

24 de abril 2020

«Lo que yo no sabía, de lo que no tenía ni la más remota idea, era que cada paso que daba me definía, que cada ser humano con el que me encontraba dejaba huella dentro de mí, y que esa vida que yo vivía en ese momento, en toda su ilimitada arbitrariedad, se convertiría en la vida. Que un día miraría atrás, y sería eso lo que vería. Lo que entonces carecía de significado y era ligero como el aire, una serie de sucesos que desaparecían de la misma manera que la oscuridad desaparecía por la mañana rebosaría de contenido al cabo de veinte años».

Estoy terminando el libro seis, apenas me quedan unas páginas más para mañana. Es un libro para fanáticos, pero hay partes que me han encantado. También creo que tiene muchos altibajos: está mal pensado y mal editado. Hay repeticiones innecesarias, como si no hubiera pasado por la mano de un editor. Son dos o tres libros en uno (exactamente tres veces la cantidad de palabras del libro cuatro), y eso lo hace muy cansado. (¿No es obsceno, en cualquier caso, querer escribir un libro más largo que el Quijote?). Tendría que leerse durante varios meses (quizá en tres partes, justo como lo dice el índice, como tres libros independientes) para contrarrestar esos errores y esa sensación de demasía, pero lo pensé demasiado tarde.

Leí algo en él que parecía haber sido escrito ayer, refiriéndose a la situación de encierro: «¿Pero qué es vivir? Es actuar, hacer, ser y estar en medio del mundo. Si te sacan de eso, de la acción, de estar en medio del mundo, surge una distancia entre uno mismo y el mundo, lo contemplas, pero no formas parte de él, y ese alejamiento es el principio de la muerte. Vivir es tener hambre de días, sean buenos o malos. Morir es estar saciado de días, cuando ya no se diferencian uno de otro, porque uno ya no vive dentro, sino fuera de ellos».

26 de abril 2020

Hoy terminé de leer el tomo seis. Las últimas cien o doscientas páginas quizá sean las mejores. Pero insiste y repite ideas y pensamientos, de manera casi esquizofrénica: la explicación de la explicación. Es el libro con más pasajes sin sentido, en algunos momentos el libro se le va de las manos, la estructura desaparece, uno se pregunta qué hago leyendo esto. Es demasiado largo para mantener la coherencia. Se siente romperse a ratos.

«Este mundo de la ficción se expande para ocupar una parte cada vez mayor de nuestras vidas. [...] Cuando es así, cuando todo es ficción o es visto como ficción, la tarea del novelista ya no puede ser escribir más ficción. Esa era la sensación que yo tenía; el mundo estaba a punto de desaparecer porque estaba siempre en otra parte, y mi vida estaba a punto de desaparecer porque también estaba siempre en otra parte. Si iba a escribir una novela tendría que tratar de la realidad tal y como era, vista por alguien preso en ella con el cuerpo, pero no con la mente, presa por algo distinto, por el fuerte deseo de elevarse por encima de lo trivial y bochornoso, para entrar en el claro y fresco aire de lo grande».

Ahora, con los seis libros como un panorama, siento que la lectura que hice fue la de un ensayo escala uno a uno sobre el deseo (y, en consecuencia, el trauma y el fracaso) del escritor (Recordé algunos de los proyectos de Mies van der Rohe, de los que se hicieron maquetas escala uno a uno en el campo abierto, con madera muy delgada y materiales efímeros para poder imaginar el efecto espacial antes de construir. Recuerdo el mapa uno a uno de Borges). Es un «exorcismo literario», un exorcismo del deseo. O al menos un intento de desprendimiento. Por eso cuando leo a los críticos preguntándose por qué debería importarnos la vida de ese señor, la exhibición narcisista, leer todos esos detalles aburridos, pienso que no han entendido, que no se trata de eso. La forma podría ser autobiográfica, pero no la lectura. No lo sé. Quizá alguien ya dijo todo esto por ahí, y sin duda mucho mejor.

18 de mayo 2020

Llegué por casualidad a un artículo sobre Edoardo Ballerini, quien grabó los seis audiolibros de Mi lucha en inglés. «Cuando terminó el sexto volumen, el libro le había enseñado cierto nivel de autoaceptación, se había insinuado en su vida, en sus sueños. A veces se despertaba con la sensación de que Knausgård estaba fuera de su casa, fumando; cada recuerdo de Knausgård –enterrar la cerveza en la nieve, cuando era adolescente, para ocultarla– desencadenaba uno propio. “De repente no estoy ‘leyendo’”, me dijo Ballerini. “Estoy actuando, estoy viviendo los libros”».

18 de septiembre 2020

Las frases de Knausgard son muy simples. «Cualquiera podría escribir algo así.» Las palabras son simples. La estructura de la autobiografía es relativamente simple. Esa simplicidad nos dice algo también. Como también lo hace la extensión de la obra. Hice unos cálculos rápidos: la extensión de los seis libros de Mi lucha es de 1,15 millones de palabras, que es más o menos lo mismo que los siete tomos de En busca del tiempo perdido y el doble que Guerra y Paz (Sé de una edición francesa que logró contener, en un solo volumen, esos siete tomos. Es decir: alguien podría intentar poner los seis de Knausgård en un solo libro, en papel biblia, con letra minúscula). Si leo a una velocidad de tres centímetros por segundo (cuarenta veces más lento de lo que camino), creo que tardé unas ciento diez horas en leer Mi lucha. Ver todo Mad Men tomaría noventa y dos.

20 de noviembre 2020

Me resistí mucho a leer a Knausgård por su presencia mediática y por la extensión de la obra. Fui un lector tardío en ese sentido: inicié con un retraso de varios años, pero al final funcionó, porque el último libro, que salió en 2019, lo leí seis meses después. No tuve que esperar. Hubo algo extraño en el calendario de Anagrama: el primer libro apareció en noruego en 2009 y en español en 2012, pero el último tuvo una diferencia de ocho años (2011 versus 2019).

Ahora creo que hay un antes y después en el lector que lee los seis libros. Como también hay un antes y después de La Comedia de Dante. No comparo los libros: comparo el efecto que tienen en la mente del lector.

Knausgård escribe los primeros dos libros de la serie con cierta locura, sin una conciencia clara de lo que está haciendo. En esa ausencia aparece su voz más clara sin que él lo sepa todavía, como un experimento que hubiera funcionado demasiado bien. El texto autobiográfico se extrae con recursos de la memoria, que en sí misma ya ha pasado por procesos de sublimación inconsciente y adquirido así rasgos que podríamos llamar literarios. Una «doble escritura» entonces: la nemotécnica y la mecanográfica (casi una escritura mecánica, no deliberada: la segunda transcribe a la primera). No está intentando un estilo ni probando una técnica, ni siquiera está tratando de escribir una novela. Y es justo ese proceso despojado de intenciones ulteriores el que resulta en eso que ahora reconocemos como su estilo. Luego algo cambia. Escribe el libro tres sabiendo la atención que han recibido los dos anteriores: comienza a emerger la conciencia de ser un escritor «público». En el cuatro y el cinco trabaja como una máquina de escritura, y ya es consciente de lo que está haciendo: está siguiendo el estilo que «inventó» de manera no intencional y funcionó. El seis es la reflexión sobre los cinco tomos, sobre la experiencia de publicarlo, y es donde más se aprecia el hartazgo, quizá de sí mismo, de los seis libros, de haberlo hecho.

Se siente, ya en los seis tomos, cómo la idea se va modificando, acaso ligeramente, a lo largo del proyecto. Es en los últimos dos libros donde más errores visibles pueden enumerarse, quizá el editor estaba cansado también, o confiado. Pero el experimento es tan intenso que arroja aciertos. A veces hay destellos de tanta lucidez que parece que realmente estamos leyendo un ensayo sobre el mismo hecho de escribir lo que estamos leyendo (que no es una novela autobiográfica). Esta sensación alcanza la máxima intensidad en las partes uno y tres del libro seis.

9 de enero 2021

Me equivoco, seguramente, pero creo que detecto cierta influencia de Knausgård en algunos escritores contemporáneos. Como si hubiera, en el mundo literario, un antes y un después de su estilo, y pudiéramos detectar ciertas trazas o contaminación en los estilos de otros. Como si pudiéramos leer una novela de un cubano o de un japonés y saber si ha leído o no Mi lucha.

El panorama final de la obra ofrece de golpe una vida completa vista en una especie de time-lapse. Es posible identificar así los rasgos distintivos que hacen a una persona y que no se aprecian en lo cotidiano. Pero al mismo tiempo, en el terreno lento del texto, está la fijación en el detalle. Eso es lo que Knausgård  quería hacer, no sé si de manera consciente: el «cuerno acerado del toro» amenazando la vida del torero al que hace referencia Michel Leiris al explicar las razones para escribir su autobiografía: Knausgård se sometería a un ataque directo contra sí mismo, arriesgando quizá no su integridad física, pero sí moral, al decidir, con cierto grado intencional de provocación, incluir todos los nombres reales de todas las personas mencionadas en el libro. «Una confesión —dice Leiris— cuya publicación sería arriesgada para mí por cuanto haría más difícil mi vida privada, al hacerla más clara».

Autor >

Jacobo Zanella

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