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ENCUESTA SOCIAL EUROPEA

Vox y los farmacéuticos

Los votantes de la ultraderecha son los que más se desperdigan en la autoubicación. El 32% se siente de “centro o de centro derecha”, el 28% se coloca en la “derecha sensata” que dice ocupar el PP y el 23% se define de “extrema derecha”

Ramón J. Soria Breña / Iker Soria Royuela 26/02/2021

<p>Manual de comunicación de Vox</p>

Manual de comunicación de Vox

J. R. Mora

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EN LA FIESTA DE BLAS (PIÑAR), TODO EL MUNDO SALÍA CON UNAS CUANTAS COPAS DE MÁS. El sueco Stieg Larsson se pasó la vida entera investigando la evolución de los grupos de extrema derecha en su país; sobre todo le preocupaba cómo pasaban de ser cuatro cabezas rapadas a refinarse o transformarse en partidos políticos bien conectados con una parte de las élites y los votantes corrientes. Pero nadie le hacía mucho caso. Gracias al éxito inesperado de su trilogía de novelas, muchos ciudadanos europeos de los países más desarrollados y progresistas comenzaron a inquietarse por esos pequeños monstruos que crecían poco a poco en sus parlamentos. Pero Stieg Larsson hace años que murió y, con él, se perdió una oportunidad de conocer mejor el riesgo que suponen estos partidos que comienzan siendo herederos del fascismo del XX y se convierten en el vecino pesado. Hoy, una parte importante de la sociedad europea, de los partidos democráticos y de los medios de comunicación, siguen sin darse cuenta del enorme peligro que supone el crecimiento constante de la extrema derecha en casi todos los países de Europa. 

Además de la normalización de esos partidos en los discursos públicos, incluso en los discursos de los partidos de izquierdas, de reducir las críticas a caricaturizar a algunas de sus cabezas visibles o de la niña del exorcista del otro día en La Almudena; hacer algún chiste en las redes sociales sobre sus declaraciones extemporáneas, estrambóticas o estupefacientes y etiquetar de forma simplista, plana y deslavazada sus pretensiones diciendo que son: fachas, fascistas, machistas, patrioteros, etc. O desentendernos, alejarnos o quitar hierro al asunto diciendo y pensando que son, al fin y al cabo, cuatro gatos, pocos, marginales, desquiciados, rancios…. La vedad es que no se está haciendo casi nada efectivo para frenar y aislar a la extrema derecha. 

Pero los politólogos que se ocupan de estudiar a estos partidos hace tiempo que están en el espanto y han bautizado al fenómeno con algo más de precisión como: Neofascismo, Nueva Derecha o Extrema Derecha 2.0. Estos expertos están desentrañando en sus investigaciones y estudios las claves de su toxicidad social, su éxito, su peso electoral, sus relatos dominantes y las causas de su lento pero constante crecimiento en intención de voto. 

Las advertencias de los expertos se hacen más patentes usando los datos de la novena edición de la Encuesta Social Europea (ESS-9). Me consta que a algunos responsables de este tipo de estudios, imagino que politólogos y sociólogos grises, que no están en la gresca de las tertulias y no ejercen de opinólogos a la violeta, se les pusieron los pelos de punta más que otras veces ante los resultados. El boca oído pasó por la comisión pertinente y se ha considerado que hay que estudiar a la Extrema Derecha 2.0 con una lupa mejor y de más aumentos. Y que esa lupa, además de analizar los discursos y mensajes de los políticos, ha de enfocarse hacia los ciudadanos que no la rechazan y que la van a votar en el futuro, aunque aún no lo sepan, aunque aún no voten. Por tanto, no será de extrañar que veamos este tema en profundidad en la próxima edición de la ESS.

Volviendo a la encuesta, una de las razones del espanto ha surgido de los resultados de algunas de las variables recogidas. Por ejemplo, del cruce entre “voto recordado en las anteriores elecciones” y la “autoubicación ideológica”. Para quien no la conozca, la autoubicación ideológica es una escala numérica que va del 0 al 10, siendo el 0 la posición más a la izquierda y el 10 la que está más a la derecha. Cuando se pregunta, se pide al encuestado que se posicione en esa numerería de 0,1,2,3,4,5,6,7,8,9,10

Podríamos suponer que debería de haber cierta correlación entre votar a “ese partido que usted me dice” y las posiciones 9 y 10 y, efectivamente, vemos que hasta cierto punto eso se cumple.

CUANDO HE DICHO A QUIÉN VOTABA ME HAN LLAMADO FACHA, PERO SOY DE CENTRO. “Hasta cierto punto”. Ese es el problema y el espanto. Los votos que captan los partidos de la extrema derecha crecen en casi todos los países europeos, basta revisar los votos que van consiguiendo en Austria, Bélgica, Estonia, Eslovaquia, Hungría, Suecia, Italia, Polonia, Finlandia, República Checa… también en España. Eso ya lo sabemos, su peso, fuerza y notoriedad mediática es bien visible en los parlamentos, pero la autoubicación ideológica de esos votantes cada vez se concentra menos en ese previsible 9 o 10. Muchos de los votantes de esos partidos no se sienten fachas, fascistas o cualquier otro sinónimo que sirva para denostar a su opción política. Cada vez crece más el número de ciudadanos y ciudadanas que, votando a partidos de extrema derecha, sin embargo, se “autoubican” en el 5 o el 6 o el 7 de esta escala. 

Si revisamos el caso de España, nos referimos a esos ciudadanos que, votando a Vox, ellos y ellas se sienten “de centro”, “de centro derecha” o “de derecha” y no de “extrema derecha”. Esta variable es sólo eso, una pregunta, un número, que luego se puede afinar con la edad, el sexo, el nivel cultural y un largo etcétera de otros refinamientos estadísticos descriptivos y analíticos. Pero espanta ver cómo los votantes de Vox son los que más se desperdigan en la autoubicación. El 32% se siente de “centro o de centro derecha”, otro 28% se siente de esa “derecha sensata” que dice ocupar el PP y sólo el  23% se siente de “extrema derecha”, incluso un 5% se cree de “izquierda moderada” y casi un 11% más que “no sabe” suponemos que no quiere ni contestar (tiene el NS/NC más alto de todos los votantes).

La dispersión en la autoubicación es lo que está permitiendo que muchos votantes de PP y de Cs hayan votado o vayan a votar a Vox. Hoy, con Cs en caída libre y el PP autodestruyéndose por unos pecados que “dicen del pasado”, este crecimiento se va a acelerar aunque las elecciones generales estén lejos.

Existe otro partido en España al que algunos categorizan como “liberal” que puede tener un final abrupto si Vox es capaz de atraer para sí una porción de ese extraño centro político. Un partido en el que casi la mitad de sus votantes se declara en el “centro puro”, que es un espacio muy concurrido y peleado por toda fuerza política que aspire a la hegemonía. Pero también una formación con casi un tercio de votantes, el 31%, que se siente de “derecha sensata”.

ES QUE Vox DEFIENDE……….. (RELLÉNESE LA LÍNEA CON LO QUE PROCEDA) Y A MÍ ME VALE.

Los investigadores nos han señalado hace tiempo las claves del incipiente éxito electoral de esta Extrema Derecha 2.0 que ha ido creciendo a la vez que se ha ido debilitando la derecha liberal tradicional. Cualquiera de las ideas fuerza que explicitamos a continuación pueden estar movilizando el voto hacia Vox y ese votante, no tiene que estar de acuerdo con todas, con mucha frecuencia le basta sólo una de ellas, aunque no comulgue con todas las demás:

  • Una de las mayores virtudes de Vox, y de la extrema derecha en su conjunto, es que no busca crear el contenido sino controlar el contexto. El objetivo no es que se compren directamente las ideas que transmiten, sino que en un primer lugar sea aceptable discutir sobre temas que antes eran incuestionables. Dominar el contexto en el discurso político supone que se discutan cosas que se suponían ya asumidas como el feminismo entran todos los cuestionamientos de ideas que parecían hegemónicas en la sociedad: el feminismo.
  • Se venden como una “derecha sin complejos”. Se revisten del valor social de la “rebeldía”, son la derecha rebelde y sincera: “contra lo políticamente correcto, que es una dictadura contra la que hay que luchar para defender la libertad de expresión”.
  • Juegan a defender determinadas esencias nacionales, así como la historicidad que explica la naturalidad del nacionalismo y el patriotismo españolista que ha creciendo como reacción al nacionalismo catalán pero va más allá. Luchan por quedarse con la etiqueta de “ser español y estar orgulloso de serlo”. Los partidos de izquierda, en los que pesa una fuerte tradición internacionalista, se han dado cuenta tarde de que deben luchar por esa etiqueta, revestida con valores distintos (justicia social, solidaridad, pagar impuestos, etc.) pero no les está funcionando.
  • De cuando en cuando, y según la marea de actualidad mediática, pasan de un discurso difuso en contra de las élites, el globalismo o la burocracia de la UE que “no trabaja para sus ciudadanos” que “nos obliga a recuperar nuestra soberanía nacional”, a la necesidad de defender “una Europa más fuerte y orgullosa en lo que tiene de cristiana, desarrollada, capitalista y proteccionista de sus valores, productos y fronteras”. Con esto consiguen una parte del pastel de la etiqueta “antiglobalización” que había construido la izquierda.
  • Mantienen un discurso abiertamente anti-inmigrante, islamófobo y también xenófobo o lo que se ha dado en llamar racismo pasivo desde el “que cada cual crea y se comporte como guste en su país pero en Europa tenemos unas creencias y unos comportamientos sociales que quien venga aquí debe de cumplir”. O desde el argumento de que “los recursos sociales son limitados y debe invertirse en los españoles antes que en los de fuera”.
  • Impulsan siempre que pueden el blanqueamiento de la cultura  franquista, la legitimidad de la guerra civil y la deslegitimación del republicanismo, menospreciando a los historiadores rigurosos y manejando bien la  pseudohistoria o historia alternativa (Pio Moa, Jiménez Losantos…) con una estrategia de “pastilla roja”: “si quieres la verdad-verdad y no la aparente verdad que has escuchado y leído hasta ahora…”. Una y otra vez vuelven, se adornan y prestigian con una visión mistificada del pasado ideal con su hitos y mitos: conquista de América, El Cid, la Reconquista, la Guerra Civil, “nuestra historia es gloriosa y debemos estar orgullosos de ella”. Con esta estrategia se han ido apropiando “con orgullo” de toda la historia de España. Posiblemente nuestra historia tenga más hechos vergonzosos que gloriosos, pero las narrativas de la izquierda sólo explicitan y comunican “el orgullo” de unos pocos hechos puntuales (los pocos años de gobierno de la República, los Comuneros, la Constitución de Cádiz…) dejando el resto de los relatos de la historia nacional en manos de esta Extrema Derecha 2.0. 
  • Esta derecha también se apropia, al defenderlos, de ciertas profesiones que gran parte de la izquierda tacha de “muy de derechas, cuando no abiertamente de fachas” como el ejército o la judicatura, los pequeños propietarios agrícolas, los cazadores, los emprendedores, los autónomos… grupos sociales en los que las personas tienen ideologías muy diversas o cuya forma de pensar no es impermeable a escuchar, entender y pensar diferente. En este contexto Podemos sí ha intentado superar este prejuicio y desde el principio ha defendido a los militares, su necesidad y profesionalidad, considerando a los militares aún franquistas una minoría desactivada (también lo hace el PSOE). O defendió a un colectivo tachado desde siempre “muy de derechas” como los taxistas en su lucha contra la uberización o a los pequeños propietarios agrícolas contra el monopolio de precios que impone la gran distribución. Haciendo de forma eficiente, con los taxistas sí, la competencia a Vox.
  • Recuperan y presumen de valores y costumbres tradicionales conservadoras que el PP había silenciado o suavizado: catolicismo epidérmico y folkloricofolclórico, defensa de la legitimidad de las élites económicas (por familia, herencia o por self made man desde la creencia de que en nuestra sociedad hay igualdad de oportunidades) son antiaborto, defienden un modelo de familia tradicional, tienen propuestas anti LGTBI. 
  • Usan constantemente la muletilla de “comunista”, “socialista”, “Venezuela” para criticar a los partidos progresistas, e idénticas muletillas o etiquetas utilizan PP y Cs. (Y, al hacerlo, refuerzan esa falsa etiqueta).
  • Proponen discursos antifeministas utilizando la voz y la imagen de portavoces mujeres (ese viejo truco tan norteamericano): “Tenemos mujeres líderes y son las más guapas y más listas, tenemos negros y son los más contrarios a la inmigración”.
  • Defienden una economía sacada de un manual de la Escuela de Economía de Chicago y que el mínimo Estado de bienestar que quede sea sólo para “los nuestros y no para los inmigrantes, los que no se esfuerzan, los que son pobres porque quieren”. En este punto Vox es una rara avis en el panorama europeo. La pandemia está demostrando la necesidad de un Estado social fuerte y esta realidad ha tenido que ser redirigida y reinterpretada como “control y totalitarismo” como hemos podido ver en las revueltas callejeras de “los cayetanos”. 
  • Defienden ante sus votantes la necesidad del tacticismo, “me alío, pero sin venderme a”, no son antiparlamentarios. Saben que desde las instituciones pueden escribir las narrativas que les interesan porque sus ideas serán multiplicadas por mil en los medios. Arrastran los discursos de la derecha conservadora tradicional obteniendo legitimidad y credibilidad al pactar, “no son locos sino mis aliados”. Pero la extrema derecha es más auténtica, más clara, menos “vendida”, no sufren el desgaste sino todo lo contrario.
  • Dominan bien las redes sociales y  la propaganda online: WhatsApp, TikTok, Instagram, memes, dando la falsa idea de ellos son tendencia social, jóvenes y auténticos y frescos, que dicen o muestran “lo que piensa una mayoría de españoles que no se atreve a decirlo”. Les interesa ganar las batallas culturales mediáticas y resignificar los conceptos fuerza de la democracia: constitución, patria, español, derechos ciudadanos y proponen constantemente debates sobre temas impactantes que luego producen un efecto multiplicador y amplificador en los medios consiguiendo una visibilidad muy valiosa y potente que puede “convencer” a muchos ciudadanos que no profundizan mucho en el tema y se posicionan a favor o en contra sin entrar en matices.      
  • No les importan los discursos críticos contra ellos “que hablen de mí, aunque sea mal” porque desde este juego pueden permitirse emitir ellos mismos “tormentas de mierda” contra quien les ataca utilizando retóricas amenazantes o caricaturescas para distorsionar la imagen pública del atacante y generar dudas entre los que no se han posicionado aún ni a favor ni en contra. Lo preocupante es que estas estrategias comienzan a utilizarlas otros muchos partidos.

ENTRE LA GALLINA O LOS HUEVOS, LOS HUEVOS LLEGARON ANTES. Antes ¿en el siglo XX?, un antes tal vez mítico, ser o asumir como propia una ideología –izquierda, derecha y todos los puntos intermedios– implicaba actuar o comportarse en casi todos los órdenes de la vida –sobre todo de la vida pública pero también en la privada– de una forma determinada. Esa forma de pensar o de “ver y nombrar al mundo” implicaba una ética o una moral integral. Y no hacerlo así suponía no ser “integro”, tener y sufrir “mala conciencia”, ser un “mal marxista” o un “conservador fariseo” o simplemente un “traidor a la causa”. La ideología estaba presente en la educación, las formas de familia, el amor y las relaciones de pareja, el trabajo, las formas de consumo, la forma de vestirnos o de percibir a los países –y sus habitantes– según representaran el paraíso o infierno capitalista o socialista... Y si no era así, si nuestra forma de vivir y de sentir no reflejaba en determinados comportamientos o acciones nuestra forma de pensar, nuestra ideología, era mejor que no se supiera, nos habrían mirado mal: “progre de boquilla”, “traidor a su clase” o cosas mucho peores. Por supuesto que el análisis se presta a razonamientos más profundos, extensos y matizados, pero en resumen, esta parecía ser la norma y esa herencia convenientemente suavizada por lo soft y lo light de la posmodernidad se mantuvo en la dermis social –perdón por usar un término tan cosmético– durante las siguientes décadas hasta hoy.

Hoy uno puede ser muy de derechas en el tema de los impuestos o de inmigración y muy de izquierdas cuando hablaba de la educación o pensiones, y seguir saltando así a la derecha o a la izquierda según el tema o suceso del que se trate. Pero lo más asombroso es el desparpajo, la sinceridad, la claridad de los ciudadanos a la hora de asumir estos “saltos” como naturales sin el menor asomo de mala conciencia. Acuñamos así, hace tiempo, el término “transideología” para definir este hecho. “Tras” por la acepción “a través de”, porque no se trataba tanto de un fin de las ideologías como de una forma de asumir la ética –y la estética– de las mismas “cogiendo lo bueno de unas y otras”, posicionándose en un lugar u otro del eje según fuera el tema, el suceso o el hecho del momento.  Desconocemos si el término es o no es afortunado, pero nos pareció que era la forma más directa de explicar cómo son estos oyentes. La existencia de un pensamiento transideológico en la sociedad española era difícil de asumir también para el investigador; aquellos sociólogos del equipo que se consideran más de izquierdas tachan a la transideología como una forma nueva, evolutiva, “adaptativa” del pensamiento conservador, por el contrario los que se consideran más conservadores ven en la transideología una forma encubierta y sibilina de progresismo; es decir, era cierto, la transideología anidaba ya en nuestros corazones y en nuestra vida. Cuando analizamos no tanto nuestra forma de pensar “a lo grande” como nuestra forma de vivir, de actuar, de decidir y de opinar sobre temas concretos, nos dimos cuenta con inquietud que también éramos “eso”, transideológicos.

Esta transideología es la que asumen con mayor elasticidad esos votantes de Vox que se sienten y creen “de centro”, “de centro derecha” o “de derecha moderada” y no de “extrema derecha” y que ya han sumando en las últimas elecciones el 15,2% de los votos que son 3.656.979 votantes “normales y corrientes” y nada menos que 52 escaños. Así que no sigamos criticando a la pobre niña del exorcista azul o las ocurrencias de gallito, o de gallina, de Abascal, porque el peligro está en los huevos, en esos votantes casi invisibles.

PERO TODOS SOMOS FARMACÉUTICOS. Yo mismo con condescendencia y burla normalizaba esta novedad parlamentaria. Hasta que un día, con una diferencia de pocas horas, salió a relucir el tema en una charla de café con dos personas muy distintas, la primera era una mujer burguesa, directiva de un museo, de mediana edad, progresista en algunos temas y conservadora en otros, atea, pero de origen familiar judío. El otro era un viejo militante anarquista cuyos padres, abuelos y él mismo habían sufrido el espanto de la Guerra Civil, la Mundial y luego la larga posguerra en carne propia, y no en el sentido figurado. Ambas personas me miraban espantadas y perdían hasta las formas y la elegante retórica que solían utilizar al hablar conmigo de política, cuando notaron en mi tibia condena de Vox esa retórica plana, despreocupada y hasta humorística de las “chorradas que decía Abascal” a lo que me respondían “¡No te das cuenta que así empieza todo! ¿no recuerdas luego cómo termina?”.

De vuelta a casa, recordé aquel chiste que nos contaba en clase muchas veces el sociólogo Jesús Ibáñez: “He aquí que un alemán de origen judío acude a un amigo alemán de origen ario, para comunicarle su decisión de abandonar Alemania. Ante la sorpresa del amigo, que arguye que nadie persigue a los judíos y que incluso le tilda de paranoico, el judío le cuenta lo siguiente: –Hice un muestreo en la población y pregunté si les parecía correcto la eliminación de judíos, los gitanos, los homosexuales y los farmacéuticos. En ese momento le interrumpe el amigo: –¿Por qué los farmacéuticos? A lo que el judío responde: –Justamente eso preguntaron todos los encuestados, ¿ves entonces que debo irme?”

Si has leído hasta aquí es posible que pienses que ese dato de la Encuesta Social Europea, que esa transideología y esa autoubicación de los votantes del Vox en el “extremo centro” es un “asusta viejas”… Pero… ¿qué pasaría si dentro de dos años ganase las elecciones una coalición de Vox, PP y los restos de Cs? De hecho, ya están gobernando, aunque ahora Vox es la minoría de este triángulo de las Bermudas. Lo malo es que todos nos hemos vuelto bastante “farmacéuticos” con la Extrema Derecha 2.0. Pensamos que aquella historia de los treinta y los cuarenta en Europa esa algo remoto, extraordinario e irrepetible pero basta entrar en los detalles para descubrir en la prensa de la época como se reían casi todos del risible Hitler o el soplagaitas de Mussolini cuando eran cuatro gatos diciendo idioteces. Cuando ya no eran cuatro y llegaron el poder, casi todos se volvieron farmacéuticos.

Autor >

Ramón J. Soria Breña / Iker Soria Royuela

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