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ITALIA

Draghi, la cara amable del neoliberalismo

La apuesta por el exbanquero puede ser el inicio de un camino para hacer olvidar a Bruselas y a Washington los excesos de los últimos años y las peligrosas amistades rusas, pero presenta sus riesgos

Steven Forti 23/02/2021

<p>Mario Draghi, durante un acto del BCN (2019).</p>

Mario Draghi, durante un acto del BCN (2019).

Banco Central Europeo

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No es fácil entender en todas sus consecuencias lo que ha pasado en Italia en el último mes. Nos faltan todavía informaciones y, sobre todo, perspectiva histórica. Lo que sí está claro es que la constitución del gobierno de Mario Draghi marcará el futuro político del país y tendrá un impacto en Europa. Pasar de un ejecutivo tímidamente de izquierdas, como el segundo gobierno de Giuseppe Conte, a otro de supuesta unidad nacional, liderado por el expresidente del Banco Central Europeo (BCE), no es un cambio menor. Menos aún lo es si miramos un poco más atrás: en menos de un trienio, Italia ha pasado de ser el primer país fundador de la UE en tener un gobierno nacionalpopulista a ser el primero en tener en tiempos de pandemia un ejecutivo tecnocrático. No es moco de pavo. Y, no lo olviden, Italia ha sido siempre un laboratorio político que ha adelantado cambios de mayor envergadura.

En realidad, en Italia, república ha habido siempre y solo una: de hecho, más allá de algunas reformas, la Constitución sigue siendo la de 1948

Se dirá que la política italiana es un arcano incomprensible. Y algo de razón tienen los que lo afirman pensando en los gabinetes que duran menos de un año y el transformismo político, que es un deporte nacional. Se recordará que tampoco es la primera vez que hay gobiernos técnicos. Efectivamente, hubo tres en el anterior cuarto de siglo. Durante la crisis de Tangentópolis, en 1993, le tocó al entonces presidente del Banco de Italia, Carlo Azeglio Ciampi, liderar un gobierno de transición sobre los escombros del sistema de partidos de la Primera República. Menos de dos años más tarde, llegó el turno del exdirector general del Banco de Italia, Lamberto Dini, para presidir el ejecutivo, tras el fracaso del primer gobierno de Silvio Berlusconi. Finalmente, en 2011, cuando el exCavaliere estaba sitiado por los escándalos del bunga-bunga y, sobre todo, el aumento desorbitado de la prima de riesgo, fue el turno de Mario Monti, excomisario europeo y en aquel entonces international advisor de Goldman Sachs y presidente europeo de la Comisión Trilateral. Cada uno de esos ejecutivos marcó un cambio de fase: de la Primera a la Segunda República, los dos primeros, y de la Segunda a una incierta Tercera, el último. 

En realidad, en Italia, república ha habido siempre y solo una: de hecho, más allá de algunas reformas, la Constitución sigue siendo la de 1948. Lo que ha cambiado es el sistema de partidos, además de las leyes electorales: en 1993-94 se pasó de un sistema proporcional fundado sobre los grandes partidos históricos a un sistema pseudo-mayoritario –centroizquierda vs centroderecha–, mientras en 2011-2013, con la aparición del Movimiento 5 Estrellas (M5E) se transitó hacia un inestable sistema tripolar. Además, en cada una de estas experiencias de gobierno los técnicos han “resuelto”, por así decirlo, los problemas que los políticos no sabían o no querían resolver. Es decir, aplicaron medidas antipopulares en un país en constante estancamiento económico y con una deuda pública abultada (siempre por encima del 100% del PIB desde 1990): recortes, políticas de austeridad, “reforma” de las pensiones y un largo etcétera. Ahora bien, ¿el ejecutivo de Draghi seguirá la misma senda? Y, por otro lado, ¿marca el inicio de una nueva fase política con una enésima transformación del sistema de partidos? Posiblemente, la respuesta es afirmativa –con matices– en ambos casos, teniendo en cuenta que el contexto es muy distinto al de mediados de los noventa y al de hace una década.

¿Por qué cayó Conte?

Rebobinemos un momento. Hace tan solo unos meses, Giuseppe Conte era el presidente del Consejo más valorado por los italianos, y su Gobierno, más allá de constantes rifirrafes entre sus miembros, parecía encaminado a terminar la legislatura. ¿Por qué cayó, entonces? Las razones son esencialmente dos. Una es interna: Matteo Renzi entendió que estaba quedando en fuera de juego. Su partido personal, Italia Viva, no despegaba en los sondeos: si la alianza entre el Partido Demócrata (PD) y los grillini se consolidaba, se habría quedado en tierra de nadie. Su objetivo era romper la baraja y volver a dar las cartas. La esperanza era la de tener margen de acción y trabajar de cara a crear un espacio de centro liberal atrayendo a los berlusconianos incómodos con la alianza de Forza Italia y la Liga de Matteo Salvini. La ocasión se la dieron los fondos europeos: 209.000 millones de euros –este es el monto que le toca a Italia, entre transferencias y prestamos– son una suma considerable. Las decisiones que se tomen estos meses marcarán toda la década. 

La segunda razón es externa y, en realidad, es doble. Por un lado, en Bruselas se veía cada vez con más preocupación la manera en que el gobierno de Roma estaba elaborando el Recovery Plan: si Italia fracasa en su gestión de los fondos europeos, también la UE saldrá escaldada, debido precisamente a que Roma no recibirá migajas, sino la parte más consistente del Next Generation EU de todos los Estados miembros. Por otro lado, la elección de Joe Biden ha tenido consecuencias. Es cierto que, tras la primera experiencia de gobierno nacionalpopulista con Salvini y Di Maio, Conte había certificado su conversión al europeísmo y al atlantismo. Sin embargo, el ex “abogado del pueblo” representaba una fase ya superada, la del populismo de batalla. No hay que olvidar que Conte recibió el apoyo de Trump, que lo llamó, en un ya histórico tuit , su amigo “Giuseppi” (sic.), puso Italia en la nueva Ruta de la Seda china y nunca se alejó lo suficiente de Rusia. En la primera etapa de la pandemia esto se vio claramente con la llegada de médicos desde Moscú y ayudas sanitarias desde Pekín, aunque nadie en esas fechas ponía ya en duda el espíritu atlántico de Italia. En Washington, sin embargo, no gustó y los estadounidenses hacen pagar siempre las afrentas. 

¿Qué es el gobierno Draghi?

No es extraño que, tras semanas de incertidumbre con el intento fracasado de encontrar el apoyo en el Parlamento de algún tránsfuga del berlusconismo, Conte haya caído. Además de aventurada, la operación de búsqueda y captura –con algún ministerio o subsecretariado– de los mal llamados “responsables” o “constructores” fue, sin duda, muy triste también desde un punto de vista ético y político. El nombre de Mario Draghi estaba en el aire desde hace tiempo y sobre todo Renzi y Berlusconi –dos caras, al fin y al cabo, de la misma moneda– lo alababan continuamente. El presidente de la República, Sergio Mattarella, aprovechó la situación y nombró a una personalidad de prestigio internacional, bien conectada con Bruselas, buen conocedor de los mercados y apreciado en la Casa Blanca. Como dijo Renzi, Supermario es una “póliza de seguro” para la credibilidad italiana en el mundo. En esto, al menos, no se puede dejar de darle la razón.

¿Se trata de un 155 a los partidos y la política? Draghi ha evitado con finezza el error cometido por Monti hace una década

Ahora bien, ¿qué es el gobierno Draghi? En la prensa italiana se ha podido leer de todo y su contrario y multitud de panegíricos al nuevo primer ministro. ¿Se trata de un 155 a los partidos y la política? De alguna forma lo es, aunque Draghi ha evitado con finezza el error cometido por Monti hace una década. En su discurso en el Senado ha negado que la política haya fracasado, ha recordado el deber de la unidad y ha hablado de una nueva reconstrucción del país, en referencia al esfuerzo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Además, en su ejecutivo ha incluido a todos los partidos que se han querido sumar a la aventura, entregando ministerios según el peso de cada uno en el Parlamento. Así, además de confirmar a nueve ministros del anterior ejecutivo, formado por el PD, el M5E, Italia Viva y los izquierdistas de Libres e Iguales (LeU), ha incluido seis de la derecha, repartidos entre Forza Italia y la Liga. 

Eso sí, ha mantenido bajo su estricto control las carteras de más peso, nombrando a ocho técnicos, como el director general del Banco de Italia, Daniele Franco (Economía); el ex administrador delegado de Vodafone, Vittorio Colao (Transición Digital); el físico, bien vinculado a las empresas de Estado, Roberto Cingolani (Transición Ecológica); la expresidenta de la Corte Constitucional, Marta Cartabia (Justicia); o el economista y expresidente del ISTAT –el INE italiano–, Enrico Giovannini (Infraestructuras y Transportes). No es difícil ver que serán estos ministerios los que gestionarán la mayoría de los fondos europeos. De hecho, más allá de la lucha a la pandemia, Draghi ha marcado como prioridades de su gobierno la economía y la ecología junto a las reformas de la justicia, la administración pública, la educación, el trabajo y la fiscalidad.

No se equivoca quien ha definido al ejecutivo Draghi como un gobierno de Conte orientado a la derecha y controlado por funcionarios y figuras del mundo empresarial

No se equivoca quien ha definido al ejecutivo Draghi como una especie de gobierno Conte más orientado a la derecha y controlado por una mezcla de funcionarios de Estado y figuras bien vinculadas al mundo empresarial. ¿Un gobierno de la restauración? En parte lo es, sin duda, aunque es difícil entender qué se entiende hoy con el concepto de restauración. Otro dato sintomático es que, además de las pocas mujeres presentes en su Ejecutivo (8 de 23 miembros), el 75% de los ministros procede del norte de la península, especialmente Lombardía y Véneto, las dos regiones más productivas del país. Quizás la definición más acertada es la de un ejecutivo neoliberal moderado en la línea de lo que vienen diciendo en el último año la UE, el Banco Mundial y el FMI: gastar y hacer deuda para evitar el abismo, sí, pero deuda de la “buena”, no de la “mala”, citando un ya famoso artículo de Draghi en el Financial Times de marzo de 2020. Es decir, invertir más que subvencionar, ayudar a lo que funciona en el tejido empresarial y no salvar a todo el mundo, además de emprender una serie de reformas. Algunas podrían no estar mal –transición digital y ecológica, reforma de la administración pública, fiscalidad más progresiva, etc.–, aunque ya se sabe que el diablo está en los detalles. Habrá que ver cómo se traducen esas palabras en hechos. Y aquí el contexto influirá mucho.

Salvini, de brindar por el Brexit a apoyar a Supermario

Hay otras dos grandes preguntas de fondo que están interrelacionadas: ¿cuánto durará el gobierno de Draghi? Y, ¿cómo cambiará el panorama político italiano? Teniendo en cuenta que hacer previsiones en este periodo histórico es como jugar a la ruleta rusa, no es fácil contestar. Mucho dependerá de la capacidad del expresidente del BCE de gestionar la siempre compleja política italiana. Incluir a todo el mundo en el gobierno puede convertirse en su fortaleza o su talón de Aquiles. El M5E es una jaula de grillos, Salvini no pierde un solo día para hacer campaña electoral, a su manera;  el PD sigue en crisis de identidad; la izquierda no existe y el resto intenta acomodarse según sucedan las cosas. La situación podría explotar cualquier día. Así que Draghi puede que siga hasta el final de la legislatura –prevista en 2023– o puede dejar el cargo antes, una vez encarriladas las principales emergencias: la principal la elaboración del Recovery Fund. Hay quien apunta a que podría ser el próximo presidente de la República que se elegirá dentro de un año. Ya se verá. 

En cuanto a la segunda pregunta, está claro que en el último mes se han movido muchas cosas. Salvini se ha descubierto europeísta y atlantista, y ha llegado a aceptar gobernar con la izquierda. Es cierto que dentro de la Liga ha ganado el ala más moderada –por decirlo de alguna manera–, liderada por el gobernador del Véneto, Luca Zaia, y el flamante ministro de Desarrollo Económico, Giancarlo Giorgetti, que lleva tiempo trabajando para meter a Salvini en el Partido Popular Europeo. La operación Draghi podría ser el inicio de ese camino para hacer olvidar en Bruselas y en Washington los excesos de los últimos años y las peligrosas amistades rusas. Giorgetti, de hecho, ha sido desde siempre el hombre de la Liga que ha mantenido excelentes relaciones con la embajada de Estados Unidos en Roma y el mundo industrial y financiero. No es casualidad que, tras el voto a favor de Draghi, el eurodiputado Vincenzo Sofo, compañero por cierto de Marion Maréchal Le Pen y uno de los primeros que aconsejó a Salvini dar el giro lepenista, haya decidido abandonar la Liga y pasarse con armas y bagajes a Hermanos de Italia, el único partido que, junto a un solo diputado de Izquierda Italiana, Nicola Fratoianni, y a algunos disidentes del M5E, han votado en contra del ejecutivo de Mario “Whatever it takes” Draghi. 

Salvini, pues, se va a jugar sus cartas para incorporar a lo que queda del berlusconismo y ser el partido hegemónico en la derecha italiana, vendiéndose también como moderado. Sería la que Paolo Mossetti ha definido como nueva fase nacionalpopulista: un populismo realista, es decir un poco más moderado y pragmático. Sin embargo, si la jugada no le sale bien, Salvini puede volver a las andadas en 24 horas: ya se sabe, la nueva ultraderecha es muy tacticista. Giorgia Meloni, la líder de Hermanos de Italia, en cambio, lo ha apostado todo a ser la única oposición al gobierno. Crecerá en los sondeos, no lo duden: tiene una autopista por delante. Será la nueva cara de la ultraderecha –posfascista y atlantista desde siempre– italiana y europea. 

El eje PD-M5E en entredicho

La mayor incógnita la representa el M5E. En tres años ha pasado de no querer gobernar con nadie a hacerlo con todos: primero con la Liga, luego con el PD y Renzi, finalmente con Draghi y Berlusconi. La insatisfacción en las bases de los grillini es evidente, aunque en la votación en la plataforma digital Rousseau, el 60% de los inscritos haya apoyado la decisión de entrar en el nuevo gobierno. El excómico Beppe Grillo se ha involucrado en primera persona: su idea es la de convertir el M5E en un partido ambientalista, al estilo de los Verdes alemanes. Quizás es la única salida para un partido sin alma ni identidad, pero el precio puede ser el de convertir al Movimiento en una fuerza que puede aspirar, como mucho, al 10% de lo votos. De hecho, ya se ha dado una primera escisión relevante, liderada por Alessandro Di Battista, que ha convencido a una treintena de parlamentarios para votar en contra de Draghi. Nacerá pues un nuevo partido que reivindicará el grillismo de la primera hora, crítico con el euro y la UE, y que volverá a cabalgar el tema de la inmigración. 

Finalmente queda el PD. Su secretario, Nicola Zingaretti, lo había apostado todo a sellar una alianza con el M5E con el objetivo de crear un polo progresista que pudiera competir con la derecha. El pivote sobre el que se movía todo era la figura de Giuseppe Conte. Ahora está todo en entredicho. Por un lado, el futuro político de Conte es incierto: se ha quedado fuera del gobierno y a Grillo le gustaría que se convirtiera en el nuevo líder del Movimiento. Por otro, la corriente más socio-liberal dentro del PD presiona cada vez más a Zingaretti para un giro centrista. La etapa que se abre es muy compleja: justificar un gobierno con Draghi podría ser aceptable para una parte importante de sus votantes, pero compartir el Consejo de Ministros con los hombres de Salvini cuesta más de digerir. Y, ambas cosas, sin duda, no permiten que el PD vuelva a recuperar a los votantes perdidos en las periferias. Mal asunto. 

¿Qué esperar pues de todo esto? Por un lado, un ejecutivo del establishment, evidentemente, que hará políticas tímidamente keynesianas en algunos asuntos en línea de lo que marca la ortodoxia liberal en tiempos de covid y que intentará aplicar reformas más en la senda neoliberal, cuyo alcance y consecuencias son más inciertas. Por otro, un sistema de partidos en profunda transformación entre giros más o menos inesperados, conversiones camino a Damasco y transformismos más o menos oportunistas. Por último, un mayor desapego de la ciudadanía por la política y un mayor desprestigio de esta última. También es posible que los que ahora sean percibidos como antisistema por no apoyar a Draghi –los ultraderechistas de Meloni y, quizás, los grillini disidentes– recojan el apoyo de los frustrados y los indignados. Ahora bien, no todo está escrito. Presidir el BCE no es lo mismo que sentarse en Palazzo Chigi. Y, ya lo saben, la política italiana no deja nunca de sorprender. 

No es fácil entender en todas sus consecuencias lo que ha pasado en Italia en el último mes. Nos faltan todavía informaciones y, sobre todo, perspectiva histórica. Lo que sí está claro es que la constitución del gobierno de Mario Draghi marcará el futuro político del país y tendrá un impacto en Europa. Pasar de...

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Autor >

Steven Forti

Profesor asociado en Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.

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