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Gramática rojiparda

Política para superhéroes

No exigimos derechos para brillar exigiéndolos, sino para disfrutar ejerciéndolos, tanto los imbéciles como los que no lo son, tanto los que no se contienen al ver pasar un coche lleno de fascistas como los que son capaces de encogerse de hombros

Xandru Fernández 14/02/2021

<p><em>Shhhhh.</em></p>

Shhhhh.

J.R. Mora

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¿Qué haría usted si su hijo de doce años llega diciendo que el profesor de matemáticas lleva en clase una mascarilla de color verde con la bandera de España? Supongamos que vivimos en el mismo planeta, un lugar donde ese adminículo en concreto no es un simple instrumento de exaltación patriótica, sino que pregona simpatía y adhesión a un partido político de extrema derecha: no cabe escudarse en la legalidad de la bandera y en que no lleva las siglas de Vox, puesto que a buen entendedor etcétera, pero lo cierto es que, en principio, no parece que se esté vulnerando la ley.

No por ser legal una conducta deja de ser una provocación. A mí la actitud de los voxarras con sus embozos me recuerda a la de los matoncillos del patio del colegio cuando se te plantaban delante de la cara y te decían “no te estoy tocando”. No, no me estás tocando, pero sí estás esperando que reaccione violentamente, estás provocando esa reacción. No exageraríamos mucho si consideráramos a Vox como un partido concebido, en sí mismo, para provocar una reacción. Una reacción hostil, naturalmente. Vox es un partido-provocación. Pero eso ya lo sabíamos.

Por tanto, que un grupo de personas apedree una caravana de coches de Vox no solo no es extraño sino que, por el contrario, es lo esperable: Vox no se sostiene desde otro tipo de interacción con el adversario político. Las intervenciones de sus portavoces y parlamentarios, las performances de sus famosetes, son pura representación de antagonismo, es absurdo que queramos diluirlas en el diálogo civilizado.

Claro que no es lo mismo reconocer este hecho que aplaudir la incontinencia ante sus provocaciones: creo que una cosa es retirarte el saludo y otra, muy diferente, tirarte un pedrusco a la cabeza. En otras palabras, es factible y recomendable dejar claro a los fascistas que no son bienvenidos, pero no sería políticamente inteligente, ni moralmente aceptable, combatir su estupidez con violencia.

Ahora bien, ¿es tan extraño, tan incomprensible, que un grupo de ciudadanos haya sido incapaz de no responder a su provocación? Descalificar ese tipo de comportamientos no debería convertirnos en inquisidores de indignaciones mal llevadas, ni desde luego debería conducirnos a disculparnos ante los fascistas, como si a estos les importara que hubiera demócratas que no estén de acuerdo con recibirlos a pedradas. Me da la sensación de que, hasta ahora al menos, el buen fascista no hace distingos a la hora de señalar al que merece el tiro en la nuca. Además, no me han educado para dirigirme a los matones con cortesía y arrumacos, llámenme estirado si les parece.

Insisto, menos por necesidad de dejarlo claro que por temor a desviarnos de lo importante: ni por un instante me parece aceptable que agredas físicamente a un adversario político si no es para defenderte de una agresión física. Este humilde texto mío, al igual que su menos humilde autor, condena enérgicamente el uso de la violencia política. ¿Está bien así? ¿Ya nos ha quedado un artículo suficientemente años noventa?

Centrémonos, pues, en lo importante, a saber: que uno puede declararse contrario a la violencia en seis idiomas, con letras gigantes, legibles desde el espacio, y ser, a pesar de todo, irrelevante, ineficaz e inoportuno. Al muchacho que persigue a la comitiva de Ortega Smith no le importa en absoluto si usted o yo estamos a favor de sus acciones o en contra, y otro tanto le pasa a Ortega Smith. Si lo que nos inquieta es que nos confundan con ese chaval, quizá deberíamos preguntarnos, para empezar, qué creemos tener en común con él y, para finalizar, qué consecuencias podrían derivarse de esa confusión.

Estaría bien que las izquierdas aceptasen que el campo de la política está sembrado de imperfecciones. Que no es humano hacer como si no tuviéramos deseos, sentimientos, pasiones

Me gustaría pensar que lo que creemos tener en común con ese chaval, y lo que nos mueve a tratar de distanciarnos de sus acciones, es que, como él, consideramos que Vox es, ahora mismo, la mayor amenaza para la democracia en España. Si no tenemos esto claro, no tiene mucho sentido que sigamos adelante, pues solo amplificaremos la confusión y el ruido. Pensemos: ¿estarían de acuerdo con esa afirmación todos los que condenaron la recepción de que fue objeto Vox en la ciudad de Vic? Me temo que no: si perteneces a un partido que pacta con Vox, no puedes, con las mismas, aceptar que has pactado con la mayor amenaza para la democracia en España. Descartemos, pues, que el rechazo de esas conductas se deba a un común denominador antifascista, pues bien pudiera darse el caso de que, por el contrario, se deba a la camaradería con los fascistas.

La así llamada izquierda no ha escatimado, por su parte, condenas, rechazos, repulsas, repudios, insistiendo en que Vox busca justamente el espectáculo (algo con lo que estoy totalmente de acuerdo) y que cayendo en su provocación se les está proporcionando un altavoz (algo con lo que solo estoy de acuerdo si asumimos también que, cuando corremos a afear esas conductas sin que nos lo haya pedido nadie, estamos haciendo que el altavoz sea más potente). Me temo que es un tic muy típico de las izquierdas: una pulsión perfeccionista rayana en el trastorno obsesivo-compulsivo.

Ocurrió esta misma semana con Pablo Hasel. Ante su inminente ingreso en prisión, más de uno sintió la necesidad de llamarle imbécil al reclamar su libertad. Como si por defender su libertad nos contagiara el aura, tal vez grimosa, del personaje. Como si su desagradable personalidad nos contaminara al rechazar que lo encarcelen. Puedo comprenderlo, desde luego, puesto que nadie quiere que lo confundan con un ser despreciable (si es que Hasel lo es, que tampoco lo he investigado, francamente). Pero me cuesta aceptar que la izquierda española (y también la derecha, pero el contexto es otro y otras sus razones, no menos reprobables) abomine hasta tal punto de los aspectos formales y procedimentales en que se sustenta el ejercicio de los derechos fundamentales.

Claro que la libertad de expresión incluye el derecho a decir gilipolleces. ¿Quién pudo alguna vez creer que no era así? ¿En qué clase de cenáculo o salón de literatos y científicos hemos crecido para llegar a creer que solo la exquisitez merece el rubro de permisible? Peor aún: ¿qué rayos nos imaginamos que es un cenáculo o salón de literatos y científicos, qué tipo de utopía libresca ronda nuestras cabezas la mayor parte del tiempo, como si la política fuese el arte de pulir incesantemente una conversación ingeniosa, un texto repleto de verdades, un discurso pronunciado ante un auditorio de almas bellas?

Igual que las derechas harían bien en renunciar a retroceder tantas casillas de una vez (supongo que es legítimo ser conservador y hasta reaccionario, pero no sé si es muy sensato pretender que te devuelvan de golpe al siglo XII), estaría bien que las izquierdas aceptasen que el campo de la política está sembrado de imperfecciones. Que no es humano hacer como si no tuviéramos deseos, sentimientos, pasiones, como si en el paraíso igualitario no pudiera haber celos, conflictos, insultos y hasta alguna bofetada. No somos superhéroes. Por eso la respuesta a la segunda pregunta, ¿qué consecuencias tiene que nos confundan con un imbécil?, debería ser esta: ninguna. Nuestra condición de ciudadanos no conlleva la participación en ningún concurso de talentos. No exigimos derechos para brillar exigiéndolos, sino para disfrutar ejerciéndolos, tanto los imbéciles como los que no lo son, tanto los que no se contienen al ver pasar un coche lleno de fascistas como los que son capaces de encogerse de hombros y seguir a lo suyo.

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