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Guerras culturales

Ha ganado el feminismo y el mural se queda

El debate que plantea lo material frente a lo cultural como excluyente es una disputa nostálgica de un mundo que nunca fue como lo añoramos. Somos conscientes de que quedan muchas luchas, pero la del mural era importante

Isabel Serra / Beatriz Gimeno 31/01/2021

<p>Mural feminista en el polideportivo municipal de la Concepción, en Madrid.</p>

Mural feminista en el polideportivo municipal de la Concepción, en Madrid.

DLV

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Escribimos este artículo a propósito de la lucha vecinal sostenida y ganada para mantener el mural feminista de Ciudad Lineal, en Madrid. Nuestra intención es explicar por qué ha sido importante esta victoria y también debatir con quienes, desde espacios amigos, minusvaloran este logro por simbólico. Decía Quique Peinado en este artículo que Almeida se había salido con la suya al imponer el marco y que el mural es un asunto menor en comparación con otras cosas más importantes. “Los símbolos no dan de comer. No nos cuidan, no mejoran las condiciones materiales de nadie. Si lo que debe buscar la izquierda es lograr la emancipación de cualquier colectivo desfavorecido u oprimido, la mejor manera es batallar por mejorar sus condiciones materiales”. Después se publicó el artículo de Nuria Alabao en una línea parecida aunque más matizada.

Cuando un asunto, el de las guerras culturales, se convierte en un debate público es porque toca una cuestión medular y este lo es. Dice Rendueles en su último libro que uno de los éxitos del capitalismo en las últimas décadas es haber conseguido que las reivindicaciones materiales se mantengan siempre en la periferia de los programas políticos. Y eso es cierto y es uno de los problemas a los que nos enfrentamos en la izquierda.

Advierte Alabao que resulta impactante comprobar que es más fácil manifestarse por un mural que por algo realmente importante para nuestras vidas. Claro que impacta comprobar que es mucho más fácil que miles de jóvenes salgan a la calle en estado de máxima irritación porque les obliguen a usar mascarilla que por una ley que les deje sin pensiones; que esa es una victoria del capitalismo es evidente. Pero las llamadas guerras culturales, con sus identidades emergentes, no tienen la culpa de esto sino que, al contrario, estas batallas hay que integrarlas como parte de un proceso irreversible con el que hay que contar. Llevamos ya varios años enfangados en este debate entre quienes piensan que se trata de una manera de distraer la atención sobre las cuestiones verdaderamente importantes y quienes creemos que estas “guerras” son parte de un proceso lento, pero necesario, de construcción aglutinante de un nuevo sujeto político. En realidad, el debate sobre las guerras culturales es una guerra cultural en sí misma. Pero, en todo caso, no es este el espacio para entrar de nuevo en el ya manido asunto. Quizá no está de más volver a leer a Fraser: redistribución, reconocimiento y participación; esas serán la base de ese sujeto necesario.

La identidad de clase fue creada no sólo alrededor de determinadas privaciones materiales, sino construida sobre una cultura común

El debate que plantea lo material frente a lo cultural como excluyente es un debate nostálgico de un mundo que, seguramente, nunca fue como lo añoramos: como si para llegar a las reivindicaciones materiales no hicieran falta identidades que las sustentan y que son, por supuesto, culturales. Las identidades políticas se construyen, se reconstruyen, se transforman, algunas mueren. No hay ningún campo de la vida que no esté conformado por prácticas simbólicas, y no hay ninguna acción política que no se realice desde el interior de un horizonte de significados e interpretaciones culturales. Así pues no existe tal cosa llamada “lo cultural” aislada de la vida social o política. Es un debate falso. Hoy se ha perdido en gran parte la autoidentificación personal y social basada exclusivamente en las condiciones materiales (lo que era la conciencia de clase) por múltiples motivos, y no ha emergido aún un sujeto político capaz de sustituir la fuerza que aquella tuvo. La identidad de clase fue, en su momento, una identidad creada no sólo alrededor de determinadas privaciones materiales, sino construida alrededor de una determinada cultura común: gustos compartidos, ocio común, revistas, libros, espacios de activismo compartidos… y también ser varón, no lo olvidemos. Mucha gente empobrecida y explotada tanto o más que los obreros pero cuyas vidas se desarrollaban en otros hábitats culturales, los mendigos, por ejemplo, no desarrollaran identidad/conciencia de clase. Sí la desarrollaron las obreras, pero ésta ya exigía, desde el principio: el reconocimiento de sus propias condiciones materiales ligadas no sólo al trabajo productivo, sino al reproductivo. Y recordemos que ahí, en la exigencia de ese reconocimiento, ya chocaron con los varones de su clase y con los sindicatos que las acusaron de distraer de las verdaderas preocupaciones.

En todo caso, casi todo lo que conformaba aquella identidad ha cambiado o desaparecido. Ha cambiado la sociedad, la relación de las personas con el mercado, la de los empleados con los empleadores, la de los y las trabajadoras con los medios de producción, con la familia, con el ocio, con la cultura, con el dinero, con el trabajo en sí... Las subjetividades se han transformado radicalmente, nos guste o no. Y es desde esta posición desde la que Fraser afirma que para construir una identidad que aglutine la protesta contrahegemónica habrá que tener en cuenta tanto la lógica de la redistribución como del reconocimiento (y la participación).  Así pues, la identidad o identidades políticas aglutinadora(s) se construirán siguiendo una lógica completamente diferente a la que construía identidades hace 50 o 100 años y lo harán teniendo en cuenta esas tres cuestiones.

La discriminación de las mujeres, que afecta obviamente a lo material, está basada en gran parte en el no reconocimiento de su existencia social

Y todo esto se hace aún más patente en el caso de las mujeres. Porque la discriminación de las mujeres, que afecta obviamente a lo material, está basada en gran parte en el no reconocimiento de su existencia social; reivindicar la existencia (hemos estado, hemos hecho, hemos vivido) es el fundamento de la posibilidad de la autopercepción y, por tanto, de la acción política. Las mujeres partimos de la lucha por la mera existencia social y esa presencia determina nuestras condiciones materiales. El androcentrismo se refleja en las leyes, en la ciencia, la medicina, el ocio, la cultura, la lengua etc. El androcentrismo significa, más allá de la igualdad formal, que las mujeres somos más pobres, estamos más enfermas, tenemos peores trabajos, somos más precarias, somos en mucho mayor número o desempleadas, somos asesinadas, violadas…¿seguimos? ¿Por qué si no, siendo formalmente iguales vivimos, en conjunto y en todo el mundo, mucho más pobres? Las mujeres siempre hemos estado ahí  pero hizo falta que fuéramos capaces de construir una identidad política (cultural) para que pudiéramos conceptualizar nuestra opresión. La lucha de las mujeres es, en buena medida, una lucha por hacernos presentes, por hacernos visibles, por “estar”, por ponernos caras y nombres, por reconocernos, por valorar nuestros logros, por nombrar, por visibilizarnos. El feminismo es, también, poner en valor nuestras vidas, porque en el patriarcado estas son sistemáticamente silenciadas. Si nombramos a una astronauta, a una pintora, a una política, a una activista, a una mujer que lucha, estamos abriendo caminos materiales de justicia para las niñas que vienen detrás. Por eso, para nosotras, no hay lucha simbólica que sea menor, esas luchas que son culturales son muy materiales.

No quiere esto decir que el mural sea más importante que el hecho de que días después acabaran con la Dirección General de Igualdad del Ayuntamiento de Madrid, pero recordemos que en el caso del feminismo, reconocimiento y redistribución van de la mano. La eclosión del feminismo en los últimos años comenzó por el reconocimiento de una experiencia compartida (el “Me Too”) pero seguramente no se hubiera producido sin la crisis de la reproducción social que ha venido erosionando las condiciones de posibilidad de nuestras vidas. Por eso, ninguna lucha es menor. El mural simboliza el feminismo, “es” el feminismo: un movimiento capaz de permear e influir en las agendas de otros muchos. Tratar de borrar el mural  es un ataque a nuestra visibilidad, nuestra existencia, pero también a la capacidad del feminismo para la transformación social, mayor que la de cualquier otro movimiento ahora mismo; y esto es así porque el feminismo ha sido capaz de construir una identidad contrahegemónica en torno a condiciones materiales y de reconocimiento; ha sido capaz de vincular la crisis de la reproducción social con la desvalorización femenina en todos los ámbitos. Por eso, sí, la del mural era una batalla importante y es una batalla ganada. Somos conscientes de que quedan muchas. 

Autora >

Isabel Serra /

Autora >

Beatriz Gimeno

Escritora, activista y diputada de Unidos Podemos en la Asamblea de Madrid.

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