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Gramática rojiparda

Aaron Sorkin que estás en los cielos

La indiferencia de buena parte de la izquierda europea ante el derrocamiento de Trump solo se explica por su rechazo al imaginario épico, algo chocante si se compara con el candor con que otra parte de esa izquierda ha seguido el traspaso de poderes

Xandru Fernández 24/01/2021

<p>Joe Biden en la toma de posesión a punto de entrar en la Casa Blanca junto a su mujer, Jill Biden.</p>

Joe Biden en la toma de posesión a punto de entrar en la Casa Blanca junto a su mujer, Jill Biden.

CNBC

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No es spoiler si se emitió hace más de diez años. Al final de la cuarta temporada de El Ala Oeste de la Casa Blanca (2003), la hija del presidente (demócrata) de Estados Unidos es secuestrada. El presidente renuncia temporalmente al cargo y es sustituido por el portavoz de la mayoría rival (republicana) en el Congreso. Como digo, es una situación transitoria, que se resuelve al empezar la quinta temporada: la hija del presidente es liberada y los republicanos devuelven tranquilamente el poder sin aprovecharse de esa grieta en el sistema.

No creo que Aaron Sorkin, al escribir esa trama, quisiera convencer a nadie de qué eso es lo que ocurriría si se diera una situación análoga (de hecho la trama funciona porque el espectador está esperando justamente que no funcione), pero pudo hacerlo porque contaba con un público y una tradición narrativa en la que la discusión sobre el poder y los mecanismos de la legitimidad democrática está tan arraigada como el consumo de carne roja y la afición a eso que allí llaman fútbol.

Uno diría que esa mitología, esa tradición narrativa estadounidense que abarca la novela y el cine, la televisión y los videojuegos, se había vuelto, con el tiempo, universal, un poco como el epos homérico. No sé si es bueno o malo comprobar que sigue habiendo gente impermeable a setenta años de avasallamiento cultural. Probablemente ni bueno ni malo, pero sorprendente sí es. La indiferencia con que ha vivido buena parte de la izquierda europea el derrocamiento de Donald Trump solo se explica por su rechazo de ese imaginario épico, lo que tampoco es bueno ni malo, pero también es chocante, sobre todo si se lo compara con el candor y la fascinación erótica con que otra parte de esa izquierda ha seguido el traspaso de poderes en la Casa Blanca.

No se trata de sentirse más rojo que nadie a fuerza de descalificar al nuevo presidente sino de abdicar, por el mismo precio, de comprender el rumbo de la política estadounidense

Tengo amigos con un sentido del humor y de la responsabilidad histórica tan desarrollados que, sin moverse de sus casas, se creen capaces de juzgar no solo la política estadounidense sino también, ya puestos, la del mundo entero. Así, algunos han reaccionado a la toma de posesión de Biden con un displicente “me da igual” que contrasta vivamente con su predisposición a opinar de casi cualquier cosa. Lo que me llama la atención es que muy probablemente sea verdad que les da igual. Y me llama tanto más la atención cuanto que, sin ver en ello contradicción alguna, rematan ese pase despectivo con un no menos despectivo y dilatado excursus sobre la malignidad intrínseca de los Estados Unidos y de cualquiera de sus dirigentes políticos, demócratas o republicanos, vivos o muertos, blancos o negros.

Es cierto que muchos de esos amigos míos habitan una burbuja social que cabría llamar, con Natalie Fenton, “gueto político”: un nicho informativo donde nos relacionamos con personas de ideologías, sentimientos e intereses similares a los nuestros o con las que, en ocasiones, compartimos un pasado, una trayectoria similar que hace que manejemos un lenguaje en el que podemos reconocernos sin mayores dificultades. Se entiende, así, que hasta los virajes o las “traiciones” de algunos de “nosotros” se vivan con tanta intensidad, pues suponen una brecha en el muro, un desafío a los mecanismos de reconocimiento grupal. Pero no se trata simplemente de sentirse más rojo que nadie a fuerza de descalificar con las palabras más gruesas al nuevo presidente de los Estados Unidos, sino de abdicar, por el mismo precio, de comprender el rumbo de la política estadounidense. Lo cual no es en sí mismo ninguna tragedia. Lo sería si el futuro de la izquierda estadounidense dependiera del dictamen de esos amigos míos, pero por fortuna no es así.

Hace unos días, Ben Burgis subrayaba cómo después de Bernie Sanders la fortaleza del socialismo democrático en Estados Unidos permite albergar la esperanza de que ese movimiento crezca y se consolide. Burgis es votante de Biden y aplaude, como es lógico, que Donald Trump ya no ocupe la Casa Blanca, pero no se hace ilusiones con respecto a la agenda de la nueva administración demócrata e insta a la izquierda a construir una alternativa socialista antes de que el desencanto disuelva el legado de Sanders. Plantea Burgis llevar al Congreso a centenares de Alexandria Ocasio-Cortez y Rashida Tlaibs y organizar un movimiento masivo de la clase trabajadora sin dejarse cooptar por el Partido Demócrata. Es un planteamiento ambicioso y sorprendente, que podría pasar desapercibido fuera de Estados Unidos si la izquierda europea se atrinchera en un antiamericanismo hecho a medida de otras guerras frías.

Lo de mirar a Estados Unidos con altivez aristocrática es tan típico de la izquierda europea como de los conservadores británicos, pero en los segundos se explica por el resentimiento de la metrópoli, mientras que la izquierda europea aún no ha demostrado en qué deporte concreto puede presumir de superioridad: toleró el desmantelamiento del Estado del Bienestar sin necesitar siquiera que lo pilotaran halcones de la extrema derecha y permitió el desprestigio y la decadencia de su principal fuerza social, los sindicatos, mientras se enzarzaba en trifulcas nominalistas de las que saldría sin programa, sin vocabulario, sin estrategia y sin votantes. Pero resulta que los malos son los estadounidenses, que tan solo son capaces de parecer de izquierdas cuando votan a un millonario fascista. Con esa amplitud de miras, lo extraordinario es que en Europa aún quede vida inteligente.

Mientras hacemos cábalas sobre qué país será el próximo bombardeado por la Casa Blanca, consentimos que la UE refuerce una política fronteriza tan agresiva y racista como la de EE.UU

Está todo por hacer. Mientras hacemos siniestras cábalas sobre qué país será el próximo en ser bombardeado por la Casa Blanca, consentimos que la Unión Europea refuerce una política fronteriza tan agresiva y racista como la de Estados Unidos o diluya no solo las soberanías nacionales que tanto preocupan a los rojipardos de por aquí (nuestros confederados, nuestros caballeros del sur) sino los mecanismos institucionales de los Estados miembros, cuyos gobiernos, encaramados en políticas sanitarias erráticas y contradictorias mientras las cifras de la pandemia les lamen los tobillos, reaccionan con pánico arrojando a la marea los derechos de sus ciudadanos.

Si Biden saca adelante su plan de estímulo de 1,9 billones de dólares y, encima, funciona, la reconstrucción de la izquierda estadounidense y de un socialismo democrático digno de ese nombre estará mucho más cerca al otro lado del Atlántico. La alternativa europea pasa por dejar que el deterioro del tejido productivo llegue a niveles exóticos, rollo primavera-verano de 1945, mientras la izquierda se limita a llamar facha a todo el mundo. No es un plan ilusionante. Encaja con los estándares de cinismo e insolidaridad que caracterizan a nuestras sociedades, a la europea tanto como a la estadounidense, pero al menos en Estados Unidos una izquierda maltrecha, reducida hace cien años a la mera condición de conciencia moral del motor del capitalismo transnacional, ha sido capaz de salvaguardar una mitología, unos valores, una confianza en la democracia como tablero de juego en el que se puede derrotar al mismísimo capitalismo, por inalcanzable que parezca la meta.

Europa, mientras tanto, se ha aplicado a destrozar ese tablero inaugurando una carísima burocracia paralela a la de los Estados y con capacidad para horadar la tenue representatividad de estos. La izquierda europea, en lugar de tejer redes de colaboración y participación a escala continental, optó en su mayor parte por plegarse a la agenda neoliberal a cambio de dinero rápido o, una minoría, por denunciar verbosa y apasionadamente la mala pinta que tenía todo pero desde la nostalgia del compromiso histórico o la idealización a posteriori del socialismo realmente existente.

Todo por hacer. Lo único que puede consolarnos es que lo harán los jóvenes, sin el lastre de los que fuimos jóvenes antes, sin deudas contraídas con una tradición histórica que les ha dejado a la intemperie. Por fin podrán desembarazarse del vocabulario de acero soviético con que mi generación y las generaciones anteriores abordaron cualquier problema antes de reconocer que los problemas hay que solucionarlos, no convertirlos en excusa para tener vida social. Habrá quienes no puedan dar el paso. Seguirán en sus muros de Facebook rezumando esa suficiencia del que nunca ganó una batalla porque renunció a librarlas todas esperando a que se dieran las condiciones objetivas. Me duele porque son mis amigos, pero me consuela pensar que Aaron Sorkin entiende el mundo mejor que ellos y es mucho más influyente.

No es spoiler si se emitió hace más de diez años. Al final de la cuarta temporada de El Ala Oeste de la Casa Blanca (2003), la hija del presidente (demócrata) de Estados Unidos es secuestrada. El presidente renuncia temporalmente al cargo y es sustituido por el portavoz de la mayoría rival...

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