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El salón eléctrico

Mantita, peli y catástrofe

La belleza fotogénica de un paisaje nevado es incuestionable y por eso el arte audiovisual tiene predilección por él

Pilar Ruiz 18/01/2021

<p>Bill Murray en Atrapado en el tiempo.</p>

Bill Murray en Atrapado en el tiempo.

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“Yo les daré una predicción del invierno: va a ser frío, va a ser gris. Y va a durar el resto de su vida”. 

Phil Connors, meteorólogo.

 

‘Filomena’ es la culpable. Un temporal de nieve con nombre de mujer, como todas las tormentas o huracanes hasta que se incorporaron nombres masculinos en igualitarismo catastrófico –gracias, Roxcy Bolton–, nos volvió a confinar sin necesidad de mandos únicos. Cuando la nieve se convierte en protagonista, malo, como se ha podido comprobar en Madrid y solo allí. Porque en el resto de España jamás ha nevado y hasta hace pocas fechas amanecer bajo un manto blanco era un exotismo para la inmensa mayoría, si exceptuamos a los excéntricos habitantes de las montañas y nortes ibéricos. Pero es que las cosas no pasan hasta que no llegan a la capital y lo cuentan los medios masivos. Con mal tiempo y virus arreciado es mejor quedarse en casa, “mantita y peli”, aunque un portavoz del PP haga uso de la expresión como un garrote, porque todo sirve para insultar en estos tiempos. El infierno también puede ser blanco y helador como avisan la AEMET y el cine: abríguense que son tiempos de películas con catástrofe frappé. Descartadas quedan las películas navideñas, Frozen, Narnia, Ice Age y demás fríos felices, porque solo en la infancia se disfruta verdaderamente de la nieve. La prueba es que al entusiasmo inicial de los primeros copos lo sustituyó la estupefacción y la impotencia: estábamos atrapados en el hotel Overlook de El resplandor (Kubrick, 1980) y en los memes de Nicholson congelado, aunque la imagen más expresiva del momento fuera la de Bill Murray Atrapado en el tiempo (Ramis, 1993) repetido una y otra vez en la avalancha de conexiones televisivas en directo con decenas de reporteros glaseados por toda la geografía hispana a punto de entrevistar a una marmota. 

Los optimistas de turno dirán que tampoco hay que exagerar, que la belleza fotogénica de un paisaje nevado es incuestionable y por eso el arte audiovisual tiene predilección por él. Sin duda, pero pocos sabrán de los mil inconvenientes técnicos y logísticos de un rodaje invernal: solo piensen en la reciente fiebre por las palas y en mantener el raccord con huellas y pisadas. Eso, con buen tiempo. Charles Chaplin lo comprobó en La quimera del oro (1925) rodando en el mismísimo Klondike: ante la insistencia de las tormentas por boicotear la película, volvió a Hollywood, donde construyeron un decorado que incluía un pueblo entero, recreando Alaska. Y aunque haya pasado mucho celuloide desde entonces, las películas de hoy en día situadas en exteriores gélidos resultan, además de incómodas, carísimas: en este negocio, el tiempo –en todas sus acepciones– es dinero. Así que incluso delante de una pantalla, deben desconfiar de las bellezas invernales; lo que ven antes y después de los efectos digitales, suele ser más falso que una disculpa de Donald Trump, quien también nos heló la sangre en las venas este enero. Dedicada a los que, como él, se declaran negacionistas de la crisis climática que augura muchas ‘Filomenas’ está la espectacular El día de mañana (Emmerich, 2004). Y con recadito incluido. 

Entre los trumpistas made in Spain hay quienes creen que en el franquismo hasta nevaba mejor y con canciones de Conchita Velasco, como en Amor bajo cero (Blasco Laguna, 1960). No les gusta que el frío dictatorial salga menos favorecido en Silencio en la nieve (Gerardo Herrero, 2011) un policíaco situado en la campaña rusa de la División Azul y esos nazis, ¿qué nazis? Y hablando de Moscús, en la Puerta del Sol, casi española es Doctor Zhivago (1964). David Lean fungió de maestro de una generación de técnicos y artistas del cine patrio, como los que convirtieron los campos sorianos en estepas rusas con toneladas de polvo de mármol, cera y plásticos simulando una nieve inexistente. Recuerden lo que decíamos más arriba:

Hielo falso, siempre mejor.

Y para los que bromean con que solo falta una invasión alienígena después de lo ocurrido este año que comienza, está La cosa (1982) del maestro del terror John Carpenter, inspiradísimo y fiel a una de sus pelis favoritas de la infancia: El enigma de otro mundo (Nyby, 1952), una serie B postnuclear con su pertinente metáfora de guerra fría –helada, en este caso– pero no tanto: siempre está presente el genio de Howard Hawks acreditado como productor, tras la cámara. Algunas veces el desastre se aliña con picante como hacen en La montaña entre nosotros (Abu-Assad, 2017) El título –casi X– avisa de que no vamos a sufrir tanto como demanda la historia: un achuchón de Idris Elba bien vale una hipotermia. Y hablando de picnic en la nieve y de cosas de comer: ¡Viven! (Marshall, 1993) está basada en la famosa historia real de los supervivientes del avión caído en los Andes en 1972, toda una lección de superación e interés humano de las adoradas por los telediarios. Si obviamos el canibalismo forzoso, claro.

Porque, no lo olvidemos, el objetivo principal de las películas heladas es mostrar el sufrimiento extremo, como en cualquier biopic aventurero de Shackelton, Amundsen o Scott en busca de una sopita de sobre por remotos hielos imperiales. Estos británicos, magos de la propaganda que hasta saben hacer de las derrotas, victorias; véanse Dunquerque y otros recientes panfletos pro-Brexit. Justo lo contrario que la primera temporada de The terror (AMC, 2018) reparto shakespeariano para historia muy real de contra-épica tocapelotas; Dios nos salve de la aterradora Victoria y de otros monstruos devorando marinería explotada e intoxicada por una botulínica Corona. A parte del sadismo implícito en este género, es importante no olvidar su tema principal: el fracaso del hombre cuando desafía a la naturaleza. Recuerden Titanic (Cameron, 1997), con el asesino en serie más frío de la Historia: el iceberg.

De esta fuerza destructora no se librarán ni los amantes de los deportes de invierno por mucho que intenten refugiarse en exclusivas estaciones de esquí supuestamente mejor preparadas para el Apocalipsis. Ahí tienen Fuerza Mayor (Ruben Östlund, 2015) en la que un alud-agente del caos se lleva por delante –metafóricamente– a una familia Ikea. Ella, madre joven, guapa e inocentona, descubre que se ha casado con un mierdecilla de los tantos que pueblan los países privilegiados; en una patera o escalando la valla de Melilla, quisiéramos ver al rubio protagonista. La historia destripa la paja del muñeco de las clases medias occidentales y certifica la muerte por congelación feminista de la masculinidad tradicional. De postre y sin querer, se convierte en documental al explicar por qué estaciones de esquí como la de Ischgl (Tirol) aceleraron la expansión del virus en febrero del año pasado. La crisis de la pandemia ya ha demostrado ser como una avalancha. 

2021, ¿año de bienes? Ninguna cosa buena, ya decimos. De frío criminal avisan los Cohen en Fargo (1996) y Tarantino en Los odiosos ocho (2015) su mayor patinazo; se le da mejor el solete californiano. Aunque para frío rimbombante y agotador, el que destila El renacido (Iñárritu, 2015): tras tanto desastre acumulado, es fácil fantasear con la entrada en escena de los Caminantes Blancos de Juego de tronos (HBO) para dar su merecido a Di Caprio y todos los demás “cletus”, muy parecidos en forma y fondo a los figurantes del asalto al Capitolio. Puede parecer un crossover tan imposible como unas Olimpiadas de Invierno en Gandía, pero cosas más raras estamos viendo.

'Dress code' para festejo en el Capitolio.

 

Los expertos en “cine de rasca” son los rusos, pero los de verdad, no el egipcio Omar Sharif abrigado en los estudios CEA de Arturo Soria. Es lógico, llevan bregando con el General Invierno desde los comienzos del cine, que se lo digan a Eisenstein. Con ellos no hay mantita ni subidón de calefacción que valga: un buen cineasta ruso es capaz de meterte en la taiga y hasta hacerte escupir hielo de gulag si se lo propone. En segunda posición están los escandinavos: suecos, daneses, noruegos, finlandeses, muy proclives a mostrar el paisaje níveo como metáfora del alma humana. Por ejemplo, Déjame entrar (Alfredson, 2008) film de terror poético con vampira siempre a la fresca. Y los canadienses tampoco se quedan atrás: si son capaces de encontrarla, recuperen El dulce porvenir (Atom Egoyan, 1997) con toda justicia premio en Cannes de ese año –cuando los premios aún significaban algo– en donde el siempre rutilante Ian Holm convertido en el flautista de Hamelin de un desolado paisaje, mucho más desolador tras un terrible accidente. Tampoco hay que olvidar los hielos antropológicos de las bellísimas Dersú Uzala (Kurosawa, 1975) y La balada de Narayama (Imamura, 1983) porque a los japoneses también se les da fenomenal rodar con nieve, o Los dientes del Diablo (1960): uno de los proyectos más extraños y apasionantes del gran Nicholas Ray con Anthony Quinn haciendo de inuit sin que se note que echa de menos el sol de México.

Y sin embargo tuvo que ser un norteamericano el que hiciera la escena definitiva de nieve en el cine, uno de esos nombres grandes del Hollywood clásico. Se trata de John Huston y la película Dublineses (Los muertos). Una de esas obras maestras esenciales, apabullantes pero silenciosas, como El río de Jean Renoir, en la que el director y guionista, ya desahuciado por los médicos, adapta el relato de James Joyce. Se rodó entre enero y abril de 1987 y Huston murió el 28 de agosto de ese mismo año: le había costado 30 años hacer la película realidad y sabía que era su testamento.

Todo lo importante está aquí, bajo esa nieve: la verdad, el amor, la vida con la sombra de la muerte y la esperanza de un tiempo mejor. La primavera.

Autora >

Pilar Ruiz

Periodista a veces y guionista el resto del tiempo. En una ocasión dirigió una película (Los nombres de Alicia, 2005) y después escribió dos novelas: El Corazón del caimán y La danza de la serpiente (Ediciones B).

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