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Homenaje

Jasmin Dzemidzic, monologuista de sit-down

Su trabajo era una forma de activismo porque, bajo la fachada del humor, le contaba a su público la vida de un discapacitado en Sarajevo

Marc Casals 28/12/2020

<p>El humorista bosnio Jasmin Dzemidzic, en una de sus actuaciones.</p>

El humorista bosnio Jasmin Dzemidzic, en una de sus actuaciones.

Jasmin Dzemidzic (Facebook)

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El humorista bosnio Jasmin Dzemidzic tenía una broma recurrente para presentarse: “Yo no hago monólogos de stand-up, sino de sit-down”, explicaba sentado en su silla de ruedas. Con dificultades para caminar desde que nació, se valía del humor para quitarle hierro a sus limitaciones y, al mismo tiempo, concienciar al público sobre los problemas de las personas discapacitadas. Las bromas sin tapujos que hacía sobre su condición le convirtieron en un cómico popular en la antigua Yugoslavia. Pese a las dificultades que afrontaba para hacer vida autónoma en su Sarajevo natal, siempre se resistió a que su discapacidad le definiese y no se sentía inferior a nadie: “Todos tenemos alguna discapacidad, solo que a algunos se nos ve a simple vista y a otros no”.

Cuando la madre de Jasmin dio a luz, tenía Rh negativo y la inyección que los médicos le administraron para reforzar su inmunidad generó efectos contraproducentes: los anticuerpos abrieron una brecha en la parte inferior de la columna vertebral de Jasmin y el cirujano que le operó para cerrarla le pinzó los nervios. Según el diagnóstico, jamás iba a caminar. Sin embargo, desde pequeño mostró una determinación inquebrantable: se movía a rastras tanto por su casa como por la calle hasta que, a los ocho años, consiguió ponerse en pie. Los chicos del barrio, más sorprendidos que crueles, le decían que caminaba como un pingüino, una reacción ingenua que siempre le hizo sonreír: “Imagínate, un pingüino en un barrio de Sarajevo”.

Jasmin se metía en las peleas entre niños atizando a los adversarios con sus muletas hasta que, tras echar cuentas, vio que recibía más de lo que daba y pasó a defenderse haciendo bromas. Tradicionalmente, los bosnios suelen buscarle el ángulo cómico a las penas, sobre todo si el objeto de burla son ellos mismos. Los chistes en la antigua Yugoslavia suelen tener protagonistas bosniacos: Mujo, Suljo, Fata y Haso, que se distinguen por su entrañable falta de luces. Un día Mujo le reprochó a Suljo que hubiese dicho que era tonto ante los compañeros de trabajo, pero Suljo enseguida se disculpó: “Perdona, no sabía que fuese un secreto”. En la tradición de reírse de las propias desgracias, Jasmin bromeaba sobre su discapacidad porque era la forma de restarle importancia tanto para él como de cara a los otros.

Tenía nueve años cuando empezó el sitio de Sarajevo, que multiplicó el número de discapacitados en la ciudad: las bombas que las tropas serbias arrojaban desde las colinas segaban brazos y piernas o bien la metralla que esparcían obligaba a los médicos a amputar. Para hacer frente a los horrores de la guerra, los sarajevitas recurrieron al humor y empezaron a inventarse un chiste negro tras otro. El más conocido es un elogio de la resistencia: Suljo se encuentra a Mujo columpiándose en un parque en pleno sitio y, desconcertado, le pregunta si es consciente de lo que está haciendo. Mujo le responde: “Pues claro, vacilo a los francotiradores”.

Jasmin pasó casi toda la guerra refugiado en un sótano hasta que pudo volar a Alemania, donde consiguió una silla de ruedas. Volvió a la ciudad por el túnel secreto excavado bajo el aeropuerto que la unía al mundo exterior. Cuando recordaba su paso por el túnel, le sacaba la punta humorística: “El techo era bajísimo y los demás se podían agachar, pero, como yo iba en silla de ruedas, me harté de darme coscorrones”. Poco a poco arrinconó las muletas que había usado desde la infancia y las fue sustituyendo por la silla de ruedas, más cómoda y práctica a la hora de moverse.

Después de la guerra, Jasmin topaba una y otra vez con las barreras arquitectónicas y el incivismo de la población. Nada de eso le hizo rendirse, sino todo lo contrario: “Decidí que, en lugar de que mi discapacidad me dominase, la dominaría yo a ella”. Desde pequeño soñaba con subir a un escenario, así que se presentó a un concurso de cómicos dispuesto a hacer las mismas bromas que en el bar con los colegas. Salió a escena, miró a su alrededor y se dirigió al público con cara de sorprendido: “¡Por fin encuentro una plaza para discapacitados en la que no habéis podido aparcar!”. La audiencia estalló en una carcajada, la primera que arrancó y, según él, la más importante de su carrera: “Después de esa carcajada ya todo fue cuesta abajo y, cuando vas en silla de ruedas, eso siempre es buena noticia”.

Parte de la incomodidad de la audiencia no se debía a la crudeza de los chistes, sino a que muchos se reconocían en la gente “normal” que Jasmin pintaba como estúpidos

Partiendo de esa velada, creó el monólogo Siéntate y hablamos, trufado de chistes sobre la discapacidad. Afirmaba que quería hablar de ella buscándole los aspectos positivos: “Por ejemplo, me compré este calcetín cuando iba a la escuela y todavía no lo he ensuciado”. También bromeaba sobre sus intentos de tener relaciones de pareja: “Una fue mal porque la chica iba en silla de ruedas eléctrica y, como la mía es manual, no había forma de atraparla”. Sin embargo, Jasmin no solo se reía de sí mismo, sino también de las torpezas de la gente al tratar con él. Por ejemplo, recordaba la vez que pidió una hamburguesa en McDonald’s y la dependienta le dijo que tenía que ir por el McDrive o cuando un tipo le aseguró que le empujaría sin problemas porque era albañil y estaba acostumbrado a llevar carretillas. Terminaba su actuación rogando: “No os levantéis para aplaudirme, porque lo consideraré una provocación”.

Al principio su humor generaba malestar entre el público: muchos pagaban la copa y se iban a medio show e incluso un espectador subió al escenario para pegarle. Sin embargo, Jasmin se sentía legitimado para hacer bromas sobre sí mismo: “Ni soy culpable de mi discapacidad ni tengo por qué avergonzarme de nada”. Además, parte de la incomodidad de la audiencia no se debía a la crudeza de los chistes, sino a que muchos se reconocían en la gente “normal” que Jasmin pintaba como estúpidos: “Ahora han cambiado las tornas y un discapacitado se ríe de los ‘capacitados’”. Su mayor popularidad le llegó al tomar parte en el concurso de talentos de una televisión serbia. Nada más salir a escena se le cayó la chuleta al suelo y el actor Andrija Milosevic, miembro del jurado, la recogió para dársela. Jasmin le dio las gracias desafiando a la audiencia: “Pasarás a la historia como el primer Milosevic que ha ayudado a un bosnio”.

Los monólogos que le hicieron famoso también eran una forma de activismo porque, bajo la fachada del humor, le contaba a su público la vida de un discapacitado en Sarajevo. Como vivía en las colinas, bajaba hasta el centro por la calzada con los automóviles, pendiente de los baches para no caerse: “Me decís que soy una estrella, pero más bien me considero un meteorito, por la de veces que me he dado contra el suelo”. Los taxistas estándar se resistían a llevarle porque les molestaba plegar su silla y los adaptados no eran legales, salvo un conductor que trabajaba en negro con los cristales ahumados. Por eso se estaba planteando agarrarse a la parte trasera de los tranvías: “El problema es que tengo que competir con los gitanillos y, encima, me da calambre”. Frente a los obstáculos a su movilidad –puertas estrechas, escaleras sin rampas, baños no adaptados– se daba por satisfecho cuando alguien le contaba que, tras escuchar su monólogo, había dejado de aparcar sobre la acera para despejarle el paso.

Acostumbrado a echar mano del humor para aliviar sus penas, Jasmin solía dar un consejo a quienes le escuchasen: “Reíros, porque es mejor morirse de risa que de otra cosa”. El año pasado, un edema obligó a amputarle una pierna y les dio las gracias a los doctores por haberle adelgazado 10 kilos. El pasado mes de marzo se le infectó una úlcera a consecuencia de pasar demasiado tiempo sentado y recurrió a la disfuncional sanidad bosnia: tras visitar a varios médicos que se limitaban a remitirle del uno al otro, concluyó que no recibiría ningún tratamiento y, sin contárselo a nadie, se dejó ir. Murió a finales de junio por otro edema que le llenó de líquido el corazón. Su fallecimiento entristeció a amigos y seguidores pero, al mismo tiempo, Jasmin dejó un reguero de risas y una mayor conciencia sobre las personas discapacitadas. Cuando le preguntaban si, para referirse a él, había que llamarle “inválido”, “discapacitado” o “persona con necesidades especiales”, respondía: “Mi discapacidad no es mi identidad, así que llamadme simplemente Jasmin”.

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