1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

AMBICIÓN IMPERIAL

El método Yakarta

Cómo Estados Unidos instigó los asesinatos masivos para salvar al mundo del comunismo. La doctrina de la liquidación alcanzó su clímax radical en Indonesia

Gavin Jacobson (The Baffler) 8/12/2020

<p>Imagen del cortometraje <em>The act of killing</em>, de Joshua Oppenheimer.</p>

Imagen del cortometraje The act of killing, de Joshua Oppenheimer.

Youtube

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

The Jakarta Method: Washington’s Anticommunist Crusade and the Mass Murder Program that Shaped Our World  (El método de Yakarta: la cruzada anticomunista de Washington y el programa de asesinatos masivos que dio forma a nuestro mundo) de Vincent Bevins. PublicAffairs Books, 320 páginas.

El pueblo balinés de Petulu es famoso por las garzas –las Kokokan– que descienden sobre sus árboles al atardecer. Al final del día, miles de garcillas bueyeras de lomo marrón y garzas de los estanques de Java alzan el vuelo desde los campos de arroz adyacentes antes de abalanzarse, en una gran batalla campal aviar, sobre las ramas que cuelgan por encima del templo local. Llegaron por primera vez a principios de noviembre de 1965, un mes después de que el ejército indonesio, los gánsteres y los escuadrones de la muerte paramilitares comenzaran a aniquilar a presuntos miembros del Partido Comunista de Indonesia (PKI). En un viaje que hice por el país a principios de la década de 2000 conocí a un hombre que afirmaba que las Kokokan eran las almas retornadas de los muertos que los lugareños apreciaban por sus supuestos poderes apotropaicos.

Las víctimas fueron acorraladas y fusiladas, ejecutadas mediante garrote o asesinadas a machetazos y con barras de hierro

Entre octubre de 1965 y marzo de 1966, aproximadamente ochenta mil personas fueron asesinadas en Bali (cerca del 5 % de la población de la isla), así como al menos otras cuatrocientas veinte mil en todo el archipiélago. La CIA calificó la masacre como “uno de los baños de sangre más espantosos, intensos y continuados de la época actual”. Las víctimas fueron acorraladas y fusiladas, ejecutadas mediante garrote o asesinadas a machetazos y con barras de hierro. En el siniestramente surrealista largometraje de Joshua Oppenheimer, The Act of Killing (El acto de matar), de 2012, un verdugo del norte de Sumatra recuerda el sadismo de los ataques: “Les embutíamos leña en el ano hasta que morían. Les aplastábamos el cuello con maderos. Los ahorcábamos. Los estrangulábamos con alambre. Les cortábamos la cabeza. Los atropellábamos con coches”. Los cuerpos fueron arrojados a pozos, a ríos y lagos, o enterrados en tumbas poco profundas bajo plataneras. Se dice que el río Brantas de Java Oriental estaba atestado de cadáveres decapitados. Tal y como escribe Vincent Bevins en The Jakarta Method, fue “una explosión de violencia” contra el PKI equivalente a una “matanza apocalíptica”.

El libro de Bevins es un ajuste de cuentas con la masacre de los comunistas indonesios –concretamente con la complicidad de Estados Unidos en los crímenes–. Al autor no le interesan tanto las extensas descripciones de las torturas y las muertes como comprender la geopolítica que se esconde tras ellas. La gran originalidad y perspicacia del libro es el énfasis que pone en la escala internacional de 1965. Valiéndose de ejemplos desde Indochina hasta América Latina, Bevins revela el modo en que Washington perfeccionó una forma de intervención violenta aunque invisible al construir una “red internacional de exterminio” que tenía como objetivo los regímenes comunistas y simpatizantes de los países en vías de desarrollo. 

En ese sentido, The Jakarta Method es una historia de 1965 como peripecia de la Guerra Fría: el punto de inflexión en el que un incipiente orden alternativo del “Tercer Mundo” fue aplastado por un país aspirante a potencia hegemónica. Al igual que el historiador Odd Arne Westad, Bevins considera la Guerra Fría como las “circunstancias globales bajo las cuales la gran mayoría de los países del mundo pasaron del dominio colonial directo a otra cosa, a una nueva situación en un nuevo sistema global”. En la Indonesia de 1965 fue donde todo esto comenzó.

El PKI había sido el tercer partido comunista más grande del mundo después de los partidos comunistas de la Rusia soviética y China; en 1965 tenía 3,5 millones de afiliados y otros 20 millones en organizaciones asociadas. Se alzó en armas contra el colonialismo holandés en la década de 1930; después contra la ocupación japonesa en 1945; y contra los holandeses por última vez entre 1945 y 1949. Pero el PKI salió de los enfrentamientos como un partido de política parlamentaria, con una segunda generación de líderes comprometidos con las instituciones, la organización comunitaria y las elecciones.

El resultado fue que en 1965, el PKI –dirigido por DN Aidit, de 42 años– estaba desarmado y no tenía ningún plan para la revolución. Fue un movimiento de masas, ideológicamente flexible, que con frecuencia ignoraba los mandatos de Moscú y posponía el advenimiento del socialismo “hasta el final del siglo”. El vicepresidente Richard Nixon resumió el sentir de Washington durante la década de 1950 cuando dijo que “un gobierno democrático no era el mejor para Indonesia” ya que “los comunistas probablemente no podrían ser derrotados en las campañas electorales porque estaban muy bien organizados”.

El PKI y el ejército constituían dos de las tres principales bases de poder en la Indonesia posterior a la independencia. La tercera, y más significativa, era el presidente del país, Sukarno, que había liderado la lucha contra los holandeses y japoneses. Carismático, egoísta y distraído (o dirigido) por una libido extraordinaria, se adhirió a una ideología híbrida llamada “NASAKOM” –una de sus siglas distintivas–, una mezcla excéntrica de nacionalismo, islam y marxismo. Sukarno también fue un internacionalista comprometido. Al igual que el revolucionario italiano del siglo XIX Giuseppe Mazzini, creía que el internacionalismo “no puede florecer si no está arraigado en la tierra del nacionalismo”. Tampoco podría el nacionalismo “florecer si no crece en el jardín de flores del internacionalismo”.

Esta visión mazziniana de la independencia nacional y la solidaridad internacional fue compartida por otras figuras destacadas del hemisferio sur, como el presidente de Birmania, U Nu, y Kwame Nkrumah de Ghana. Se hizo realidad temporalmente en la Conferencia Asiático-Africana de 1955 que tuvo lugar en Bandung. Aunque acuñado en 1952 por el economista francés Alfred Sauvy para describir a los oprimidos del hemisferio sur, el “Tercer Mundo” era más una promesa que un lugar: la promesa de liberarse de las manos muertas del colonialismo y transformar las naciones liberadas de África y Asia en nuevos mundos de justicia, libertad y creatividad. Si bien vino a continuación de una serie de conferencias similares –la Liga Contra el Imperialismo (1927), la Liga del Sudeste Asiático de Pridi Phanomyong (1947) y las Conferencias de Bogor (1949 y 1954)–  Bandung fue el apogeo revolucionario del Tercer Mundo. En su discurso de apertura, Sukarno declaró: “Espero que [esta conferencia] dé prueba de que Asia y África han renacido, mejor dicho, ¡que han nacido una Nueva Asia y una Nueva África!”.

Durante un tiempo, Estados Unidos consideró que el nacionalismo del Tercer Mundo de Sukarno era lo suficientemente anticomunista como para permitirlo. Pero tal tolerancia no podía durar, y bajo el mandato de Lyndon Johnson, la política estadounidense hacia esta estrella polar de la solidaridad afroasiática se endureció hasta convertirse en algo menos indulgente. A medida que se agotaba la ayuda económica a Indonesia, Sukarno se volvió más antiestadounidense, llegando incluso a establecer vínculos con el gobierno de Ho Chi Minh en Vietnam. Hablaba de un “eje Yakarta-Phnom Pen-Hanói-Pekín-Pyongyang” y suspendió la participación de Indonesia en la ONU.

Bajo el mandato de Lyndon Johnson, la política estadounidense hacia esta estrella polar de la solidaridad afroasiática se endureció hasta convertirse en algo menos indulgente

La creciente alarma de Washington por las acciones de Sukarno debe entenderse en el contexto de las ambiciones geoestratégicas de la primera. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos buscaba construir un mundo seguro para el capitalismo, custodiado y administrado bajo el palio global de potencia suprema. Eso requería hacer frente a la amenaza soviética dondequiera que apareciera. Los estrategas estadounidenses se dieron cuenta de que el teatro de operaciones contra el comunismo se extendía más allá de Europa occidental y que el escenario de la victoria podía igualmente estar en África, Asia o América Latina. A partir de 1948, cuando los dólares del Plan Marshall revivieron las economías de Europa y socavaron el apoyo a los partidos comunistas, el sudeste asiático emergió como la frontera crítica en la confrontación de Estados Unidos con el enemigo soviético. George F. Kennan, el arquitecto de la política de contención de EE. UU., dijo que “el tema más crucial en este momento de nuestra lucha con el Kremlin es probablemente el problema de Indonesia”.

La contención nunca tuvo la intención de impedir el avance de la Unión Soviética mediante “la aplicación vigilante de una fuerza contraria”, como dijo Kennan en 1991. El propósito, más bien, era confrontar y aniquilar. Según el historiador Anders Stephanson:

Ciertamente, la Guerra Fría fue una batalla a muerte, pero a una especie de muerte abstracta. Eliminar la voluntad de lucha del enemigo –la victoria– significaba más que una victoria militar en el campo de batalla. Significó, en principio, la propia liquidación del enemigo cuyo derecho a existir, y mucho menos a la igualdad, no se reconocía. La liquidación por sí sola podía traer la paz. La liquidación es la "verdad" de la Guerra Fría.

En los anales de la agresión estadounidense infligida al hemisferio sur, fue en Indonesia donde la doctrina de la liquidación alcanzó su clímax radical. Habiendo llevado a cabo “operaciones encubiertas” similares contra regímenes indisciplinados que habían intentado afirmar la independencia económica en Irán (1953), Guatemala y Filipinas (1954) e Irak (1963), las agencias de inteligencia estadounidenses y británicas comenzaron a intensificar planes para socavar el gobierno de Sukarno. En la primera mitad de la década de 1960, Washington y Londres habían discutido incluso la idea de que un golpe de Estado prematuro del PKI podría ser el casus belli que permitiría al ejército actuar contra él.

El 30 de septiembre de 1965, un grupo de oficiales del ejército llamado G30S secuestró y asesinó a seis generales indonesios en lo que pareció ser un intento de golpe. El general Suharto, un oscuro líder militar de Java Central, culpó de los asesinatos al PKI y tomó el control de las fuerzas armadas antes de tomar el país. Hay una serie de teorías en competencia sobre quién lanzó el golpe y por qué. La más plausible la presentaron en el “Cornell Paper” de 1966 Benedict Anderson y Ruth McVey, donde argumentaban que se trataba de un asunto interno del ejército. Ni el PKI ni Sukarno participaron; al contrario, fueron las víctimas.

El asesinato de los generales y las historias falsas de que fueron mujeres comunistas quienes los habían mutilado se utilizaron para avivar los sentimientos anticomunistas. En cuestión de días, el ejército y los escuadrones de la muerte locales –gánsteres y miembros de las organizaciones musulmanas más grandes de Indonesia– comenzaron a apresar a cualquier persona asociada con el PKI. Cuando caía la noche, los arrestados eran sacados al exterior y fusilados o decapitados en lo que se llamó “Operación Aniquilación”. Aidit y el resto de líderes del partido fueron ejecutados.

Más allá de Indonesia, el método de Yakarta encontró a sus practicantes más devotos en Brasil y Chile

La mayoría de los indonesios nunca había oído hablar de Suharto, pero la CIA lo había identificado anteriormente como un aliado en la causa anticomunista. Formaba parte de una red que vinculaba al ejército indonesio con los altos mandos del complejo militar-intelectual estadounidense: diplomáticos y agentes de inteligencia de la CIA, teóricos de la modernización como Walt Whitman Rostow, tecnócratas de Berkeley y la Corporación RAND, y asesores militares en Fort Leavenworth, donde más de mil oficiales indonesios habían sido entrenados en 1962. El resultado de todas estas conexiones fue que el ejército aprendió a poner su tarea inmediata –liquidar a los comunistas– al servicio de una misión mayor para dirigir el desarrollo de los tecnócratas autoritarios de Indonesia y gradualmente llevar al país al reino del capital estadounidense. Cuando llegó el momento, la CIA también ayudó más directamente al ejército ensuciando el nombre del PKI mediante propaganda y proporcionando al ejército listas de presuntos simpatizantes del comunismo. El veredicto de Bevins sobre la participación estadounidense es condenatorio: “Washington comparte la culpa por cada muerte. Estados Unidos fue una parte integrante de la operación en cada etapa”. En cuanto a Sukarno, su reacción ante los asesinatos fue de resignación. “Una y otra vez, siempre es lo mismo”, como le dijo a un grupo de periodistas: “¡Navajas, navajas, navajas, navajas, navajas, una tumba para mil personas, una tumba para mil personas!”.

Para la administración de Johnson la carnicería fue motivo de celebración. Suavizó los efectos negativos del desastre que se revelaba en Vietnam y plantó la semilla de un nuevo mercado para la rentabilidad empresarial. (En 1967, dos años después de que hubiera acontecido la peor de las masacres, General Electric, American Express y otras firmas estadounidenses acudieron al archipiélago para vender sus mercancías). La sensación de alivio quedó registrada en la vasta red de cables diplomáticos que se entrecruzaban entre Washington, su embajada en Yakarta y las cancillerías de Europa. No mucho después de que comenzaran los asesinatos, Howard Green, el embajador de Estados Unidos en Indonesia, envió un comunicado al Departamento de Estado informándole que el ejército estaba “trabajando duro para acabar con el PKI y yo, por mi parte, tengo un creciente respeto por su determinación y organización para llevar a cabo esta tarea crucial”. “El asunto de Indonesia se está desarrollando de un modo que resulta alentador”, escribió el subsecretario de Estado George Ball. “Si . . . se hace limpieza del PKI. . . nacerá un nuevo día en Indonesia”.

El entusiasmo de Green fue ampliamente compartido en los medios de comunicación estadounidenses, incluso en la atmósfera bipartidista de la Guerra Fría. En un artículo de junio de 1966 titulado “A Gleam of Light in Asia” (Un rayo de luz en Asia), el célebre columnista del New York Times James Reston daba la bienvenida a “la salvaje transformación de Indonesia, que ha pasado de una política pro China bajo Sukarno a una desafiante política anticomunista bajo el general Suharto”. La revista Time describió la liquidación del PKI como “la mejor noticia de Occidente desde hace años en Asia”. US News & World Report fue más allá: “Indonesia: Esperanza. . . Donde antes no había ninguna".

Bevins no es el primero en describir y analizar el imperialismo violento de Estados Unidos en la Guerra Fría. Una escuela de historiadores, descendientes del William Appleman Williams de la década de 1950 hasta gente actual como Bruce Cummings y Greg Grandin, ha tratado de captar la verdad esencial de la política exterior de Estados Unidos como una fuerza agresivamente expansionista en el mundo. Sin embargo, Bevins destaca al demostrar que lo que unía a los comunistas a través de las fronteras no era tanto una creencia en la revolución internacional sino su experiencia compartida de asesinatos y derrota. Más allá de Indonesia, el método de Yakarta encontró a sus practicantes más devotos en Brasil y Chile.

En ambos países, la palabra “Yakarta” adquirió un significado específico para la extrema derecha, convirtiéndose en sinónimo de exterminio de comunistas. En los días previos al golpe de Estado respaldado por Estados Unidos que derrocó a Salvador Allende en 1973, la frase “Yakarta se acerca” apareció pintada en las murallas de Santiago: una terrorífica declaración del asalto que estaba a punto de desatarse sobre la izquierda. Mientras tanto, en Brasil, entonces bajo la brutal dictadura militar de Emilio Garrastazu Médici, se planeaba en secreto la “Operación Yakarta” para la eliminación del partido comunista del país en colaboración con bandas de extrema derecha.

Ninguna de estas operaciones fue “orquestada” en su totalidad desde Langley. Más bien, la CIA aprovechaba las divisiones preexistentes dentro de un país y luego adiestraba a los pistoleros sobre el terreno: agentes locales cuyo anticomunismo podía ser respaldado con fondos y material clandestinos. Este fue el “método de Yakarta” que se perfeccionó en el sudeste asiático en 1965. Desde mediados de la década de 1950, como ha demostrado el historiador Jeremy Kuzmarov, la Administración de Cooperación Internacional había proporcionado a la policía indonesia jeeps, lanchas patrulleras y manuales de formación de la CIA, como Curso encubierto de entrenamiento paramilitar (1952) y El manual de sabotaje (1954). Los asesores de seguridad con experiencia en Grecia, Filipinas y Corea establecieron un centro de comunicaciones en Yakarta y una sala de cifrado en la sede central de la Policía Nacional para recopilar información de inteligencia sobre el PKI. Inspirado en las prácticas coloniales europeas, el programa 1290-d establecido por la administración de Eisenhower para entrenar a otros cuerpos policiales del sudeste asiático contrarrevolucionarios también ayudó a canalizar dinero a los extremistas islámicos y las Unidades de Reconstrucción Provisional; se reclutaron equipos de “cazadores-asesinos” procedentes de bandas, minorías descontentas, y policías y oficiales del ejército renegados.

Aquellos que estaban involucrados en la violencia contra los comunistas estaban unidos por un pagador común, así como por su admiración por lo que sucedió en Indonesia en 1965

Con el tiempo, Washington proporcionaría a las fuerzas armadas y policiales nacionales de América Latina, el sudeste de Asia y África apoyo logístico y entrenamiento de contrainsurgencia, así como ayuda con campañas de propaganda contra los comunistas locales y la izquierda. A pesar de que Bevins describe esto como una red internacional “flexible”, aquellos que estaban involucrados en la violencia contra los comunistas, sin embargo, estaban unidos por un pagador común, así como por su admiración por lo que sucedió en Indonesia en 1965.

La influencia de Yakarta no se limitó a la violencia anticomunista de derechas. Bevins muestra cómo la destrucción del PKI influyó en las decisiones estratégicas de los partidos comunistas en todo el mundo. En Camboya, Pol Pot y los jemeres rojos estudiaron la caída del PKI y concluyeron que la decisión del partido de desarmarse y confiar en el proceso democrático había sido un desastre. Pol Pot prometió que su movimiento se aferraría al poder mediante la violencia y la fuerza de las armas, con consecuencias diabólicamente asesinas. En China, la guerra librada contra Sukarno y la izquierda ayudó a inspirar la movilización de los Guardias Rojos durante la Revolución Cultural en 1966. En Filipinas, el fundador del Partido Comunista Maoísta, José Maria “Joma” Sison, vio lo que le había sucedido a un PKI desarmado y decidió que su partido se basaría en tácticas armadas en el campo. (Hoy, las guerrillas maoístas aún operan en campamentos en la jungla por todo el archipiélago). Y el genocidio impulsó a las dictaduras de Taiwán y Corea del Sur a fundar la Liga Mundial Anticomunista. 

A mediados de la década de 1960, el Tercer Mundo y sus sueños de un orden radicalmente diferente –libre, igualitario, pacífico y fraternal– habían desaparecido. Los líderes del movimiento poscolonial, como Nehru en India, Sukarno en Indonesia, Nkrumah en Ghana y U Nu en Birmania, habían muerto o habían sido depuestos. Más simbólicamente, el internacionalismo del “espíritu de Bandung” fue reemplazado en 1967 por la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN): un grupo de naciones que no estaban unidas por la causa de la paz y la justicia, sino por la lealtad a los imperativos tecnocráticos y autoritarios del capital y la globalización al estilo americano. Un intercambio entre Bevins y el director de Sekretariat Bersama 1965, un grupo de supervivientes del genocidio de Indonesia, captura la moraleja de la historia con una sencillez devastadora:

“Estados Unidos ganó. Aquí en Indonesia, obtuvisteis lo que queríais y en todo el mundo obtuvisteis lo que queríais” . . .

¿Cómo ganamos?, le pregunté.

Winarso dejó de moverse de forma nerviosa. ”Nos matasteis”.

Al tratar los sucesos de Indonesia, Bevins se apoya en estudios académicos de la última década, como The Killing Season: A History of the Indonesian Massacres , 1965-1966 de Geoffrey B. Robinson (el más forense); Economists with Guns: Authoritarian Development and U.S.-Indonesian Relations, 1960-1968 de Bradley R. Simpson (el más interesante); y The Army and the Indonesian Genocide: Mechanics of Mass Murder de Jess Melvin (el más revelador). Pero The Jakarta Method es un hábil y necesario ajuste de cuentas con 1965 desde su propia perspectiva, determinada por la carrera del autor como periodista en Brasil para Los Angeles Times y posteriormente en Indonesia para el Washington Post. Bevins pasó mucho tiempo con personas que habían vivido estos sucesos; esto fue lo que lo impulsó a escribir una historia que presentaría la verdad más sobrecogedora a los lectores occidentales sobre cómo fue en realidad la Guerra Fría para quienes estaban en la punta de lanza del poder estadounidense.

Todos seguimos viviendo a la sombra de Yakarta. En Indonesia, la defensa del comunismo sigue estando prohibida y el genocidio de 1965 es un tema tabú: una pesadilla tácita que se asienta como un íncubo sobre la conciencia colectiva de la nación. En Brasil, Bolsonaro es la estrella polar del anticomunismo contemporáneo –y un vestigio del pasado asesino de Estados Unidos–. En el mismo Estados Unidos, la historia de 1965 y sus repercusiones apenas se conoce. La pregunta que cabe hacerse es si la amarga oleada de ambición imperial ha regresado a la patria. Una de las lecciones que se extrae de Yakarta es que Estados Unidos pudo triunfar en la Guerra Fría, pero la carnicería necesaria para ganar nunca pudo controlarse ni contenerse. La violencia y el enorme complejo de bases, fuerzas especiales, empresas de seguridad privadas, operaciones clandestinas y sistemas de vigilancia necesarios para sustentarla, adquirió una lógica y un impulso propios en la búsqueda de nuevas partes del mundo para domar y reproducir a su imagen y semejanza.

Ahora parece que la maquinaria imperial se ha vuelto contra sus arquitectos. Una presidencia frustrada, la vigilancia masiva sin orden judicial, la hipermilitarización de los cuerpos policiales, la demonización cultural y política de los progresistas y la descripción de los centros urbanos como “espacios de batalla”. Dos mundos que alguna vez estuvieron separados –las fronteras violentas y la paz interna– chocan ahora en las calles de Estados Unidos.

--------------

Este artículo se publicó en inglés en The Baffler.

 

Traducción de Paloma Farré


Autor >

Gavin Jacobson (The Baffler)

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

1 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. ugeconcha

    El asesino Henry Kissinger fue el responsable de la masacre, en Chile, de miles de trabajadores, de la tortura de otros miles de chilenos, y encima le premian con el Nobel de la Paz. EEUU. ha sido responsable de crímenes terribles en nombre de la libertad, la democracia y nadie se rasga las vestiduras. Jakarta fue la amenaza que se veía escrita en las calles de Santiago de Chile y eso lo escribieron chilenos, porque también existían asesinos dispuestos a matar para evitar un gobierno socialista, en un país que nunca había sido democrático ni libre, porque EEUU no permitía que en su patio trasero, como ellos llamaban a Latinoamérica, hubiera un país independiente. Ya es hora que caiga este imperio con pies de barro y asesino.

    Hace 7 meses 28 días

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí