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Nativismo

La derecha postrumpista se vuelve apocalíptica y milenarista

Además de los desechos del Tea Party, los remanentes del movimiento de Patriotas y los restos del ‘alt-right’, hay una cohorte más joven y extremista de fascistas. Se les pudo ver en las manifestaciones anticuarentena

Brendan O’Connor (The Baffler) 30/10/2020

<p>Miembros del grupo Proud Boys en una contraprotesta anti Black Lives Matter en Columbus (Ohio) en marzo de 2020.</p>

Miembros del grupo Proud Boys en una contraprotesta anti Black Lives Matter en Columbus (Ohio) en marzo de 2020.

Paul Becker

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Aunque solo fuera una de las medidas desastrosamente ineficaces y crueles de Donald Trump contra la crisis del coronavirus, la orden ejecutiva sobre inmigración que publicó en abril es más reveladora de la dinámica que guía su gobierno que cualquier otra cosa que haya hecho en los últimos tres años y medio. Anunciada vía tuit para gran sorpresa de muchos funcionarios del gobierno, a los dos días ya estaba (casi) implementada. “En vista del ataque por parte del Enemigo Invisible, así como de la necesidad de proteger los trabajos de nuestros GRANDES ciudadanos estadounidenses, voy a firmar una orden ejecutiva para suspender temporalmente la inmigración a Estados Unidos”, escribió Trump el lunes por la noche. Ese mismo miércoles, la orden redactada de forma precipitada ya había sido firmada, aunque en realidad no suspendía la inmigración a Estados Unidos, sino que la restringía todavía más, y estaba dirigida a las personas que cumplen los requisitos para obtener la green card (tarjeta de residencia) a través de miembros de la familia que ya son ciudadanos estadounidenses o residentes permanentes (la llamada “migración en cadena”), o a través del sorteo de visados. El año pasado, de acuerdo con el Instituto de Política Migratoria, los grupos que abarca el decreto recibieron unas 300.000 green cards; del millón que entrega aproximadamente cada año el gobierno federal.

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La inmigración hacia Estados Unidos ya se había visto  fuertemente restringida durante la pandemia del coronavirus incluso antes de este decreto, porque las agencias gubernamentales que la regulan y administran estaban pausadas en la práctica: el programa de refugiados había quedado paralizado, la tramitación de visados suspendida y las ceremonias de nacionalización habían sido pospuestas. En marzo, el CDC [Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades] prohibió durante 30 días (que luego se extendieron) todos los viajes no esenciales desde México y Canadá. Decenas de miles de inmigrantes capturados en la frontera sur, en distintos puntos de entrada, eran inmediatamente enviados de regreso a México sin que se les detuviera o se respetaran los procedimientos legales. A pesar de que cualquier no ciudadano que llegue a Estados Unidos tiene derecho a solicitar asilo, “independientemente” de su estatus, la patrulla fronteriza se estaba negando a escuchar la gran mayoría de las reclamaciones, por razones evidentes de salud pública. Por lo tanto, en cierto sentido, el decreto ley de Trump no cambiaba mucho las cosas, pero evidenciaba una importante contradicción de su gobierno y de la coalición conservadora en general, cuya estabilidad está siendo amenazada por la covid-19.

El decreto, que se presentó como un beneficio para la economía, contiene varias excepciones significativas: no afecta a los profesionales médicos, a los inversores ricos o a los trabajadores agrícolas temporales. Que Estados Unidos busque mano de obra extranjera en una época de crisis no resulta extraño: el sistema sanitario estaba sobrecargado y necesitaba trabajadores; la cadena de suministros alimentarios estaba sumida en una gran confusión y necesitaba trabajadores; y bueno, con respecto a los inversores extranjeros, la verdad es que para el capital, las fronteras nunca han existido. No obstante, incluir estas excepciones parecía contradecir el singular principio rector del gobierno de Trump: los inmigrantes son una amenaza para la salud y el bienestar de los ciudadanos estadounidenses.

La facción nacionalista tanto dentro como fuera del gobierno expresó su disconformidad con la orden tal y como estaba redactada. En una carta dirigida a Trump, el presidente de la extremista y antiinmigrante Federación para la Reforma de la Inmigración en EE.UU., Dan Stein, describió la orden diciendo que parecía estar “diseñada para satisfacer a los poderosos intereses empresariales que se benefician de un flujo constante de mano de obra barata”; asimismo, hizo un llamamiento para que se redactara una nueva orden en un período de 30 días. “Aunque sus intenciones sean buenas, esta orden ejecutiva no supondrá ningún alivio para los estadounidenses”, escribió en un blog Jessica Vaughn, directora de políticas del ligeramente más reservado Centro de Estudios Migratorios. “Nuestra recomendación es que el presidente adopte medidas mucho más valientes para ayudar a los trabajadores estadounidenses”. Roy Beck, el presidente de NumbersUSA [otra organización antiinmigración], manifestó su deseo de modificar la orden para frenar todo tipo de inmigración hasta que el desempleo deje de existir. “Mi opinión es que carecía de sentido tener un programa de inmigración permanente de más de un millón de personas al año ANTES de la pandemia y sin duda sigue sin tenerlo reanudar ese volumen de nuevos trabajadores extranjeros permanentes antes de que la tasa oficial de desempleo no descienda de nuevo al 3%”, escribió. “¿Por qué deberían abrirse de nuevo los trabajos estadounidenses a la inmigración en masa cuando sigue habiendo estadounidenses esperando?”.

Después de firmar la orden, el asesor de Trump, Stephen Miller, uno de sus autores principales, que desde hace tiempo busca plantear la inmigración como un riesgo para la salud pública, intentó tranquilizar a todos esos grupos diciendo que todo estaba yendo según el plan. “Lo más importante es cerrar el grifo de la nueva mano de obra inmigrante”, declaró en una videollamada cuya grabación obtuvo el Washington Post. “En términos numéricos, cuando suspendes el ingreso de un nuevo inmigrante extranjero, también estás reduciendo la inmigración aún más por la cadena de migraciones subsiguientes que se ven afectadas… Así que los beneficios para los trabajadores estadounidenses aumentan con el tiempo”. En la llamada, Miller solicitó el apoyo de sus aliados:

Todos los estadounidenses, sea cual sea su inclinación política, apoyarán una iniciativa que garantice que ellos, sus hijos, sus padres, sus maridos, esposas, tíos, primos y sobrinos puedan ser los primeros en conseguir un trabajo cuando se reabra, que puedan recuperar su trabajo cuando vuelvan a contratar o que puedan conservarlo si ya lo tenían... Esas personas tienen derecho y expectativas de recuperar sus trabajos y no ser reemplazadas por trabajadores extranjeros. Esa es la medida que adoptó el presidente, es una medida histórica. Es vital, es necesaria, es patriótica y merece el pleno apoyo de todas las personas presentes en esta llamada.

Aunque la orden era temporal y limitada, Miller parecía sugerir que podría extenderse y expandirse, aunque no sin el apoyo del conjunto de la coalición reaccionaria. Pero a pesar de la acalorada defensa que hizo Miller, no cabe duda de que los quitamiedos que contiene la orden presidencial benefician a sectores como la agricultura y la construcción, que dependen de la mano de obra inmigrante. Pero este lleva ya décadas siendo el acuerdo: unas militarizadas agencias federales de control y un sólido aparato mediático nacionalista que mantienen a los trabajadores inmigrantes en un estado de vulnerabilidad y precariedad constante mediante la amenaza de expulsión; un acuerdo que le viene muy bien a los capitalistas que los explotan, siempre y cuando sigan siendo socios importantes de este acuerdo. O lo que es lo mismo, aunque la clase capitalista apoya que la deportación siga expandiéndose, en realidad no quiere que se deporte a todo el mundo que reúna los requisitos.

La Corte Suprema está aumentando, de forma lenta pero segura, la capacidad del brazo ejecutivo para que este haga lo que quiera en lo referente a inmigración

Al mismo tiempo, la Corte Suprema está aumentando, de forma lenta pero segura, la capacidad del brazo ejecutivo para que este haga lo que quiera en lo referente a inmigración, un área en la que el presidente ya disfrutaba de una amplia autonomía. Un día después de que Trump firmara la orden ejecutiva, la Corte reforzó la capacidad del gobierno de deportar a residentes legales por delitos cometidos dentro de Estados Unidos. La orden en sí se apoya en la sección 212(f) de la Ley de Inmigración y Nacionalidad, que concede al ejecutivo amplia autoridad para restringir a “cualquier extranjero o clase de extranjeros” la entrada en Estados Unidos si su admisión “va en detrimento de los intereses” de país. Como señalaron en un reciente artículo de Border/Lines los autores Felipe De La Hoz y Gaby Del Valle, muchas de las otras órdenes de Trump sobre inmigración, incluida la prohibición de viajar a los musulmanes, se basan en este mismo estatuto.

Mientras tanto, se acerca el momento de tomar una decisión sobre los esfuerzos que está llevando a cabo el gobierno por acabar con el programa DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia). Dada la composición partidista del tribunal y el compromiso creciente de los conservadores estadounidenses con la teoría del ejecutivo unitario (que el presidente ostente el control absoluto de la rama ejecutiva del gobierno y que hasta los organismos cuasi independientes tengan que someterse a su voluntad) parece probable que el final del DACA esté cerca: si no con esta decisión, con otra.

La amarga ironía en este caso es que los conservadores pasaron años quejándose de que el gobierno de Obama se había extralimitado y se había convertido en una fuerza dictatorial que reprimía el espíritu emprendedor de los vigorosos estadounidenses que son propietarios de pequeños negocios. Así fue en el caso de la Ley de Cuidado de Salud Asequible (Obamacare) y así fue en el caso de la DACA. Ahora ha quedado claro que no se oponían a que el ejecutivo tuviera amplios poderes, sino a que se ejercieran para paliar el sufrimiento, aunque fuera mínimamente, de los explotados y oprimidos.

Los demonios Koch

Hubo un momento durante esta pasada primavera en el que los simulados grupos de oposición de la era Obama intentaron reconstruirse a sí mismos y organizaron manifestaciones en las cámaras legislativas y en los hospitales para exigir que se reabriera la economía (¡al diablo con los riesgos para la salud!). Aunque aparecieron muchos de los mismos participantes, no se trataba de una reedición de la época Tea Party: la facción libertaria de extrema derecha de la clase gobernante, que tanto apoyó las protestas anti-Obama de hace una década, tiene demasiado poder en el actual gobierno para que sea así. Sin embargo, las contradicciones del movimiento que fundaron no se han disipado; en todo caso se están agravando por culpa de Trump. Aunque los multimillonarios han descubierto que la presidencia de Trump ha sido terreno fértil para su programa político, los pequeños empresarios y los trabajadores blancos desafectos en los que se apoyó para obtener votos se están volviendo cada vez más inquietos y más radicales.

El nodo central de la red Koch, Americans for Prosperity (AFP), fue indispensable para organizar el Tea Party. Aunque durante los últimos meses se ha alejado de los manifestantes anticuarentena. “La pregunta es: ¿cuál es la mejor manera de conseguir que la gente vuelva a trabajar? No creemos que las protestas sean la mejor manera de conseguirlo”, explicó la directora general de la AFP, Emily Seidel, en un comunicado. “En su lugar, estamos trabajando directamente con los legisladores para reunir a los funcionarios de salud pública y a los líderes empresariales y desarrollar unos estándares que permitan reabrir la economía sin poner en riesgo la salud pública. Tener que elegir entre cierre total y abrir todo de forma inmediata es una elección falsa”. Frayda Levin, una miembro de la junta de la AFP, apenas si pudo contener su desprecio por las protestas: “Con el Tea Party nos dimos cuenta de lo que queríamos. No funcionó como nos hubiera gustado. Y ahora somos mucho más prácticos”.

Si te estás preguntando qué significa eso de ser más prácticos, pues te explicaré que el jefe de gabinete del vicepresidente Mike Pence, Marc Short, no solo es un aliado de la red de los Koch desde hace tiempo (trabajó en la campaña para gobernador de Pence), sino que es un veterano. Antes de sumarse al gobierno, trabajó como presidente de los Freedom Partners, un importante aparato de financiación de los Koch, y realizó labores de consultoría para el Club for Growth, que ayudó a que muchos miembros del House Freedom Caucus salieran elegidos. Según cuentan, Short “ejerció una considerable influencia sobre el grupo de expertos del coronavirus”, cuestionó la seriedad de la crisis sanitaria y presionó para que se reabriera la economía. “Estamos intentando poner esto en marcha antes de lo que mucha gente piensa”, afirmó el senador de Georgia, David Perdue, a mediados de abril. “Lo que vemos ahora mismo es que el sistema de libre mercado, de libre empresa, está siendo amenazado… Que nadie venga a decirnos cómo tenemos que hacer las cosas”. Al inicio de la pandemia, se examinó con lupa a Perdue por un posible abuso de información privilegiada; desde principios de marzo, la red súper PAC [modernos comités de acción política] de Koch, Americans for Prosperity Action, ha gastado más de 360.000 dólares para apoyar su reelección.

Así y todo, dos de las principales organizaciones del movimiento del Tea Party, FreedomWorks y Tea Party Patriots, coordinaron manifestaciones de “reapertura”. Recibieron asistencia de un bufete de abogados en el que trabajan antiguos funcionarios del gobierno de Trump, así como de la coalición Save Our Country, que dirige Stephen Moore, uno de los economistas de derechas favoritos de Trump. “Hay que abrir, hay que abrir, hay que abrir; insistíamos nosotros”, le dijo Moore al Washington Post de una serie de conversaciones telefónicas que mantuvo en abril con el presidente. Si Trump no conseguía levantar la economía y ponerla de nuevo en marcha, explicó el economista: “Tendrá una mini-Gran Depresión. Tendrá empresas y trabajos moribundos que nunca resucitarán”. La coalición Save Our Country también incluye al Consejo de Intercambio Legislativo Estadounidense (ALEC, por sus siglas en inglés), que es la infame fábrica legislativa que fundaron algunos donantes multimillonarios y un montón de corporaciones estadounidenses. ALEC se ha mostrado particularmente activa a la hora de intentar levantar las restricciones a la actividad económica relacionadas con la pandemia, informó Sarah Lazare en In These Times. “Nosotros pensamos que hay que prepararse para dar el pistoletazo y que todos los estadounidenses vuelvan a trabajar, para que la economía pueda comenzar a recuperarse”, le comentó a Newt Gingrich en marzo la consejera delegada de ALEC, Lisa Nelson, en un podcast del Consejo.

Aun así, hay quien considera que el repunte no se ha producido lo suficientemente rápido y ha decidido unir su suerte a una nueva cosecha recientemente radicalizada de nacionalistas y fascistas blancos. Aun cuando los lobistas y los legisladores estaban intentando elaborar un plan para reiniciar la economía, pesara a quien pesara, el presidente, encantado con las imágenes de unos protestantes que perfectamente podrían haber estado de camino a uno de sus mítines de campaña, animó a oponerse al CDC que dirige su propio gobierno. Apenas unos minutos después de un fragmento que emitió en abril Fox News sobre las protestas en Virginia, Michigan y Minnesota, Trump tuiteó: “¡LIBERAD VIRGINIA!”, “¡LIBERAD MICHIGAN!” y “¡LIBERAD MINNESOTA!”. Matt Seely, un concejal de la ciudad y portavoz de la Coalición Conservadora de Michigan, que organizó las protestas en Lansing, le dijo al The Daily Beast: “Lo que creo que quiere decir con ‘liberad’ es ‘devolvednos nuestra libertad’”.

No obstante, esto va más allá de que Trump estuviera viendo la tele y saltara con eso. Resulta que la Coalición Conservadora de Michigan está financiada por un republicano que es miembro de la Cámara Legislativa del Estado, y que en enero había celebrado un evento con miembros de la campaña de Trump. El otro nombre que reciben es el de Republicanos de Michigan a favor de Trump. Y el grupo con el que la CCM organizó las protestas de Lansing, el Fondo para la Libertad de Michigan, ha recibido más de 500.000 dólares de la familia DeVos.

Aunque ciertos elementos del aparato de financiación de la extrema derecha preferirían no asociarse abiertamente con los neoconfederados y los antivacunas, los contornos son difusos. Una campaña de organización en cierto modo periférica, financiada por la familia Mercer y dirigida por agentes de Koch, cuyo objetivo es cambiar la constitución de EE.UU. para que sea todavía más favorable a los capitalistas, pasó también a apoyar las protestas anticuarentena. “Nuestra intención es ofrecer una plataforma digital para que las personas planifiquen y se comuniquen sobre lo que están haciendo”, explicó Eric O’Keefe, que está metido en todo tipo de proyectos financiados por los Koch. “Cerrar los condados rurales por lo que está sucediendo en Nueva York, y en cierto modo Milwaukee, es draconiano”.

Pero conseguir que los manifestantes no se salieran del guion resultó ser una tarea complicada. “Gente, por favor, dejad las banderas confederadas, los AR15, AK47 o cualquier otra escopeta en casa”, escribió en un grupo privado de Facebook el tesorero del partido republicano de Wisconsin antes de una manifestación en Madison. “Entiendo perfectamente que la Confederación iba más de derechos estatales que de esclavitud, pero eso no quita que tenemos que controlar la imagen que damos durante el evento”. Aun así, se vieron multitud de banderas confederadas y fusiles durante estos encuentros. En una protesta en Lansing llamada “Operación parálisis”, una multitud bloqueó brevemente el paso de ambulancias que iban de camino al hospital Sparrow, que es el único centro de traumatología de 1er nivel de la región. Entre las miles de personas que se dieron cita estaba Phil Robinson, el jefe de una milicia de Michigan que siente aprecio por los memes fascistas y por las imágenes paganas, de ahí su nombre de guerra: “Phil Odinson”, y algunos miembros de los Proud Boys, una organización cuasifascista y combativa cuyo presidente, Enrique Tarrio, ayudó a organizar una protesta anticuarentena en Miami. “Hay muchos pequeños negocios que están pasándolo mal. También vemos cómo una gran parte del dinero de la SBA [la Agencia Federal para el Desarrollo de la Pequeña Empresa, por sus siglas en inglés] está yendo a manos de grandes empresas que realmente no lo necesitan”, publicó el Miami New Times sobre Tarrio, que también es el director estatal de Latinos por Trump. “No creo que a la gente le importe ahora mismo quién lo soluciona. Yo pienso que la gente está deseando poder salir y trabajar”.

Los conservadores modernos no tienen problema alguno en gobernar con una posición minoritaria, que se justifique por razones económicas, raciales, religiosas o cualquier combinación de las tres

Uno de los manifestantes de Chicago llegó incluso a expresar ese sentimiento utilizando las palabras que daban la bienvenida a los judíos que llegaban a Auschwitz, en un letrero en el que se podía leer: “Arbeit macht frei, JB” (El gobernador de Illinois, J.B. Pritzker, es judío). En Michigan y Kentucky, los manifestantes colgaron efigies con las caras de sus gobernadores. Otro manifestante anticuarentena, que llevaba un cartel que acusaba a los judíos de ser la “verdadera plaga”, ya había sido fotografiado anteriormente en una marcha de la “fuerza blanca” con Timothy Wilson, que planeaba poner una bomba en un hospital de Missouri y falleció en marzo a raíz de las heridas que sufrió durante un intento de arresto por parte de agentes federales. Wilson era un miembro activo de varios grupos de Telegram vinculados con dos grupos neonazis, informó Nick Martin en The Informant.

En Idaho, el infame líder paramilitar Ammon Bundy, que dirigió en 2016 la ocupación armada del Refugio Nacional de Vida Silvestre de Malheur y que participó en 2014 en el enfrentamiento que tuvo su padre con agentes federales en el rancho que tiene su familia en Nevada, organizó una misa el domingo de Pascua con el presidente de la Idaho Freedom Foundation, que se financia en parte con la fortuna de la familia Coors. “Os espetarán todo tipo de atrocidades”, les dijo a los fieles el pastor Diego Rodríguez, un antiguo candidato republicano al Senado del Estado. “Dirán que solo estáis intentando llamar la atención, dirán que estáis intentando acabar con la libertad de los demás porque si sales y respiras alguien podría morir”. Varios días después, Bundy lideró una manifestación a las afueras de la casa de un agente de policía al que acusaba de haber detenido ilegalmente a Sara Walton Brady, una difusora de teorías conspirativas y antivacunas que había organizado una protesta en un parque infantil. “¡Una mujer estaba en un parque con su hijo y la arrestaron!”, gritaba Bundy. “La gente no consentirá que sigáis haciendo esto mucho tiempo… No iréis a los parques a arrestar a las madres, y no iréis a ninguna parte a arrestarnos a nosotros por ejercer nuestros derechos”.

En Austin, Texas, el destacado antivacunas Del Bigtree, asistió a una manifestación anticuarentena y posteriormente recibió a Wendy Darling, fundadora de la Michigan United For Liberty, en su programa de internet. Los habitantes de Michigan “no tienen miedo de morir de coronavirus”, dijo Darling. “Somos miles de personas en la Michigan United for Liberty y el consenso entre nosotros es que no. Tenemos más miedo del gobierno que del virus a estas alturas”. Algunos activistas anticuarentena se han comprometido a rechazar cualquier futura vacuna anticovid, según publicó The Daily Beast. Los partidarios de la teoría conspiranoica QAnon también se aprovecharon del pánico y difundieron tanto campañas de desinformación sobre curas milagrosas como campañas que negaban por completo la existencia del virus. En ambos casos, los trabajadores sanitarios son los que han terminado pagando el pato.

Al igual que sucede con ese tipo de manifestaciones y campañas, es muy importante no exagerar la influencia o importancia que logran obtener. Aunque hay casi 2 millones de cuentas suscritas a más de 500 grupos de Facebook anticuarentena, una encuesta reciente señaló que la mayoría de los estadounidenses estaban más preocupados porque las cuarentenas terminaran demasiado pronto que porque duraran demasiado. Sin embargo, aunque es cierto que la mayoría de la gente no apoya las protestas anticuarentena, también es cierto que los conservadores modernos no tienen problema alguno en gobernar con una posición minoritaria, que se justifique por razones económicas, raciales, religiosas o cualquier combinación de las tres. “No queremos interferir de forma indebida en los importantes esfuerzos que están realizando los funcionarios municipales y estatales para proteger al público”, escribió en abril el fiscal general de Trump, William Barr, en un memorándum dirigido al Departamento de Justicia, “pero la Constitución no se suspende en tiempos de crisis”.

Barr, que ha arriesgado su carrera profesional para defender la teoría del ejecutivo unitario, es el hombre del momento: cuando Trump juró su cargo, había un 14% de republicanos que creían que los “presidentes gobernarían más eficazmente si no tuvieran que preocuparse tanto por el Congreso y los tribunales”. El pasado agosto esa cifra había crecido hasta alcanzar el 43%. A medida que se van adoptando más medidas para conservar el statu quo, este comienza a cambiar y amenaza con convertirse en algo totalmente diferente.

Una respuesta unificada y coherente

Cuando el coronavirus sacudió Estados Unidos, parecía factible que Trump aprovechara la oportunidad para embarcarse en una especie de socialdemocracia herrenvolk, organizada en torno a una campaña estatal de limpieza étnica y cuya promesa estuvo implícita en su campaña política desde el principio. Algo parecido a un “Medicare for All [Medicare para todos] los ciudadanos estadounidenses sin antecedentes penales”. Hasta el momento eso no se ha hecho realidad: la mano de obra inmigrante es demasiado importante para la economía estadounidense como para que la alta burguesía permita su exclusión categórica, independientemente de lo que algunos compinches de Stephen Miller pertenecientes a la facción más extremista de las manifestaciones anticuarentena puedan haber exigido. Aunque el capital confía en el nativismo (y en todas las formas de racismo) para permanecer en el poder, estas fuerzas siguen estando subordinadas a sus propios intereses. Por lo tanto, en la medida de lo escasamente posible, Trump intentó seguir adelante sin cambios.

La mano de obra inmigrante es demasiado importante para la economía estadounidense como para que la alta burguesía permita su exclusión categórica

Por ese motivo su gobierno no solo continuó permitiendo que los trabajadores agrícolas siguieran entrando en el país, sino que aceleró las solicitudes de visado para muchos de ellos. Incluso ha facilitado los trámites para que permanezcan en el país una vez que están allí, y viajen de una explotación agrícola a otra a medida que empieza la temporada de recolección de cada cultivo, sin que haga falta que regresen a sus países de origen. No obstante, no se debe interpretar como un acto de benevolencia liberal: el gobierno también intentó reducir el salario de los que tuvieran un visado H-2A, que es el que tiene un 10% de los temporeros de EE.UU. Como afirmó el Wall Street Journal sin inmutarse: “Muchos empresarios agrícolas apoyan las bajadas salariales”.

De forma paralela, Trump firmó otra orden ejecutiva que calificaba a la carne aviar o vacuna de “material escaso y esencial para la defensa nacional”, conforme a la Ley de Producción para la Defensa. La orden apareció justo unos días después de que John H. Tyson, heredero multimillonario y presidente de Tyson Foods, advirtiera en un anuncio a toda página en el Washington Post, el New York Times y el Arkansas Democrat-Gazette que “la oferta de nuestros productos en las tiendas será limitada hasta que no podamos reabrir las instalaciones que tenemos cerradas”. Tanto el presidente de Tyson como el director general de Perdue Farms forman parte de los Grupos Industriales para la Gran Recuperación Económica de EE.UU., una coalición bipartita que, según una nota que publicó en abril la Casa Blanca: “Trazará el camino hacia un futuro de prosperidad estadounidenses sin precedentes”. Mientras tanto, todas las instalaciones del país se habían vuelto caldos de cultivo del coronavirus y los brotes de las plantas procesadoras de Perdue y Tyson, que se encuentran en las zonas rurales de Virginia, amenazaban con colapsar el único hospital del condado. De acuerdo con un análisis, casi la mitad de los trabajadores de las plantas cárnicas del país son inmigrantes.

Igual que el presidente tiene que seguir comiendo hamburguesas, la maquinaria de guerra estadounidense no puede permitirse dejar de funcionar. Mientras se propagaba el brote, los contratistas de defensa consiguieron presionar al Congreso y al Pentágono para que les designara como “esenciales”, y algunas fábricas como las que posee en Connecticut y Rhode Island el constructor de submarinos Electric Boat pudieran seguir abiertas. (El primer ejecutivo de General Dynamics, del que Electric Boat es una división, también forma parte de los Grupos Industriales para la Gran Recuperación Económica de EE.UU.). Aunque decenas de trabajadores enfermaron, Electric Boat entregó a la marina un submarino de ataque de propulsión nuclear. Dos semanas después, el presidente de la empresa, Kevin Graney, que dio positivo por covid-19, anunció que la empresa ofrecería a los trabajadores un test de antígenos y anticuerpos. “Como bien saben”, escribió Graney, “no ha sido fácil conseguir los test, aunque ya podemos ofrecer a nuestros empleados una forma de obtener valiosa información sobre su salud que podría servir para ayudarles”.

Pero el ámbito nacional no es el único que se ha mantenido activo. Mientras el Departamento de Estado aprobaba la venta de más de 2.000 millones en armas a India, Marruecos, Filipinas y Emiratos Árabes Unidos, el Pentágono comenzó a presionar a los gobiernos federales y estatales de México para que reabrieran las maquiladoras del otro lado de la frontera. Muchas de estas instalaciones con empleos mal pagados y peligrosos suministran piezas a empresas del Departamento de Defensa de EE.UU. como Honeywell y Lockheed Martin que, al igual que General Dynamics y Perdue, están representadas en los Grupos Industriales para la Gran Recuperación Económica de EE.UU. “México está siendo ahora mismo un tanto problemático para nosotros”, declaró en abril la subsecretaria de Defensa para la Adquisición y Suministro, Ellen Lord, “aunque estamos trabajando en ello a través de la embajada”. Los procesos de desindustrialización y deslocalización que introdujo la era neoliberal y que dieron pie a la creación de estas maquiladoras también contribuyeron a que Estados Unidos fuera incapaz de producir los productos y materiales que hacen falta para que la gente pueda sobrevivir a la actual pandemia de coronavirus, y también para que pueda producir otra cosa que no sean las bombas que siguen cayendo en lugares como Somalia, donde la infección por covid-19 se ha propagado rápidamente.

La ausencia de una respuesta unificada y coherente contra la actual crisis sanitaria no ha sido únicamente resultado de la incompetencia y narcisismo de Donald Trump: es una consecuencia inevitable del compromiso bipartito con la gobernanza neoliberal y el mantenimiento del imperio estadounidense o, lo que es lo mismo, del capitalismo. “Si recordamos el SARS, eso afectó al PIB. ¿Hay temores en este momento de que se produzca una pandemia?”, le preguntó un reportero de la CNBC a Trump en Davos el pasado mes de enero. Por aquel entonces, 17 personas habían fallecido de covid-19 y más de 500 estaban infectadas; solo se había identificado un caso en el estado de Washington. “Lo tenemos bajo control”, declaró Trump. “Todo va a estar bien”. A finales de mayo, más de 6 millones de personas en todo el mundo se habían contagiado y más de 372.000 habían fallecido; en Estados Unidos había 1,8 millones de infectados y más de 98.000 muertos. Si EE.UU. hubiera comenzado a imponer el distanciamiento social una semana antes, habrían fallecido unas 36.000 personas menos, según afirma un modelo.

Incluso antes de la pandemia, la economía mundial ya estaba al borde de la recesión; aunque se produzca una ligera recuperación a finales de este año, se vislumbra una profunda crisis que durará varios años. En el momento de escribir esto, la tasa oficial de desempleo se sitúa en 13,3%, aunque probablemente la cifra real se acerque más al 16,3%. El gobierno de Trump celebró la recuperación de 2,5 millones de trabajo en mayo, sin tener en cuenta que al menos 20,5 millones de personas se habían quedado sin trabajo en abril. Un número todavía mayor sigue estando subempleado, en trabajos a media jornada, o ha desistido por completo de encontrar trabajo. Desde marzo, más de 40 millones de personas han solicitado unas prestaciones por desempleo que no tardarán mucho en agotarse. El insuficiente estímulo federal conocido como Ley CARES ya se ha agotado y el presidente del bloque mayoritario del Senado, Mitch McConnell, dejó claro que cualquier estímulo adicional tendrá que eximir a las empresas de responsabilidad en caso de que sus empleados contrajeran el coronavirus.

Por otra parte, algunos laboratorios de ideas financiados por empresas, como por ejemplo el Mackinac Center y el California Policy Center, han fomentado la adopción de medidas de austeridad en Estados cuyos ingresos fiscales están cayendo en picado. Las ciudades de Nueva York y Los Ángeles están recortando la financiación de muchos de sus servicios públicos aunque, en el momento de escribir esto, ese no es el caso de los departamentos de policía (la revuelta nacional contra la brutalidad policial podría cambiar esta situación). El cada vez más militarizado departamento de Asuntos de los Veteranos ha aumentado su presupuesto para equipos antidisturbios. Algunas empresas privadas como Palantir, de Peter Thiel, que ya forman parte de las fuerzas policiales federales, están ahora ayudando a las agencias gubernamentales (entre ellas el CDC, la Secretaría de Salud y Servicios Humanos y la Guardia Costera), a detectar y responder frente a la propagación del coronavirus. Como los capitalistas y sus políticos están obligando a los trabajadores de Estados Unidos a regresar a un marchito mercado de trabajo, en un intento por reiniciar la economía, algunos países en vías de desarrollo se verán forzados a seguir su ejemplo. Cuanto más sumidos estamos en esta pesadilla, más inestable se vuelve.

Acelerando a todo gas

Además de los desechos del Tea Party, los canosos remanentes del movimiento de Patriotas y los restos fragmentados del movimiento alt-right, hay una cohorte más joven y extremista de fascistas que ha estado desarrollando su posicionamiento político a base de innumerables capas de ironía y oscuros memes, principalmente en chats de Discord y en una red de canales de Telegram que se conoce con el nombre de “Terrorgram”.

Los supremacistas blancos de Estados Unidos y de otros países llevan tiempo fantaseando con una guerra racial apocalíptica que les devuelva su lugar y el de su gente en el poder. Ese era el mito que William Pierce (alias Andrew Macdonald) formuló en Los diarios de Turner, que directamente inspiraron al terrorista de Oklahoma, Timothy McVeigh. En Terrorgram se ensalza a McVeigh como si fuera un “santo”, y lo mismo sucede con otros asesinos más recientes como Dylann Roof y Brenton Tarrant. La idea de una guerra racial también aparece en el libro Siege [Asedio] de James Mason, que se convirtió en una especie de texto original para el ahora desaparecido foro de internet Iron March. (Iron March era como la Velvet Underground de la organización fascista en la era de Trump: no lo usaba mucha gente, pero todos los que lo hicieron dieron el paso y formaron una célula terrorista neonazi).

Los supremacistas blancos de Estados Unidos y de otros países llevan tiempo fantaseando con una guerra racial apocalíptica que les devuelva su lugar y el de su gente en el poder

Hace poco, además de Los diarios de Turner y Siege, se ha popularizado un tercer texto entre los miembros del grupo Terrorgram que se han estado pasando entre canales: Harassment Architecture [Arquitectura del acoso], unas memorias barra manifiesto del antiguo socio de Milo Yiannopoulos, Mike Mahoney (alias Mike Ma), que estuvo en nómina de Steve Bannon en su productora Glittering Steel hasta septiembre de 2016. “El único agente purificador es el fuego; extenso e inagotable. Deja que limpie el planeta. Combate el fuego con fuego hasta que todo sea puro otra vez”, escribe Mahoney. “Estamos al borde del colapso. Estamos presionando para iniciar el fuego purificador. Soy aceleración y soy reacción… Soy el fuego del mundo y soy el mundo ardiendo”.

A lo largo de la campaña presidencial de 2016 y los primeros años del gobierno de Trump, el “aceleracionismo” fue una postura marginal de la extrema derecha, que se mantuvo gracias a la posibilidad real de generar y ostentar el poder. Pero esa posibilidad disminuye cada vez que los intereses del capital prevalecen por encima del impulso hacia el etnonacionalismo. De ahí la reciente proliferación de grupos aceleracionistas y el auge de su influencia. Se les pudo ver en las manifestaciones anticuarentena, ataviados con rifles de asalto, ropa militar y camisas hawaianas en honor a “Big Luau”, un juego de palabras con “boogaloo”, que es una referencia a un meme de internet que glorifica la llegada de una segunda guerra civil (Guerra Civil 2: Electric Boogaloo). Tres “boogaloo bois [boys]” fueron arrestados por llevar explosivos a las manifestaciones contra la brutalidad policial en Las Vegas; con anterioridad, estas personas habían estado activas en las manifestaciones ReOpen Nevada, de las que salieron frustrados porque no desembocaron en un movimiento de insurrección.

Al contrario que los activistas más creciditos de las milicias Oath Keepers y Three Percenter, que se ven a sí mismos como los guardianes de la Constitución de EE.UU., y protegen la sociedad de la corrupta influencia de los liberales, que quieren arrebatarles a las personas de su derecho a llevar un arma y obligarles a que se pongan una mascarilla N95, esta nueva cosecha de militantes no está especialmente interesada en reclutar nuevos miembros o en desarrollar un público más allá de aquellos que encuentran su propio lugar dentro del movimiento. Los “boogaloo bois”, “big igloo bois” o “boojahidín” son igual de hostiles hacia la izquierda, los liberales y los conservadores; dirigen su ira contra “el sistema” en su conjunto, incluidas las fuerzas del orden. “Los que matan policías van al cielo”, se puede leer en un meme que aparece una y otra vez en un canal temático de Siege en Telegram. “La poli / No tiene ninguna posibilidad / Duermen como tú y como yo / Asegúrate de trabajar bajo el sol negro”, se puede leer en otro de ellos. Un tercero, en el que aparece el sol negro o sonnenrad, alaba “la supremacía de la violencia”, un clásico tropo fascista.

La iconoclastia superficial de los boogaloo bois de extrema derecha tiene algo de sentido: el aceleracionismo no es en sí mismo una ideología, sino una orientación y una estrategia. En casos aislados, tanto en internet como en la vida real, ese odio por la policía se ha manifestado incluso como simpatía hacia los manifestantes antirracistas. Sin embargo, esa simpatía es fugaz: ver policías militarizados apaleando manifestantes es demasiado atractivo como para que se mantenga cualquier apariencia de solidaridad durante mucho tiempo. Los mismos vídeos virales sobre la brutalidad policial y la violencia de las patrullas ciudadanas que han generado tanta indignación en las calles y en Twitter también estaban siendo compartidos en los canales de Terrorgram y en los grupos de Facebook de extrema derecha, en los que son recibidos con excitación y deleite.

Pero aunque el aceleracionismo no es una ideología, sigue habiendo algo que lo alimenta. Es una especie de “nacionalsocialismo” o fascismo que exige que el capital se subordine a la nación y a la raza superior. Los canales de Terrorgram están llenos de vídeos musicales de estilo vaporwave en los que aparecen imágenes editadas de mítines nazis en Alemania y peleas callejeras contemporáneas contra antifascistas. Los usuarios comparten vídeos snuff y manuales sobre cómo fabricar en casa distintos tipos de armas. Se fetichizan paisajes exuberantes y montañosos con familias blancas sonrientes, y también del guerrero solitario sin rostro. Se anima a ejecutar actos de violencia para aclimatarse mejor a la brutalidad. Lo mismo sucede con la violencia política, en particular la que se dirige contra infraestructuras clave. Hay un meme que expresa gráficamente la weltanschauung [cosmovisión] de Terrorgram:

Nuestro mundo no está colapsando, está deteriorándose. Día a día, hora a hora. Todo menos tú. Tú y unos pocos como tú os habéis dado cuenta. Los impuestos suben y ya no bajan. Las acciones bajan y nunca vuelven a subir. Los países están ardiendo y nuestros hijos están muriendo, pero la mayoría vive su día a día como si no pasara nada. La pasividad ha dejado de ser una opción. O construimos juntos la infraestructura comunitaria para sobrevivir, o ayudas a promoverla. No hay otra opción.

Tras las rimbombantes declaraciones en favor de la muerte que se formulan en EE.UU., ya provengan de los chats extremistas o de un chiringuito junto al lago de los Ozarks, subyace una sensación de agotamiento: una indiferencia nihilista ante la idea misma de la política, aunque las “crisis encadenadas” de nuestra era se derrumben claramente unas encima de las otras. Ese nihilismo beneficia a la clase dominante, ya sea la facción neoliberal progresista o los conservadores etnonacionalistas. Quizá no fuera un accidente que las manifestaciones anticuarentena comenzaran a intensificarse justo cuando empezó a estar claro que las muertes de coronavirus eran desproporcionadamente no blancas: a lo largo y ancho de EE.UU., el índice de mortalidad de la covid-19 es dos veces más alto entre los afroamericanos que entre los blancos, asiáticos o latinos, según las conclusiones de APM Research Lab. En Arizona, el índice de mortalidad entre los indios americanos es cinco veces más alto que el de todos los demás grupos. En Nuevo México, es más de siete veces superior. “Cuando comienzas a ver de dónde vienen los casos y las estadísticas demográficas, dejas de preocuparte”, declaró un cliente en un barrio acomodado de Atlanta cuando el gobernador de Georgia, Brian Kemp, levantó las restricciones de quedarse en casa.

Aproximadamente unas tres semanas después, la policía de Minneapolis asesinó a George Floyd y se desató una histórica oleada de protestas por todo Estados Unidos. Esta revuelta tuvo sus propias contradicciones y convulsiones que solo podrán solucionarse con el transcurso de un conflicto y una confrontación que los departamentos policiales del país han estado más que encantados de suministrar. Los fascistas y los nacionalistas blancos han merodeado en los márgenes de las manifestaciones en varias ciudades, y han constituido patrullas ciudadanas en Minneapolis, Filadelfia, Albuquerque y otros lugares; en algunos sitios oponiéndose a la policía y en otros apoyándola. Sin embargo, en última instancia, su actividad parece haberse diluido completamente gracias a los dos actores principales del conflicto: la gente y la policía. Eso no quiere decir que se puede dejar de dar importancia a estos grupos o pensar que ya no suponen una amenaza para las personas que luchan por la liberación de las personas negras y la clase trabajadora; sino que más bien, ahora mismo, el mayor peligro para el movimiento anticapitalista proviene de los representantes armados del Estado.

Pero hoy en día la historia avanza muy rápido. La policía está comportándose violentamente cada noche en las ciudades estadounidenses. Los alcaldes claramente responsables de esos departamentos de policía se muestran dubitativos, y tanto los policías como los ciudadanos rechazan su liderazgo. Trump, Barr y algunos reaccionarios como el senador Tom Cotton claman sangre y espectáculos de dominación: un dron depredador de la patrulla fronteriza sobrevoló los cielos de Minneapolis; se enviaron agentes de Migración y Aduanas como medida antidisturbios a Washington D.C. La policía de Nueva York y el FBI han interrogado sobre sus creencias políticas a los manifestantes, que ya estaban bajo la vigilancia de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés) y de la Unidad Antiterrorista de Estados Unidos (JTTF, por sus siglas en inglés). Además, la guerra comercial de Trump contra China continúa su escalada y empuja el mundo cada vez más hacia un período de desglobalización que podría allanar el terreno para que surgiera en el agonizante imperio un nuevo ultranacionalismo, dirigido o atendido por los fascistas.

Algunos de ellos llevarán uniformes, seguramente algunos ya lo hacen. Otros no. Aunque su programa ya está comenzando a tomar forma: cerrar fronteras, abrir la economía y utilizar la violencia para contrarrestar a los que se opongan a ese orden. Protejamos la propiedad privada, dicen los fascistas, y mientras tanto los liberales y conservadores asienten afirmativamente; porque además le pertenece por derecho al hombre blanco, añade el fascista, y mientras tanto los liberales dudan y los conservadores hacen como si hubieran escuchado nada.

“Se idolatra al hombre de frontera como si representara la quintaesencia de ese espíritu estadounidense que preconiza la doctrina del destino manifiesto. Pero ¿eso qué es exactamente? Era el hombre más libre sobre la faz de la tierra porque se lo ganó con sus dos cojones”, vitupera un mamotreto de Terrorgram:

Ahora fíjate en el estadounidense por excelencia de nuestros oscuros días modernos: gordo, desaliñado, débil, vago, adicto a la televisión y a la pornografía y a una falsa idea de la historia y la realidad que le ha transmitido una gente que en realidad le menosprecia; entretenido por panes y circos y deportes que practican personas con las que no tiene ninguna conexión racial, espiritual, ni tampoco regional; adicto al cotilleo, a las ganancias materiales, al estatus y ansiando cosas que fabrican grandes corporaciones compuestas por hombres que se mofan de que elija su propia esclavitud.

Los nuevos hombres de frontera, dispuestos a renunciar a todas las tentaciones que le ofrece este sistema, son los únicos que sobrevivirán. Y así TIENE que ser. Mira a tu alrededor. Nunca recibirás una señal de alarma mejor que esta. Nadie podrá decirte que no estabas avisado cuando llamen a la puerta de tu casa con una aguja en las manos. Nadie vendrá a salvarte. Esto es lo mejor que te ha pasado nunca. O lo peor. Tienes que cuidar de ti mismo.

Ese tipo de escatología fascista atraviesa el pensamiento de la derecha postrumpista y ofrece una vía de escape para sus propias contradicciones. Al verse confrontada por una pandemia global y masas de personas en las calles que exigen justicia para las víctimas de la violencia policial, la derecha postrumpista se vuelve apocalíptica y milenarista. Al verse asediados, los poderosos recurren a un arsenal caleidoscópico de teorías conspirativas cuyo objetivo es aterrorizar y alentar a sus fieles seguidores: los tiranos de los pequeños negocios, los vampiros emprendedores, los herederos de las fortunas familiares “hechos a sí mismos” y los policías. Sus políticas se reducen a tres únicos principios: dominación, humillación y explotación.

Entre nosotros y el abismo ya no se interpone casi nada.

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Brendan O’Connor es un periodista independiente y autor de Blood-Red Lines: How Nativism Drives the Right [Líneas rojo sangre: cómo el nativismo impulsa la derecha], disponible ya en preventa en Haymarket Books.


Traducción de Álvaro San José.

Este artículo se publicó en The Baffler.

Autor >

Brendan O’Connor (The Baffler)

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