1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Por qué China es capitalista

La vía emprendida por el gigante asiático hacia la economía de mercado ha producido confusión en la izquierda. Para la práctica anticapitalista es importante aclarar las cosas, más si tenemos en cuenta el creciente poder global del país

Eli Friedman 16/09/2020

<p>Centro comercial en Pekín.</p>

Centro comercial en Pekín.

Konstantinos Lambrianidis / Flickr

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

La China del siglo XXI es capitalista. Esto supone una transformación espectacular para un país que, a finales de la década de 1950, había eliminado prácticamente la propiedad privada de los medios de producción y que, en la década siguiente, se había embarcado en uno de los experimentos políticos más radicales del siglo XX. A pesar de la profunda reorganización de las relaciones de producción que ha tenido lugar en los últimos cuarenta años, el Partido Comunista Chino (PCCh) retiene el monopolio del poder y todavía es abiertamente socialista, aunque ahora lo es “con características chinas”.

La pandemia ha golpeado duro a CTXT. Si puedes, haz una donación aquí o suscríbete aquí

La vía comunista china hacia el capitalismo ha dado lugar a una gran confusión en la izquierda (en China y en todo el mundo) sobre cómo caracterizar el actual estado de cosas. Para la práctica anticapitalista, es críticamente importante aclarar esta cuestión, más aún si tenemos en cuenta el creciente poder global de China. En último término, la cuestión es si debemos creer que el Estado chino y su oposición al orden encabezado por Estados Unidos encarnan una política liberadora. Si, por el contrario, entendemos que China no busca trascender el capitalismo, sino que está enfrascada en una competición con Estados Unidos para controlar el sistema, entonces llegaremos a una conclusión política muy diferente: debemos trazar nuestro propio rumbo de liberación radical, independientemente y en oposición a todos los poderes estatales existentes.  

China ha pasado de ser uno de los países económicamente más igualitarios del mundo a uno de los más desiguales

El capitalismo es un concepto notoriamente complejo, así que, en este artículo, solo puedo tratar algunas de sus cuestiones centrales. Fundamentalmente, el capitalismo es un sistema en el que las necesidades humanas son accesorias a la producción de valor. Esta relación se institucionaliza mediante la universalización de la dependencia del mercado, a la vez que la forma mercancía se convierte en mediadora de las relaciones humanas. Esta lógica del capital se manifiesta no solo en la explotación económica del trabajo y en la consecuente división de las relaciones sociales en clases, sino también en los modos de dominación política en el lugar de trabajo, en el Estado y más allá. A pesar de las diferencias considerables que lo separan del modelo liberal angloamericano, veremos que China se ha vuelto capitalista en todos los aspectos. 

Los indicadores del capitalismo chino son abundantes. Las grandes metrópolis del país lucen Ferraris y tiendas Gucci, los logotipos de empresas extranjeras y locales adornan los panoramas urbanos y los rascacielos residenciales de lujo brotan en todas las ciudades importantes. Rápidamente, China ha pasado de ser uno de los países económicamente más igualitarios del mundo a uno de los más desiguales, lo cual sugiere que se han producido cambios estructurales de gran importancia. Además, la entrada de China como miembro de la OMC, la continua insistencia del gobierno en que el país es realmente una economía de mercado o las intervenciones de Xi Jinping  en defensa de la globalización en Davos y abogando por que el mercado juegue “un papel decisivo” en la asignación de recursos, pueden considerarse señales de que el Estado está abrazando el capitalismo. De manera similar, se pueden encontrar expresiones culturales generalizadas que parecen indicar una orientación capitalista subyacente, incluyendo la valoración del trabajo duro, el consumismo desbocado y la veneración del singular genio de héroes empresariales como Steve Jobs o Jack Ma.         

No obstante, sería un error confundir tales efectos del capitalismo con el capitalismo en sí. Para asumir de manera más amplia cómo el capitalismo se ha convertido en el principio orientador del Estado y la economía de China, tenemos que indagar con más profundidad.

La economía, el trabajo y la reproducción social

A la hora de proponer una crítica radical del capital, podemos, tal como Marx habría propuesto, comenzar por la mercancía. Una mercancía es algo que resulta útil para alguien y que contiene un valor de cambio. En un sistema de producción capitalista, el valor de cambio es preponderante, es decir, es el beneficio, más que la utilidad, lo que determina la producción de cosas. Marx comienza El Capital con un análisis de la forma mercancía, pues consideraba que dicho aspecto nos permitiría desentrañar el sistema capitalista en su totalidad.  

Si nos fijamos en la China contemporánea, no hay duda de que la producción de mercancías se ha universalizado. Muestra de ello son las enormes cadenas de suministro que se concentran en el país, donde la explotación de los/las trabajadores/as chinos/as en fábricas que producen desde móviles y coches hasta equipamiento médico, ropa y muebles, ha enriquecido a empresas locales y extranjeras, dando lugar, al mismo tiempo, a un boom sin precedentes de las exportaciones. Los gigantes tecnológicos chinos como Tencent, Alibaba, Baidu y ByteDance presentan diferencias importantes respecto a las empresas de Silicon Valley, pero comparten su esfuerzo por producir tecnología orientada primordialmente a la mercantilización de la información. De manera similar, las burbujas inmobiliarias recurrentes y los enormes beneficios de las promotoras inmobiliarias apuntan a que la vivienda se produce en respuesta a las oportunidades del mercado. En una amplia gama de sectores, está claro que la producción se orienta primordialmente hacia la generación de beneficios y no como respuesta a las necesidades humanas.    

Por norma general, las necesidades básicas como la comida, vivienda, educación, sanidad, transporte y tiempo para el ocio no están garantizadas

El análisis de la producción de mercancías es esclarecedor, pero, políticamente, es más potente acercarnos a la cuestión desde otro ángulo en lugar de preguntar qué exige el capital para asegurar su continua expansión, deberíamos preguntarnos cómo sobreviven los seres humanos. Así pues, ¿cómo puede el proletariado chino –colectivo cuya única propiedad productiva es su propia fuerza de trabajo– asegurar su propia reproducción social? La respuesta, al igual que en cualquier otra sociedad capitalista, es que el proletariado tiene que encontrar una manera de vincularse al capital si quieren vivir. Por norma general, las necesidades básicas como la comida, vivienda, educación, sanidad, transporte y tiempo para el ocio y la socialización no están garantizadas. Al contrario, en China la gran mayoría de las personas solo pueden asegurar tales elementos si logran hacerse útiles para el capital.  

Por supuesto, la sociedad china es muy heterogénea y está segmentada por las divisiones socioeconómicas y por la consiguiente diversidad en estrategias de subsistencia. Desde el punto de vista demográfico y político, la categoría más relevante para elucidar la discusión que nos ocupa es la persona trabajadora migrante. Compuesta por casi 300 millones de personas que viven fuera del lugar donde tienen registrada su residencia (hukou) oficial, constituyen una fuerza de trabajo descomunal y la columna vertebral de la transformación industrial de China. Cuando una persona trabajadora migrante abandona el lugar donde tiene registrado su hukou, está renunciando a cualquier derecho a los servicios subsidiados por el Estado, lo que la convierte, a efectos prácticos, en un ciudadano de segunda en su propio país. Quizá resulta obvio que la única razón por la que cientos de millones de personas eligen esta opción es porque no pueden sobrevivir en las empobrecidas regiones rurales de las que proceden y se ven empujados por las fuerzas del mercado a buscar trabajo en los centros urbanos.   

Las relaciones laborales capitalistas ya eran políticamente conflictivas cuando aparecieron por primera vez en China a finales de la década de 1970, ya que muchos en el PCCh seguían defendiendo el sistema maoísta del “cuenco de hierro” que suponía tener un trabajo de por vida. Sin embargo, en la década de 1990, dicho debate había quedado enterrado, tal y como quedó claro en la Ley del Trabajo de 1994, que establecía un marco legal para el trabajo asalariado. En lugar de abrir el paso a un mercado laboral altamente regulado como en el modelo socialdemócrata (tal y como deseaban muchos reformistas), el trabajo se ha convertido en una mercancía, aunque manteniendo un alto grado de irregularidad. Incluso tras la implementación de la Ley de Contratos Laborales de 2008, dirigida específicamente a incrementar la prevalencia de contratos de trabajo legales, el número de personas trabajadoras migrantes con contrato se redujo durante los primeros años de la década de 2010 y, a fecha de 2016, solo un 35,1 por ciento contaba con cobertura.

A fecha de 2016, solo un 31,5 por ciento de los trabajadores migrantes interiores contaba con un contrato

Los trabajadores sin contrato no disfrutan de protección legal, lo cual hace extremadamente difícil atajar las violaciones de derechos laborales. Además, la seguridad social –que incluye el seguro sanitario, las pensiones, el seguro de accidentes laborales y de desempleo, y el “seguro de nacimiento”– depende del empleador. El hecho de estar relegado a la irregularidad laboral genera otras formas de exclusión y dependencia del mercado para aquellas personas que viven fuera de su hukou. Si, por ejemplo, una persona no local quiere matricular a su hija en una escuela pública de una zona urbana, el primer requisito es presentar un contrato de trabajo local –un requisito que, por sí solo, excluye de la educación pública a una amplia mayoría de las personas migrantes. Aunque los mecanismos para distribuir los bienes supuestamente públicos como la educación varían mucho dependiendo de la ciudad, la lógica general es favorecer a aquellos que el Estado considera útiles para impulsar la mejora de la economía local. Muchas grandes ciudades cuentan con planes basados en “puntos” en los cuales las personas solicitantes deben acumular puntos según una serie de medidores orientados al mercado laboral (por ejemplo, el mayor nivel educativo, certificados de competencia o premios al “trabajador modelo”) para poder acceder a los servicios públicos. El resto de las personas quedan a merced del mercado.

La situación para el proletariado urbano que trabaja en el mismo lugar donde tiene registrado su hukou es algo diferente y definitivamente mejor desde el punto de vista material. En estos casos, pueden tener acceso a la educación pública y, posiblemente, a subsidios para la vivienda, y tienen más posibilidades de contar con un contrato de trabajo legalmente vinculante. La seguridad social en China no es muy generosa y el gasto social en proporción al PIB se encuentra muy por debajo de la media de la OCDE, pero, aun así, los residentes urbanos tienen mejores oportunidades para acceder a ella. El sistema está plagado de profundas desigualdades entre clases y regiones, así como por problemas fiscales. Como resultado, no hay duda de que incluso esos grupos relativamente privilegiados deben hacerse útiles para el capital si quieren garantizarse una sanidad adecuada, una vivienda digna o seguridad para la jubilación. El programa dibao, que garantiza unos recursos de subsistencia mínimos, no es suficiente –ni pretende serlo– para mantener la reproducción a un nivel socialmente aceptable.

El poder político

Ocurre que la economía china no solamente es capitalista, sino que además el Estado opera favoreciendo el interés general del capital. Igual que cualquier otro país capitalista, el Estado chino goza de una relativa autonomía. Y sí, uno puede objetar qué Estados tienen más autonomía, pero es bastante obvio que el Estado se ha aferrado al valor capitalista, lo cual ha efectuado un profundo cambio en el modo de gobernar el país.

Esta lógica centrada en el capital es manifiesta en la política sobre los empleados y explica la explosión de protestas obreras en las últimas tres décadas, durante las que la República Popular se ha convertido en la líder global en huelgas laborales no autorizadas. ¿Cómo responde el Estado cuando los trabajadores emplean la venerable costumbre de dejar al capital desprovisto de mano de obra? Pues, aunque cabe notar que cada huelga posee sus propias características, la policía tiene por costumbre interceder, casi siempre, en favor del empresario, un servicio que ofrece indistintamente a empresas privadas locales, extranjeras o controladas por el Estado. Hay incontables ejemplos en los que el Estado ha utilizado a la policía o matones a sueldo para frenar huelgas mediante la fuerza. Un ejemplo destacado fue la violenta intervención policial contra la huelga en la fábrica de calzado Yue Yuen, de propiedad taiwanesa, en la que participaban 40.000 trabajadores. Es difícil no observar la ironía histórica de una intervención de los antidisturbios en favor de capitalistas taiwaneses, algo que no pasó desapercibido para los trabajadores. Si la pregunta que emanaba de la huelga era “¿de qué lado estás?”, la respuesta del Estado chino fue meridianamente clara.

La violencia de Estado también ha sido utilizada mediante el control policial de trabajadores de la economía informal en el espacio urbano. La odiada “chengguan” –un cuerpo parapolicial formado en 1997 con el objetivo de hacer cumplir regulaciones de carácter no penal– ha utilizado en numerosas ocasiones métodos extremadamente coercitivos para desalojar a vendedores ambulantes y otros trabajadores informales. La sistemática brutalidad policial ha generado desprecio y animosidad entre los trabajadores de la economía informal, hasta el punto de que las revueltas contra la “chengguan” se han convertido en algo común. El ejemplo más violento y llamativo fue, probablemente, el protagonizado por trabajadores migrantes en Zengcheng, en la provincia de Guangdong. En 2011, tomaron las calles en masa como reacción a un rumor que contaba cómo una mujer embarazada había sufrido un aborto después de haber sido asaltada en una operación de la “chengguan”. Tras días de protestas generalizadas, la insurrección fue sofocada de forma violenta por el Ejército Popular de Liberación .

Si entendemos el capital no solamente como una relación económica basada en la explotación, sino como una relación política en la que el trabajo permanece subordinado, afloran otras maneras importantes en las que la acción del Estado parece consistente con la lógica del capital. Coincidiendo con el inicio de la transición de la RPC hacia el capitalismo, Deng Xiaoping decidió, en 1982, eliminar el derecho a huelga de la constitución, una restricción a los derechos laborales a la que cabe sumar las continuas prohibiciones a la autoorganización. El único sindicato legal es la Federación Nacional de Sindicatos de China, una organización explícitamente subordinada al PCCh, así como implícitamente subordinada, dentro del lugar de trabajo, al capital. Es una práctica estándar que los responsables de RRHH de la empresa sean también nombrados responsables del sindicato a nivel de la empresa sin la más mínima participación democrática de los trabajadores en la elección. No hace falta decir que los trabajadores ven que estas organizaciones no representan sus intereses de ninguna manera significativa, y cualquier esfuerzo dirigido a la organización autónoma es recibido con dura represión.

La subyugación política del proletariado se extiende también a las estructuras del Estado. Igual que el resto de ciudadanos, los trabajadores no tienen capacidad de organizarse en el seno de la sociedad civil, de formar partidos políticos, ni de ejercer ningún tipo de delegación política. La representación política de los trabajadores, por tanto, queda a la merced de la bondad del PCCh. Desde la introducción del concepto de la “Triple Representatividad” durante el mandato de Jiang Zemin, el Partido ya ni siquiera se reivindica como el representante de los intereses de los obreros y de los campesinos contra los enemigos de clase. Desde entonces, el objetivo es representar los “intereses fundamentales de la abrumadora mayoría del Pueblo Chino”. Combinada con la prohibición de facto del reconocimiento del antagonismo de clase, la profunda contrarrevolución experimentada por la base social del mandato de partido único resulta evidente.

Incluso una evaluación somera de la constitución social del gobierno central revela que el capital no solamente tiene un acceso fácil al poder del Estado, sino que ambos –capital y poder estatal– son fundamentalmente inseparables. El número de representantes de la Asamblea Popular Nacional que son trabajadores “de primera línea” ha caído calamitosamente desde la década de 1970 y se situó, entre 2003 y 2008, en tan solo el 2,89 por ciento. En 2018, los 153 miembros más ricos de la Asamblea Popular Nacional y de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino acumulaban una riqueza estimada de 650.000 millones de dólares estadounidenses, una asombrosa concentración de plutócratas en ambos organismos oficiales que da muestras de cómo el capital ha formalizado su poder político. El legislativo ha tratado de incorporar a gente que consiguió sus fortunas en el sector privado, como por ejemplo Pony Ma, dirigente de la gigantesca compañía de internet Tencent. Pero la conversión entre los poderes económico y político funciona además en la otra dirección: la familia de Wen Jiabao, el anterior primer ministro, consiguió utilizar sus conexiones políticas para amasar una fortuna personal estimada en 2.700 millones de dólares. En la RPCh del siglo XXI, el capital genera poder político y el poder político genera capital.

La pretensión del Partido de que China es socialista no casa con la realidad. Sí que se observan características económicas particulares que diferencian la economía china de la de un país capitalista tipo en 2020 y, por eso, merecen atención especial.

La implicación del Estado en la economía

No hay duda de que la intervención del Estado chino en la economía es más extensiva de lo que lo es en la mayor parte de países capitalistas. Pero si nos centramos en el capitalismo en general, no solo en su relativamente reciente versión neoliberal, China no parece, de ninguna forma, excepcional. Las empresas estatales aportan entre el 23 y el 28 por ciento del PIB –una cifra ciertamente alta para el mundo actual. Pero el dirigismo no es nada nuevo para el capitalismo. Apareció ya en su nativa Francia, así como en varios países fascistas, en la India post-independencia o incluso en el Taiwán controlado por el KMT, donde las empresas estatales contribuyeron a casi una cuarta parte del PIB taiwanés hasta bien entrada la década de los ochenta. La intervención del Estado con el fin de mejorar la eficiencia, la generación de beneficios o la predictibilidad no es antitética a un sistema capitalista, sino un componente necesario.

Las empresas estatales aportan entre el 23y el 28 por ciento del PIB–una cifra alta para el mundo actual. Pero el dirigismo no es nada nuevo para el capitalismo

Volviendo una vez más a la perspectiva de los trabajadores, veremos que la diferencia entre el Estado y el capital privado es mínima. Como parte de la campaña estatal para “romper el cuenco de hierro”, decenas de millones de trabajadores de empresas estatales fueron despedidos durante las décadas de 1990 y la de los 2000. Esta campaña de privatización generó varias crisis de subsistencia, acompañadas de muchísima resistencia entre estos trabajadores, que pasaron de ser los amos de la nación a verse arrojados a un mercado laboral para el que no estaban preparados en absoluto.

Continuando con esta ola que escamoteaba a los trabajadores sus pensiones y otras propiedades públicas, las restantes empresas estatales, incluidos sus regímenes laborales, han permanecido sujetas a “presupuestos duros” y a las fuerzas del mercado. Como ha documentado de forma exhaustiva el sociólogo Joel Andreas, los –ciertamente imperfectos– experimentos de democratización del lugar de trabajo de la época maoísta han sido eviscerados por la mercantilización del sistema hasta el punto de que los trabajadores de empresas estatales se enfrentan a día de hoy a un régimen laboral en el que son meros subordinados de un equipo directivo, como les ocurriría en una empresa privada. Estas empresas no son propiedad pública, sino que pertenecen y están bajo el control de un Estado que no tiene que rendir cuentas a nadie.

La cuestión agraria, a pesar de sus peculiaridades, está relacionada con lo anterior.  Todo el suelo urbano es propiedad del Estado, pero el suelo rural es propiedad colectiva de los residentes locales. Aún así, como revelan los resultados de un enorme corpus de investigación, la separación entre el usufructo y la propiedad conduce a usos inequívocamente capitalistas del suelo. En las ciudades, esto ha llevado a un boom sin precedentes de construcción de vivienda que, como ya se ha comentado, responde totalmente a los impulsos del mercado. Los gobiernos urbanos padecen una altísima dependencia fiscal de los beneficios derivados de las subastas de terrenos, cosa que alinea sus intereses con los de los constructores.

Aunque los poseedores de hukou rural tienen derecho a una parcela de tierra, el masivo flujo migratorio desde zonas rurales a zonas urbanas parece indicar que raramente las parcelas obtenidas son suficientes o de la calidad necesaria para sostener la reproducción social. El crecimiento de las ciudades, además, ha despojado a numerosos campesinos de sus terrenos. Igual que sucede con los trabajadores de las empresas estatales, los campesinos carecen de medios para supervisar o controlar el suelo que, al menos nominalmente, es de su propiedad, y los líderes locales se arrogan la potestad de hablar en nombre del colectivo. La consecuencia ha sido varios ciclos infinitos de expolio en los que los campesinos acaban recibiendo por lo general una fracción del valor de mercado de sus tierras, mientras que los cuadros del Partido y los constructores se llenan los bolsillos. Por último, los que sí han conseguido mantener sus terrenos rurales han tenido que hacer frente a la profunda transformación capitalista que ha experimentado la agricultura en China. Los derechos de propiedad están siendo, cada vez más, concentrados en manos de la industria agrícola y varios elementos están siendo mercantilizados. El hecho de que la propiedad del suelo sea formalmente colectiva no ha sido suficiente impedimento para este proceso.

La estructura social de China se ha visto sustancialmente alterada por la filtración de la lógica capitalista en la economía y el Estado. Aún así, comprender las relaciones de clase en la China contemporánea es solamente un primer paso. Para formular una respuesta política adecuada a la profunda crisis actual, es necesario incluir en el análisis una evaluación de la compleja configuración mutua de la clase y otras formas de jerarquía social basadas en el género, la geografía o la ciudadanía. Existe una larga serie de cuestiones prácticas urgentes que no pueden ser resueltas únicamente a través de análisis de clase, y ya no digamos a través de los marcos de referencia liberales o etnonacionalistas que imperan en la actualidad. ¿Cómo deberíamos interpretar los esfuerzos del Estado chino por reprimir la resistencia social en Hong Kong, las promesas de anexionar Taiwán, o el proyecto de poblar Tíbet o Xinjiang con colonos Han? ¿Es la enorme ola de inversión global bajo la bandera de la Nueva Ruta de la Seda un indicativo del emergente imperio capitalista? ¿Cuál es la respuesta adecuada desde los puntos de vista radical, antinacionalista y antiimperialista a un conflicto entre China y los EE. UU. que no para de agudizarse?

Estas son solamente algunas de las preguntas más apremiantes para la izquierda actual. Lo que resulta indudable es que los anticapitalistas deben descartar las falsas promesas de que el Estado chino por sí mismo guiará al mundo hacia un futuro socialista. Las palabras de Marx en La Ideología Alemana son todavía válidas: “El comunismo no es para nosotros un estado de cosas o que deba ser establecido, ni un ideal al que la realidad deberá adaptarse. Llamamos comunismo al movimiento real que promueve la abolición del presente estado de cosas”. Aunque sería reconfortante confiar en que una potencia emergente construya el mundo que queremos, eso es meramente un pensamiento ilusorio. El mundo que queremos lo tenemos que construir nosotros mismos.

La pandemia ha golpeado duro a CTXT. Si puedes, haz una donación aquí o suscríbete aquí

--------

Este artículo se publicó originalmente en ingles en la revista Spectre.

Traducción de Manuel Pavón Belizón y Joan Vicens Sard.

Eli Friedman es profesor titular de Trabajo Internacional y Comparado en la School of Industrial and Labor Relations de Cornell University (EE. UU.). Es el autor de Insurgency Trap: Labor Politics in Postsocialist China (ILR Press, 2014) y coeditor de China on Strike: Narratives of Workers’ Resistance (Haymarket, 2016).

La China del siglo XXI es capitalista. Esto supone una transformación espectacular para un país que, a finales de la década de 1950, había eliminado prácticamente la propiedad privada de los medios de producción y que, en la década siguiente, se había embarcado en uno de los experimentos políticos más radicales...

El artículo solo se encuentra publicado para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Eli Friedman

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

1 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. marcoantonio-mira

    www.youtube.com/watch?v=ACr_ZpWBzjw; www.youtube.com/watch?v=DzGLqm1Q0rI&t=1s Aquí dejo algún video interesante de una simpática pareja chino-navarra que recomiendo por su interés sociológico en relación a los temas chinos.

    Hace 1 año 1 mes

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí