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Revueltas

Atrapados por la historia

¿Cuánto negacionismo más es capaz de soportar Estados Unidos? ¿Cuánto esfuerzo supone negar la realidad?

Arnon Grunberg 15/09/2020

<p>Manifestantes de Black Lives Matter en Columbus (Ohio) el 30 de agosto.</p>

Manifestantes de Black Lives Matter en Columbus (Ohio) el 30 de agosto.

Paul Becker (CC BY 2.0)

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Se dice que, durante las protestas estudiantiles de finales de los sesenta, el cineasta y escritor italiano Pier Paolo Pasolini (1922-1975) manifestó su apoyo a la policía, hijos del proletariado, en lugar de ponerse del lado de los estudiantes burgueses. En un artículo de 2015 publicado en Internazionale, Wu Ming (pseudónimo de un colectivo de escritores italianos) intentó elaborar un relato más matizado de lo que ocurrió. En realidad Pasolini no apoyaba a la policía, pero entendía que los estudiantes, como producto de la burguesía, solo serían capaces de provocar una guerra civil entre la burguesía, una verdadera revolución debía proceder de los trabajadores.

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El 9 de junio de 2020, Molly Crabapple escribió en The New York Review of Books que un agente de policía de Nueva York que llevara trabajando seis años, con las horas extra incluidas, podía ganar un salario anual de hasta seis cifras. “Puede que, por sus acentos, los agentes de policía de Nueva York parezcan obreros, pero el dinero de los contribuyentes los sitúa totalmente en la clase media-alta”, observa Crabapple. Sin embargo, burguesía no es sinónimo de clase media-alta, la burguesía también es una ideología en expansión que se transmite de generación en generación, mientras que pertenecer a la clase media-alta es más una cuestión de lo que rellenas en la declaración de la renta.

Está claro que la división entre los bandos en lucha en la actual rebelión ya no se puede enmarcar en la línea de los revolucionarios, hijos e hijas de la burguesía, frente a la policía, hijos de obreros, con sueldos bajos, contratados para someter a estos descendientes de la burguesía. Entre otras cosas porque, en la actualidad, la gente no se identifica tanto con una clase social como con un origen étnico. Incluso si esta fuera una lucha de clases codificada o velada, hay una notable falta de verdadera conciencia de clase. La cuestión que nos ocupa, derrocando al patriarcado o la supremacía blanca, se caracteriza por una cómoda ambigüedad, de modo que puede significar todo y nada; todo aquel que pretenda tumbar el actual equilibrio de fuerzas debe formular cuanto menos una idea vaga de lo que debería ser el nuevo equilibrio de fuerzas.

Obviamente la pobreza sigue existiendo en Europa Occidental, pero el lumpemproletariado que retratara Chaplin en Tiempos Modernos (1936) o De Sica en El ladrón de bicicletas (1948) ha desaparecido de sus capitales.

¿Quién no es burgués hoy en día, especialmente en Europa? Incluso el programa de partido de Bernie Sanders también se mantenía perfectamente dentro de los márgenes de la ideología burguesa.

El artículo de Crabapple concluye con un joven de pie junto a una furgoneta de la policía en Broadway. Las ventanillas están destrozadas y en los laterales de la furgoneta han garabateado “FTP” (Fuck the Police). Cuando Crabapple le pregunta si puede hacerle una foto, el joven responde: “Conseguirás un millón de ‘me gusta’ en Instagram”.

El hecho de que una empresa como Amazon expresara su apoyo al movimiento Black Lives Matter demuestra cómo un obvio interés propio puede disfrazarse de una cuestión de principios

La revolución quiere corazones en Instagram. Lo cierto es que desde la Primavera Árabe nos hemos dado cuenta de que los corazones y los “me gusta” no son suficientes, que la mayor parte de las revoluciones no se resuelven, y por supuesto no se ganan, en las redes sociales.

A finales de la década de 1960, parte de los hijos e hijas de la burguesía estaba dispuesta a que le aporrearan policías mal pagados. Esta disposición sigue existiendo, aunque sea en menor escala, porque una parte considerable de la descendencia de la burguesía prefiere poner un corazón en Instagram. Para muchos la protesta además es un accesorio.

El hecho de que una empresa bastante polémica como Amazon –la línea entre el trabajo asalariado y la explotación es muy fina– expresara su apoyo al movimiento Black Lives Matter demuestra cómo un obvio interés propio puede disfrazarse de una cuestión de principios. Y de este modo, todo el mundo contribuye a crear un mundo mejor en la medida de sus posibilidades. A pesar de todo, las encuestas indican que las protestas provocadas por el asesinato de George Floyd han ocasionado un cambio verdadero en los puntos de vista y opiniones en un periodo de tiempo muy corto. Solo por eso es inoportuno minimizar las consecuencias de las protestas. Negar de un modo complaciente que el racismo es un problema se ha hecho insostenible. Cualquier persona interesada en conocer las heridas abiertas de una sociedad solo tiene que fijarse en lo que esta trata de negar desesperadamente. A ese respecto, las similitudes entre EE.UU. y, por ejemplo, los Países Bajos, son tan evidentes como las diferencias entre ambos países.

Un chico negro que nazca hoy en algunos estados de EE.UU., como Alabama, Luisiana o Mississippi, tiene una esperanza de vida menor que un bebé varón que nazca en Bangladesh o India

Un chico negro que nazca hoy en algunos estados de EE.UU., como Alabama, Luisiana o Mississippi, tiene una esperanza de vida menor que un bebé varón que nazca hoy en Bangladesh o India. En Europa Occidental, a la gente le gusta hablar de la presentación excesiva de un grupo en particular frente a otro en las estadísticas sobre delincuencia, pero la esperanza de vida de los diferentes grupos étnicos apenas se mencionan, si es que aparecen. En este mismo sentido, también me interesa la distribución étnica en las víctimas del coronavirus. En EE.UU., las comunidades negra y latina se han visto afectadas de una manera desproporcionada. No disponer de atención médica, o que esta sea inadecuada, puede ser tan letal como la brutalidad policial.

La gran pregunta que plantea cualquier levantamiento es: ¿cómo ponerle fin? Sabemos cómo acabó la revolución permanente, un término acuñado por Trotsky: En terror, totalitarismo, decadencia moral y económica. Un estado permanente de revuelta tiende a convertirse en una revolución con una contrarrevolución anidada en su interior, basta con ver lo que ocurrió en Irán en 1979. Eso o el levantamiento permanente se aleja de la parte de la sociedad que originalmente deseaba sumarse a la revolución y, de este modo, la violencia atribuida al levantamiento permanente sencillamente refuerza la posición de la clase dirigente –en algunos casos una violencia provocada o incluso implementada por esa clase dirigente–. Por ejemplo, ahora sabemos que al menos parte de los ataques que en la década de 1970 se atribuyeron a las Brigadas Rojas, en realidad los perpetró el servicio secreto italiano. Considerar la revolución permanente una metáfora del propio capitalismo es algo que Trotsky probablemente pasó por alto.

Las revueltas que estallaron en EE.UU. en mayo de 2020 una vez más se pueden resumir con el eslogan “sin justicia no hay paz”, repitiendo las consignas que se oían por todo Los Ángeles después de que los agentes del Departamento de Policía de Los Ángeles responsables del caso Rodney King fueran absueltos en 1991. Mientras el hambre de justicia sigue creciendo, la gran pregunta sigue siendo cómo se va a definir esta justicia. ¿Reparaciones? ¿Para quién? ¿Cómo? ¿Cuándo?

En mayo decidí viajar de Nueva York a Miami en tren, autobús y, al final y a la fuerza, en Uber; los primeros días creía que era un viaje sobre el virus. En Georgia más o menos todo se había vuelto a abrir, al igual que en Carolina del Sur, pero en Virginia todo seguía totalmente cerrado y se esperaba que la ciudad de Nueva York fuera la última en volver a abrir. Sin mencionar que llegaba procedente del epicentro del brote –en aquel momento, aproximadamente una cuarta parte del total de muertes por coronavirus en EE. UU. tuvieron lugar en Nueva York–.

La historia me está atrapando, nos está atrapando a todos; por un momento, parecía que el virus no existía, durante unos días era como si estuviéramos viviendo en una era post-coronavirus. Los primeros días escribí sobre la desolación reinante en Nueva York, Baltimore, Richmond, y en especial sobre el inmenso vacío de Baltimore, que estaba dando un giro inquietante que iba más allá del virus; el centro de esta metrópolis resultó ser poco más que un jardín-oficina con algún terreno alrededor; abandonado a los sintecho y al personal de seguridad.

La historia se precipitaba hacia nosotros a pesar de que los turistas de Charleston trataran valientemente de hacer la vista gorda a todo lo que ocurría a su alrededor. Hasta el anochecer en realidad no pasaba nada, y el turismo en especial se basa en la pretensión de que nada importa, aparte de las atracciones, la comida y la bebida; las celebraciones de boda y el turismo tienen mucho en común. Puedes haber justificado las objeciones morales respecto a la actitud de “ya se puede acabar el mundo” en la que el turista –¿y hasta cierto punto no somos todos turistas?– está tan sumamente interesado, pero mirar hacia otro lado es una estrategia de supervivencia efectiva y comprensible. En toda sociedad hay quien vive negando la realidad, sin el negacionismo la sociedad pronto empezará a desmoronarse. ¿Con qué negacionismo es imposible vivir?

Una sociedad se encuentra a la deriva cuando una cantidad importante (digamos que un 20 o 25%) cree que no tiene nada que perder. Mientras tienes un coche de caballos con turistas que pasea agradablemente por Charleston, es comprensible pensar: primero mi coche de caballos, después la justicia, pondré un corazón en Instagram.

El comunismo no cedió ante el terror, la corrupción burocrática y la distribución ineficaz de la riqueza y los servicios, se negó a entender que el deseo humano de tener propiedades emana de un deseo existencial de seguridad y protección. Este deseo también puede estar determinado por la ideología, pero seguirá superándolo, la seguridad puede más que la ideología. Hasta donde sé, todos los intentos de crear comunidades sin propiedad privada han acabado bien con propiedad privada o bien han caído en contradicciones internas.

Hasta donde sé, todos los intentos de crear comunidades sin propiedad privada han acabado bien con propiedad privada o bien han caído en contradicciones internas

Este es mi coche tirado por caballos, he ahorrado para conseguirlo, la revolución no le prenderá fuego. Por supuesto, el deseo de tener propiedades puede llegar a ser algo totalmente perverso y destructivo, la historia de la humanidad está plagada de perversiones destructivas y de la a menudo incluso más destructiva lucha en su contra.

Los generales estadounidenses han comprendido que si el Ejército se despliega a gran escala contra sus propios ciudadanos, ese ejército se destruirá desde dentro. Como dijo un amigo: “Si se espera que el ejército estadounidense salve la democracia estadounidense, el país parecerá la Turquía de hace unas décadas”. Que los científicos brillantes estén abandonando EE.UU. para establecerse en China, por ejemplo, lo dice todo.

Soy moderadamente optimista; creo que EE.UU. no está abocado a un enfrentamiento  que acabe en guerra civil, que la destrucción causada por Trump se puede arreglar relativamente rápido, que el cambio dentro del juego democrático es posible. En pocos meses descubriremos si he estado negando la realidad.

Creo que esta es la verdadera pregunta que me encauzó en un viaje de Nueva York a Miami a finales de la primavera de 2020: ¿cuánto negacionismo más es capaz de soportar este país? ¿Cuánto esfuerzo supone negar la realidad?

Una pregunta que también cabría plantear en países europeos como Bélgica o los Países Bajos, aunque solo fuera porque la mayoría de los países tienden a maquillar tanto el pasado como el presente.

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Traducción de Paloma Farré.


Se dice que, durante las protestas estudiantiles de finales de los sesenta, el cineasta y escritor italiano Pier Paolo Pasolini (1922-1975) manifestó su apoyo a la policía, hijos del proletariado, en lugar de ponerse del lado de los estudiantes burgueses. En un artículo de 2015 publicado en Internazionale,...

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Autor >

Arnon Grunberg

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