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BOICOT A LA VIOLENCIA

De Jack Johnson a Lebron James: deporte y racismo en Estados Unidos

Los jugadores de la NBA paran por primera vez la competición en protesta por la brutalidad policial en Estados Unidos

Marcos Pereda 4/09/2020

<p>Lebron James (en el centro) junto con otros jugadores de los Lakers antes del partido contra Los Angeles Clippers.</p>

Lebron James (en el centro) junto con otros jugadores de los Lakers antes del partido contra Los Angeles Clippers.

Bleacher Report

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El pasado 26 de agosto debía haberse jugado un partido de la NBA. Entre los Milwaukee Bucks y los Orlando Magic, por si les interesa la precisión. Solo que no hubo salto, ni puntos, tampoco rebotes. Ambos equipos decidieron suspenderlo en protesta por el último caso de brutalidad policial contra un afroamericano, sucedido en Wisconsin. No nos vamos a detener en la descripción del hecho, ustedes lo han visto muchas veces en las pantallas y la acción habla por sí sola.

Pronto el resto de los equipos decidieron sumarse al parón, huelga, boicot o como quieran llamarlo, no nos ofenderemos por un quítame allá esos términos. Hubo declaraciones diáfanas de algunas estrellas. También entrenadores, periodistas, todo el mundillo en guerra ante una guerra muy antigua. Parecía que toda la competición corría peligro, pero finalmente los play-off se reanudaron. Es el último capítulo (por ahora) de la tortuosa relación que el deporte estadounidense tiene con el racismo.

Sencillo empezar hablando del beisbol, que para eso es el corazón estadounidense, el de los campos de sueños y chorradas parecidas. El mismo que desechó, ya en 1867, la inclusión en sus ligas de ningún equipo que tuviese miembros de raza negra. Lo decía bien claro la Asociación Nacional de Jugadores de Beisbol, amigos. Si pensaban ustedes que después de lo de Appomattox quedaba instaurada la igualdad de derechos… en fin, menudos inocentes.

Así las cosas, la única opción que quedaba era crear una liga solo para jugadores de color… Lo llamaron National Colored Baseball League, y nació en 1887. Fue la primera de las “Ligas Negras”, aberración que se mantuvo vigente hasta 1947, cuando Jackie Robinson debutó con los Dodgers en las otras, “las de todos”. Con tantos negros muertos por los campos de Europa y el Pacífico, supongo que esa segregación resultaba cada vez más problemática. Paso previo para esa aceptación fue el deceso (tres años antes) de un mamarracho llamado Kenesaw Mountain Landis, Comisionado de las Grandes Ligas y racista convencido, quien llegó a vetar compras de franquicia por parte de empresarios que enarbolaban ideas tan excéntricas como admitir a los mejores con independencia de su raza. De forma bastante poco digna, el premio al jugador más valioso del beisbol estadounidense se llama, aún hoy, Kenesaw Mountain Landis. Últimamente casi coto cerrado de negros e hispanos, porque el mundo resulta deliciosamente irónico.

Johnson huyó de EE.UU después de ser declarado culpable por violar la Ley Mann… esto es, cruzar una frontera estatal con compañía femenina y propósitos inmorales

Pero donde primero destacaron plenamente los afroamericanos fue en el boxeo. Y un nombre sobresale por encima de todos. Jack Johnson. En 1908 se convirtió en el primer negro campeón del mundo de los Pesos Pesados, ahí es nada. Y eso que le costó, no se crean. No ganar a su rival, el canadiense Tom Burns, sino alcanzar esa posibilidad. Años antes había retado a Jim Jeffries, pero éste fue claro. “Si no fuese el campeón aceptaría, pero lo soy. El título no irá a manos de un negro mientras yo pueda evitarlo”. Ya ven, majísimo. Tampoco lo tuvo fácil Johnson entre los periodistas. Jack London, por ejemplo (simpático escritor de aventuras épicas e identidades raciales bien ordenadas) cubrió el combate por el título, y llegó a clamar por la vuelta al ring de Jeffries (retirado poco antes), con la entrañable expresión “El hombre blanco debe ser rescatado”. Pueden apreciar el tono…

La cosa, además, es que Johnson era lo contrario a todo aquello que pudiera aceptar la “sociedad wasp”. O, dicho de otra forma, no casaba con el tópico del “Tío Tom”. No, Jack era ostentoso, su lengua resultaba tan letal como sus puños y jamás pasaba desapercibido. Vestía de forma exuberante, conducía coches caros y llegó a poner grifos de oro en su local nocturno. Y… bueno, me da un poco de vergüenza decirlo, pero… en fin, allá va… digamos que ajustaba su calzón un poco más de la cuenta. Ahí, donde ustedes piensan. En fin, no me extenderé en ello, que bastante se extendía Jack…

Johnson huyó de Estados Unidos después de ser declarado culpable por violar la Ley Mann… esto es, cruzar una frontera estatal con compañía femenina y propósitos inmorales (que es una forma muy fea para llamar al sexo consentido, ¿no?). Años más tarde volvió, por la morriña y eso, e ingresó en la cárcel de Leavenworth, en Kansas.

Su sucesor nunca pisó el presidio, aunque también estuvo condenado. Hubo un tiempo en el que Cassius Clay fue “el nuevo Jack Johnson”, pero se le pasó rápido porque era demasiado grande. Él también elevó la voz. Seguidor de la Nación del Islam y el inefable Elijah Muhammad. Un escándalo. A ver, Elijah y sus cercanos acólitos eran un grupo de chiflados bastante pintoresco, más racistas aún que cualquier señorón virginiano. Ahí están las fotos de George Lincoln Rockwell, esvástica en el brazo, en primera fila de un mitin, rodeado de negros con cara de no saber muy bien qué coño estaba pasando. Ellos orientaron (dirigieron, dicen otros) la carrera de Clay hasta convertirla en la carrera de Ali. De aquel entonces quedan declaraciones del púgil abogando por una segregación “ordenada”. No nos juntemos, nos respetamos, pero no nos juntemos. Con el tiempo fue matizándolo, claro…     

No se crean que los grande iconos se libraron del asunto. Seguro que se saben al dedillo la historia de Jesse Owens, ¿verdad? Sí, sí, el tipo que desafío las teorías raciales nazis en el mismísimo Berlín. Aquel a quien Hitler negó el saludo por ser… bueno, por ser negro (aunque el propio Owens negase la anécdota, me hizo un gesto con la mano, así, en plan colegas). Lo curioso es que, cuando pudo levantar la voz, Owens señaló con el dedo la hipocresía de ser un símbolo de igualdad en un país que no lo consideraba igual. Desde su mismo nombre, además, que no era Jesse, sino James Cleveland. Sucede que el primer día de clase no fue fácil para este hijo y nieto de esclavos. ¿Cómo te llamas, chaval? J.C., señaló Owens, que suena parecido a “Jesse”, así que… oye, ¿para qué preocuparnos más, si tampoco parece el más listo de la clase?

Pues eso, que después de Berlín 1936, esos juegos de la vergüenza, Owens volvió a su curro como botones, antes de dar el salto al espectáculo. Al espectáculo que podía dar alguien como él, vaya, que no eran sino numeritos circenses para el solaz de los otros, los que tenían pasta. Correr contra caballos, competiciones ante galgos. Unas risas. También podía ser relaciones públicas en clubes nocturnos y cosas por el estilo. Nada más. Hoy tiene el reconocimiento que no pudo disfrutar en vida, porque este tipo de símbolos son más amables en ausencia…

Lo de Tommy Smith y John Carlos fue distinto. Ellos alzaron sus manos enguantadas (uno la derecha, otro la izquierda, porque solo tenían un par de guantes, y eran prestado por un tercer atleta) al cielo de México. Octubre de 1968, que también tiene lo suyo. Unos meses antes mataron a Martin Luther King, después llegaron los incidentes de Chicago durante la convención del Partido Demócrata. Los demócratas (no se vayan a pensar cosas raras) tenían algunos racistas furibundos en sus filas. Como me imagino que ocurrirá ahora, vaya, porque zopencos existen siempre. Solo que entonces eran públicos y notorios. Vean al simpático George Wallace, autor de la entrañable frase “segregación ahora y segregación siempre”, quien fue gobernador de Alabama hasta 1987. Sale en Sweet Home Alabama, por si les interesa el dato. Último acorde. Diez días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos, se produce la Masacre de Tlatelolco, así que pueden imaginar el ambiente cuando aquellos dos negros alzaron sus puños. Gesto de Black Power, Panteras Negras en el recuerdo. No cayó bien en su hogar, claro; qué es eso de las disensiones, qué locuras nos cuentan ustedes. Todos hicieron el vacío. Bueno, la revista Time directamente realizó una crítica más directa, poniendo los cinco aros olímpicos bajo las palabras Angrier, Nastier, Uglier, porque qué es eso de hacer política con el deporte, amigos, debe ser cosa de rojos, enfermos y malas personas…

A la NBA no le gustaba admitir que tenía un problema de racismo. O, al menos, que su competición, su organigrama, daba la espalda a lo que ocurría allí afuera

Y luego está la NBA. La misma que ha vuelto hace poco a la actualidad. Por el tema “raza”, digo, no por su aspecto competitivo, que ese lo tienen perfectamente montado. La senda de Earl Lloyd, primer afroamericano en la Liga. “Cuando salí a la cancha el mundo siguió girando. Nadie dijo nada. Ni los aficionados, ni los jugadores, ni la prensa. Nadie. Seguramente aquel era un lugar demasiado frío para el Ku Klux Klan”. Se refiere a Rochester, último día de octubre, año 1950. Él fue el primero en jugar; cronológicamente, Charles Cooper firmó antes su contrato. Con los Celtics de Boston. “Me da igual si es negro, a rayas o tiene lunares. Sabe jugar al baloncesto, va al equipo”, dijo Walter Brown, propietario de la franquicia.

Origen de un desembarco masivo. Pronto los afroamericanos se hicieron un hueco cada vez más importante en la NBA. Y, de forma paralela, muchos de aquellos nuevos ídolos aprovecharon su exposición mediática para plantear problemas que la mayoría de sus fans ignoraban. Lo hizo Kareem, también Bill Russell. Éste fue también el primer entrenador negro de todo el deporte estadounidense. No es poco, porque el tipo no tenía pelos en la lengua. “Boston es un puto nido de racistas”, dijo una vez, “preferiría estar en una cárcel de Sacramento antes que ser alcalde de esta ciudad”…

La Liga fue siempre tibia con este tipo de actuaciones. Como poco. A la NBA no le gustaba admitir que tenía un problema de racismo. O, al menos, que su competición, su organigrama, daba la espalda a lo que ocurría allí afuera. Buen ejemplo es el llamado código de vestimenta implementado en 2005, y tras el que muchos han visto la persecución al estilo “gangsta”, cada vez más extendido entre las superestrellas. David Stern, comisionado en aquel entonces, no quería que sus vestuarios se convirtieran en un concierta de NWA

Ahora los jugadores se han plantado. No es la primera vez que algunos lo hacen (iconos como Lebron, Carmelo Anthony, Deron Williams o Kevin Garnett ya alzaron la voz tras el Caso Eric Garner), pero jamás se había producido un parón total de la competencia. Veremos si es un brindis al sol o el comienzo de algo más…

 

El pasado 26 de agosto debía haberse jugado un partido de la NBA. Entre los Milwaukee Bucks y los Orlando Magic, por si les interesa la precisión. Solo que no hubo salto, ni puntos, tampoco rebotes. Ambos equipos decidieron suspenderlo en protesta por el último caso de brutalidad policial contra un afroamericano,...

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Marcos Pereda

Marcos Pereda (Torrelavega, 1981), profesor y escritor, ha publicado obras sobre Derecho, Historia, Filosofía y Deporte. Le gustan los relatos donde nada es lo que parece, los maillots de los años 70 y la literatura francesa. Si tienes que buscarlo seguro que lo encuentras entre las páginas de un libro. Es autor de Arriva Italia. Gloria y Miseria de la Nación que soñó ciclismo y de "Periquismo: crónica de una pasión" (Punto de Vista).

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