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La ambivalente memoria de Hemingway

La imagen que ha quedado del escritor estadounidense en España resulta políticamente ambigua

Miguel Izu 28/09/2020

<p>Hemingway (centro) con Ehrenburg y Regler, ca. 1937. </p>

Hemingway (centro) con Ehrenburg y Regler, ca. 1937. 

Hemingway Photograph Collection, JFK Presidential Library and Museum | Cassowary Colorizations

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No voy a referirme aquí a Ernest Hemingway como escritor, ni a su obra literaria, sino a su dimensión política, aunque parece que tuvo un interés muy limitado por la política. Apenas intervino en la de su país y se mantuvo alejado de los círculos intelectuales en todos los países donde residió (Estados Unidos, Francia, Cuba). Su carácter fuertemente individualista se ajustaba mejor a las otras actividades que cultivó durante su vida: el periodismo, la caza, la pesca, el boxeo. La única época en la que dio muestras de compromiso político fue durante la Guerra Civil española, quizás porque encajaba bien con su espíritu aventurero. No solo acudió como corresponsal, sino que colaboró activamente con la Alianza de Intelectuales Antifascistas y como guionista de la película The Spanish Earth (1937), mostrando un inequívoco apoyo a la República, apoyo que se plasma también en su novela Por quién doblan las campanas, inspirada en su experiencia en España. Tras la derrota de la causa republicana no quiso volver a pisar durante muchos años el país que más amaba después del suyo, como escribió en El verano peligroso. Con posterioridad, no tuvo apenas relación con la política, aunque sus simpatías se mantuvieron siempre del lado de la izquierda. Tras recibir el Premio Nobel de Literatura en 1954, quiso ofrecer la medalla al pueblo cubano, pero para evitar al gobierno de Batista, a quien aborrecía, la depositó en el santuario de Nuestra Señora del Cobre, patrona de la isla, donde sigue. Cuando triunfa la Revolución cubana, en 1959, expresa sus simpatías desde su casa de Ketchum, Idaho, donde estaba pasando las navidades, desea toda la suerte a Fidel Castro y dice que el pueblo cubano por fin tiene una buena oportunidad de salir adelante. Sigue manteniendo su casa en La Habana y se fotografía en amigable compañía de Fidel, en 1960, en una competición de pesca. Hay quienes dicen que Hemingway fue comunista y agente de la NKVD, predecesora de la KGB, pero también quien afirma que trabajó para la OSS (el antecedente de la CIA) o el FBI. Dado que participó como corresponsal tanto en la Guerra Civil española como en la Segunda Guerra Mundial, es muy probable que se relacionara con todo tipo de servicios de inteligencia, pero dudo que ninguno pudiera creer que resultara fiable como espía. Por otro lado, sus vagas ideas políticas pueden identificarse más con un liberalismo progresista que con el socialismo o el comunismo.

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Sin embargo, la imagen que ha quedado de Hemingway en España resulta políticamente ambigua debido a sus últimas visitas, realizadas a partir de 1953. Hasta ese año se cuidó mucho de regresar. El régimen franquista lo consideraba un enemigo y algunas de sus obras estaban prohibidas. Por quién doblan las campanas (1940) no pudo ser publicada en España hasta 1968, y la película de 1943 basada en la novela, que el franquismo intentó por todos los medios evitar que se rodara, no se pudo estrenar hasta 1978. Sin embargo, con el restablecimiento de relaciones diplomáticas y los acuerdos hispano-norteamericanos de 1953, se genera un ambiente que decide a Hemingway, que sentía nostalgia de España, a sondear las posibilidades de volver. En medios españoles de Cuba, y en la embajada en La Habana, le garantizan que puede viajar a España sin problemas si se abstiene de hablar de política y de hacer declaraciones a la prensa, un pacto que respeta a rajatabla. Por si acaso, cruza la frontera de Irún, camino de Pamplona, llevando una carta de presentación de Miguel Primo de Rivera, embajador español en Londres. La prensa apenas le hace caso, el régimen prefiere ignorar su presencia. Pero las cosas cambian a partir de 1954. Ese año recibe el Premio Nobel de Literatura y, tras sus primeras visitas, y comprobado su buen comportamiento, los medios oficiales ven la oportunidad de aprovechar su figura como parte de la campaña de mejora de la imagen exterior del régimen franquista y de promoción del turismo. Sobre todo, para atraer turistas, proyecto que tenía un doble propósito, económico y político. Sus libros, con algunas excepciones, y siempre con la vigilancia de la censura, que impuso más de un cambio, obtienen más facilidades para ser traducidos y editados en España. Su persona merece la atención de la prensa, sus visitas se recogen en el No-Do. Sin pretenderlo, Hemingway se convierte en una baza propagandística del franquismo. Él tampoco presta ninguna resistencia (en su defensa diremos que en sus últimos años su salud, física y mental, estuvo muy deteriorada, hasta conducirle al suicidio en 1961). Sigue sin hablar de política y no muestra aversión a tratar con reconocidos franquistas. Hemingway era un hombre de profundas filias y fobias, al que le resultaba fácil hacer amigos y enemigos, con frecuencia las mismas personas pasaban de ser lo primero a lo segundo, pero que no se guiaba para ello por razones ideológicas. Tenía amigos que habían militado en el bando republicano, como el pintor Luis Quintanilla, el sacerdote Andrés Unzáin, el marino Juan Duñabeitia o el hostelero Juanito Quintana, pero también tuvo muchos amigos del bando franquista. En su visita de 1953 le acompaña, entre otros, Rupert Bellville, inglés de ascendencia aristocrática que había sido voluntario falangista en los primeros días de la Guerra Civil, hasta que tuvo que participar en ejecuciones de presos y prefirió desertar, y que se hizo momentáneamente célebre en agosto de 1937 por aterrizar en el aeropuerto de Santander con un avión cargado de jerez y coñac dispuesto a celebrar la caída de la ciudad a manos de las tropas franquistas para descubrir que esas tropas no habían llegado todavía; hecho prisionero por los republicanos, tuvo la suerte de ser canjeado por intervención de la embajada británica. En 1956 Hemingway hace amistad con un ferviente admirador suyo, el periodista y escritor pamplonés Rafael García Serrano, falangista de primera hora y siempre nostálgico de la revolución que quedó eternamente pendiente, cesado como director de Arriba por pretender criticar la monarquía. Para este periódico, también en 1956, le entrevista Rodrigo Royo, excombatiente de la División Azul que le regala y dedica su novela The Sun and the Snow, inspirada en sus andanzas en el frente ruso; Hemingway le comenta que han luchado en lados opuestos pero que, cuando se ha peleado con nobleza, como han hecho ellos, no queda rencor. Esta complaciente actitud del escritor, que había pasado página sobre la Guerra Civil mucho más rápidamente que la mayoría de los españoles, permite a los medios de comunicación franquistas (que eran casi todos) atribuirle una imagen, no de peligroso simpatizante del bando republicano, sino de buen amigo de España, quizás un poco despistado políticamente en el pasado, pero que elogia en sus entrevistas sus costumbres y valores más tradicionales, como la tauromaquia, los sanfermines, el vino o la gastronomía, elementos de los que se apropia sin el menor escrúpulo el régimen para sus fines.

Aunque sus libros fuesen autorizados, a Hemingway se le leyó poco, y se le sigue leyendo poco en España, y la imagen que ha prevalecido entre el público español es la que han ofrecido de forma muy superficial los medios de comunicación, primero por un interés político y luego por mera inercia, la de un snob estadounidense aficionado a los toros, mujeriego, borracho y fanfarrón. El escritor queda oculto detrás de un personaje convertido en icono folclórico y reclamo turístico. El activista comprometido con la República queda desplazado por el guiri que visita la España de Franco y frecuenta la compañía de otros personajes conocidos, igualmente utilizados por la propaganda de la época, como Luis Miguel Dominguín, Ava Gardner, Orson Welles y un largo etcétera. Hemingway es un personaje muy famoso en España, pero también muy desconocido. Se repiten anécdotas y chascarrillos varios, muchas veces de autenticidad más que dudosa, pero se indaga poco sobre su vida y su obra. La mayor parte de las numerosas biografías de Hemingway que se han publicado en su país (el catálogo de la Biblioteca del Congreso de Washington se contiene más de un centenar de monografías que examinan su vida y obra) no se han editado en España, apenas media docena de ellas se han traducido al castellano y no precisamente las más exhaustivas ni acreditadas. Resulta sorprendente, por ejemplo, que nunca se hayan traducido las extensas memorias de su viuda, aparecidas en 1976. Gracias a todo ello, Hemingway lo mismo vale para un roto que para un descosido, para presentarle como un intelectual comprometido con la causa republicana, como un reportero independiente y concienzudo en su trabajo, como un señor que pasaba por allí, como un turista que nunca llegó a comprender España o como un involuntario cómplice del franquismo. Quizás, quizás, fuera un poco de todo eso…

Miguel Izu, escritor, es autor de Hemingway en los sanfermines, Ediciones Eunate, 2019.

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Miguel Izu

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