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Fenómenos virales (V)

Marta Flich o la letra pequeña del humor

En su repertorio hay progresismo de garrafón, pero con el cinismo añadido que aprendimos durante los larguísimos años 90 y a cuya sombra nació la cultura de internet

Xandru Fernández 21/08/2020

<p>Marta Flich.</p>

Marta Flich.

Luis Grañena

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¿Me da igual que Marta Flich saliera con un nieto de Franco? Me da igual que Marta Flich saliera con un nieto de Franco. Por simplificar: me da igual Marta Flich, sin más. Lo que quiere decir que no le deseo ningún mal ni nada y que la saco aquí a relucir como símbolo de algo, que lo mismo me habría dado convocar a alguien que hiciera más o menos lo que hace ella, solo que no encontré a nadie que hiciera lo que ella hace tan bien como ella lo hace y que, además, hubiera salido con un nieto de Franco. Que me da igual que saliera, ¿ya lo he dicho? En todo caso, lo que hace Marta Flich es influir, más o menos como todos los personajes que pasan por esta su sección, ya lo habrán adivinado. Eso sí, influir divirtiendo: esto es nuevo. Y, si bien es verdad que Marta Flich estuvo en la tele y que parece haber tenido vocación de actriz, su nicho ecológico, por decirlo así, es internet. Y también esto es nuevo, o lo fue.

De todas las peleas absurdas que internet ha amplificado, ninguna como la de los límites del humor, que viene aquí al caso porque Marta Flich es humorista, o si no, ¿cómo tenemos que tomarnos que debajo de su nombre aparezca casi siempre la doble etiqueta “actriz y economista”? ¿Qué economista en su insano juicio sería tan sincera? El humor según Marta Flich es una estrategia de posicionamiento del producto, product placement donde el product es el mismísimo placement: se trata de vender la técnica de ventas. Es esta una torsión inesperada del conocido axioma según el cual si algo es gratis, la mercancía es el comprador: si en la performance no hay mercancía, la mercancía es la propia performance. Lo que explica que haya tantos anuncios que no sabemos qué anuncian. Y tantos sketches de humor que no hagan gracia.

Internet mató a la televisión, pero la muerte no se comporta con los mass media como con los organismos pluricelulares: si a estos los destruye, a aquellos los embalsama. La radio lleva muriéndose desde que su creación más exitosa se suicidó en un búnker berlinés en 1945, mientras que los periódicos, con su tinta y su papel y su redactor jefe vociferante, heridos ya de muerte cuando en la tele todavía ponían Lou Grant, siguen agonizando a paso de tortuga, sin decidirse a ocupar su lugar en los museos junto a las tablillas de arcilla de los sumerios, tal vez porque siguen siendo necesarios para cubrir el suelo si vas a pintar algo en casa, prueben a intentar colocar la escalera sobre un lecho de tablillas de arcilla con escritura cuneiforme.

En un artículo publicado en el año 1 después del 15M, Carlos Acevedo se preguntaba si la Cultura de la Transición (también herida de muerte por aquel entonces, o eso pensábamos) podría resistir y hacerse fuerte en internet. Una vez que los periódicos, fundamentalmente El País, dejaran de cumplir el papel de moldeadores de cerebros que habían mantenido durante nuestra Modélica Transición, y dado que la televisión no tenía ya tanta pegada entre las generaciones más jóvenes y mucho menos la radio, ¿cabía que los usos y costumbres en la conformación de la opinión pública adquirieran en la Red de Redes la misma estructura prepotente, nepotista y sumisa que habían tenido en la tele y en la radio de los años setenta y ochenta? Pues cabía, claro que cabía.

En los últimos años el humor viene siendo un campo de minas donde los propios humoristas exhiben un preocupante déficit de sentido del humor

Internet fue el arma definitiva para someter y dominar la parrilla, esa fatalidad contra la cual se estuvieron peleando los expertos en comunicación durante décadas. La parrilla es la matriz temporal en la que se disponen los programas: a tal hora, tal cosa. ¿Que te viene mejor Cifras y letras durante la cena? Pues se siente: al mediodía y si lo quieres, lo tomas y si no, lo dejas. ¿Poder sintonizar el programa de jazz mientras vas camino del trabajo? Tururú: a esa hora dan Clásicos populares. Y así. Las casetes y las videocasetes fueron un invento de las clases medias para burlar la dictadura de la parrilla, pero internet simplemente abolió la parrilla igual que abolió el tiempo: el programa está ahí colgado, mal chiste, y tú lo coges cuando quieres o lo dejas donde estaba. Vídeos caseros, podcasts, luego vendrán el directo de Instagram y el Tik Tok que son justo la innovación inversa, un intento de volver a colocar en la fugacidad lo que internet había dispuesto en la eternidad. Pero ya hablaremos de eso (o no: esto es fugaz, lo mismo mañana ya no me interesa).

El blog, el fotolog, el videoblog y otras simpáticas herramientas de la primera década del siglo XXI consiguieron que internet se pareciera cada vez más a lo que los profetas cyberpunk habían descartado siquiera como opción distópica: un hipermercado de la información y el entretenimiento. Y el humor ocupa un lugar preferente en ese hipermercado, es como esas personas que en los hipermercados 3D te ofrecen trocitos de salchicha o taquitos de queso para que los pruebes: animadores del gusto. El humor es la azafata que te hace desear ma non troppo el embutido informativo, un sello de calidad del producto que no todo el mundo compra (la mayoría nos comemos el taquito de queso sin mirar siquiera la marca) pero que la marca necesita para hacerse valer. Como los anuncios de Coca-Cola: ¿o es que hay alguien que no sepa qué es la Coca-Cola?

En los últimos años el humor viene siendo un campo de minas donde los propios humoristas exhiben un preocupante déficit de sentido del humor. Por todas partes brotan cómicos dispuestos a regañar a su público por no reírse. Incluso han participado en anuncios (de embutidos, mira tú por dónde) señalando públicamente la tiranía de una especie de aguafiestas de la democracia, los ofendiditos, criaturas fantásticas, como los trasgos o los inspectores de trabajo, especializadas en “linchar” a los que siguen haciendo chistes de negros, maricones, gitanos y gangosos al más puro estilo Judenfrei. Luego rascas un poco y resulta que el linchamiento consiste simplemente en no reírse de esos chistes porque ya no hacen gracia. La rebelión de los humoristas de la primera generación de internet es una rebelión contra el paso del tiempo, quizá porque su momento también ha pasado, igual que ha pasado el de la prensa de papel, el de la radio y el de la televisión. Hasta David Broncano se hace mayor.

Marta Flich hace reír. Tiene chispa. Tiene gracia. Combina muy bien el diseño picante de interiores con el gracejo falsamente popular que te deja con la duda de si es una niña pija jugando a poligonera trendy o una poligonera trendy imitando a una niña pija. Más o menos como Rosalía. O como el cubalibre, que nunca se sabe si es un refresco malote o una bebida alcohólica para hígados inexpertos. En el repertorio de Marta Flich hay progresismo de garrafón, es cierto, como si todo condujera a una revisión constante de los temas que partían la pana en la sociedad española antes de Puerto Hurraco y las Olimpíadas de Barcelona, pero con el cinismo añadido que aprendimos durante los larguísimos años 90 y a cuya sombra nació la cultura de internet. Forzosamente transicional, briosamente tutelada por las mismas agencias de comunicación que nos vieron crecer. Una Cultura de la Transición sin Transición (y muy pronto sin Cultura).

La última revuelta de esos intelectuales macerados en las barricas de la Transición ha sido un manifiesto en el que se nos previene, una vez más, de lo cerca que estamos en España de caer por el barranco del totalitarismo de izquierdas. La cosa debe de ser fea, teniendo en cuenta que entre los firmantes figuran un premio Nobel, un miembro del Club Bilderberg y el jefe de la sección de opinión de un periódico de gran tirada. Qué no debería preocuparnos a los que ya ni siquiera tenemos un blog. ¿Me alegro de que Marta Flich no firmara? Me alegro de que Marta Flich no firmara. Avanzamos.

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